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Todos somos parte de ‘la manada’

Publicado el 30 abril 2018 en Los hombres ante la igualdad, Violencia contra las mujeres, Violencia machista |

Octavio Salazar el diario.es

Todos nosotros, varones que desde que nacemos somos educados para el privilegio, formamos parte de ese orden que nos ofrece tantos dividendos.

Es por tanto responsabilidad nuestra desvincularnos de la manada, iniciar un proceso de reconstrucción personal y convertirnos en agentes para la igualdad.

Desde el pasado jueves ya se ha dicho prácticamente todo con relación al injustificable y vergonzante fallo del caso de ‘la manada’. Hemos compartido en las calles y en las redes sociales el estupor y la indignación. Se hicieron análisis de urgencia, pero también, posteriormente, lecturas mucho más reposadas sobre lo que inicialmente nos pareció una barbaridad y, después, leídos los más de trescientos folios, se confirmó como una auténtica provocación que ha suscitado malestar incluso entre quienes en otras ocasiones no se han posicionado precisamente a favor de las vindicaciones feministas.

Se han hecho muchos y certeros diagnósticos, y también propuestas como las que, no sé si en un alarde de oportunismo, se hacía desde el Gobierno para revisar la tipificación de los delitos contra la libertad sexual. No seré yo quien ponga en duda dicha necesidad, pero no creo que la redacción de la norma sea el meollo de un asunto en el que, en definitiva, se nos ha vuelto a demostrar con toda su crudeza que la cultura machista está bien presente y recorre transversalmente todos los ámbitos de nuestra convivencia, incluidos aquellos que supone que existen para garantizar nuestros derechos fundamentales. A lo que habría que sumar, por supuesto, que no creo que el recurso al Derecho Penal sea la mejor herramienta en una sociedad democrática avanzada. Más bien las políticas sancionadoras son la expresión más rotunda del fracaso de unas reglas del juego que deberían basarse en la exquisita garantía de la dignidad de todas y de todos, además de que suelen ser el recurso más obvio para quienes no tienen más programa político que jugar de manera populista con las emociones de la ciudadanía.

Pienso que seguiremos equivocando el diagnóstico y, por lo tanto, errando las propuestas transformadoras si no ponemos el foco justamente en un modelo de construcción de lo masculino que se proyecta en todo nuestro orden de convivencia y que, por supuesto, tiene una de sus más terribles expresiones en cómo desde la virilidad hegemónica se conciben a las mujeres, a sus cuerpos y, por supuesto, a su sexualidad.  Estos mandatos de género, que por ejemplo ha estudiado tan bien la antropóloga Rita Segato, se traducen en una serie de poderes que los hombres entendemos como derechos naturales que traducimos en prácticas, con frecuencia violentas, que van desde lo más privado hasta los niveles más institucionales de la vida pública.

Ser un hombre de verdad ha significado durante siglos, y me temo que todavía hoy lo continúa siendo para muchos de mis iguales, ejercer dominio, devaluar a las mujeres y a lo femenino e interpretar nuestros deseos como derechos que alimentan nuestro lugar privilegiado.  La suma de estos factores confluye con frecuencia en una sexualidad entendida como una pulsión irrefrenable, en la que el dominio de la más débil y vulnerable nos erotiza al máximo, de forma que en muchos casos se proyecta en el cuerpo de “la otra” toda el ansia de poder que parece dar sentido a nuestra existencia. Todo ello, además, vivido con frecuencia en ceremonias colectivas mediante las cuales se refuerza nuestra identidad precaria. De esta manera, las fratrías viriles acaban otorgándonos el certificado supremo de virilidad.

Es justamente ese concepto de lo masculino, que tiene una de sus más extremas expresiones en lo que la teoría feminista viene denominando desde hace años “cultura de la violación”, el que en la actualidad se prorroga en la pornografía que habitualmente consumen nuestros jóvenes, en las redes sociales que generan espacios de inseguridad para ellas y de complicidad dominante para nosotros y, en general, en una cultura que continúa insistiendo en que ellas están permanentemente a nuestra disposición. Y en todos los sentidos: para cuidarnos, para amarnos, para darnos placer, para hacernos padres, para sostener nuestra vida privada. Así se culmina la definición social de las mujeres como seres para otros y cuya credibilidad queda siempre en entredicho frente la omnipotente del varón que dicta las reglas. Obediencia, sumisión y silencio frente a poder, autoridad y palabra. El círculo perfecto del patriarcado.

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Caperucita roja y los cinco lobos feroces

Publicado el 27 abril 2018 en Violencia contra las mujeres, Violencia machista |

Miguel Lorente. eldiario.es

Feroces eran los cinco hombres de ‘la manada’ que se llevaron a la víctima a un portal para mantener relaciones sexuales no consentidas con ella, algo que sólo pudo suceder, a tenor de lo que cuenta la sentencia, con violencia e intimidación.

Érase una vez una niña con una pañoleta roja al cuello que caminaba sola por el bosque de la ciudad iluminada bajo luces de fiesta y estrellas de colores. En un momento de la noche se sienta en un banco, y al poco tiempo se le acerca un lobo, después otro, luego lo hace un tercero, al rato llega uno nuevo, y al momento se le aproxima otro lobo más… En total cinco lobos, una manada.

