Gizonduz

Logotipo institucional euskadi.net
Menú de Navegación

Bienvenido bienvenida al Blog de la Iniciativa Gizonduz
Ongi etorri Gizonduz Ekimenaren blogera

Concienciación, participación e implicación de los hombres en pro de la igualdad de mujeres y hombres

Gizonen Kontzientziazioa, partehartzea eta implikazioa emakume eta gizonen arteko berdintasunaren alde

Machismo, matrimonio y violencia

Publicado el 11 enero 2017 en Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Miguel Lorente. 8 enero.

Los argumentos del posmachismo para cuestionar la violencia de género no tienen límites, lo hemos visto en las declaraciones del magistrado del Tribunal Supremo, Antonio Salas, y en la reacción que las han seguido argumentando que “no hay que hablar de violencia de género porque la violencia aparece en todos los tipos de relación, también entre personas del mismo sexo”.

Una de las características del posmachismo es decir una cosa y la contraria para generar confusión, que es el objetivo para conseguir que no haya posicionamiento social frente a la desigualdad y que todo siga igual. Veamos cómo lo hace respecto al matrimonio y la violencia de género.

El machismo cuestiona el matrimonio entre personas del mismo sexo, y dice que viene a desvirtuar el modelo tradicional de familia, o sea, el impuesto por la cultura que lo ha considerado como el único válido, llegando a pedir que la unión entre personas del mismo sexo se haga de forma diferente, que se denomine de otra forma y que no tengan los mismos derechos. Con ese posicionamiento reconoce de forma clara la influencia del modelo de relación que la cultura ha establecido a lo largo de los siglos, el cual admiten que actúa como una referencia que lleva a reproducirlo y a facilitar la vía de expresión de lo que significa la relación, ese compromiso nacido del amor, a través del mismo, incluso en parejas diferentes a la clásica hombre-mujer.

Ese planteamiento muestra cómo el machismo viene a reivindicar la autoría del matrimonio, de la familia, de los papeles de los hombres y mujeres dentro de ella, así como algunas formas de organizar la relación y dinámica dentro de ese contexto, desde la distribución rígida de roles, funciones, espacios y tiempos, hasta la idea de autoridad, respeto, sacrificio, entrega… en las personas que forman la relación o familia. En cambio, ese mismo machismo creador de la relación no dice nada sobre la violencia que el propio modelo incorpora cuando entiende que la dinámica entra en conflicto y el orden necesita ser restablecido desde el criterio de autoridad que representa el hombre. Una violencia que, en lo particular, lleva a muchas mujeres a decir lo de “mi marido me pega lo normal”, de hecho, el 44% de las mujeres que no denuncian afirman no hacerlo porque la violencia que sufren “no es lo suficientemente grave” (Macroencuesta, 2015); y en lo social hace que mucha gente piense que ante la violencia de género no hay que actuar por ser un “asunto de pareja”.

Esta normalidad de la violencia de género dentro del modelo de relación no se debe a que la violencia se vea como algo normal de forma general, puesto que no se acepta en otros contextos, sino a que el modelo de relación está por encima de las circunstancias y de los elementos necesarios para recuperar el orden que lo sustenta una vez que se ha alterado, incluyendo entre esos instrumentos a la propia violencia. Esto es la violencia de género, la violencia construida sobre las referencias culturales que presentan a los hombres como autoridad y guardianes del orden que ellos mismos han creado, y a las mujeres como sometidas y amenaza de ese orden.

No existe una construcción cultural para la violencia que pueda ejercer una mujer contra un hombre, ni contra la que pueda desarrollar un hombre contra otro hombre o una mujer contra una mujer en una relación homosexual, podrá haber violencia en estos casos, pero no cuenta con la normalidad como argumento ni como justificación.

Y ante la violencia de género secular que ha sido sistemáticamente ignorada por la sociedad y sus leyes, y que incluso ha contado con atenuantes y justificantes de todo tipo, incluso legales, el argumento actual del posmachismo es que no existe y que las razones para que un hombre agreda y asesine a su mujer son muy diferentes, por ejemplo, el recurrido argumento de los celos. Y dicen que si un gay puede asesinar a su pareja por celos un hombre también puede asesinar a su pareja por celos, como explicación de que la violencia de género no existe.

Todo ello forma parte del posmachismo para intentar desvirtuar la violencia de género a través del cuestionamiento de su realidad y de su desvinculación de la desigualdad histórica, o sea, del machismo. Evidentemente, no lo consigue, pero conviene destacar dos elementos de su estrategia bajo este argumento para desenmascarar sus tácticas.

