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A mis amigos hetero

Publicado el 30 junio 2017 en General |

June Fernandez. Diario.es

Hablar de “mi amigo gay” suena más común que hablar de “mi amiga hetero” porque señalamos y explicitamos lo que se sale de la norma

¿Y si hoy señalamos la hegemonía? ¿Y si las personas hetero aceptáis que el heterosexismo provoca violencia? ¿Y si reconocéis nuestro legado? ¿Y si os sentís interpeladas por nuestra lucha?

Estábamos cenando con una pareja amiga y manteniendo una conversación trivial, cuando mi novia dijo por algún motivo “pues mis amigas hetero…”. No recordamos de qué estábamos hablando pero sí la cara de desconcierto de esta pareja amiga (formada por un hombre y una mujer). Esto se convirtió en una broma interna que aún mantenemos, hasta el punto de haber creado un grupo de Whatsapp llamado ‘Lesbis, heteris y viceversa’.

Este medio me propuso que escribiera “sobre la típica coletilla ‘mi compañero de trabajo gay, mi compi del gimnasio lesbiana’ que hacen muchas personas heteros”. Me plantean si esa fórmula es normalizadora o, por el contrario, supone definir a las personas por su orientación sexual, algo que no se hace con las personas heterosexuales.

Añadiría que esto también ocurre con la identidad de género. Me he descubierto a mí misma diciendo “mi amigo Pepito, que es trans” sin venir a cuento. Sentimos el impulso de explicitar lo que se sale de la norma y no descartaría que sea también un mecanismo de buenrollismo. Ya sabéis, “yo no soy homófoba, porque tengo amigos gays”, “yo no soy transfóbica porque tengo amigues trans”. El amigo o amiga que encarna la alteridad, como comodín para no cuestionarnos nuestra hegemonía.

Aunque nos afearon en Twitter por un artículo de José Luis Serrano en el que establecía paralelismos y diferencias entre la raza y la pluma, realmente creo que ese recurso en ocasiones es útil. Yo, seriéfila empedernida, pienso en el título de este post y me viene la serie de Netflix ‘Queridos blancos’, en el que una universitaria negra revoluciona su campus con un programa de radio que, con ese título, interpela a la hegemonía.

En un artículo reciente en +Pikara, Mar Gallego hablaba de la necesidad de que las personas blancas (entendiendo blancas como un concepto relativo, porque quienes en España somos blancas en Noruega seríamos personas racializadas) nos revisemos nuestros privilegios y asumamos nuestra hegemonía, prestando atención a los discursos anticoloniales. El caso es que, en ese artículo, Mar llamaba la atención sobre que había presentado a la teórica lésbico-feminista Ochy Curiel como “afrodominicana” y a mí misma como “June Fernández” a secas, sin los apellidos de “vasca” o “blanca”. El motivo es el mismo por el que “mi amigo gay” suena más común que “mi amiga hetero”: sentimos el impulso de aclarar o explicitar lo que se sale de la norma, que es blanca, heterosexual y cisgénero.

Dice Ochy Curiel: “¿Por qué la blanquitud no es un sujeto de investigación?, ¿por qué no hacemos antropología de los privilegios?”. Pero también lo dice con la heterosexualidad. En su ensayo ‘La nación heterosexual’, Curiel analiza la heterosexualidad no como otra práctica sexual más, sino como un régimen político que afecta todas las relaciones sociales. No es la primera, esta es una de las bases del pensamiento lésbico feminista.

La categoría ‘homosexual’ se acuñó para patologizar a quienes nos salíamos de la norma, recordaba nuestro colaborador Asier Santamari(c)a en el programa especial de La Sexta Columna por el Orgullo. Ocurre otro tanto con la transexualidad. Por eso es tan importante explicitar el heterosexismo y el binarismo de género como sistemas de opresión. Por eso un recurso de las lesbianas feministas ha sido devolver la pregunta que se nos hace constantemente y que nos hemos hecho desde que tenemos uso de razón: “¿Tú por qué eres heterosexual? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo te diste cuenta?”. Nuestras compañeras de Sangre Fucsia preguntaron a la gente por la calle “¿Eres heterosexual?” y las reacciones son de lo más divertidas:

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“Si el Gobierno no equipara los permisos de paternidad es porque no hay interés en hacerlo”

Publicado el 27 junio 2017 en General, Paternidad Igualitaria |

FOTO: Fernando Sánchez.