Los cinco se ofrecen a acompañarla para que ningún otro animal pueda atacarla, hasta que en un momento determinado la meten en un portal y se abalanzan sobre ella. Pero unos cazadores que andaban cerca oyeron ruidos y se dirigieron corriendo hasta el portal, y al ver la escena, cuando se dirigían a ayudarle, uno de ellos detuvo al resto y les dijo que no hacía falta que le ayudaran, que “ninguno de los lobos estaba utilizando la fuerza y la intimidación”.

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Y sí, se ha acabado porque resulta difícil de creer, incluso como cuento.

La OMS define la violencia como “el uso deliberado de la fuerza o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”. Como se puede ver, no es necesario recurrir a la fuerza física para generar una situación de violencia, y menos aún de intimidación, algo tan claro que el propio juez Llarena justifica la existencia de un delito de rebelión en Cataluña al hablar de violencia como “demostración de fuerza y disposición a usarla”.

A raíz de los elementos que caracterizan los hechos, lo ocurrido con el ataque llevado a cabo por los miembros de “la manada” básicamente tiene dos posibilidades, o se trata de una relación consentida o se trata de una violación. La explicación intermedia en que han basado la sentencia resulta complicada de aceptar. Veamos los argumentos relacionados con cada una de ellas.

1. Relación consentida:

Los hechos son incompatibles con una relación aceptada de forma voluntaria por la víctima dadas las consecuencias que han tenido sobre ella, que fue encontrada sola y sentada en un banco en estado de shock. Esta reacción es propia de sucesos traumáticos graves capaces de provocar una impacto serio sobre la persona atacada, hasta el punto de dejarla paralizada tras el asalto durante un tiempo más o menos prolongado. Por  otra parte, la descripción que hacen los propios agresores de la actitud de la víctima durante los hechos, no se corresponde con la de una persona que llega a esa situación de forma voluntaria, dentro de un contexto de diversión y fiesta en el que se decide mantener relaciones sexuales con los hombres que forman parte de él.

2. Relación no consentida:

El shock que presentó tras los hechos, tal y como hemos indicado, es propio de una situación traumática que en ningún caso puede deberse a la simple contrariedad o arrepentimiento por la decisión adoptada, ni a factores secundarios, como puede ser la difusión de las imágenes grabadas, tal y como se ha dicho. Para que aparezca la víctima tiene que haber vivido un suceso que genere un importante impacto psicológico, unido a la vivencia de que del mismo se podrían haber producido consecuencias más graves para su salud y vida.

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Más de la mitad de las universidades públicas españolas registran casos de acoso

Publicado el 23 abril 2018 en Violencia contra las mujeres, Violencia machista |

Pikara Magazin Dossier

 

En Pikara Magazine hemos hecho una investigación sobre la situación de la la lucha contra el acoso en las universidades públicas españolas. Por eso en enero encargamos a dos periodistas, Yuly Jara y Miguel Egea, que se pusieran manos a la obra. El resultado de estos tres meses de investigación, en los que se han contactado con 50 universidades, es este informe: ‘Más de la mitad de las universidades públicas españolas registran casos de acoso’, en el que hay datos de ámbito estatal, además de una perspectiva general de cómo y en qué medida se está luchando contra la violencia machista en cada universidad. En  ‘Granada: un protocolo modelo que sigue sin impedir el acoso’ realizamos un estudio de caso de la Universidad de Granada, que ha registrado el mayor número de casos tratados (65), y desvelamos en detalle las virtudes y problemáticas que genera la lucha contra el acoso desde este institución universitaria. Finalmente en “Para transformar la universidad hace falta una crítica radical a los modos de producción del saber y a su falocentrismo” discutimos sobre el heteropatriarcado y el sistema universitario con la filósofa Laura Llevadot, que ofrece una perspectiva muy particular sobre machismo, feminismos e, incluso, amor.

Los datos recopilados por Pikara Magazine cifran en 236 los casos en el sistema público de enseñanza superior y desvelan que el acoso sexual y laboral, así como las discriminaciones e incluso las agresiones sexuales alcanzan a toda la comunidad universitaria, desde estudiantes hasta personal docente. Destacan la Unidad de Granada, con 65 casos registrados, la Universidad del País Vasco y la Universidad Autónoma de Barcelona con 23 cada una. Los 18 casos computados por la Complutense de Madrid son de acoso sexual.

Base de datos sobre protocolos de Igualdad en las universidadesBase de datos sobre protocolos de Igualdad en las universidades

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FEMINISTAS. INTENSAS , DIVERSAS , IMPRESCINDIBLES .

