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Concienciación, participación e implicación de los hombres en pro de la igualdad de mujeres y hombres

Gizonen Kontzientziazioa, partehartzea eta implikazioa emakume eta gizonen arteko berdintasunaren alde

Singularidad, queja y vindicación en las nuevas masculinidades

Publicado el 28 marzo 2017 en General, Los hombres ante la igualdad |

José Mª Lozano Estella. Revista Hombres igualitarios de Ahige.

María Pazos me recordó, a través de Celia Amorós, que el movimiento feminista se inicia cuando se pasó de la queja de las mujeres a sus vindicaciones, lo que se produjo con la primera ola del feminismo a finales del siglo XVIII, con la revolución francesa y la industrial. Esa concepción de inicio de un movimiento me hizo plantear cuándo podríamos datar el inicio del movimiento de hombres por una nueva masculinidad, un hecho que ha surgido por la toma de conciencia que nos ha generado el movimiento feminista. La revolución de la masculinidad es hija del movimiento feminista. Surgimos, por tanto, como cualquier ser humano del útero materno.

Pero todo inicio tiene un proceso de gestación. Por ello, como hombres, es importante conocer la prehistoria del movimiento feminista, ese tiempo previo a las reivindicaciones de la primera ola del feminismo, unas demandas que obedecían a unas prohibiciones y faltas de derechos que soportaban las mujeres. En esa prehistoria emergen dos aspectos cruciales; por un lado, la singularidad de mujeres que muestran una capacidad de actuación mas allá de los roles asignados por su condición de mujer; una demostración de cualidades equiparables a los hombres cuando es preciso por necesidades de cualquier tipo y, por otro lado, la queja de no valorar esas singularidades como motor de cambio, una queja por desvalorizar el papel atribuido a las mujeres, como una demanda evidente de conseguir una valoración e igualdad entre todos y todas

Las singularidades en la historia de las mujeres nos hablan de unos tiempos remotos (en cuanto a los inicios del movimiento feminista), donde las mujeres salían del papel que les había sido asignado socialmente para demostrar su valía en cualquier arte u oficio que las necesidades requerían. Nacen mujeres singulares, como nos señala Cristina de Pizan en su obra “La ciudad de las Damas”, como reinas, guerreras, literatas, poetas, científicas, gobernantas, santas, mártires, médicas y un largo etcétera. Mujeres singulares que emergen por distintos caminos para demostrar que no están limitadas ni incapacitadas para afrontar los mismos retos que los hombres.

Tantas singularidades inevitablemente darán paso a la queja, una queja que fue creciendo con los tiempos, una queja que inicialmente pide un reconocimiento a la valía de las mujeres, una queja que amplia su resonancia hasta llegar inevitablemente desde la no-escucha a la vindicación, porque ya no se puede sostener tanta incomprensión ni injusticia. Porque ellas desde su libertad, también reivindican el derecho a escoger su propio destino, a tener acceso a la cultura, al trabajo público, al reconocimiento de su potencial. En esos momentos, el feminismo emerge demandando derechos, cambios de leyes y una igualdad social y política.

Aún dos siglos después, esas reivindicaciones siguen presentes, los ecos de las singularidades y las quejas no sólo no se extinguen, sino que van creciendo por las vías abiertas de los cambios, haciendo que la queja vaya subiendo de grado, dando más credibilidad a la injusticia de las realidades desigualitarias, posibilitando cambios en las leyes, las políticas y en la sociedad. Un proceso que, sin embargo, avanza muy lentamente, porque existe un muro o techo de cristal que se opone. Una oposición gestionada por hombres, una negación por nuestra parte para derribar la separación de los espacios públicos y privados-domésticos, una resistencia para que cualquier lugar o espacio sea ocupado sin mirada de géneros, ni asignaciones por sexos.

¿Derechos de los hombres?

El movimiento de hombres debe observar esa prehistoria de singularidades del feminismo, para poder acceder a las reivindicaciones, porque no se trata tan solo de apoyar las justas demandas surgidas del feminismo, sino que también debemos vindicar nuestros derechos. La pregunta por consiguiente es: ¿Cuáles son esos derechos? Porque desde nuestra cómoda posición de poder podría parecer que no tengamos más lucha que la condescendencia en que las mujeres también se puedan encontrar en esa cima del poder. De hecho es una forma de igualdad. ¿Pero qué perdemos con ello, qué vindicaciones propias debemos hacer?

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La mística de las nuevas paternidades

Publicado el 22 marzo 2017 en Los hombres ante la igualdad, Paternidad Igualitaria |

Octavio Salazar 11-03-2017.