La economista Carmen Castro publica “Políticas para la igualdad”, donde reivindica el papel de los permisos por nacimiento como motor para el cambio social hacia más igualdad.

La economista Carmen Castro ha estudiado el funcionamiento de los permisos de paternidad en más de 25 países. Fruto de su investigación nace ‘Políticas para la igualdad’ (Catarata), un libro en el que desmenuza la influencia que esta política pública tiene en la sociedad y en la construcción de igualdad. Islandia es el referente, pero ni siquiera el país nórdico tiene un modelo plenamente equiparado e intransferible. Es por eso, defiende Castro, que España tiene la oportunidad de liderar el cambio si se aprueban unos permisos por nacimiento iguales, intransferibles y pagados al cien por cien para cada persona progenitora independientemente de su sexo o identidad sexual. Esa es la propuesta que la Plataforma por unos Permisos de Nacimiento y Adopción Iguales e Intransferibles (PPiiNA) lleva años reivindicando y que Unidos Podemos llevó al Congreso en forma de una proposición de ley que fue aprobada. El Gobierno ya ha vetado en dos ocasiones su tramitación.

Uno de los punto de partida de su libro es el 15M y las demandas ciudadanas de más democracia. Dice que es imposible democratizar la sociedad sin hacerlo previamente con la familia. ¿No son las familias instituciones democráticas?

Hay varios niveles de respuesta. Por una parte, no, no todas las familias son estructuras con acuerdos democráticos. Cuando se gestiona la cotidianidad y hay responsabilidades familiares y los poderes públicos no atienden eso es cuando más se siente el peso del sistema de roles. Por otra parte, es que el hecho de que no se explicite y que no se piense en cómo se reparten los papeles dentro de los núcleos de convivencia ya es de por sí un elemento de alerta. Debería hacernos pensar en si no estaremos volviendo a repetir lo que pasó con el sufragio: se hablaba de derecho al sufragio universal cuando las mujeres no tenían derecho al voto. Esto es igual, construimos la democracia desde lo público, desde la representación pero sin pensar en cómo estamos en las células base, en las familias. Hay un sustrato que forma parte del lado oculto del iceberg de la sociedad que de alguna manera se tiene que estar resolviendo, y ahí entran las familias diversas, porque de lo único que nos ocupamos es de la representación y de la acción politizada.

La propuesta que centra su libro y que en España ha llegado de la sociedad civil al Parlamento son los permisos parentales por nacimiento o adopción. ¿Por qué esta propuesta concretamente? ¿cuál es su potencial, su papel en esa democratización de la familia de la que habla?

El interés que tienen los permisos por nacimiento es que es una pequeña pieza de políticas públicas que tiene la capacidad primero, de incidir en el cambio de comportamientos desde la cotidianidad. Se trata de un cambio masculino fundamentalmente, porque en el tema de repartos de tareas y usos del tiempo tenemos que provocar muchos cambios pero hay uno fundamental, el del comportamiento masculino. Es decir, que ellos desaprendan su sistema de cómo se construye la paternidad patriarcal y asuman la responsabilidad de los cuidados como algo a compartir en la vida cotidiana. Partiendo de comportamientos individuales se construye otro mensaje y otro sistema de representación política y pública.

La suma de comportamientos individuales genera un efecto multiplicador a nivel social, con el tiempo, que permite avanzar hacia otro imaginario de sociedad. Otro modelo en el que hay un reparto equilibrado de cuidados y éstos no son algo colateral que ocurre además de todo lo que ocurre en la vida. La importancia del sistema de permisos por nacimiento es que influye en lo individual y en lo colectivo. Tiene una potencialidad transformadora que va de lo cotidiano a lo simbólico y a lo estructural porque incide en la división sexual del trabajo. Es una reforma que está muy estudiada y que es viable respecto a cómo se puede hacer y a su impacto económico. Obviamente no es lo único, para reforzar su efecto necesita otras reformas a corto plazo para llegar a un cambio a medio y largo plazo.

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Masculinidades y feminismo: un espacio de “incomodidad productiva”

Publicado el 23 junio 2017 en General, Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

Josue Sánchez entrevista a Jokin Azpiazu Carballo en Pikara Magazine.

Jokin Azpiazu Carballo, sociólogo y activista, desafía los debates en torno a la masculinidad y a los grupos de hombres en Masculinidades y feminismo, un libro que, lejos de cerrar horizontes, abre nuevos, provocando cortocircuitos y multiplicando las preguntas abiertas.

