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Por qué es un problema que me dejes subir primera al colectivo

Publicado el 30 mayo 2018 en Los hombres ante la igualdad |

El “primero las damas” tiene mucho que ver con considerar que las mujeres están en inferioridad de condiciones Crédito: Shutterstock

Paula Giménez. La nación.

El 95% de las veces que las mujeres vamos a subir a un colectivo y tenemos a un hombre adelante, pasamos nosotras primero. Es un gesto de caballerosidad al cual nos acostumbramos, siempre diciendo gracias, siempre con una sonrisa. Pero qué pasa cuando no querés subir antes que él. Una cree que con informárselo es suficiente, “no, no, pasá vos”, le decís amablemente. Él se niega, quiere que pases y dejar en claro que es un caballero. Volvés a decirle que no, que está todo bien, que entendés que es un caballero pero que pase él que estaba antes. Estoico, se niega. Mientras, la gente espera a que ese baile ridículo de “no no, pasá vos” se termine y con mucha frustración te das cuenta de que no te queda otra que obedecer y seguir adelante porque la gente de atrás te va a linchar.

Es cierto que la realidad ( una mujer muere por ser mujer cada 30 horas) no nos da respiro para observar lo secundario, los detalles mínimos que hacen a la cosa. Pero adivinen qué, lo secundario también es parte, quizás pequeña pero constante, de las fatalidades que nos dan miedo todos los días.

Y ahí, entre esas pequeñeces, está mi fastidio porque yo ya no quiero pasar más antes que ellos si estoy atrás y juro que intento de todas las maneras posibles hacérselos saber, pero nada funciona. Cada vez que me subo a un colectivo o que me ofrecen el asiento, tengo que obedecer aunque no quiera. Y escribo esto para ver si cuestionar esos gestos de caballerosidad que tan amablemente realizan el 80% de los hombres, sirve para que algunos de los que lean este artículo, la próxima que una chica les diga que no, entiendan que no es no.

Gestos que ya vencieron

“Se puede decir que el que te deja pasar en el colectivo o te cede el asiento es porque se considera dueño de tales decisiones: yo decido quién pasa primero y quién permanece de pie. Y en cierta forma metafórica de la etiqueta, la persona más elevada es la que entra más tarde y la que permanece de pie. No siempre estas conductas son indicio inmediato de una posición tomada en la cuestión de los géneros “, comenta sobre el tema el escritor y conductor de radio Alejandro Dolina.

¿Pero la caballerosidad tiene que ver con la gentileza? “Cada gesto, cada cortesía proviene de tradiciones milenarias que no siempre están relacionadas con el machismo. La idea del amor cortés que nace en la Occitania de los siglos XI y XII es la que todavía prevalece en nuestra idea del romance. Allí el caballero, muchas veces fuera de la institución matrimonial y a veces contraviniéndola, se ponía al servicio de una dama y dedicaba su vida a demostrar el amor que le profesaba con actos de valentía, de bondad y de renunciamiento”, explica Dolina, que agrega con ironía: “Me cuesta relacionar estos votos con las actitudes de los moscardones contemporáneos, aunque también aquí el protagonismo está de un solo lado”.

Por otro lado, para Luciano Fabbri, licenciado en Ciencia Política (UNR), docente universitario y educador popular en áreas de género, masculinidades y feminismos, la palabra “caballero” no tiene otras connotaciones que no sean machistas. “Caballero no es cualquiera que sea amable, cordial o gentil, como suelen decir quienes defienden la inocencia del término, y más aún, las prácticas asociadas a él. Caballero, primero, es un término asociado a los hombres. Y afirmo que es elitista, porque no a cualquier hombre. Supone la adecuación a un código de conductas que provienen de un ideal medieval, militar y cristiano, extendido con el paso del tiempo a hombres adultos, occidentales, probablemente blancos y seguramente heterosexuales”, indica.