Soy padre de un hijo adolescente y no creo que exagere si afirmo que esta es una de las aventuras más complejas que he tenido que asumir en mi vida. A falta de libro de instrucciones, y nadando permanentemente en un mar de dudas e inseguridades, intento no naufragar en exceso y asumir todo el proceso como un aprendizaje del que, no solo él, sino también yo salgamos más empoderados. Lo cual no quiere decir que nos convirtamos en hombres heroicos e imbatibles sino más bien todo lo contrario, es decir, en individuos que hayamos aprendido que la vulnerabilidad y la necesidad del otro/la otra es lo que otorga fortaleza ética a nuestra existencia.

Este hondo compromiso me ha regalado algunos de los mejores momentos de mis últimos 15 años, pero también me ha restado tiempo y energías, por lo que no siempre ha sido ese estado ideal que ahora me meten por los ojos en blogs y redes sociales. He intentado, e intento, ser un buen padre, o sea, un padre dubitativo, generoso y cómplice que no amigo de mi hijo, pero eso no me ha llevado a uno de esos paraísos que parecen sacados de un anuncio y en los que la paternidad se nos vende como si fuera la única vía posible para la felicidad. Al contrario, yo en muchos instantes me he sentido con ganas de tirar la toalla, me he arrepentido de parte de las decisiones de vida y hasta he soñado con dimitir de mi función. Y, por supuesto, he seguido construyendo otras muchas facetas de mi vida que me generan satisfacciones, que multiplican mis energías y que me ayudan a crecer como el hombre de coraje y ternura que un día me propuse ser. Todas ellas tan relevantes como mi paternidad porque sin ellas estoy seguro que mi hijo no tendría cerca al aprendiz de casi todo que continuo siendo. Todo esto, además, me ha permitido comprobar de primera mano que ser padre es un deseo no un derecho.

 Por todo ello siento de entrada tanta desconfianza hacia todo ese movimiento, que no sé si no pasa de ser una moda o, en el peor de los casos, una manera de revestir de manera políticamente correcta un neomachismo soft, que insiste en mostrarnos una imagen brillante de nuevos padres, la cual parece ser, para algunos, el primer paso hacia la construcción de masculinidades mucho más igualitarias y empáticas. Es cierto que esa dimensión de lo privado es casi la única en la que muchos hombres hemos empezado a compartir responsabilidades y a asumirlo como un espacio que nos permite desarrollar habilidades y capacidades que durante siglos pensamos que eran propias de mujeres.
 No seré yo quien dude de esos padres tiernos que cada vez veo con más frecuencia en los parques o de esos hombres con cochecito que generan una expectación por donde pasan digna de la portada de la revista para mujeres más “exigente”. Sin embargo, y como hace ya tiempo que asumí eso de que el feminismo es una permanente “filosofía de la sospecha”, no dejo de preguntarme si detrás de esa fachada hay o no una auténtica transformación, y no solo de ellos, sino sobre todo de las relaciones de género, o sea, de poder, que siguen dando forma al sistema sexo/género. Me gustaría saber cómo es el reparto de autoridad en su ámbito familiar, o cómo esos padres amorosos actúan en sus entornos laborales o si perpetúan las fratrías viriles de siempre aunque hayan cambiado los escenarios.
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¡Feliz día del padre feminista! (y los 364 días que quedan para demostrarlo)

Publicado el 20 marzo 2017 en Los hombres ante la igualdad, Paternidad Igualitaria |

Ritxar Bacete. El país 19 marzo 2017

En muchos lugares del mundo, el 19 de marzo se celebra el día del padre. ¡Qué bueno! Más allá de celebrar la vida, las relaciones, reconocer a nuestros ancestros o aumentar las ventas de taladros, zapatos o perfumes de determinadas empresas, es una ocasión extraordinaria para hacer una revisión crítica de las paternidades y el papel que tenemos los hombres en los cuidados, en clave feminista.

Todas las estadísticas constatan que implicación de los padres en los trabajos reproductivos y de cuidados sigue siendo dolorosamente desigual. Y aunque la tendencia hacia posiciones y prácticas más igualitarias ha ido en un lento pero paulatino aumento en las últimas décadas, es especialmente visible en el escaso número de padres que reducen su jornada o se acogen a excedencias para cuidar (menos del 7%). Es por eso que el Día del Padre, más allá de la celebración, debería convertirse en una fecha para la reflexión sobre las relaciones de género que establecemos los hombres con las mujeres con las que compartimos la vida, y el compromiso con el cambio hacia actitudes y prácticas más igualitarias. O lo que es lo mismo, reivindicar en clave igualitaria aquello que vamos a hacer los 364 días restantes.

En el mensaje de Phumzile Mlambo-Ngcuka, directora ejecutiva de ONU Mujeres, con ocasión del Día Internacional de la Mujer, nos recordaba que demasiadas mujeres y niñas de todo el mundo dedican un número excesivo de horas a las responsabilidades del hogar. Habitualmente destinan a los trabajos reproductivos y de cuidado más del doble de tiempo que los hombres y niños. Esta división desigual del trabajo no remunerado, fundamental para que la vida sea posible, está directamente relacionada con la limitación de las posibilidades de empoderamiento y empleo de las mujeres y niñas.