. En primer lugar, sorprende que el mismo posmachismo que reivindica su modelo de familia como una creación propia de sus valores, exigiendo un uso exclusivo y que todo lo que se aparte de su modelo no sea denominado “matrimonio” ni equiparado en derechos, en cambio no reconozca que la violencia que se produce dentro de ese modelo de relación como parte de su “normalidad”, no se entienda como el origen de la violencia en las relaciones homosexuales, y pretendan presentar la violencia en las relaciones entre dos hombres o dos mujeres como “propia” y al margen de la construcción cultural machista que lleva a entender que la violencia puede formar parte de las relaciones.

Es decir, por un lado dicen que el matrimonio, la paternidad, la maternidad y otros elementos son suyos y propios de ese tipo de relación, y en cambio, la violencia que cultural e históricamente forma parte de ese mismo contexto de relación, dicen que no es propia y que es un problema al margen. Curioso planteamiento.

leer completa

Leer más

El feminismo y la crítica a la masculinidad en el movimiento LGTB

Publicado el 4 enero 2017 en Diversidad sexual, General, Los hombres ante la igualdad |

Vicent Canet03 enero 2017. Miembro de la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género (AHIGE)

El movimiento feminista y el de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales (LGTB) han compartido históricamente luchas y enfoques. Y pese a compartir eso, no siempre la relación ha sido fluida, ni siempre se ha visto clara una vinculación que ahora es para muchos transparente: la discriminación parte del mismo sistema social el heteropatriarcado. El machismo otorga roles y derechos en función del género y también delimita qué hombres y mujeres han de ser heterosexuales.

No fue siempre así. Todo el mundo ha visto esta interconexión. Hubo momentos históricos en los que el movimiento feminista no visibilizó el lesbianismo y, por otra parte, el movimiento lésbico tampoco siempre se sintió claramente feminista. La relación con el movimiento de hombres gays ha sido diferente: el movimiento gay no se ha postulado mayoritariamente como feminista, aunque pueda apoyar sus luchas por la igualdad o considerar al feminismo un aliado. Es un hecho, por ejemplo, que en las asociaciones y eventos mixtos LGTB suelen predominar los hombres, de una forma abrumadora. En muchas no se aplica una perspectiva feminista que promueva el empoderamiento a las mujeres bisexuales, lesbianas y transexuales a participar en unas asociaciones muy androcéntricas, aunque no necesariamente machistas.

En cambio, la tercera ola del feminismo se entrelaza con el movimiento queer (y con otros como el ecologismo, el antirracismo, etc) tanto desde un punto de vista teórico como de las mismas prácticas y de las asociaciones que se generan. En los nuevos movimientos alternativos no existe en muchas ocasiones separación por luchas ya que se consideran por igual feministas y a favor de las diferentes opciones del deseo, de los cuerpos y de los afectos. Incluso plantean, en algunos casos, nuevas formas de relación afectivo-sexual que superen la pareja tradicional, como el llamado “poliamor”. Con todo, esta tercera ola está muy circunscrita –al menos en el Estado español– a movimientos alternativos, sin ser todavía hegemónica. Aún perviven muchas asociaciones LGTB y feministas que trabajan en colaboración si hace falta, pero de forma separada y que no buscan espacios en común. La interrelación y la colaboración continuada o incluso el trabajo desde una misma entidad (por el feminismo y por los derechos del colectivo LGTB) no es lo hegemónico aún, pero sí una tendencia en crecimiento.

Feminismo en el colectivo gay

Y creo que donde menos conciencia hay de la conexión con el feminismo no es en el movimiento gay sino entre los gays (sobre todo si no son activistas). El colectivo de hombres gays, como tal, diría que comparte actitudes machistas e incluso misóginas en la misma medida que el colectivo de hombres heterosexuales. No creo que como colectivo seamos más machistas que los heterosexuales, pero no tengo claro que lo seamos menos. Tampoco creo que hayamos incorporado como colectivo (ni en algunas ocasiones como movimiento social) aprendizajes clave del feminismo como cuestionarnos las relaciones personales y pensar que lo personal es político.

Mucho ha reflexionado el movimiento gay sobre la discriminación que padecemos y la homofobia de la sociedad. Por pura necesidad: hasta hace nada nos mataban o encarcelaban en este país, y aún lo siguen haciendo en muchos otros países. El movimiento LGTB en sus inicios tenía como prioridad evitar la discriminación y la violencia que padecíamos en una sociedad hostil. Era lógico que el movimiento gay se centrara en conseguir que la sociedad asumiera la diversidad sexual: por pura supervivencia. Pero ahora, con las cotas de libertades conseguidas en este país -aunque todavía quede mucho por conseguir una igualdad real- es un buen momento para que los gays como movimiento y como colectivo trabajemos nuestra cotidianidad con las herramientas del feminismo. ¿Hasta qué punto reproducimos en nuestras relaciones con las mujeres y con otros hombres actitudes del machismo y de la masculinidad más tóxica y generamos violencias intragénero?

