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“Ez didazu eskatu”: etxeko lanak ez egiteko gizonek erabiltzen dituzten aitzakiei buruzko komikia

Publicado el 31 Julio 2017 en Los hombres ante la igualdad, Paternidad Igualitaria |

Interesante e ilustrativo cómic de la artista Emma Clit sobre la ‘carga mental’ que soportan las mujeres: “Significa que siempre tienes que estar en alerta y acordarte de todo”

“Cuando un hombre espera que sea su pareja la que le pida que haga determinadas cosas la está viendo como la coordinadora de las tareas del hogar”, dice

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¿Evidencia la epidemia de droga en EEUU y Canadá una crisis de masculinidad?

Publicado el 27 Julio 2017 en Los hombres ante la igualdad |

Ikerketa baten arabera, gizonezkoek drogak gehiago kontsumitzeaz gain, laguntza eskatzea nahiz sufrimendu emozionala adieraztea eragozten duen arau kulturalaren ondorioz, menpekotasunen arriskua areagotzen da

Solo en la provincia canadiense de la Columbia Británica murieron el año pasado 935 personas de sobredosis. Ocho de cada diez eran hombres. Las autoridades canadienses y de EEUU se enfrentan a una epidemia que ya ha causado la muerte a miles de personas a ambos lados del paralelo 49.

Con este duro contexto como telón de fondo, un profesor de la Universidad de Columbia Británica ha centrado sus estudios en una de las estadísticas de la crisis: de las 935 personas que murieron por sobredosis en la provincia en 2016, el 80% eran hombres.

Las investigaciones demuestran que los hombres son más propensos a consumir drogas ilegales, por lo que parece lógico que también sean los más proclives a las sobredosis. Pero el psicólogo clínico Dan Bilsker sostiene que de las estadísticas se desprende también una relación entre la crisis y la masculinidad. Una relación que tal vez ofrezca pistas sobre el aumento de las muertes y las posibles soluciones.

“Creo que no hemos pensado en profundidad o con detenimiento sobre la identidad de los hombres, sobre la presión que ejercemos sobre ellos y sobre lo que necesitamos que sean”, explica Bilsker.

Más muertes que en el peor pico de sida

De acuerdo con los registros del Gobierno canadiense, el año pasado murieron al menos 2.458 personas por sobredosis de opiáceos en todo el país. “Desde que la gripe se cobró la vida de 50.000 personas hace 100 años, el número de muertes es peor que el de cualquier enfermedad infecciosa de Canadá, incluido el pico máximo de muertes por sida”, aseguró a principios de año Jane Philpott, ministra de Sanidad de Canadá, durante una conferencia en Montreal.  Su gobierno ha sido criticado por no hacer lo suficiente para combatir la crisis. Mientras hablaba, un grupo de manifestantes desplegó un cartel que decía: “Mientras ellos hablan, nosotros morimos”.

Según la directora de medicina de Vancouver Coastal Health, Patricia Daly, la diferencia de género en el número de muertes refleja los niveles de abuso de drogas en la provincia, donde el 80% de los adictos son hombres. “Aquí la gente suele hablar de la salud de los hombres”, indica. “Nuestra atención no está puesta en los factores de riesgo para los hombres y ciertamente esta es una de esas cosas. La muerte por sobredosis está afectando principalmente a los hombres, y a hombres en la plenitud de su vida”.

Según Bilsker, esa tendencia hacia los trabajos más arriesgados se agrava por la norma cultural que dificulta a los hombres pedir ayuda o hablar sobre su sufrimiento emocional. “Uno de los usos principales de las drogas es el de acabar con el dolor psicológico. No se trata solo de consumir algo para ponerse eufórico, muchas veces es una forma de escapar del sufrimiento que genera un dolor insoportable”, afirma.

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¿Por qué los hombres patriarcales mienten?

Publicado el 22 Julio 2017 en General, Los hombres ante la igualdad |

Por Coral Herrera Gómez.

Amor romántico & Masculinidad hegemónica. ¿Por qué los hombres patriarcales mienten?, ¿por qué enamoran a las mujeres con promesas de futuro y en cuanto las conquistan salen corriendo?, ¿por qué creen que es normal e incluso necesario ocultar información a su pareja, pero no soportan que ellas hagan lo mismo?, ¿por qué defienden tanto su libertad pero limitan la de su compañera?