“Primero las damas”

Pero no nos vayamos a creer igual que cualquier hombre es caballero con cualquier mujer, porque así como hay rangos para ellos, también los hay para nosotras que debemos ser dignas de tal atención. “Para merecer caballerosidad, se requiere ser una dama. En principio, no osar rechazar ese gesto de grandeza del hombre, aceptarlo gustosa, sonriente, agradecida. El gesto de caballerosidad, en general, lleva implícita una noción de superioridad y una alta dosis de paternalismo.´Primero las damas´, porque las dejamos, no porque puedan por sus propios medios, porque quieran o lo merezcan. Es una forma sutil de corroborar quién es el sujeto de poder y autoridad”, explica el licenciado.

Para contraponer con otra voz de los medios, charlé con el Coco Sily, de quién me sorprendió su claridad al respecto. Deconstruir es un verbo hoy muy usado y Sily, borrando con presunta convicción La cátedra del macho de sus trabajos que le dan orgullo, me contó qué opina sobre el tema. “La caballerosidad tiene que ver con una costumbre cultural indudablemente marcada por el patriarcado, pero a mi no me disgusta en cuanto a gesto de cortesía, no deberíamos acentuarlo en el hecho de que por ser mujer uno debería ser caballero. Si un hombre viene con dos bolsos en las manos o asistís a alguien que está en inferioridad de condiciones que vos, uno puede ser caballero sin importar el género”, sostiene.

Creo que en esa respuesta está la clave de lo que sucede con estos inocentes gestos de amabilidad: se realizan por y para alguien que, se cree, se encuentra en inferioridad de condiciones y la pregunta retórica que se me ocurre es: ¿por qué suponen que las mujeres estamos en inferioridad de condiciones?

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La I está empezando a salir del armari

Publicado el 19 mayo 2018 en Diversidad sexual |

Ilustración: V. Rico

Mer Gómez. Pikara Magazine

Dinamizamos un diálogo entre cinco mujeres intersexuales, sobre su forma de vivir el género y la sexualidad, la relación con sus cuerpos, con el feminismo y con el movimiento LGTBI. Apelan a la responsabilidad colectiva para seguir creando nuevos imaginarios que hagan visibles otros cuerpos y otras formas de ser posibles.

Protagonistas: Trece tiene 29 años, vive en Bilbao y es trabajadora social. Cristina, un año mayor, es de Tarragona y trabaja como actriz. Lola tiene 26 años y es periodista en Bilbao. Lilith, estudiante de 21 años, valenciana. Violeta, a sus 38 años, es química en Madrid.

Empezaré por dónde me han sugerido, por la definición de la I. De esa I que siempre estuvo pero que va sintiéndose cada vez más libre para ir saliendo del armario. Así que seguiré las instrucciones de Violeta, una de las entrevistadas, y expondré la definición que incluye el blog mexicano Brújula Intersexual. Las intersexualidades (en plural) se utilizan como término para nombrar a una variedad de situaciones del cuerpo, en las cuales una persona nace con una anatomía reproductiva o sexual —genitales, gónadas, niveles hormonales, o cromosomas— que no parece encajar en las definiciones típicas de cuerpos masculinos o femeninos. Será precisamente bajo este concepto donde se reconocen las protagonistas del reportaje: Trece, Cristina, Lola, Lilith, y Violeta. Hoy han querido poner palabras a su silencio para mostrarse libres y diversas en un espacio que las hace posibles. Se han atrevido a tomar la palabra como personas intersex y a convertirse en sujetos generadores de sus propios discursos. Estas cinco valientas abren la caja de pandora y nos hablan sobre su identidad, sus prácticas sexuales, sus necesidades, sus cuestionamientos y su relación con las categorías impuestas. En este caso, me referiré a ellas en femenino por petición de las cinco entrevistadas que se identifican como mujeres y como feministas «en proceso de deconstrucción constante». Aún así, también veíamos en el artículo Soy Lola y soy intersexual que hay múltiples identidades dentro del colectivo intersex.