Leer completa

Leer más

Por la reforma ’16 más 16′ de igualación de los permisos de paternidad y maternidad

Publicado el 29 diciembre 2016 en General, Los hombres ante la igualdad, Paternidad Igualitaria |

A partir del próximo 1 de enero se añadirán dos semanas más al permiso de paternidad (éste pasará a ser de 4 semanas). Esta ampliación del permiso de paternidad no es sino aplicar lo que la Ley de Igualdad de 2007 contemplaba que tenía que suceder desde el 1 de enero de 2011, y que se ha venido posponiendo sucesivamente “por razones presupuestarias” (como si dicha medida fuera un lujo). Además la ministra Báñez sostiene que impulsará el diálogo parlamentario para la elaboración de un Pacto Nacional para la conciliación y la racionalización de horarios (incluyendo el cambio de huso horario).

Pero la medida verdaderamente histórica -complementada con las mencionadas anteriormente- y que actuaría sobre el mismo núcleo de la desigualdad de género y de los problemas de conciliación es la equiparación del permiso de paternidad con el de maternidad. Este es el sentido de la proposición no de ley aprobada el pasado 18 de octubre de 2016 por el pleno del Congreso de los Diputados, que insta al Gobierno a estudiar dicha reforma.

La propuesta consiste en igualar gradualmente el permiso de paternidad (ahora mismo de 2 semanas) con el de maternidad (actualmente de 16 semanas). De esta manera se alcanzaría un sistema de permisos parentales “16+16”, en donde cada uno de los progenitores dispondría de 16 semanas de permiso, no trasferibles al otro progenitor, bien remuneradas, y con un amplio margen de flexibilidad (en los plazos, etc.) en el uso de las mismas. Si saliera adelante esta reforma, la ampliación del permiso de paternidad a 4 semanas de 2017 habría constituido el primer paso en el proceso que conduciría a un permiso de paternidad de 16 semanas.

A veces como mejor se trasmite una idea es con un ejemplo. Consideremos el caso de una pareja heterosexual en donde ambos trabajan como asalariados estando ya en vigor el sistema 16+16. Esta pareja tiene un primer hijo, tras lo cual la madre utiliza su permiso de maternidad de 16 semanas, más 2 semanas más en concepto de permiso de lactancia acumulado, más 4 semanas más de vacaciones que utiliza para cuidar de su bebé. Al cabo de 5 meses y medio la madre se reincorpora a su trabajo.

Por su parte, el padre utiliza 2 de sus 16 semanas durante las dos primeras semanas inmediatamente posteriores al parto (un período crítico para el hogar y de recuperación física de la madre); sin embargo, se reserva las otras 14 semanas de su permiso de paternidad y las utiliza tras la reincorporación de la madre a su trabajo, una vez que el bebé tiene casi 6 meses (y quizás ha dejado de recibir la lactancia materna). De esta manera el padre de nuestro ejemplo, añadiendo también sus semanas de vacaciones, cuida en exclusiva del bebé durante varios meses (mientras la madre trabaja), con lo que este niño/niña habría sido cuidado consecutivamente por sus dos progenitores hasta prácticamente tener un año de edad (momento en el cual empezaría a ir a la guardería).

En realidad este ejemplo es muy parecido a lo que ya realizan la mayoría de parejas en Islandia, y que se podría hacer realidad aquí si se aprobara la reforma 16+16. Ahora bien, ¿y si otras parejas quisieran tomarse los permisos de manera simultánea? O si, por ejemplo, un padre (o una madre) no quisiera desligarse totalmente de su trabajo y prefiriera tomarse la baja a tiempo parcial (trabajando a media jornada) y doblando el periodo total de baja? Pues perfecto. La idea es que el sistema de permisos 16+16 debería ser totalmente flexible en plazos, secuencias y dedicación, de manera que se pudiera adaptar a las restricciones y a las preferencias de cada pareja.

Leer más 

Leer más

Testosterona cómplice

Publicado el 27 diciembre 2016 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Dos hechos terribles pero trágicamente habituales han saltado a los diarios en los últimos días. Un conocido periodista catalán –Alfons Quintà— asesinó a una doctora en Medicina en Barcelona y escribió en una carta de despedida antes de suicidarse, que ella, que era su pareja, quería dejar de serlo. Pocos días después, una diputada del Parlamento andaluz, portavoz de su grupo político, es abordada en una reunión institucional en la Cámara de Comercio de Sevilla y, en presencia del presidente de la Cámara y de otros empresarios, un consejero de la Cámara – Manuel Muñoz Medina— se abalanza sobre Teresa Rodríguez y entre risas le tapa la boca y la besa. Estaban con unas copas de más, dan como disculpa lo que debiera ser un agravante.