¿Por qué un hombre puede ser buena persona con todo el mundo menos con su pareja?, ¿por qué los puticlubs están a rebosar de hombres casados todos los días de la semana?, ¿por qué en algunos países es habitual que los hombres tengan dos y hasta tres familias cuando han prometido ante el altar o ante el juez fidelidad a su pareja oficial?… En las guerras del amor todo vale, porque es la batalla más importante de la guerra de los sexos. El régimen heterosexual está basado en un reparto de papeles en el que los hombres llevan siempre las de ganar: ellos diseñan e imponen las normas para que las cumplan ellas. Pactan monogamia, juran fidelidad, prometen ser sinceros, y en cuanto pueden juegan sucio y se enredan en cadenas de mentiras.

Las mentiras son consustanciales a la masculinidad patriarcal. El engaño y la traición a los pactos acordados es la consecuencia de firmar un contrato en el que aparentemente jugamos en igualdad de condiciones, pero en la realidad está diseñado para que nosotras seamos fieles y esperemos en casa mientras ellos se lo pasan en grande. La monogamia, pues, es un mito que crearon para nosotras, muy útil para asegurar su paternidad y la transmisión del patrimonio, y también muy útil para domesticarnos y encerrarnos en el espacio doméstico.

En la batalla del amor hetero el pacto es: “Yo no tengo sexo fuera de la pareja, tú tampoco”. Nos limitamos los dos, renunciamos los dos a la libertad sexual, o mejor: ellas creen que ellos se comprometen a cumplir con esta autoprohibición. Pero no: la estrategia es que las mujeres nos autocensuremos mientras ellos hacen lo que les apetece sabiendo que gozan de una relativa impunidad y que serán perdonados. En esta guerra de los sexos, ellos llegan armados hasta los dientes, las mujeres vamos desnudas y enamoradas.

Ellos juegan con ventaja y casi siempre ganan: la doble moral nos echa la culpa y a ellos les disculpa. Para poder disfrutar de la diversidad sexual y amorosa típica del macho, los hombres saben que deben defender su libertad mientras limitan la de sus parejas. Y para ello tienen que prometer mucho, mentir, engañar y traicionar a las enemigas. Porque las mujeres jamás somos las compañeras: nos tratan como a las adversarias a las que hay que seducir, domesticar y mantener engañadas con el rollo del romanticismo y las bondades de la familia patriarcal. La doble moral del patriarcado permite a los hombres tener una doble vida: una como señores adultos responsables y comprometidos y otra como niñatos mentirosos que jamás asumen las consecuencias de sus actos. Los hombres aprenden pronto que pueden abusar de su poder porque el mercado del amor está lleno de mujeres deseosas de ser amadas.

Lo mismo que los empresarios abusan de la necesidad de sus trabajadores porque tienen mucha mano de obra barata dispuesta a trabajar por muy poco, los hombres patriarcales saben que pueden mentir y aprovecharse porque el mundo está lleno de mujeres con baja autoestima y necesitadas de amor. Ellas prefieren aguantar mentiras y engaños que estar solas y pocas veces identifican este trato como maltrato, es decir, no es fácil asumir este comportamiento como violento porque está normalizado en nuestra cultura patriarcal. Los hombres patriarcales, sin embargo, se consideran buenas personas. El engaño forma parte de las estrategias de guerra, por eso traicionar y mentir a las mujeres con las que se relacionan no les hace sentir traidores ni mentirosos. Es simplemente una forma de dominar su mundo y de relacionarse con el enemigo. Y cuando el enemigo es una mujer, entonces no hay normas de caballerosidad ni principios ni ética que les detenga: en la cultura machista cualquier estrategia es válida.

El objetivo es siempre someter a las mujeres para poder vivir bien, para salvaguardar el honor, para aumentar su prestigio delante de otros hombres. Esta es la razón por la cual la honestidad no es cosa de hombres patriarcales. No hay contradicción, no les supone ningún problema. Es simplemente que siendo honesto uno no puede tener todo lo que desea, no puede tener varias amantes y una esposa fiel, no puede hacer lo que le da la gana sin tener que dar cuentas a nadie, no puede mentir, no puede acumular riqueza, no puede robar ni utilizar su poder para aprovecharse de los demás. La honestidad no calza con los valores de la masculinidad patriarcal, al menos no en el terreno de las guerras contra las mujeres.

