Publicado el 1 febrero 2018 en General |

Kanye West en un concierto en Chile, 2011

Nuria Alabao 22 enero en CTXT.

¿Cómo están vinculadas la pobreza y la desigualdad con la reafirmación de la masculinidad? ¿Y la violencia machista? El hip hop comparte muchos de los códigos de relación de los jóvenes de los suburbios del planeta.

Son machos muy machos. Los raperos mainstream como Rick Ross y Lil’Wayne son recios, viriles, serios, quizás hasta peligrosos. En el estilo gansta no solo se es macho sino también derrochón, viviendo a tope una vida de hiperlujo donde las mujeres son una propiedad más que exhibir como en los vídeos de Nas. Otros, como Kanye Westson capaces de salir a un escenario con cien tíos de negro que enseñan los dientes y un par de lanzallamas. Desde el gueto estadounidense, surge un rap hecho por los más jóvenes que exhibe una hombría oscura como el petróleo. En el Cloud rap, la vida en el barrio es tan jodida y violenta que sí, también son machos, pero casi en segundo plano, incapaces de ejercer soberanía en lugares que describen como el mismo infierno. Para caminar por él, a veces exhiben armas como muletas.

Hay una miríada de formas de hacer rap, algunas más políticas –aunque no siempre quiere decir menos explícitamente viriles–. Para las mujeres, este estilo significa cosas totalmente distintas, incluso que les puede permitir subvertir el mandato femenino en varios sentidos: la fuerza, la forma de ocupar el espacio público, la autodefensa. Pero es indudable que existe una performance de la masculinidad más marcada en el hip hop que en otros géneros o culturas juveniles. ¿Cómo está relacionado este estilo con la afirmación de hombría, con su exhibición y conversión en una fachada pública?

El rap es un producto de los suburbios neoyorkinos donde se originó en la década de los sesenta entre los jóvenes negros e hispanos asociado a las competiciones entre bandas juveniles. Hoy, más allá de su proceso de comercialización, sigue siendo atractivo para muchos jóvenes de los guetos de todo el planeta, y es ahí donde se escucha y se produce más y de donde salen la mayoría de estrellas. También en esos lugares el hip hop es cotidianidad para muchos, donde se sostienen las identidades que, como explican Boltanski y Chiapello, otros de clases más favorecidas adoptarán “a modo de simulacro” cuando compran camisetas grandes de determinadas marcas, visten gorras ladeadas o utilizan el argot propio de la subcultura. (Para que haya apropiación simbólica por el mercado, en algún lugar tiene que haber un yacimiento de “autenticidad”.) ¿Y por qué los los jóvenes de estos barrios marginales en lugares tan variados adoptan esta subcultura? La respuesta tiene que ver con las condiciones de vida en los suburbios y con la falta de expectativas vitales de estos chavales, y concretamente, con cuál ha sido su “traducción” cultural, o las formas culturales a las que han conducido. Y es que hay una continuidad entre los valores de “la calle” –los diferentes códigos de relación entre los jóvenes del gueto– y los del hip hop–.

Hay que ser muy hombre para sobrevivir en el infierno

Hace unos años colaboré con un proyecto político-cultural –Tiuna el Fuerte– que trabajaba con jóvenes de los barrios de autoconstrucción –las favelas venezolanas–. Pasando tiempo con estos chavales en sus barrios, visitándolos en prisión o asistiendo a sus conciertos de hip hop entendí que había una especie de ley no escrita –ellos la llamaban “la ley de la calle”– pero que todos conocen y más o menos siguen. Lo que imponía esta ley era una regulación sobre cómo se tenían que comportar en el espacio público, especialmente en relación a las ofensas recibidas: lo que puede tolerar y lo que no un “verdadero hombre” para seguir siéndolo. También ofrecía una serie respuestas que tenían que seguir a esas transgresiones: desde amenazas, golpes, o incluso llegar a la confrontación con armas. “Hay que saber caminar por el barrio”, te decían. Caminar significa saber cómo comportarse para seguir siendo respetado.

Una mirada fija o considerada inconveniente, una palabra irrespetuosa o una determinada forma de encarar a la novia de otro, pueden constituir transgresiones de estas normas sobreentendidas y desencadenar una respuesta violenta. (Aunque algunas transgresiones de esta ley de barrio pueden estar asociadas a la economía del narcotráfico; como traspasar determinadas fronteras, robar en una zona en la que no debes, hablar con la policía, etc.) La hombría está en juego, se trata de “no perder la cara”, no ser “una nena”, un cobarde. En la ley del barrio, hombría y respeto son dos caras de la misma moneda. Lo que se pone a prueba es la capacidad confrontativa de estos chavales que han de ser capaces de defenderse, de ejercer violencia. Lo que se recibe a cambio es algo que el sistema les niega, respeto. Puede parecer una escasa recompensa, sobre todo si uno se juega la vida, pero conseguir el respeto supone tanto el reconocimiento de la propia valía personal –imprescindible para funcionar en sociedad– como protección para futuras agresiones. Si te respetan, es decir, si saben que sabes defenderte, tu fama de violento evitará que se metan contigo. Los jóvenes desde muy temprano incorporan el sentido de vivir bajo la ley del más fuerte.

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