Aproximadamente el 80% de los hombres serán padres biológicos en algún momento de sus vidas y prácticamente todos los hombres tenemos alguna interacción socializadora con las niñas y los niños. Como nos recuerda Silvia Nanclares, las opciones de las personas que optan por el “extincionismo” son tan legítimas como las de quienes hemos decidido reproducirnos. Pero para que la vida siga, los padres importan e impactan. Lector, lectora, os invito a que reflexionemos unos segundos sobre nuestro padre, y pensemos y sintamos cómo influyó, el padre que tuvimos (o el que se ausentó), el tipo de relación que estableció con nosotras, en lo que hoy somos y hacemos. (Vaya de paso mi pequeño homenaje al mío, un buen hombre, un buen padre).

Sean padres biológicos, padrastros, padres adoptivos o sustitutos o tutores; sean hermanos, tíos o abuelos; sean parte de una relación de pareja del mismo sexo o del sexo opuesto; y vivan o no con sus hijos, la participación de los hombres en el cuidado diario de otros tiene una influencia duradera en las vidas de las niñas, los niños, las mujeres y los hombres, así como un impacto permanente en el mundo que los rode

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El papel de los hombres en la lucha por la igualdad. Reflexión dirigida a otros hombres.

Publicado el 18 marzo 2017 en Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

Lentoperoviene.org

A medida que el movimiento de hombres por la igualdad va extendiendose, va acentuándose el debate, en el seno del movimiento feminista y del propio movimiento de hombres, sobre cuál es el papel que hemos de adoptar los hombres que nos incorporamos, a estas alturas de la historia, a una lucha identificada, diagnosticada, propuesta y articulada por las mujeres desde hace siglos: la lucha por la igualdad, la lucha por la superación del patriarcado por una sociedad igualitaria.

Para la participación en cualquier movimiento político es necesario comprender la idiosincrasia y la historia propia de éste. Sólo de esta forma se podrán comprender las claves para contribuir a una mejor organización y potenciación de los objetivos propuestos. El campo político de la lucha contra el patriarcado, el feminismo, es un campo singular, diferente del resto de campos políticos. Es un campo que cuenta con un acervo ideológico muy extenso, unas prácticas políticas muy diversas y unas metodologías propias, y es singular por una particularidad que lo diferencia del resto: ha sido concebido, desarrollado y aplicado exclusivamente por mujeres a lo largo de a historia.

Comprender las claves que existen en relación a la participación de los hombres en la lucha contra el patriarcado, en los movimientos feministas, nos ayudará a quienes nos acercamos desde esta identidad, a contribuir a la consecución de su objetivo.

Si eres hombre y tienes la voluntad de erradicar las violencias machistas, de que deje de existir la brecha salarial, de que las mujeres puedan ir por la calle de noche sin amenazas de ningún tipo, de que no exista discriminación ninguna por razón de sexo u orientación sexual, o si quieres vivir de forma plena la paternidad, expresar tus sentimientos en público sin pudor, vivir sin exigencias culturales de cómo te tienes que comportar por el hecho de haber nacido hombre, tu espacio de participación es el movimiento feminista, es decir la deconstrucción del patriarcado neoliberal y la lucha por una sociedad nueva, igualitaria, justa y solidaria.

Pero, ¿cuál es nuestro papel? ¿Qué lugar hemos de ocupar los hombres en esta lucha?

Se ha escrito y dicho bastante sobre esta cuestión. Incluso existen citas que resumen posicionamientos ampliamente compartidos, como por ejemplo la de Kelley Temple, en la que afirma que

“Los hombres que deseen ser feministas no necesitan un lugar definido dentro del feminismo. Ellos deben tomar el espacio que tienen dentro de la sociedad y hacerlo feminista”.

Ante la pregunta ¿Tenemos los hombres un papel propio que desempeñar en la lucha por la igualdad? Mi respuesta es sí. Pero, ¿cuál? No todas las formas de acercarse al feminismo o al objetivo de la Igualdad son válidas, y efectivamente, algunas incluso son contraproducentes.

Contrastando estas cuestiones con compañeras y amigas que están activas en los feminismos me he encontrado con tres grandes posicionamientos frente a este “nuevo” (en términos históricos) movimiento.

– Quienes coinciden en el hecho de que “por fin” los hombres hayamos entrado en un campo de lucha que determina y configura el conjunto de la sociedad, en términos de opresión y feminicidio.

– Quienes no coinciden con el hecho de que el hombre “entre a participar, con un papel propio, en uno de los campos exclusivos y forjados por la mujer”.

– Quienes, incluso, identifican en él una estrategia de legitimación y perpetuación del propio Patriarcado.

