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¡Pobres hombres!

Publicado el 22 noviembre 2017 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Miguel Lorente en su blog.; Autopsia

Pobres hombres que se ven amenazados en un ascensor, en sus casas o en las calles; expuestos a cualquier mujer desaprensiva que los acuse de acosarlas al subir o bajar en el ascensor, de maltratarlas en el hogar o de violarlas en la calle o en un portal.

Qué duro tiene que ser eso de la masculinidad para ir zafándose de las mujeres y conseguir que al final de cada año no sean ellos los acosados, ni los maltratados, tampoco los violados ni asesinados. Sin duda todo un ejercicio de habilidad y escapismo que les evita caer en las redes que las mujeres tejen con su perversidad, y luego les lanzan con su maldad para atraparlos.

Y qué sangre fría deben mantener para que, a pesar de todas esa presión y amenazas a las que están sometidos, luego se les vea caminar por las calles con decisión y determinación como si fueran suyas, simular que no sienten miedo en los lugares de ocio, y que incluso se divierten y disimulan para acercarse a hablar con sus agresoras potenciales en mitad de la fiesta. Y cuánto valor debe correr por sus venas para luego llegar al hogar y sentirse como si fuera un lugar tranquilo y seguro para ellos, cuando en cualquier momento pueden ser denunciados falsamente.

Ese vivir como si no pasara nada ante a amenaza de las mujeres debe ser duro y exigente, algo que sólo un hombre hecho y derecho es capaz de soportar.

Porque todo eso es lo que se deduce de los argumentos que recogen los estudios científicos, como el ICM de 2005, que muestra cómo la sociedad piensa que la mujer es responsable de la agresión sexual que sufre por flirtear (33% de la población lo piensa), por vestir sexy (26%), o por haber tomado alcohol durante su tiempo de ocio (30%), nada dicen sobre la responsabilidad de los hombres que agreden. Algo parecido a lo que lleva, tal y como recoge el Barómetro del CIS de noviembre de 2012, a que el 0’9% de nuestra sociedad manifieste que es “aceptable forzar las relaciones sexuales en determinadas circunstancias”, y que el 7’9% diga que “no es aceptable, pero que no siempre debe ser castigada esa agresión por la ley”, es decir, que debe quedar como un tema de pareja. Pero, ¡oh casualidad!, una pareja en la que el hombre impone su voluntad y viola, y en la que la mujer es violada y debe callar.Como si la fuerza y la posición de poder no formaran parte también de la relación.

El machismo ha creado el marco para presentar a las propias víctimas como responsables de la violencia de género en cualquiera de sus expresiones,especialmente en la violencia sexual. Esa es la razón por la que se cuestiona su conducta antes de ser violadas y por la que también se cuestiona después de haber sufrido la violación, porque toda forma parte de la idea que las hace culpables “por el hecho de ser mujeres”. Quizás por ello hasta las campañas institucionales ante las fiestas de los pueblos y ciudades lanzan mensajes a las mujeres sobre lo que deben o no deben hacer para evitar las agresiones sexuales, mientras que no dicen nada a los hombres, que son quienes agreden y consienten con su silencio y distancia.

No es fortuito que el porcentaje de denuncias por violación se limite al 15-20%, y luego, cuando se lleva a cabo la investigación y se celebra el juicio bajo el peso de los mitos y estereotipos de la cultura machista, que el porcentaje de condenas sea sólo del 1% (Brtish Crime Report, 2008).

Vivimos en la “cultura de la violación”, es decir, en la cultura de la violencia de género, porque vivimos en la cultura del machismo, y eso significa que la realidad viene determinada por sus referencias androcéntricas, y que luego los hechos son integrados bajo el significado que otorgan esas mismas referencias. No hace falta negar lo ocurrido, sólo basta con cambiar su significado.

Lo que está sucediendo alrededor del juicio contra los integrantes de “La manada” por una presunta violación cometida en los San Fermines, y el intento de cuestionar a la víctima hasta con informes sobre su vida después de la agresión, es un ejemplo típico de esta situación creada por el machismo. Una situación en la que los hombres se presentan como víctimas por ser “presuntos inocentes”, y las mujeres como culpables por ser “presuntas víctimas”.

Lo dicho, ¡pobres hombres!

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No sonría a la cámara

Publicado el 15 noviembre 2017 en Violencia machista |

Manuel Jabois. Elpais

Que unos detectives sigan a una chica que ha denunciado una violación demuestra que la chica, además de haber sido violada, tiene que aparentarlo.