Hace cuatro años, Jokin Azpiazu Carballo (Ermua, 1981), sociólogo y activista, dejaba en Pikara una pregunta en el aire. En su obra Masculinidades y feminismo, amplía su propuesta de una revisión crítica sobre los debates relacionados con la masculinidad y los grupos de hombres por la igualdad; una reflexión para generar cortocircuitos; un espacio de “incomodidad productiva”.

No ha estado solo para componerla: desde temprana edad, se relacionó con los movimientos feministas; en 2005, se mudó a Barcelona y formó parte de Alcachofa, “el grupo de hombres contra el sexismo y el patriarcado”; tres años después, regresó al País Vasco y retomó sus estudios culminándolos con un máster de género; y, en efecto, durante el proceso, han sido innumerables los debates que ha mantenido abiertos con grupos de diversa índole.

En el primer capítulo, citas a Donna Haraway para proclamarte un «testigo modesto, transmisor subjetivo de una rica reflexión colectiva». ¿Por qué lo haces?
Masculinidades y feminismo no parte de reflexiones en solitario. He mantenido muchísimos debates y conversaciones con personas, colectivos y grupos, generalmente con gente de los movimientos feministas y LGTB; por ello, el libro tiene un componente colectivo detrás. Mi trabajo ha sido juntar esos debates; desde lo más formal, hasta lo más informal; desde charlar con amigas en barras de bar, hasta mi experiencia en grupos de discusión. No todo se me ha ocurrido a mí solo.

Nada más comenzar, desde el sofá de una sala contigua a su despacho –también es investigador en la Universidad del País Vasco–, Jokin Azpiazu subraya la importancia de un término que utiliza a lo largo del libro: la mirada. “Me planteé que, en muchos grupos de hombres y en trabajos en torno a la idea de qué es la masculinidad, el enfoque que se estaba dando seguía centrado en la propia mirada masculina y, además, desde la experiencia de una masculinidad concreta”, explica. Por ello, recomienda que los varones abandonen esas miradas y opten por otras que, construidas desde otras posiciones, puedan ayudarles más.

Un lugar donde encontrarlas, según él, es en el movimiento feminista, pero también más allá. El sociólogo opina que los grupos de hombres, mientras sí abren debates sobre sus relaciones con el feminismo, no siempre tienen en cuenta las miradas de los colectivos LGTB. “Los hombres, para deconstruir su masculinidad, deben prestar atención a los sujetos que hemos transitado por modelos no-legitimados”, dice. Además, sugiere que ambos colectivos suelen descuidarse entre sí: “Los hombres podríamos utilizar la referencialidad, las figuras, las teorías políticas o las vivencias LGTB y, asimismo, el colectivo gay podría repensar la masculinidad para luchar contra el machismo en su seno”.

En su tesina, Azpiazu analizó el discurso básico de algunos grupos de hombres e identificó varias cuestiones problemáticas. En Masculinidades y feminismo amplía el diagnóstico: por un lado, detecta la mirada ombliguista mencionada previamente y, por el otro, indica un riesgo de que refuercen el binarismo de género “planteándose como la otra cara respecto a los grupos de mujeres no-mixtos”. No le encuentra sentido: “Sería una locura pensar que los hombres nos reunimos porque nos sentimos oprimidos. Podemos sentirnos oprimidos, pero no podemos olvidar que pertenecemos al bando opresor”.

Apuntas que «la comodidad es improductiva» y abogas por la creación de espacios que generen una «incomodidad productiva». ¿Cómo se genera?
La idea de pensar que, en espacios cómodos y tranquilos, siempre se trabaja mejor, es equivocada. En los debates en torno a la masculinidad, como en todos, es necesario un mínimo de tranquilidad para empezar, pero, de vez en cuando, también hay que romperla. Es curioso. Cuando valoramos sesiones de trabajo o talleres de masculinidades, muchos chicos dicen: “He estado muy a gusto”. No está mal, pero si no hay algo incómodo, nos podemos quedar en el mismo sitio. Las cosas no tienen que ser solo interesantes; también tienen que ser transformadoras.

 

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“Cada vez hay más hombres despertando y aprendiendo a desaprender las costumbres heteropatriarcales”

Publicado el 20 junio 2017 en Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

Diario.es

Manuel Buendía, integrante de la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género, subraya que esta lucha “implica a todas las partes de la sociedad como cualquier otra injusticia”.