Publicado el 3 abril 2018 en Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

José Ángel Lozoya Gómez
Miembro del Foro y de la Red de hombres por la igualdad
Crecí rodeado de mujeres fuertes, de mujeres que la guerra dejó viudas o solteras, de mujeres que superaron dificultades difícilmente imaginables. De niño me dormía escuchando la máquina de coser de mi madre, una modista que también fue dependienta, frutera, portera, metalúrgica…

El franquismo nos empujó al exilio político y económico. A los 14 años mamá me asignó tareas domésticas y se negó a enseñar a coser a mis hermanas, por la sobrecarga de trabajo que suponía para la mujer de un obrero. Llevó pistola en el bolso hasta que volvió a España y fue la primera concejala de su ciudad. Su último gesto político, en solidaridad con las procesadas de Bilbao, fue la firma de un documento en el que afirmaba haber abortado.

En el exilio conocí a hombres que figuran en los libros de historia y a feministas reivindicando el derecho al aborto o a la iniciativa sexual. Y fue una poetisa catalana, que recitaba como nadie “El crimen fue en Granada”, la que me animó a volver a Valencia para luchar contra la dictadura.

Mientras la prioridad fue la conquista de las libertades yo me enamoraba de mujeres a las que admiraba por su valor y por su capacidad para cuestionarme. Muerto Franco los hombres copamos la dirección de los partidos y los sindicatos, y nos creímos capaces de decidir hasta lo que tenían que decir nuestras compañeras en las asambleas de mujeres que empezaban a surgir. Con eso provocamos que muchas antifranquistas orillaran sus diferencias partidarias para construir un movimiento de mujeres que, para afirmar su autonomía, rechazaba a los hombres en sus actividades y cuestionaba a las feministas que militaban en organizaciones mixtas.

Mis dificultades con el centralismo democrático y mis relaciones con el movimiento de liberación sexual favorecieron que aceptara integrarme en el primer grupo feminista que buscaba imponer en la práctica el derecho al aborto. Esto me dio una perspectiva privilegiada de las relaciones heterosexuales y sus consecuencias. Aposté por la educación sexual cuando vi que la demanda de “Anticonceptivos para no abortar, aborto libre para no morir” era un parche si no cuestionaba la sexualidad masculina.

El feminismo cambió las relaciones entre los sexos sin que la mayoría de los hombres se sintieran aludidos y yo, que me relacionaba con feministas y envidiaba la intimidad que lograban en los grupos de autoconocimiento, decidí convocar a un grupo de hombres (en 1985) para ver cómo nos afectaba el cambio y cómo podíamos contribuir a acelerarlo, dando sin saberlo un impulso al Movimiento de Hombres por la Igualdad.

Desde su aparición el feminismo aporta enfoques nuevos a temas viejos. Sin que nadie les regale nada han reivindicado, frente  a todo tipo de descalificaciones, temas como el divorcio, la promiscuidad, la noche, la anticoncepción, el aborto, la igualdad de derechos y oportunidades, las cuotas, los cambios legislativos, la discriminación positiva, el trabajo doméstico… Reivindicaciones acompañadas de todo tipo de movilizaciones, siempre pacíficas, en las que han asumido riesgos y superado periodos de desmovilización que acabaron con muchos movimientos de la transición. Superado momentos en los que solo se veían rescoldos en la universidad y las instituciones, mientras aumentaba el reguero de víctimas que quedaban en la cuneta de la historia. Pero de tanto en tanto pasaba algo que las hacía resurgir. A finales de los 90 fue la indignación ante el asesinato de Ana Orantes el que puso en la agenda la violencia que padecían en las relaciones de pareja.

La victoria del PP y la desmovilización social que provocó las medidas anti“crisis” llevaron a pensar en el escenario ideal para recortar el derecho al aborto, la conquista más peleada por el feminismo desde la transición, y el tren de la libertad fue el broche a una respuesta del movimiento feminista que provocó la dimisión de Gallardón y un relevo generacional que, con los socialistas en la oposición, no se pudo controlar con ayudas a los colectivos afines.

La manifestación de Madrid del 7N de 2015 hizo saltar por los aires el corsé legal que mantenía las violencias machistas en el ámbito de la pareja, y el 25N de 2017 el movimiento feminista demostraba su implantación territorial con manifestaciones masivas en más de 50 ciudades, contra “la manada” y los intentos de cuestionar a su víctima.

El pasado 8 de marzo la de mujeres fue la primera huelga política de la democracia, y las manifestaciones de la tarde una demostración sin precedentes de fuerza del movimiento feminista, que ha metido en la agenda política temas como la brecha salarial o los cuidados, que parecían tener más capacidad descriptiva que de movilización.

Ya podemos decir que la mayoría de los hombres se sienten aludidos, que son capaces de identificar muchos de sus privilegios y abundan los que comparten la necesidad del cambio, como demuestran su presencia creciente en las manifestaciones feministas, los miles de hombres que asumieron los cuidados en sus hogares para que sus compañeras vivieran el 8M, o los que atendieron los puntos de cuidados que se montaron ese día en muchos pueblos y ciudades.

Tras una vida acompañando a las feministas, con algunos desencuentros sobre el lugar que debemos ocupar los hombres en la lucha por la igualdad, he de admitir que siguen siendo el motor del cambio de los hombres porque se necesita su presión para que renunciemos a muchos de nuestros privilegios.

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