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“Cada agresión sexual es un fracaso de toda la sociedad”

Publicado el 19 Julio 2017 en General, Violencia machista |

IZASKUN LANDAIDA | DIRECTORA GENERAL DE EMAKUNDE UNA ENTREVISTA DE NEKANE LAUZIRIKA |

FOTOGRAFÍA JOSU TXABARR

Al hacer una entrevista busco entre mi propia bibliografía. ¿Le sorprendería que pudiera hacerle las mismas preguntas que el año pasado?

-En cierto modo no, porque hablamos de cambiar una sociedad que sigue siendo androcéntrica caminando a una sociedad igualitaria. Se trata de un cambio de valores, de una transformación que, desgraciadamente, no se hace de la noche a la mañana; quienes trabajamos en esta área debemos de tenerlo muy presente. Por eso, aunque hemos avanzado mucho, no se ha logrado ese objetivo ambicioso de la igualdad.

La Defensora del Pueblo, Soledad Becerril, al hablar de esta violencia dijo: “No sé cómo podemos atajar la violencia de género”. Realismo, resignación. ¿Qué le parece?

-Creo que lo que pretendía mostrar ante la sociedad es que nos enfrentamos a un problema que es estructural, multidimensional, global y difícil de atajar. Porque en el origen de la violencia contra las mujeres está la falta de igualdad; la violencia contra las mujeres es la expresión más brutal de esa desigualdad. Lo que deseaba trasladar a la sociedad es la complejidad de este gran problema, de esa vulneración de derechos humanos; la clave está en conocer su magnitud. Solemos pensar que con castigos o medidas de atención a mujeres que sufren esta violencia vamos a solventar el problema.

¿Y no es así?

-No. Siendo decisivas las medidas, estamos actuando en los efectos y no en las causas. El convenio de Estambul señala claramente que hay que proteger a las mujeres contra los agresores, pero hace especial incidencia en abordar medidas de sensibilización y de prevención.

Tocamientos de nuevo en San Fermín, agresiones en Zarautz, Basauri, Getxo… Los informativos están cargados de estas noticias. ¿Ocurren más o es porque se denuncia más?

-No se deben minimizar los casos. Uno solo ya es motivo para continuar trabajando y debemos de tener en cuenta que los que conocemos son la punta del iceberg. Dicho esto, sí creo que quienes sufren estas vulneraciones al ver un mayor apoyo, conocimiento y concienciación de la ciudadanía, denuncian más. Por eso, las instituciones tenemos una responsabilidad que no podemos ni queremos eludir, y es que los servicios que ofrezcamos estén coordinados de la mejor forma posible. Pero si esto no va acompañado de apoyo social el avance es mucho menor.

En las fiestas de Iruñea han detenido a unos chicos que vendían camisetas y pegatinas promoviendo el maltrato a las mujeres y la Fiscalía, a diferencia de los jóvenes de Altsasu, les ha soltado. ¿Fomentar que se pegue a una mujer por el hecho de serlo no es delito?

Es preocupante que se diseñen productos de este tipo, pero lo más triste es que haya personas que los consuman. Las agresiones se producen en una sociedad que todavía sigue cosificando a las mujeres y valorándolas como objetos sexuales. A pesar de manifestarnos mayoritariamente contra las agresiones se permite en demasiados casos actitudes sexistas que generan un peligroso caldo de cultivo. Es necesario actuar ante cualquier comportamiento intimidatorio o vejatorio hacia las mujeres, aunque se disfrace de broma o de comentario jovial.

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¿HOMBRES FEMINISTAS?

Publicado el 14 Julio 2017 en Feminismos, General, Los hombres ante la igualdad |

José Ángel Lozoya Gómez Miembro del Foro y de la Red de hombres por la igualdad.

Es posible que ser “hombres por la igualdad” (HX=) nos haga feministas, pero llamarnos “hombres feministas” ni siquiera nos hace hombres por la igualdad.

Comparto la necesidad de incorporar la opresión de los hombres por parte del Patriarcado al análisis del mismo que se hace desde los feminismos, y veo la importancia que esta opresión tiene en las políticas públicas que es necesario impulsar, especialmente en el ámbito de la educación y de la prevención de riesgos; pero no participo de la necesidad de compartir el adjetivo “feminista”, que tanta historia atesora en el movimiento de mujeres, ni veo la necesidad de reivindicar nuestro protagonismo en una historia y unos cambios sociales de los que llevamos tan poco tiempo participando.