Por otra parte, la posición de la gran mayoría de hombres de nuestra sociedad ante la exigencia de igualdad por parte del movimiento feminista se puede englobar en cuatro grandes posicionamientos,

– Quienes se oponen a esa exigencia perpetuando y profundizando la desigualdad existente,

– Quienes asumen la idea de la Igualdad como un elemento deseable, aunque ajeno a ellos,

– Quienes asumen la idea de la Igualdad y creen contribuir a su desarrollo sin haber comprendido del todo que supone, y

– Quienes asumen su responsabilidad, en tanto que hombres, poniendo el foco en ellos mismos (en la deconstrucción y reconstrucción de su masculinidad) y en la acción política colectiva necesaria a realizar para alcanzar la igualdad

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Lecciones del feminismo

Publicado el 15 marzo 2017 en General |

Luis García Montero 12/03/2017  Infolible

El feminismo, ya se sabe, es un compromiso colectivo. Si la justicia social fija su primera aspiración en el valor de la igualdad, resulta lógico que la lucha contra las desigualdades sociales entre hombres y mujeres sea un capítulo central en la vinculación cívica. En las celebraciones del Día de la Mujer, he visto a ministras, empresarias y políticas de la derecha hacer denuncias contra el machismo y apoyar medidas en favor de la igualdad. Me parece bien, cualquier apoyo a una causa justa merece respeto, aunque conviene no engañarse, porque hay muchas prácticas ideológicas y económicas que son incompatibles con la igualdad.

Por eso el feminismo, desde hace muchos años, no sólo ha sido una lucha justa, sino una escuela de libertad y emancipación a la hora de meditar sobre otros compromisos. Lo primero que debe tenerse en cuenta es que el feminismo supone quizá la única de las grandes causas del pensamiento de izquierdas que no ha acabado en catástrofe. La fraternidad de la Revolución Francesa acabó en la guillotina, el sueño comunista en las ejecuciones de Stalin y la socialdemocracia en la complicidad más turbia con los intereses de un capitalismo devorador. Al feminismo le quedan muchas conquistas pendientes, pero sus logros reales no se han visto obligados a convivir con ningún tipo de infamia. Eso vale mucho para las personas que quieren conservar al mismo tiempo sus ilusiones y su conciencia.

Como hombre, me gusta plantearme no sólo qué puedo yo aportar al feminismo, sino lo que el feminismo me ha aportado a mí en mi trabajo (la escritura) y en mis reflexiones políticas. La complicidad con el pensamiento feminista ha sido decisiva en asuntos que tienen que ver con la intimidad, el valor de los cuidados y las responsabilidades del poder.

Empecé a escribir y publicar al final de los años 70. Bajo el magisterio de la poesía de Antonio Machado y la cátedra de Juan Carlos Rodríguez, me acerqué a la poesía como un empeño de búsqueda de otra sentimentalidad, un deseo de llevar la democracia más allá de los ritos electorales. Los sentimientos son tan históricos como las Constituciones o los derechos laborales. No hay sueños públicos que puedan sostenerse en una plaza sin un proceso paralelo de emancipación de la identidad. No hay hallazgo formal que sea profundo sin una quiebra en la intimidad de las palabras. Ese es para mí el reto de la poesía: hacerme dueño de lo que digo cuando digo soy hombre, soy mujer, te quiero… En la conciencia histórica de la intimidad, en el deseo de llevar el compromiso cívico a lo que ocurre en una sala de estar o en una alcoba, el pensamiento feminista ha aportado una gran parte de las ideas más serias.

Ocurre lo mismo con los cuidados. Aunque debieran ser un asunto de todos, la desigualdad laboral y la feminización de la pobreza han convertido el tema de los cuidados en un capítulo importante de las reflexiones sobre el papel de la mujer. La escritura de la otra sentimentalidad me llevó con los años a concebir la poesía como una labor hospitalaria en la que los versos debían calcular de forma clara el lugar del otro, la presencia del lector o lectora que habita las palabras para que sea posible la emoción poética. El autor hace posible que exista el poema, pero la lectura es necesaria para que exista la poesía.
En cuanto a las reflexiones sobre la responsabilidad del poder, el pensamiento feminista ha teorizado de diversos modos que la sociedad que mide con el mismo rasero a los desiguales genera más desigualdad. Ser conscientes de la desigualdad es imprescindible a la hora de equilibrar con medidas efectivas las injusticias. La misma lógica que me lleva a defender la discriminación positiva en muchos ámbitos sociales, me lleva a pensar que en una disputa siempre es más responsable el más poderoso. No estoy nada de acuerdo, por ejemplo, con la deriva que ha tomado en Cataluña el gobierno de la Generalitat, pero creo que tiene más responsabilidad el gobierno de España en todo lo que nos está ocurriendo.