Uno de los mayores retos a los que hace frente la sociedad a día de hoy es la conquista de la igualdad real de género.  La ciudadanía comienza a despertar de un letargo histórico, que ha estamentado un modelo de sociedad que se mantiene con la injusticia. La estructura social que ha conocido este país es el heteropatriarcado, y es tan cruel, que su máxima manifestación es el feminicidio.

Ante este límite, la población comienza a tomar conciencia de la importancia de la lucha feminista y, cada vez más, el hombre participa como aliado. Las armas contra la desigualdad son la educación en el respeto y el aprendizaje dual: por un lado, desaprender las costumbres impuestas por el heteropatriarcado y, por otro, aprender a reconocerlas y a aplicar la perspectiva de género en el ámbito cotidiano.

Manuel Buendía es un hombre que hace ya años se unió a las filas del bando correcto en la lucha feminista. Él es consciente de la delicadeza del tema y prefiere no hablar en términos absolutos, ni sentenciar. Buendía promulga un feminismo de interpretación y análisis desde el reposo y la calma.

Este especialista, integrante de la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género, decidió tomar el camino feminista cuando comprendió que la igualdad de género es un tema de justicia social, que “implica a todas las partes de la sociedad como cualquier otra injusticia”, indica.

Además, desde niño sentía “incompatibilidad con los comportamientos de hombría y masculinidad que impone el heteropatriarcado”, admite Buendía, y añade que el “contacto y la convivencia con mujeres feministas” le impulsaron a actuar.

El experto, que ha participado este viernes en un encuentro  en la librería Utopía y es uno de los pocos hombres especialistas en igualdad de género en Cantabria,habla de la situación del hombre en la causa y de la necesidad de reescribir el guión que marcaba la pedagogía intergénero.

El  acercamiento masculino al movimiento feminista ya no es sólo de acompañamiento, de empatía, los hombres tenemos que  revisar nuestra idea de masculinidad, del tipo de hombre que quiero ser”, subraya Buendía, quien también insiste en la importancia de la reflexión del sector masculino para conseguir localizar las acciones machistas y poder desprenderse de ellas.

“Cada vez hay más hombres despertando y aprendiendo a desaprender las costumbres heteropatriarcales”, comenta, al tiempo que reconoce ser consciente de los problemas de dedicarse a un sector que parece exclusivo para mujeres: “Los hombres en el feminismo nos enfrentamos a los mismos obstáculos que ellas se han enfrentado durante toda la historia”.

Las mujeres han tenido que ir conquistando territorios donde su sexo no se sentía representado. Como hombre feminista, Manuel Buendía ha tenido que hacer lo mismo e ir adentrándose en ámbitos nuevos, desde las tareas domésticas hasta los cuidados emocionales.

Desde su punto de vista, lo complicado de mantenerse en la lucha no es su sexo, ni la falta de aceptación, sino el ruido que engloba el discurso igualitario, los intereses individuales de muchas de las personas que forman parte de él.

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La honestidad masculina y el amor romántico

Publicado el 16 junio 2017 en General, Los hombres ante la igualdad |

Collage: Señora Milton

Coral Herrera Gómez en Pikara Magazin.

¿Por qué los hombres patriarcales mienten?, ¿por qué enamoran a las mujeres con promesas de futuro y en cuanto las conquistan salen corriendo?, ¿por qué creen que es normal e incluso necesario ocultar información a su pareja, pero no soportan que ellas hagan lo mismo?, ¿por qué defienden tanto su libertad pero limitan la de su compañera? .

¿Por qué un hombre puede ser buena persona con todo el mundo menos con su pareja?, ¿por qué los puticlubs están a rebosar de hombres casados todos los días de la semana?, ¿por qué en algunos países es habitual que los hombres tengan dos y hasta tres familias cuando han prometido ante el altar o ante el juez fidelidad hacia su pareja oficial?…

En las guerras del amor todo vale, porque es la batalla más importante de la guerra de los sexos. El régimen heterosexual está basado en un reparto de papeles en el que los hombres llevan siempre las de ganar: ellos diseñan e imponen las normas para que las cumplan ellas. Pactan monogamia, juran fidelidad, prometen ser sinceros, y en cuanto pueden juegan sucio y se enredan en cadenas de mentiras.

Las mentiras son consustanciales a la masculinidad patriarcal. El engaño y la traición a los pactos acordados es la consecuencia de firmar un contrato en el que aparentemente jugamos en igualdad de condiciones, pero en la realidad está diseñado para que nosotras seamos fieles y esperemos en casa mientras ellos se lo pasan en grande. La monogamia, pues, es un mito que crearon para nosotras, muy útil para asegurar su paternidad y la transmisión del patrimonio, y también muy útil para domesticarnos y encerrarnos en el espacio doméstico.