¿Qué tienen que ver una y otra agresión? Pues tienen mucho que ver porque forman parte del hilo conductor que hace posible que las mujeres acaben muertas en manos de los hombres que dicen amarlas, que dicen desearlas. Porque estos hombres que acosan quiebran la voluntad de las mujeres; y en algunos casos, la vida. A Quintá ya no le quedaba más que impotencia e ira que volvió, tras matar a Victoria Bertrán, contra su propia vida. No siempre ocurre así.

El empresario sevillano actuó frente a los palmeros que reían sus gracias, sus atrevimientos, todos ellos miembros de la Cámara de Comercio, tan divertidos.

Es la misma  lógica de aquellos jóvenes que en las fiestas de Pamplona hace unos meses violaron a una joven entre todos y compartieron su hazaña en las redes para darse postín. Un postín que los ha llevado a los tribunales como delincuentes de la peor calaña.

Tras la muerte de Victoria Bertrán,  numerosos periodistas varones y algunos medios en los que trabajó  el asesino, Alfons Quintà, que fuera director de TV3, han escrito de él que fue un abusador, un misógeno, un acosador, un maltratador. Hubo quien citó que la madre  de Victoria hace ya varios lustros se acercó al escritor Quim Monzò y le dijo que temía por su hija.  Nadie hizo nada. Silencio cómplice, risas complacientes con el jefe. Machismo en vena. Copitas de más. Testosterona cómplice en las redacciones donde tantos periodistas siguen encontrando gracioso el abuso de poder contra las mujeres.

Quintà continuó al frente de equipos, ejerciendo su poder y su maltrato, abusando ante la complicidad de todos. ¿A cuantas mujeres acosó? A cuantas, solas o ante otros, ridiculizó, humilló, a cuantas acorraló o agredió desde el poder de jefe omnímodo, del silencio de los otros, de tu palabra contra la mía? A otras asedió, a Victoria además, la mató.

Leer completa

Leer más

Masculinidades tóxicas

Publicado el 21 diciembre 2016 en General, Violencia machista |

Octavio Salazar Profesor Titular de Derecho Constitucional, Universidad de Córdoba

Leo sobrecogido el relato de cómo Antonio Peñalver, el subcampeón olímpico de Barcelona 92, sufrió abusos sexuales a mano de su entrenador Miguel Ángel Millán y pienso en cuántos enormes armarios quedan todavía por abrir en nuestras sociedades neomachistas. Las palabras de Peñalver, que se suman a las que poco a poco van dejando al descubierto el dolor de tantos que un día se sintieron “puñeteros héroes” gracias a un guía todopoderoso al que con frecuencia se encontraban encima al despertarse, nos desvelan uno de los muchos rincones oscuros del patriarcado. El que tiene que ver con el abuso del poder y el dominio erotizado, el que se usa y del que se abusa sobre los y las más débiles, el que alimenta monstruos y genera víctimas de por vida.

La masculinidad hegemónica, construida históricamente sobre el íntimo vínculo poder-violencia y que se ha traducido siempre en relaciones jerárquicas entre el que está en el púlpito y aquéllos y aquéllas que están a sus pies, no sólo ha convertido a las mujeres en las principales sufridoras de los excesos del macho sino que también ha herido de muerte a los hombres disidentes y a aquéllos que se han encontrado en una posición subordinada. Para mantener el estatus de dominio, el jerarca ha tenido que usar siempre sus poderes de seducción, tan ligados al poder que ha ejercido, y en última instancia la violencia, en cualquiera de sus formas: física, psicológica, emocional, sexual o puramente simbólica. Este brutal ejercicio del poderío masculino no solo se ha proyectado, insisto, con respecto a las mujeres consideradas por naturaleza desiguales y entregadas siempre a las necesidades del varón, sino también en aquellos círculos de hombres en los que se han generado vínculos de una cierta intimidad y que habitualmente han carecido de transparencia. Ahí está la vergonzante historia de la pederastia en la Iglesia Católica para demostrarlo: la más demoledora expresión de eso que el teólogo Juan José Tamayo ha denominado “masculinidades sagradas”

Durante siglos, en seminarios, colegios, parroquias y noviciados, los hombres sagrados -obispos, diáconos, sacerdotes- han actuado como dioses, capaces por tanto de someter y denigrar, de exigir y de abusar, de dictar la ley y de callar ante el pecado propio. El poder sobre las almas acaba siendo poder sobre los cuerpos y todo ello en un contexto de moral represiva con la libertad sexual, con la expresión de las emociones y con la diversidad de género. Los mismos hombres enjaulados que interpretan las escrituras y lanzan proclamaciones dogmáticas acaban convertidos en monstruos que rezan por las mañanas en público y usan el látigo de sus placeres ocultos por las noches. Todo ello, además, con el silencio cómplice de todos los que sabiendo han callado.