La última lección del feminismo que quiero considerar aquí es la autovigilancia. Mis compañeras me han enseñado no sólo que el protagonismo de la lucha feminista corresponde a las mujeres, sino que es bueno autovigilarse para que a unos y a otras no nos salgan ramalazos inadvertidos del machismo que respiramos. En esta sociedad de las redes y la telebasura, mientras corremos el riesgo de que las nuevas zonas de libertad se conviertan en vertederos de los bajos instintos y la ausencia de pensamiento, cada vez que escribo agradezco mucho la autovigilancia. Lo que empezó siendo una disciplina para expulsar el machismo de una sentimentalidad Otra, ha acabado en un compromiso conmigo mismo que me resulta clave cuando opino de cualquier cosa, negándome al nefasto acomodo en las banderías.

Escribir es cuidar las palabras, reconocer la presencia del otro, cultivar las condiciones para que un mundo sea habitable. Si las transformaciones sociales deben abrir la puerta de las alcobas, el amor de los cuidados debería salir de los domicilios familiares a las plazas públicas. Politizar la intimidad legitima los amparos, las obligaciones y los derechos de la ciudadanía. En 1998, publiqué una poética titulada Resumen, en la que sentí la necesidad de mezclarlo todo: No existe libertad que no conozca, / ni humillación o miedo / a los que no me haya doblegado. / Por eso sé de amor, / por eso no medito el cuerpo que te doy, / por eso cuido tanto las cosas que te digo.

En cuanto a las reflexiones sobre la responsabilidad del poder, el pensamiento feminista ha teorizado de diversos modos que la sociedad que mide con el mismo rasero a los desiguales genera más desigualdad. Ser conscientes de la desigualdad es imprescindible a la hora de equilibrar con medidas efectivas las injusticias. La misma lógica que me lleva a defender la discriminación positiva en muchos ámbitos sociales, me lleva a pensar que en una disputa siempre es más responsable el más poderoso. No estoy nada de acuerdo, por ejemplo, con la deriva que ha tomado en Cataluña el gobierno de la Generalitat, pero creo que tiene más responsabilidad el gobierno de España en todo lo que nos está ocurriendo.

La última lección del feminismo que quiero considerar aquí es la autovigilancia. Mis compañeras me han enseñado no sólo que el protagonismo de la lucha feminista corresponde a las mujeres, sino que es bueno autovigilarse para que a unos y a otras no nos salgan ramalazos inadvertidos del machismo que respiramos. En esta sociedad de las redes y la telebasura, mientras corremos el riesgo de que las nuevas zonas de libertad se conviertan en vertederos de los bajos instintos y la ausencia de pensamiento, cada vez que escribo agradezco mucho la autovigilancia. Lo que empezó siendo una disciplina para expulsar el machismo de una sentimentalidad Otra, ha acabado en un compromiso conmigo mismo que me resulta clave cuando opino de cualquier cosa, negándome al nefasto acomodo en las banderías.

 

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La deconstrucción de la masculinidad

Publicado el 13 marzo 2017 en General, Los hombres ante la igualdad |

Josep Giralt 11 de marzo de 2014 en El Pais.

Es difícil no volver a los mismos temas de siempre. Uno no puede salirse de uno mismo, aunque lo pretenda. El talento consiste en saberlo y sin embargo sorprender a cada momento. A mí principalmente me preocupan las mismas cuestiones que cuando era muy joven, pero ahora con otra perspectiva y con más incertidumbres. ¿No debería ser al revés?

Me miro al espejo y ya no me reconozco. Sin embargo, en mi interior sigo siendo el mismo. Pero, con cierto miedo a perder aquello que necesito para seguir adelante. Hace dos años desapareció una de las personas más importantes de mi vida y me da pánico volver a pasar por lo mismo. No hay día que no piense en ella. Ahora comprendo muy bien el significado de la frase“La ausencia es el peor de los males”.  Con la desaparición de Chiqui se me escapo la infancia por la ventana y la certeza de que con su marcha ya no hay forma de recuperarla. En definitiva, creo que la infancia es la única patria que existe.

La semana pasada mi compañera Raquel perdió parte de la suya. Se fue a los 93 años Lala, la guardiana silenciosa de sus primeros años. Leyendo la carta que escribió para su funeral, no puedo dejar de pensar que los afectos son nuestro mayor patrimonio.

Querida Lala.

Tu vida no fue fácil y por eso disfrazabas con algo de mal genio tu paciencia, de dureza tu infinito amor y de trabajo tu increíble lealtad. Llamarte abuela sería quedarnos cortos para Bárbara, Raquel y Elías. Fuiste mucho más. Los recuerdos no paran en momentos como este: las noches que pasamos contigo son imborrables. En tu casa dormíamos en la cama que compartiste pocos años con Manolo y a la que no quisiste volver tras su muerte. Fuiste tan generosa con nosotros que nos cedías ese lugar sagrado, aunque nunca te contamos que la situación nos desvelaba, que no pegábamos ojo, que veíamos fantasmas saliendo de debajo de la cama y que no podíamos ni ir al baño del miedo. Cosas de niños.