Tras compartir inquietudes y debates interesantísimos en un grupo de Whatsapp comenzamos reflexionando juntas sobre los encuentros y desencuentros que se han dado a lo largo de su trayectoria vital con las categorías establecidas. Violeta —practica la meditación para encontrarse y canta boleros, a solas, en el ascensor— nos dice cómo el patriarcado y la influencia de la religión católica en nuestra sociedad le han hecho sentirse mujer de tercera división. A su vez, Cristina —reservada por derecho, activista por cojones (los que le extirparon)— habla de cómo vivió la pubertad: Cuando no me bajaba la regla, y al enterarme que era XY, que tenía una vagina ciega, y testículos feminizantes internos, se produjo un cortocircuito en mi cerebro: ¿Qué soy? ¿Qué farsa es ésta? ¿Qué van a pensar los demás? No me sentía digna de ser mujer ni de presentarme como tal. Este sentimiento lo comparten sus compañeras que, como en el caso de Cristina, fueron socializadas desde el nacimiento como mujeres y para las que el silencio fue su principal arma de resistencia. Lola —alma vieja y creadora intermitente de artículos— nos dice: “Imagínate que te diagnostican un síndrome, que siempre tuviste y que muy pocas personas tienen, te extirpan una gónada por miedo a que se genere un tumor y te dicen que no tienes útero, ni ovarios, ni tendrás la regla, ni eres fértil. Catorce años. Gestiónalo. Y sigue Trece —feminista, comunista y feliz—: “Al principio mi percepción del cuerpo era incompleta, no encajaba, las cicatrices tras las operaciones no ayudaban, no me consideraba una mujer real y en mi familia se normalizó como un tabú, mediante el silencio. Por su parte, Lilith —feminazi, piscis, y le encanta bailar (sobre todo tango)— también subraya esos silencios y afirma que, aunque en términos binarios se identifica como mujer, “tenemos que seguir trabajándonos lo queer para dejar atrás el dualismo sexual excluyente y los roles de género”.

Sexo, género, sexualidad

La sexualidad ha sido para ellas un tema tabú que mencionan cada vez que comparten experiencias. Ahora, como nos dicen Trece y Lilith, lo ven como algo líquido “que va fluctuando, que va cambiando” pero, aún así, la imposición de la heterosexualidad normativa a la hora de tener prácticas sexuales ha marcado sus cuerpos y la manera de construir sus relaciones. Trece se reafirma como bisexual pero se siente más libre teniendo relaciones bolleras: Aunque me hubiese gustado experimentar con hombres sexualmente, sé que tengo un conflicto hacia la forma fálica y la penetración debido al uso de los dilatadores impuestos tras la vaginoplastia. Lola se siente identificada con las palabras de Trece por haber sido sometida también a un aumento de la cavidad vaginal, y afirma que a pesar de haber disfrutado de prácticas con penetración placenteras, apuesta firmemente por otras alternativas sexuales y de autoerotismo. Aunque a Lilith su dificultad para tener penetración le llevó en la adolescencia a sentirse “la frígida, la estrecha, la infollable, con relaciones sexuales de segunda”, también le ayudó a descubrir una vida sexual más rica y otras formas de tener orgasmos; “es importante autoexaminarse, autocoñocerse, saber qué deseamos en nuestras relaciones”.

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#ProbablyAllMen

Publicado el 15 mayo 2018 en Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Hernán Piñera | Exit | Creative Commons

Por: Un tío cishetero cualquiera. Pikara magazine

Vaya por delante que este texto va dirigido principalmente a los hombres cisheterosexuales (y está escrito por uno) y por ello uso en general el masculino en plural o singular. Igualmente cuando hablo de hombres es a ese colectivo al que hago referencia (y en el que voy incluido). Al lío.

–  Nunca he escrito un texto público, considero que hay gente que lo hace infinitamente mejor que yo y ya está bastante saturada la red con el ruido de miles de voces como para sumar a ese galimatías mis gruñidos. Pero con el tema de la “Manada” he querido añadir mi granito de arena a la avalancha de artículos de opinión que han salido estos días.