Esa concepción de la virilidad, que con frecuencia se acompaña de homofobia interiorizada y de una brutal represión de la propia identidad, se nutre y se multiplica en espacios de homosocialidad en los que existe una fuerte estructura jerárquica, ya sea explícita o implícita, y en los que se reafirma hasta la exasperación que ser hombre implica sobre todo no ser mujer. No cabe duda de que tradicionalmente el deporte ha sido uno de esos ámbitos en los que la virilidad dominante era la que marcaba las reglas e imponía fronteras en los espacios. Unos espacios en los que individuos singularmente vulnerables -menores de edad en general, chicos con problemas de identidad o con dificultades socioeconómicas en particular- son las principales víctimas de un sistema en el que es muy fácil sublimar lo que en un momento determinado puede dar sentido la vida. En el caso de Antonio Peñalver, y de otros muchos que en estos días se atreven a dar la cara, es evidente: “en esos momentos mi vida y mi religión era el atletismo”. Una religión en la que existía un sumo sacerdote que se creía dios, en las pistas y fuera de ellas, y una vida en la que el aprendiz de todo que entonces era Antonio se sentía dependiente del que consideraba “un puñetero Dios”.

Leer completa

Leer más

El run-run de las paternidades igualitarias

Publicado el 17 diciembre 2016 en Paternidad Igualitaria |

A las puertas de 2017 seguimos viviendo en sociedades donde las paternidades distan mucho de ser igualitarias y equitativas. Por ello, bienvenidas sean otras formas de paternidades que se desvinculen y alejen cada vez más de una manera concreta de entender y ejercer qué es ser padre. Paternidades más igualitarias y equitativas que sean alternativas a las paternidades sexistas.

Sin quitarle ni un ápice de importancia al papel que las paternidades tienen o deben de tener en la construcción de sociedades más justas e igualitarias, últimamente me encuentro con un ‘run-run’ constante de artículos, investigaciones, jornadas, comentarios en redes sociales, etc., que nos hablan de las grandes bondades de las paternidades igualitarias en el avance hacia la igualdad entre mujeres y hombres. Es como si hubiéramos dado con la fórmula mágica para conseguir la igualdad real entre mujeres y hombres. Y reitero, no seré yo quien niegue que abordar la construcción de paternidades (y maternidades) más igualitarias es importantísimo parar lograr sociedades más justas, equitativas e igualitarias.

Pero parece que podríamos estar intentando reproducir en los hombres aquello que el movimiento feminista ve como algo peligroso y dañino para las mujeres: la imposición de la maternidad, la ’esclavitud’ de la maternidad. De acuerdo a esta idea para que una mujer se realice ‘cien por cien’ como persona tiene que pasar sí o sí, por la maternidad. Claramente se trata de una maternidad muy concreta, que en nuestra cultura y sociedades se impone con características como: abnegadas, súper-madres, entregadas, conciliadoras, bondadosas, etc.

¿Es que acaso ser padre se está convirtiendo en un requisito imprescindible para construir relaciones igualitarias entre mujeres y hombres? Y es ahí donde mi ‘run-run’ se acentúa.  Ser padre es y debería de ser una opción, no un deber, una imposición social y cultural. Ser padre o no serlo no debe condicionar el logro de relaciones equitativas e igualitarias entre mujeres y hombres. Las paternidades (y las maternidades) no deben ser el elemento transversal en las relaciones entre mujeres y hombres, como pudiera parecer últimamente. Los seres humanos, al margen de ser madres o padres, somos seres sociales en múltiples espacios, papeles y funciones: en el ámbito de las amistades, en al ámbito laboral, en la calle, en la política, en la cultura, entre muchos otros. En definitiva debemos ser partícipes desde perspectivas que incluyan a las paternidades y las maternidades como uno de los elementos a tener en cuenta, no como eje central, en la construcción de sociedades justas e igualitarias entre mujeres y hombres.