 Teníamos la edad de Chloé, la edad en la que todas las niñas queríamos ser maestras y peluqueras, y nos dejabas ensayar contigo. Los viernes por la tarde, los días que nuestros padres salían y te quedabas a nuestro cargo, te peinábamos hasta que te quedabas dormida, con las manitas juntas a un lado sujetando la cabeza.

 Te vas y contigo se va nuestro último vínculo con una generación noble, la generación que vivió la dureza de la Guerra. Nos contaste que en tu Moya natal tenías que caminar kilómetros si querías ir a la escuela, que empezaste a limpiar casas con 9 añitos, que te ponían ladrillos para que pudieras alcanzar el fregadero. Tu vida de pequeñita no fue fácil. Nada comparado con la nuestra.. Lo único que te hacía falta era la familia y los amigos, conversación y amor, no quedarte nunca sola. Sabemos que no siempre hemos estado a la altura. Pero tu altura moral, Lala, está demasiado arriba. Algo de esa nobleza nos has legado. No te quepa duda.

Ahora preferimos imaginarte dormida, con las manos juntitas haciendo de almohada y tu cabeza de lado. Y por imaginar, esperamos que cuando despiertes encuentres a tu lado a Manolo, a quien la vida te quitó demasiado pronto.

Lo poco o  mucho que  los hombres de mi generación (niños de los años sesenta), hemos aprendido sobre las emociones y las tareas de cuidado se lo debemos a mujeres como Chiqui o Lala.

Por el contrario, si hago un recuento de la cantidad de “padres ausentes”, o lo que es peor de “progenitores autoritarios”, totalmente desprovistos de cualidades afectivas y de capacidades para el cuidado -de mi quinta- el resultado es estremecedor. El legado patriarcal afianzado con el franquismo decapitó por completo el sistema educativo regalándoselo a la Iglesia. Crecimos en un país de “hombres mutilados emocionalmente” y “sin capacidad para el cuidado”. Confesar y asumir esta realidad se consideraba como una ulterior disminución de la virilidad.

Por descontado, fue una generación de hombres que no lloraban en público, ni tampoco mostraban ninguna sensibilidad porque se consideraba “debilidad”. Su deber era aparecer siempre como triunfadores y dar de sí mismos una imagen dura, agresiva y brillante.

No podían ir a la compra ni ocuparse de sus hijos e hijas porque eso era “cosa de mujeres”. Sus ratos de ocio lo transitaban entre iglesias, tabernas, plazas de toros, campos de fútbol y casas de putas, siendo cómplices de la mercantilización del cuerpo y del placer. Los menos, leyendo libros y en tertulias. ¿Cómo ser feliz en un país que idolatraba a Raphael y El Cordobés, mientras que en Europa se reverenciaba a los Beatles? La última versión de Soldadito español, Soldadito valiente es de 1976. Sólo hay que echar un vistazo a la letra para comprender de lo que estoy hablando.

Los hombres que han renunciado a mostrar su parte más emocional han acabado perjudicando a todo el conjunto. Millones de ellos han pasado sus vidas  intentando representar un papel de héroes que sólo es posible en la ficción. El modelo de “hombre-macho-éxito” estereotipado que ha sido socializado y perpetuado por el sistema, ¿de qué ha servido? ¿A quién ha beneficiado? ¿Qué logros se han conseguido con estos machos-alfa marcando y pretendiendo controlar su territorio por todo el planeta?

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Berdintasuna lortzeko, gizarte-berrikuntza.

Publicado el 9 marzo 2017 en General |

Izaskun Landaida Larizgoitiaren iritzi artikuluae

Berritzea gizartean elementu berriak sartzea da, gizartea eraldatzeko asmoarekin. Berrikuntza, beraz, funtsezko tresna da, emakumeen eta gizonen arteko berdintasunean oinarritutako gizarte bat berreraikitzeko ahaleginean. Berdintasun-ezari buruz dihardugunean, gizarte honek duen egiturazko arazo batez dihardugu, inondik ere berria ez den arazo batez. Emakumeek, emakume izateagatik bakarrik, mendeak daramatzate ikusezin bihurtuta, diskriminazioa eta indarkeria nozitzen. Baina emakumeen giza eskubideen urraketa horrekin amaitzeko ahalegin hori denborarekin aberasgarri bihur daiteke, jokabide, jarrera eta ikuskera berrien bidez.