Creo firmemente en que cualquier mujer tiene derecho a reivindicarse como feminista (aunque ese derecho no la exima de considerar que no basta con ser mujer); pero, con la historia que arrastramos, me parece razonable exigir que los hombres sí tengamos que demostrar hasta qué punto somos igualitarios antes de que algunas feministas nos reconozcan como parte de su movimiento de liberación.

Sé que los HX= hemos tenido que soportar que otros hombres, a los que a veces hemos considerado amigos, nos llamen quintacolumnistas por defender las reivindicaciones del movimiento de mujeres y oponernos a los privilegios masculinos, al mismo tiempo que algunas feministas nos vean como a uno de esos muchos semblantes con los que el Patriarcado demuestra cada día su tremenda capacidad de adaptación a los cambios, logrando que parezca que todo cambia para que todo siga igual.

También he visto que, a fuerza de coherencia en nuestra lucha contra las violencias machistas y los privilegios masculinos, hemos conseguido en unas pocas décadas ir venciendo las resistencias y desconfianzas de aquellas feministas que nos veían como a los mismos perros con distinto collar. Hemos logrado que muchas feministas nos reconozcan como una novedad histórica porque, sin negar nuestra pertenencia al colectivo que disfruta del poder Patriarcal, los HX= hemos declarado nuestra disposición a renunciar a nuestros privilegios y estamos dando pasos en ese sentido. Con ello hemos conseguido que muchas feministas nos reconozcan como actores permanentes y necesarios que han llegado para quedarse; hemos conseguido que se planteen el lugar que ocupamos en la lucha por la igualdad y el tipo de relación que quieren tenercon nosotros.

Hoy son mayoría las que nos ven como cómplices del feminismo, y cada vez son más las que nos consideran sus aliados; este proceso de confluencia a largo plazo es de lo más prometedor, porque un cómplice suele compartir objetivos y a veces llega a ser colaborador necesario, pero siempre es un actor secundario, mientras que un aliado suele ser una suerte de socio con quien es necesario contar, hablar y llegar a acuerdos, en una relación que, aunque no sea entre iguales, es casi de tú a tú. Este diálogo ha dado lugar a cierto reparto de papeles, no siempre explícito, por el que los HX= siempre hemos reconocido que las feministas lideran el cambio social mientras que nosotros dedicamos la mayor parte de nuestras energías a convencer al resto de los hombres de la necesidad de que se incorporen al mismo.

Nuestro movimiento no ha crecido tanto como para pensar que sea necesario alterar el equilibrio logrado. Tampoco debería ser necesario recordar que los HX= seguimos teniendo dificultades para ver muchos de los privilegios que tenemos más naturalizados, porque hemos sido socializados en el machismo y la misoginia, y porque en nuestra vida cotidiana no solemos ser tan coherentes como en nuestros discursos. Los HX= pagamos un precio por alejarnos del modelo hegemónico de masculinidad, pero sería abusivo decir que hayamos sufrido el machismo y la misoginia, que hayamos tenido que soportar lo que la mayoría de las mujeres: que se nos deje de escuchar por ser mujeres, que se nos haya agredido sexualmente hasta en el autobús, que nos hayan enseñado la polla por la calle…

Sabemos además que necesitamos mantenernos siempre en guardia, ser permanentemente críticos con lo que decimos, con lo que pensamos y con lo que hacemos, porque seguimos perteneciendo al grupo de los opresores, seguimos disfrutando de los privilegios estructurales que dependen de la pervivencia del Patriarcado y seguimos siendo vistos como agresores potenciales en muchas situaciones cotidianas.

Por todo esto me cuesta llamarme feminista, y porque me siento cómodo tratando de asumir la responsabilidad que supone seguir experimentando nuevas formas de deconstrucción de la masculinidad, visibilizando algunos de los inconvenientes que se derivan de convertir la masculinidad en el referente de la igualdad entre los sexos, y procurando consolidar un discurso capaz de contrarrestar la influencia neomachista (que aspira a convencer a los sectores más vulnerables de que pueden compensar su pérdida de poder real incrementando el poder de los hombres sobre las mujeres).

No quisiera llegar a confundir los derechos de las feministas con los nuestros. Por eso, y por mucho que me halague que una feminista me considere o me presente como feminista, no me siento legitimado para reivindicar que se me reconozca como tal.

Sevilla, julio de 2017

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