Y lo hago porque he leído y/o escuchado muchas opiniones masculinas. Todas ellas críticas, ya sea con la justicia y los jueces, los violadores en sí, su abogado, sus novias, el patriarcado, el gobierno, la sociedad en general, la pornografía, etc.

Pero de todas esas críticas henchidas de indignación, echo en falta la más importante; la autocrítica.

– Como decía, en esos artículos hay mucho de rasgarse las vestiduras ante la absurdez de la sentencia, criticando en especial la interpretación aberrante de los hechos que ha hecho uno de los jueces.

Sinceramente, en el país donde se condena a raperos y tiriteros pero la justicia no es capaz de dilucidar quién es un tal M.Rajoy, y donde las leyes están hechas mayoritariamente por hombres, interpretadas por hombres y ejecutadas por hombres todos ellos normalmente elegidos por otros hombres, pues parece poco probable que haya una especial sensibilidad en la judicatura por los casos de violencia sexual contra la mujer.

Pero aunque incluso se les hubiera condenado a la pena máxima o haciendo un ejercicio de fantasía, a cadena perpetua o pena de muerte. ¿Qué cambiaría exactamente eso?

Algunos dicen que con penas más duras los violadores se lo pensarían dos veces antes de cometer actos tan atroces. Pero probablemente ni los de la manada ni casi ninguno de los acusados de las más de mil violaciones denunciadas cada año en España se reconozcan como tal.

Prueba de ello son los numerosos vídeos que grabaron, que lo comentaran alegremente en un chat grupal y que siguieran de fiesta tranquilamente hasta poco antes de su detención. Probablemente el día que les dijeron de que les acusaban, pondrían cara de sorpresa pensando que exageraban, que eso no era una violación, que fue una orgía un poco desmadrada pero poco más. Que la chica lo quería, que les había acompañado, que se había besado con uno de ellos, que no dijo que no, ni hizo amago alguno por impedirlo.

Y a día de hoy seguramente sigan pensándolo, que están en la cárcel por una despechada, una loca de esas que denuncian falsamente.

– Comentaba al principio del artículo que he echado en falta autocrítica en las opiniones que he leído estos días. Todo el mundo hemos trazado una línea divisoria clara entre lo normal y lo monstruoso, lo aberrante, lo inhumano. Nos hemos posicionado en el lado correcto de esta línea y puesto a los miembros de la manada en el otro lugar. Nos hemos lavado las manos de esta agresión y nos hemos regocijado al ver el cabreo casi unánime que ha generado esto. Ha quedado claro que estos no son hombres, son bestias, animales, monstruos a exterminar, nada remotamente humano y nada masculino tampoco. Nos hemos quedado a gusto al poner la mayor distancia entre ellos y nosotros, porque reconocer que hubiera algo que nos uniera aunque fuera remotamente a ellos sería muy jodido de reconocer.

Ninguno nos reconocemos en ellos, no nos reconocemos en sus actos ni en sus palabras. No seriamos capaces de meter a una mujer en un sitio oscuro y forzarla contra su voluntad. Las mujeres no son objetos para nosotros, no son trozos de carne, no las vemos así. No le levantaríamos la mano a ninguna. Así que todo en orden.

El mundo y la sociedad son machistas, podemos reconocerlo sin mayor problema, pero nosotros no, a nosotros eso no nos afecta, nos resbala. Tenemos una especie de campo de fuerza feminista que impide que pase cualquier mierda machista. Hemos crecido en este mundo, pero de alguna manera hemos crecido perfectos sin que nos pringue nada. Casi se diría que somos ángeles inmaculados.

¿Pero si echamos la vista atrás y miramos nuestras relaciones con las mujeres (sexuales o no) qué veríamos?

¿Hemos buscado siempre el consentimiento activo de nuestras parejas o ligues a la hora de tener sexo o nos conformamos si no se niegan de alguna manera?

