Publicado el 7 enero 2018 en General |

Imagen. Isabella Cotier

Por Dulcie Menzie traducido por Eva Cañada 

Este artículo fue publicado originalmente en i-D UK.

Desde que mi padre se suicidó el año pasado, he estado pensando mucho en la masculinidad y me siento personalmente agradecida por cada una de las personas que están alzando la voz y sincerándose acerca de su vulnerabilidad, desafiando nuestras claustrofóbicas nociones de género e incluso replanteándose sus tareas diarias en casa.

Afortunadamente, vivimos en una época en la que cuestionarse las anticuadas ideas sobre la masculinidad es un imperativo. Sin embargo, debemos tener cuidado para no pasar por alto mencionar que el género todavía nos tiene agarrados por el cuello.

Mi padre pasó a formar parte de lo que el British Columbia Medical Journal ha bautizado como “epidemia silenciosa” de suicidios masculinos. No se puede hacer suficiente hincapié en la importancia de este problema. CALM, una asociación benéfica dedicada a prevenir el suicidio masculino, afirma que esta es la principal causa de muerte entre los hombres de menos de 45 años.

Pero, como sucede con todas las estadísticas, estas cifras nos parecen ajenas: los números no comunican que, a menudo, estas muertes se llevan a hombres sin historial previo conocido de enfermedades mentales, dentro de familias que nunca lo vieron venir.

La muerte de mi padre me ha hecho darme cuenta de lo intratable y persuasiva que es en realidad lo que CALM denomina “la barrera cultural que impide que los hombres busquen ayuda”. Incluso en nuestra bulliciosa, abierta y expresiva familia, mi padre fue incapaz de encontrar un modo de comunicar lo que estaba sucediendo dentro de su cabeza.

Lo repentino de tantos de estos suicidios indica una parte clave del problema. Sin que nosotros nos diéramos cuenta, mi padre estaba encerrado dentro de una masculinidad que solo tiene dos opciones: ser un hombre o ser un fracaso. Este hombre debe ser “fuerte” hasta que se rompe, un reino donde la violencia o el suicidio se vuelven posibles. Necesitamos una masculinidad que sea flexible, resiliente, porosa… Incluso permeable.

Quiero formular una pregunta, que espero que pueda ayudar a que empecemos a avanzar hacia este tipo de mentalidad evitando caer en la trampa de autofelicitarnos por nuestro progresista enfoque del género. Mediante la exposición I’M FINE, comisariada por Max Hayter y Sophia Compton, hemos preguntado a 50 artistas qué aspecto tendría una masculinidad que animara de forma activa a los hombres a mostrar su vulnerabilidad.

Merece la pena, por un momento, ahondar en la historia personal de mi padre. Mi abuela paterna falleció de cáncer cuando él tenía 16 años. Sus desolado padre se suicidó unos años más tarde, otro nombre que añadir a la larga lista de hombres cuyas vidas han terminado de este modo.

A mi padre jamás se le animó a que profundizara en las complejas emociones ―pérdida, rechazo, ira― que poblaban su corazón. Ni siquiera conmigo, años más tarde, fue capaz de hablar abiertamente sobre la muerte de su padre como un suicidio: el tema siempre se resumía con la frase “el abuelo murió porque tenía el corazón roto”.

Esto me ha hecho ser íntimamente consciente del poder de las palabras. Puede que suene trivial, o incluso algo pedante, pero los términos individuales que utilizo para hablar sobre la muerte de mi padre son importantes.

Me han brindado la oportunidad de aceptar y en cierto modo tomar posesión de su pérdida: elijo qué elementos deseo registrar. He llegado a estar en desacuerdo con la idea de que mi padre “cometió” algo (un crimen, que es lo que implica la palabra) o que activamente “se quitó” la vida.

La primera vez que alguien siente un impulso suicida es la peor: si pueden superar eso, pueden recurrir a la certeza de su supervivencia cada vez que aparece un episodio. Así que he decidido no ver la muerte de mi padre como el inevitable final de su historia, porque las circunstancias podrían haber tomado un rumbo diferente aquel día.

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