Quizás, el foco de atención debería estar en los cuidados. Es decir, ubicar el análisis, la reflexión y el trabajo sobre las paternidades y maternidades dentro de la organización social de los cuidados. Para ello, deberíamos entender los cuidados como proponen las miradas feministas sobre la economía. Leer a Amaia Pérez Orozco o Nancy Fraser nos puede ayudar a identificar qué elementos debemos tener presentes al abordar el complejo tema de los cuidados y como estos elementos se relacionan con las maternidades y paternidades. Que sean los cuidados el tema transversal, ya que nos increpan directamente en todas las facetas de nuestras vidas.

Sabemos y somos conscientes, o deberíamos serlo, de que la falta de corresponsabilidad en nuestras sociedades es un hecho con graves consecuencias sobre todo para las mujeres. Son ellas quienes mayoritariamente realizan las labores de los cuidados. Pero es necesario entender la corresponsabilidad en un sentido amplio, donde actores y actrices son las mujeres, los hombres, el mercado y el Estado. Y los escenarios donde interactúan estos actores y actrices son las esferas públicas y privadas. Es en este esquema donde las paternidades son una cuestión más a tener en cuenta. Al fin y al cabo, lo que autoras como Amaia Pérez Orozco plantean es que los cuidados sean el eje de un modelo de desarrollo productivo-reproductivo sostenible.

Ubicar el debate, el análisis y las reflexiones sobre las paternidades en este contexto nos permite abordar y tener presentes cuestiones relacionadas directamente con las paternidades, como por ejemplo: la relación de los hombres con la corresponsabilidad, con las relaciones de poder y los privilegios, la relación de las masculinidades y las feminidades con los cuidados, los sistemas de cuidados, etc.  Incluso con un tema que se obvia al hablar sobre paternidades y maternidades: la relación entre quienes son madres o padres con quienes no lo so

leer completa

Leer más

EL MOVIMIENTO DE HOMBRES POR LA IGUALDAD, EN LA ENCRUCIJADA.

Publicado el 15 diciembre 2016 en Grupos de hombres |

Editorial de noviembre de 2016. revista hombres igualitarios AHIGE

pasado 21 de octubre tuvo lugar en Sevilla una de las manifestaciones de hombres contra las violencias machistas más importantes de los últimos años. Se conmemoraba el décimo aniversario del primer acto de este tipo, que tuvo lugar también en Sevilla y que marcó un ciclo nuevo de consolidación de nuestro movimiento. Hay que recordar que AHIGE ha venido convocando ese día, el 21 de octubre, ruedas de hombres contra las violencias hacia las mujeres, cada año desde 2007. Recordemos, también, que desde la aprobación de la agenda común de los hombres por la igualdad el 2011 el 21 de octubre es una fecha dedicada a la visibilización de los hombres contra las violencias machistas. Este año las ruedas de hombres, convocadas en su mayor parte por AHIGE, han rozado la treintena en todo el territorio.

Inclusive los hombres de Italia, gracias a los compañeros de “Maschile Plurale”, se han unido a la efeméride, con una campaña paralela esos mismos días, titulada “Prima della violenza” (“Antes de la violencia”). De América latina nos llegan las voces de los colectivos de varones antipatriarcales, que hace poco se manifestaron en Argentina y Uruguay, reuniendo hombres de todo el continente.

La gran manifestación de Sevilla (en cuya preparación los compañeros del Foro de Hombres por la Igualdad –con nuestra colaboración- han sabido ganarse la complicidad de muchos colectivos de la ciudad), así como las ruedas de hombres de estos años, pudiera dar la falsa impresión de que nuestro movimiento es ya masivo y está llegando a su madurez. Creemos que no es así y que nos queda aún mucho recorrido.

Es cierto que desde la Academia (ya antes, pero sobre todo a raíz del Congreso Iberoamericano de Masculinidades y Equidad, del 2011 en Barcelona) cada vez se dedica más atención a los estudios sobre masculinidades, las identidades, las violencias, etc. Son cada vez más numerosos los Seminarios, Jornadas, Simposia, etc sobre este tema. 

Por otro lado, cada vez son mayores los proyectos, programas, talleres dedicados tanto al trabajo con padres como con adolescentes. Se han desarrollado estos últimos años desde plataformas de todo tipo. También nuestra asociación ha contribuido a ello desde su inicio, con proyectos como “IgualES” o la red XAJI, entre otros.

Sin embargo, esta multiplicación de iniciativas (que aún son muy insuficientes ante las tareas que tenemos por delante) no se corresponde con un desarrollo orgánico del movimiento de hombres. Este, aunque está extendido por todo el territorio, está estancado. Su base tradicional, los grupos de reflexión de hombres, se encuentra en retroceso. Y para AHIGE, nacida de un grupo de hombres en Málaga y que siempre hemos dado mucha importancia al trabajo personal que se da en estos grupos, este dato es muy preocupante.