En la batalla del amor hetero el pacto es: “Yo no tengo sexo fuera de la pareja, tú tampoco”. Nos limitamos los dos, renunciamos los dos a la libertad sexual, o mejor: ellas creen que ellos se comprometen a cumplir con esta auto-prohibición. Pero no: la estrategia es que las mujeres nos auto-censuremos mientras ellos hacen lo que les apetece sabiendo que gozan de una relativa impunidad y que serán perdonados.

En esta guerra de los sexos, ellos llegan armados hasta los dientes, las mujeres vamos desnudas y enamoradas. Ellos juegan con ventaja y casi siempre ganan: la doble moral nos echa la culpa, y a ellos les disculpa. Para poder disfrutar de la diversidad sexual y amorosa típica del macho, los hombres saben que deben defender su libertad mientras limitan la de sus parejas. Y para ello tienen que prometer mucho, mentir, engañar y traicionar a las enemigas.

Porque las mujeres jamás somos las compañeras: nos tratan como a las adversarias a las que hay que seducir, domesticar, y mantener engañadas con el rollo del romanticismo y las bondades de la familia patriarcal.

La doble moral del patriarcado permite a los hombres a tener una doble vida: una como señores adultos responsables y comprometidos, y otra como niñatos mentirosos que jamás asumen las consecuencias de sus actos. Los hombres aprenden pronto que pueden abusar de su poder porque el mercado del amor está lleno de mujeres deseosas de ser amadas. Lo mismo que los empresarios abusan de la necesidad de sus trabajadores porque tienen muchísima mano de obra barata dispuesta a trabajar por muy poco, los hombres patriarcales saben que pueden mentir y aprovecharse porque el mundo está lleno de mujeres con baja autoestima y necesitadas de amor. Ellas prefieren aguantar mentiras y engaños que estar solas, y pocas veces identifican este trato como mal trato, es decir, no es fácil asumir este comportamiento como violento porque está normalizado en nuestra cultura patriarcal.

Los hombres patriarcales, sin embargo, se consideran buenas personas. El engaño forma parte de las estrategias de guerra, por eso traicionar y mentir a las mujeres con las que se relacionan no les hace sentir ni traidores ni mentirosos. Es simplemente una forma de dominar su mundo y de relacionarse con el enemigo. Y cuando el enemigo es una mujer, entonces no hay normas de caballerosidad ni principios ni ética que les detenga: en la cultura machista cualquier estrategia es válida. El objetivo es siempre someter a las mujeres para poder vivir bien, para salvaguardar el honor, para aumentar su prestigio delante de otros hombres.

Esta es la razón por la cual la honestidad no es cosa de hombres patriarcales. No hay contradicción, no les supone ningún problema. Es simplemente que siendo honesto uno no puede tener todo lo que desea, no puede tener varias amantes y una esposa fiel, no puede hacer lo que le da la gana sin tener que dar cuentas a nadie, no puede mentir, no puede acumular riqueza, no puede robar ni utilizar su poder para aprovecharse de los demás. La honestidad no calza con los valores de la masculinidad patriarcal, al menos no en el terreno de las guerras contra las mujeres.

La monogamia y la honestidad masculina

Ella: Cariño,  ¿qué haces?

Él: Estoy en la cama, a punto de dormirme, ¿y tú, mi amor?

Ella: Estoy en la barra de la discoteca, detrás de ti.

Este es uno de los esquemas básicos de los chistes machistas: él miente, ella le pilla. Es el juego del gato y el ratón: en las relaciones heteras nosotras somos las policías, juezas y carceleras, y ellos los chiquillos traviesos que se divierten haciendo sufrir a mamá.

La monogamia es un invento del patriarcado para tenernos encerradas y entretenidas. El engaño consiste en hacernos creer que el adulterio no es la norma sino la excepción, y que podemos evitarlo si somos complacientes con nuestros maridos, si obedecemos sus normas, si cubrimos sus necesidades, y si evitamos que otras mujeres se acerquen a ellos. Algunas viven resignadas a que de vez en cuando se les escape el pajarito de la jaula. Cuando descubren las infidelidades les mandan a dormir al sofá unos días, para pocos días después ser readmitidos en el lecho conyugal.

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