La familia de uno de los acusados de violar a una chica de 20 años en los sanfermines contrató a un despacho de detectives para que espiase a la víctima. El resultado fue un informe en el que se detalla el seguimiento de la chica, además del rastreo de sus redes sociales. La defensa de este acusado pidió ayer ampliar el informe con una publicación de “carácter festivo” que la víctima compartió con sus amigos en Internet. El juez lo tomó en consideración para incoporarlo a la causa.

Se trata de un asunto viejo e interesante que en el caso de cualquier mujer evidencia el esfuerzo que ha de hacer para que nadie dude de que ha sido violada. Se juzga socialmente en tres planos temporales: el anterior a la violación (si llevaba una ropa concreta, si se besó con alguien, si aceptó tener relaciones y luego cambió de idea, si parecía receptiva), durante la violación (si no se defendió lo suficiente, si parecía ceder, si no gritaba, si a todas luces parecía consentido) y el posterior a la violación (si no denunció al momento, si no se lo contó a nadie, si siguió llevando una vida normal, si fue a una fiesta, si actualizó su Facebook con una canción estúpida).

Lo que prueba que unos detectives sigan a una chica que ha denunciado una violación es que la chica, además de haber sido violada, tiene que aparentarlo. No basta el dolor privado, hay que hacerlo público: exteriorizarlo. Llorar por la calle, a ser posible con aspavientos para que no haya dudas en las fotografías del detective. Incluso cuando a la chica, para preservar del todo su anonimato, se le recomendó seguir su actividad normal para que nadie de su círculo pudiese sospechar que fue ella la víctima. Así que además de ser violada, es necesario estar muy triste para que su rutina no se utilice como prueba de la defensa y al mismo tiempo ocultar los hechos para que su vida no se termine de trastocar del todo. Hay que denunciar siempre, sí. Pero antes hacer un preparatorio.

Esta perversión habitual, naturalmente de menos gravedad, también se produce entre sospechosos. Pobre del que encuentre a un ser querido muerto y no le salgan las lágrimas, o descubra —a veces pasa— que no lo siente tanto cómo pensaba, o su estado de shock es tan grande que tardará semanas en romperse: ahí tendrá siempre una cámara que le enfoque y con la que ir llenando las mañanas españolas de terribles conjeturas. Ése es, para variar, el asunto viejo e interesante que se recrudece en cuestión de género. La forma de ser como elemento penal, el carácter como fundador de Derecho.

 

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«El horizonte de la igualdad es algo que nos queda muy lejos»

Publicado el 10 noviembre 2017 en General, Los hombres ante la igualdad |

Entrevista a Octavio Salazar . Diario de Córdoba

«El feminismo no es solo cosa de mujeres». Así de claro lo deja el profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba Octavio Salazar, que ha sido reconocido recientemente Hombre Progresista 2017 por su labor docente e investigadora sobre la igualdad de género, nuevas masculinidades, diversidad cultural y derechos Lgtbi.

-¿Qué significa para usted este reconocimiento?

-Lo entiendo no solo como un reconocimiento de lo que he podido hacer en materia de igualdad los últimos años, sino que también tengo ahora una especial responsabilidad en seguir trabajando en esa dirección como docente, investigador y como ciudadano.

-¿Qué se entiende por igualdad de género hoy en día?

-Primero tendríamos que responder a la pregunta de qué sentido tiene hoy seguir hablando de igualdad de género y seguir trabajando en este tema. Y la respuesta, yo creo, es muy evidente: cualquier día que veamos un medio de comunicación observamos que sigue existiendo una gran desigualdad entre hombre y mujeres.

en cualquier punto del planeta y tenemos que seguir trabajando para derribar esos obstáculos. Por ello, creo que el horizonte de la igualdad aún nos queda muy lejos. Hemos hecho avances, pero todavía hay una realidad insistente que nos sigue demostrando que las mujeres están discriminadas.

-¿Cree que la sociedad es consciente de esa realidad?

-Yo, que trabajo en la facultad con jóvenes, me doy cuenta de que una gran mayoría de mujeres viven en un espejismo de igualdad. Creen que ya está todo conseguido y no se plantean ningún problema en cuanto a las oportunidades que van a tener cuando se lancen al mercado laboral. Una realidad totalmente falsa. En cuanto a los chicos, lo que sí observo en los últimos años es una especie de repunte de determinadas actitudes machistas, comportamientos muy tradicionales. Y hay una especie de reacción al avance de las mujeres, reforzando su machismo y su sentido más patriarcal. En esos dos contextos creo que no hay consciencia de la evidente desigualdad y la necesidad de cambiar esa realidad. Aunque siempre suelen haber excepciones.