Es cierto que puntualmente aparecen grupos de chicos jóvenes que comparten las ideas feministas y que se movilizan en un momento determinado, pero sin continuidad orgánica. Nos hace falta un relevo generacional en nuestro movimiento. El mundo cambia y los jóvenes sufren en su propia carne también los estragos del patriarcado neoliberal que es nuestro sistema dominante hoy. Y tienen sus propias formas de resistencia y de creación de alternativas. Tenemos que escucharlos y abrir una conversación con ellos sobre el futuro de nuestro movimiento. Por otro lado, son cada vez más las voces que nos advierten del resurgimiento de viejas actitudes machistas entre los chicos, seguramente por una falta de referentes que no encuentran entre los escasos hombres adultos comprometidos con la equidad de género. Necesitamos construir con los más jóvenes nuevos lenguajes, nuevos medios para que las nuevas generaciones avancen hacia la justicia de género.

Nosotros vemos todo esto como una crisis del patriarcado (que a lo mejor también es simultánea con su reforzamiento), que se manifiesta como una crisis de la masculinidad tradicional, que hace aguas por todos lados, pero que también se resiste a desaparecer. No es casual la floración de movimientos neomachistas y nostálgicos, muchas veces con un cariz muy agresivo.

En medio de todo ello, nosotros queremos hacer emerger un deseo de libertad masculina, de una libertad que se base en la igualdad, en la justicia, no sólo en el respeto sino en el aprecio de la diversidad, en el amor. En este camino, aún incipiente, necesitamos manos, corazones, vida. La tarea es ingente, estamos en el inicio y nos falta gente y voluntades. Por eso se impone la reflexión. ¿Cómo lo hacemos? ¿Por dónde empezamos?

leer completa.

Leer más

Feminizar la política

Publicado el 5 diciembre 2016 en Feminismos, General |

03/12/2016 | Justa Montero

Feminizar la política incluye muchas cosas distintas, desde la mayor presencia de mujeres en el espacio público, la propia consideración de la ética y lo político, al contenido mismo de la política feminista. Se trata por tanto de un concepto equívoco y ambivalente, sujeto a muy variadas interpretaciones en sus dos componentes, el de la feminización y el de la política.

Más mujeres y otras políticas

En este debate existe un punto de partida común que es la importancia de la presencia de mujeres en la política, aunque sea como un síntoma de “normalización” del actual sistema de representación. Pero el debate ha adquirido nuevos aires con la potente irrupción, desde hace un par de años, de mujeres en los Ayuntamientos y distintos Parlamentos. La presencia de mujeres en estos espacios de poder no es algo nuevo; sí lo es que muchas de ellas sean mujeres comprometidas con dar un nuevo sentido a la política, deudoras del 15M como movimiento que enarboló el “no nos representan”.

Si alguien tuviera alguna duda sobre la dimensión del cambio y la importancia simbólica que tiene la mayor presencia de mujeres en política, no hay más que fijarse en las reacciones que desata. Hasta ahora, los hombres, políticos, que consideran la presencia de mujeres como algo estético e inevitable, habían mantenido una actitud condescendiente. Pero con la presencia de más mujeres, más jóvenes, y muchas decididamente feministas, se les ha caído la careta y con su reacción, sus brutales campañas para intentar deslegitimar, desvalorizar y ridiculizar a concejalas y parlamentarias (a las que han sabido darle la vuelta con humor e inteligencia), han dejado clara su profunda convicción de que ese espacio público les pertenece (como otros hombres consideran que les pertenece la calle). Y esto tiene un nombre: es machismo, patriarcado en estado puro.

Pero ampliando el plano del debate, si consideramos la política como un instrumento de transformación, desde una perspectiva feminista la presencia de mujeres, en sí misma, no es una garantía de cambio. La historia está llena de ejemplos de mujeres que, como el manido caso de Margaret Thacher o Rita Barberá pasando por muchas otras de menor renombre, impulsan políticas y valores profundamente heteropatriarcales y neoliberales con formas de hacer política jerárquicas y autoritarias. No me resisto, por aquello de la memoria colectiva y aunque se trate de contextos políticos radicalmente distintos, a recordar a aquellas mujeres de la Sección Femenina, que durante el franquismo ejercían un enorme poder para garantizar el sometimiento y sumisión de las mujeres a los varones y al régimen.