Berrikuntza hitzak, batzuetan, eremu handietara eramaten gaitu, hots, teknologiaren, industriaren, hezkuntzaren, ikerketaren eta abarren bidez berritzen diren eremuetara. Bada, ordea, berritzeko beste modu bat, izenburu handietan agertzen ez dena, baina maiz ikusten dena eremu txikietan: familia batek gauero-gauero afaltzen duen mahaiaren inguruan; aita batek edo ama batek eskolatik atera berri den haurrarekin izaten duen elkarrizketan; gure adiskideei bidaltzen dizkiegun txisteetan, edo laneko elkarrizketa batean pertsona batek erantzun behar dituen galderetan. Lur asko dago oraindik ereiteko. Ongarri berriekin eta berritzaileekin erein behar dugu lur hori, geure inertziei buruz hausnartzera bultzatzen gaituzten ongarriekin, gure eguneroko jokabideen zergatiaz galdetzen diguten ongarriekin, egia biribiltzat genituen jarrera asko auzitan jartzen dituzten ongarriekin.

Gaur, Emakumeen Nazioarteko Eguna da: aurrerapausoak eman izana ospatzeko eguna, oraindik ere hainbat pauso eman behar ditugula aldarrikatzekoa, atzerapausorik ematen ari ote garen arreta handiz aztertzekoa, eta, baita ere, gizartea sentsibilizatzeko eguna. Emakundek egun hau baliatu nahi du zenbait adibide eta jarraibide mahaigaineratzeko: nola berritu daitezkeen gure praktika sozialak, eguneroko jokabideetan nola txerta ditzakegun begiratzeko modu berriak, arduratsuagoak, justuagoak, giza eskubideekin bat datozenak, eta berritzaileagoak.

Izan ere, pixkana-pixkana gizarte hau berritzeko eta eraldatzeko gai izango gara, erabakiak hartzen baditugu, kanpainako protagonistek bezala: txiste matxisten soka etetea erabaki duen gizon bat; ama bat, erabaki duena alabari erakustea bere burua maitatzea dela ezinbestekoa, eta ez bikotekide bat izatea; aita bat, semeari erakusten diona zer esan nahi duen “Ez beti da ez” esaldiak; publizitate sexistaren bidez iragartzen den produkturik ez erostea erabaki duen emakume bat; umearen lehen abizena amarena izatea erabaki duen aita bat; irakasle bat, ikasleei irakasten diena zer ekarri dion eta zer ekar diezaiokeen feminismoak gizarteari; edo enpresa bat, pertsonen talentua lehenesten duena, sexua edo arraza inolako eragozpen edo oztopo izan gabe.

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Huelga de hambre, huelga de hombre

Publicado el 1 marzo 2017 en Los hombres ante la igualdad, Violencia contra las mujeres |

Miguel Lorente. the huffington post.

Ocho mujeres (Gloria, Martina, Patricia, Marian, Susana, Sara, Sonia y Celia), están en huelga de hambre contra la violencia de género en la Puerta del Sol desde el día 9 de febrero.

Es terrible que ocho mujeres tengan que jugarse la vida para que no las maten, que necesiten llamar a la muerte para poder vivir, que tengan que detener sus vidas al Sol para que no les alcance la sombra de la violencia.

Y mientras todo eso sucede, cada hombre que las mira deja que todo transcurra como una anécdota, como si la desigualdad fuera una accidente y la violencia una sorpresa, como si nada de lo que está sucediendo fuera con él, como si su silencio ante el machismo y su violencia fuese suficiente, como si su voz no pudiera cambiar la realidad y sus palabras señalar a aquellos otros hombres que las utilizan para maltratar, o que las callan para que hable la complicidad.

La ausencia de los hombres en la lucha contra la violencia de género y la desigualdad no es un accidente, es la firme determinación de continuar con el modelo de sociedad machista que los sitúa en una posición de poder a costa de los derechos de las mujeres, de ahí la coherencia entre la ausencia de hombres en la solución del problema y su presencia protagonista en la violencia que ejercen contra las mujeres, y en la sociedad que convive con ella como parte de la normalidad.

Que 700.000 mujeres maltratadas y 60 asesinadas cada año sólo sea un problema grave para el 1’8% de la población, además de lo terrible del resultado es mentira, porque ese porcentaje no refleja el verdadero posicionamiento de la sociedad, sino la respuesta de las mujeres que se revelan frente a esa violencia. Pues son ellas quienes forman la mayoría de ese porcentaje mínimo, como son ellas las que llenan las calles contra la violencia, las que gritan con sus minutos de silencio, las que se revelan frente a la pasividad, la distancia y la desidia de una sociedad machista que no duda en dejar que los hombres llenen las redes de palabras contra las propias mujeres y las personas que se revelan frente a su modelo androcéntrico, al igual que lo hacen contra las leyes y medidas que buscan conseguir la Igualdad.

Y mientras ocho mujeres están en huelga de hambre para que el resto pueda vivir en paz y alimentarse de Igualdad, un oligoelemento esencial en la dieta de la democracia sin el cual resulta imposible la convivencia, la mayoría de los hombres están en huelga de brazos caídos y palabras alzadas para no hacer nada por la Igualdad.