-¿A qué cree que se puede deber este «repunte» de machismo?

-Por un lado, a los avances que han ido haciendo las mujeres. Hay una reacción de muchos hombres de defender sus privilegios. Es como un mecanismo de autodefensa. Y por otra parte, estamos en una sociedad muy mediatizada, donde se transmiten constantemente valores y estereotipos machistas. Es un ámbito en el que no hemos conseguido avanzar.

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Mujeres y cine: una cuestión de poder

Publicado el 6 noviembre 2017 en General |

En un contexto de tan evidente desigualdad, que lleva a que las mujeres continúen estando en una posición extremadamente frágil, no es de extrañar que continúen siendo habituales los abusos de poder.

Creo que es evidente, o debería serlo, la estrecha conexión que existe entre las múltiples denuncias que en las últimas semanas están apareciendo sobre casos de acoso sexual en el mundo del cine y las conclusiones que arroja el reciente estudio presentado por CIMA sobre La representatividad de las mujeres en el sector cinematográfico español. Todas las fotografías que resultan de cruzar esos datos de la realidad de la industria cinematográfica nos ponen de manifiesto que estamos ante una cuestión de poder. Es justamente esa la perspectiva que nos ofrece el género en cuanto herramienta analítica: la visualización de las relaciones de poder que siguen alimentando la desigualdad de hombres y mujeres.  Unas relaciones que siguen marcadas, en la sociedad en general, y en el cine en particular, por el dominio masculino y la subordiscriminación femenina. Es esa la dimensión desde la que hay que analizar, valorar y perseguir por ejemplo el acoso sexual en cuanto manifestación de unas relaciones de género basadas en la superioridad masculina y en la paralela vulnerabilidad femenina, así como en una concepción cultural de las mujeres como objetos siempre disponibles para satisfacer nuestros deseos. Al igual que sucede con la violencia de género,  abordarlo como  una cuestión de poder, y por tanto de desigualdad,  es lo que nos da las claves para entender por qué es tan frecuente y sin embargo tan poco visible el acoso sobre las mujeres. Y, en consecuencia, solo actuando políticamente contra él será posible ir erradicándolo de nuestros esquemas de convivencia.

Del informe realizado por Sara Cuenca Suárez, y que tiene la gran virtud de ofrecernos un caudal impresionante de datos con los que callar las bocas de quienes piensan que el género es una ideología, se pueden extraer muchas conclusiones, las cuales además serían  trasladables a otros ámbitos sociales.  El termómetro “de género” que nos ofrece sobre la cinematografía española no creo que difiera en exceso de otros ámbitos como pueden ser el universitario, el científico o el de cualquier sector creativo o cultural.  En todos estos casos, la alarmante conclusión vendría a ser la misma: el poder sigue siendo cosa de hombres. Y cuando hablo de poder me refiero no solo al político sino también al económico y al que deriva de tener la capacidad de crear y decidir los relatos colectivos. 

Como nos muestran el Informe de CIMA, en el cine español continúa habiendo una evidente segregación no solo horizontal sino también vertical desde el punto de vista del género, lo cual significa no solo que las mujeres continúen siendo prisioneras de determinados estereotipos sino que también están lejos del liderazgo. Es decir, somos nosotros los que seguimos ocupando el vértice de la pirámide, los que seguimos teniendo las riendas de los procesos de dirección y los que, por tanto, continuamos siendo decisivos en la definición de los contenidos.  De esta manera, se continúa privilegiando una mirada,  la androcéntrica, que es la que  a través de un arma tan poderosa como la imagen nos ofrece una visión del mundo y de los seres humanos.  De ahí la urgencia de que haya más mujeres con poder o, lo que es lo mismo, con capacidad de hacer visibles sus experiencias y de completar la mirada parcial sobre una sociedad que continúa hecha a imagen y semejanza del varón dominante. En este sentido, resulta especialmente llamativo el poco apoyo que por parte de las televisiones, que se han convertido en el gran sustento de nuestro cine, recibe el cine hecho por mujeres. Ello implica lógicamente restar posibilidades de difusión y visibilidad, por no hablar de cuestiones estrictamente económicas. En relación a éstas, los datos segregados por sexo que nos ofrece el Informe con respecto al dinero que manejan mujeres y hombres son demoledores. Por ejemplo,  la media de los costes reconocidos de los largometrajes con dirección femenina es de 1.094.525,57€ mientras que el dato referente a la media de costes de películas dirigidas por hombres es de 1.737.772,64€.

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