En el panorama actual muchas mujeres incorporan otras formas de hacer política a partir de otras prácticas, más participativas, más horizontales, más relacionales, frente a las agresivas y competitivas que marca la práctica masculina hegemónica. Se explica por la socialización y la consiguiente construcción de la subjetividad particular de unas y otros. En el caso de las mujeres, más vinculada al mundo relacional por la responsabilidad asignada de los trabajos de cuidados, y en el caso de los hombres más vinculada a la realización del logro individual y su proyección en el espacio público. No es nada nuevo, tiene que ver con la dicotomía entre los espacios público y privado establecida por la modernidad. Esta permite pensar en una particular forma de aproximarse a la política de las mujeres, en otra mirada en las formas y en los contenidos, no en vano el movimiento feminista, el pasado siglo, levantó la consigna de “lo personal es político”, ampliando y disputando desde entonces (y en ello seguimos), el sentido de “lo político”.

Todo esto se refleja también, como recoge Silvia Gil, en el tipo de luchas protagonizadas mayoritariamente por mujeres: luchas en defensa de los recursos, la vivienda, en defensa de derechos humanos, del cuerpo, por otra forma de entender las relaciones libres de violencias, la democracia en el ámbito doméstico y un largo etcétera. En esta acción colectiva se destaca la potencialidad positiva que tienen los valores asociados a una “cultura subalterna” (en palabras de Giulia Adinolfi), como la sensibilidad, solidaridad, empatía, la falta de agresividad competitiva, valores opuestos al individualismo y a la competitividad del mundo capitalista. Ponen sobre el tapete lo que sería un objetivo común: un mundo en el que mujeres y hombres se liberen de esa visión fragmentada de la vida entre lo público y lo privado, la razón y la emoción, la cultura y la naturaleza.

leer completa

Leer más

Un nuevo estudio vincula los “rasgos de masculinidad” con la depresión y el abuso de drogas

Publicado el 29 noviembre 2016 en General |

La investigación se basa en la relación entre la salud mental y la conformidad a 11 normas de masculinidad, que incluían el deseo de ganar, la necesidad de tener control emocional o la toma de riesgos.

A pesar de los esfuerzos para desafiar los estereotipos tradicionales, todavía se presiona a los hombres para que sean fuertes, independientes, estoicos, competitivos y rudos. Según una investigación publicada por la Asociación Americana de Psicología, estos “rasgos de masculinidad” están ligados a cuestiones de salud mental como la depresión y el abuso de sustancias.

Joel Wong, director del equipo de investigación de la Universidad Bloomington de Indiana, afirma: “En general, los individuos que se amoldan a las normas del estereotipo de masculinidad tienden a tener peor salud mental y actitudes menos favorables a la hora de pedir ayuda psicológica, aunque los resultados fueron variados dependiendo de los tipos específicos de normas de masculinidad”.

La investigación cotejó resultados de más de 70 estudios hechos en Estados Unidos que involucraron a más de 19.000 hombres a lo largo de más de 11 años. El foco estuvo puesto en la relación entre la salud mental y la conformidad a 11 normas de masculinidad, que incluían el deseo de ganar, la necesidad de tener control emocional y la toma de riesgos.

Los rasgos más vinculados a problemas de salud mental fueron el comportamiento tipo playboy o la promiscuidad sexual, aseguró Wong. Le pedimos a un grupo de hombres que nos hablen de sus experiencias de salud mental y qué opinan de este nuevo análisis.

“Por la presión de ser viril, no pedí ayuda antes”

Daniel Briggs, 44 años,  Stockton-on-Tees.

La depresión se siente como si te rodeara la neblina, que se va cerrando y no puedes ver qué tienes enfrente. Te consume por completo y no importa nada más. Veo cómo se va armando la neblina pero no puedo hacer nada para detenerla.

Sufrí de depresión durante casi una década antes de aceptar lo que me estaba pasando. Al ser un hombre, es mucho más difícil hablar de tus emociones. Fui al médico porque me obligó mi mujer. Me había estado comportando de forma errática: hablaba de suicidarme, desaparecía durante horas y ella se quedaba muy preocupada. Finalmente me diagnosticaron depresión clínica.

La presión por mantener la idea tradicional de masculinidad hizo que no pidiera ayuda antes. Soy del norte y antes trabaja en un astillero. Entre mis colegas, había una visión anticuada de lo que implica ser un hombre. No se hablaba de

sentimientos. Si estás mal por algo que no sea el resultado del partido de fútbol, eres una “nenaza”. Cuando la gente te pregunta “¿Cómo estás?” y tú respondes “Pues un poco mal”, la típica respuesta es “Podría ser peor”.

Me pasaba lo mismo con las personas mayores de mi familia, que me decían “hay que apañarse”. No te quejes ni hables de lo que te sucede. Me costó mucho poder abrirme. Incluso me costó ir a psicólogo, porque para mí hablar de sentimientos era una cosa de mujeres.

Leer mas

Leer más