La transformación social a favor de la Igualdad está siendo protagonizada y liderada por las mujeres, por ello muchos hombres se resisten y algunos reaccionan con más violencia para conseguir con ella lo que antes lograban por medio de la normalidad y el control social, de ahí que el resultado de este cambio haya sido más violencia. Así lo demuestran las Macroencuestas cuando recogen que en 2006 las mujeres que sufrían violencia eran 400.000 y en 2011 fueron 600.000.

 

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Feminismo emancipador vs multiculturalismo acrítico

Publicado el 27 febrero 2017 en General |

Octavio Salazar. 25/02/2017. The Huffington post.

En los últimos años no han dejado de aparecer en los medios noticias que han tenido como protagonistas a mujeres a las que hemos visto en encrucijadas derivadas de su identidad cultural o religiosa. Hace apenas unas semanas, leíamos cómo un juzgado de Palma, apoyándose en la libertad religiosa de la demandante, respaldaba el uso del velo islámico de una azafata de tierra a la que la empresa Acciona se lo había prohibido. A principios de año, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos fallaba en contra de un matrimonio musulmán que se negó a que sus hijas fueran a clases mixtas de natación en Suiza. Han sido innumerables los casos en los que el conflicto se ha planteado con respecto al uso por parte de menores de símbolos religiosos en la escuela, por no hablar de polémicas convertidas en espectáculo mediático, como la prohibición del burkini el pasado verano.

Todas estas noticias tienen en común dos elementos: 1º) los sujetos que portan un determinado símbolo o que tratan de cumplir con un determinado código de conducta son mujeres; 2º) con diferente intensidad, en todos los casos asistimos a un posible conflicto entre las normas propias de una cultura, en la mayoría de los casos vinculada directa o indirectamente a creencias religiosas, y los valores que hemos asumido como comunes en ese imperfecto pero admirable pacto social que hemos denominado “constitucionalismo”.

Estas dos referencias nos ponen sobre la pista de las dos cuestiones que interseccionan entre sí y que constituyen uno de los grandes retos de nuestros sistemas democráticos. De una parte, la garantía de unas sociedades interculturales en las que hagamos posible un más que aceptable equilibrio entre igualdad y pluralismo. De otra, la protección de los derechos de las mujeres y de las niñas como presupuesto ineludible de una democracia que, para ser tal, necesita considerarlas sujetos autónomos y con voz propia.

El hecho de que sean precisamente ellas, las mujeres de determinadas culturas, las que se vean sometidas a presiones y se conviertan en foco de conflictos, mientras que sus compañeros varones carecen de las mismas ataduras, obliga a que enfoquemos todas estas cuestiones desde una perspectiva de género, es decir, teniendo en cuenta que las relaciones de poder sobre las que se construyen las culturas y en las que tradicionalmente las mujeres están en posiciones de subordiscriminación. Unas posiciones que alimentan en general todas las religiones, muy especialmente las monoteístas, las cuales se apoyan en dogmas creados o interpretados por jerarcas masculinos que, a su vez, se traducen en normas y reglas que perpetúan la desigualdad de género.

Todo ello nos obliga, de entrada, a asumir que la mayoría de los conflictos que se plantean no son tanto de tipo religioso o cultural sino político -hablamos de poder, de estatus, de ciudadanía- y de que sólo aplicando el principio de igualdad, en cuanto fundamento de nuestro pacto social, podremos gestionarlos adecuadamente. Esta perspectiva nos obliga a tener presente la dimensión interseccional de la discriminación que sufren las mujeres, al tiempo que no perdemos de vista que, como bien nos advierte Nancy Fraser, identidad, participación y distribución de bienes y recursos van de la mano.

Por lo tanto, frente a un multiculturalismo “acrítico”, que de manera ciertamente paradójica ha sido el más extendido en cierta izquierda europea, la creciente diversidad cultural y religiosa de nuestras sociedades debería obligarnos a replantear los fundamentos del pacto social -poder, ciudadanía, igualdad, derechos humanos- con el objetivo último de que el sistema permita garantizar el libre desarrollo de la personalidad de todos y de todas. Un objetivo que exige por poner las bases sociales, políticas, culturales y económicas para que las mujeres dejen de ser heterodesignadas. Ello implica situar el concepto de autonomía en el foco de atención principal en los debates que hoy tenemos abiertos en torno a los derechos humanos de las mujeres. Este concepto, que nada tiene que ver con la libre elección, mitificada por el neoliberalismo, y que ha de situarse siempre en un contexto relacional, obliga, entre otras cosas, a la liberación de adscripciones coercitivas y a la participación pública en condiciones de igualdad. Algo que sigue siendo todavía hoy un reto para las mujeres en muchos contextos culturales en los que continúan estando condenadas a ser las “guardianas de las tradiciones”, mientras que sus compañeros varones ejercen poder en lo público y en lo privado sin sentirse maniatados ni por dioses ni por costumbres.

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