¿Hablamos en la cama de lo que nos gustaría hacer o que nos hicieran, o alguna vez o varias hemos ido probando hasta que nos han dicho que no, que eso no?

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«¿Cómo vamos a acabar con el machismo sin intentar cambiar a los hombres?»

Publicado el 11 mayo 2018 en Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

Juan luis Pavón . El Correo de Andalucía

“A mí me ha salvado y me ha perdido el hecho de no haber dejado de ser nunca un militante, sin adscripción política de un partido u otro, porque eso ha hecho que no me calle nunca nada. Aunque me cueste perder el trabajo e impedirme ganar dinero”. Los 66 años de biografía de José Angel Lozoya son un enorme cúmulo de experiencias donde percuten entre sí legalidad y moralidad, política y justicia. Los desequilibrios entre hombres y mujeres en nuestra sociedad, dentro y fuera del sexo, son el tema de máxima actualidad y controversia en las últimas semanas, por el caso de los cinco sevillanos conocidos como ‘La Manada’. La polémica sobre el machismo en España se ha convertido en noticia de alcance internacional. Y fue en Sevilla, con José Angel Lozoya, donde se pensó por vez primera en articular un Foro de Hombres por la Igualdad.

Nació en Valencia en 1951. Fue el segundo de los ocho hijos en una familia cuya madre era modista y su padre guardia civil, como quinta generación familiar con tricornio. Había entrado con 14 años, justo al terminar la guerra incivil donde su padre murió. Y en 1942, otro agente de más edad le desveló que su madre no le había dicho la verdad cuando quiso protegerlo del hambre y la represión: no lo habían matado los ‘rojos’ sino que lo habían fusilado los sublevados franquistas. Pedro Lozoya Cué, con 18 años, decidió darse de baja y dedicarse a la lucha contra la dictadura, tanto en la clandestinidad sindical, que le supuso múltiples despidos y periodos en prisión, como después desde el exilio en Holanda. Fue de los impulsores de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) desde España y de UGT desde el exilio. Tras la muerte de Franco, fue amnistiado, readmitido en la empresa de los tranvías y autobuses de Valencia, y presidió su fundación. Durante el golpe del 23-F en 1981, Milans del Bosch ordenó poner un tanque delante de la ventana de su despacho.

Nuestro entrevistado, José Ángel Lozoya, vivió una infancia de familia felizmente unida ante la adversidad, afrontando noches sin nada que comer. Su primer trabajo, en 1966, fue de botones en un banco. Tenía 14 años y a los pocos meses se fueron al exilio, afincándose en la ciudad holandesa de Dordrecht, entre Rotterdam y Breda. Cuando cumplió 15 años, entró en la escuela de aprendices de una factoría metalúrgica. Así comenzó a ganarse la vida, logró en esa empresa el rango de oficial de primera ajustador-montador. Aprendió rápido la lengua neerlandesa, ayudó como intérprete a muchos emigrantes españoles y comenzó su actividad política desde las Juventudes Socialistas en el exilio.En Francia conoció a jóvenes socialistas diez años mayores que él como Felipe González.Ya emancipado de sus padres, regresó a España en 1971 y creó en Valencia, trabajando en fábricas del metal, la estructura clandestina del PSOE y de UGT, que era inexistente.

La primera vez que estuvo en Sevilla fue en enero de 1972. La televisión holandesa le localizó para ofrecerle trabajar como intérprete de un equipo del programa de investigación ‘Tras lo nuevo’. Querían viajar por España de modo secreto para hacer dos reportajes: sobre el giro progresista de la Iglesia española con el cardenal Tarancón al frente, y sobre la dimensión del PSOE como fuerza política dentro del país. Hicieron muchas entrevistas, por un lado a teólogos como José María González Ruiz, y al cura obrero de una parroquia de las ‘casitas bajas’ erigidas para los damnificados por la riada del Tamarguillo en 1961, que también ejercía de corrector en ‘El Correo de Andalucía’. Por otro lado, a dirigentes del partido como Felipe González, Pablo Castellano o Enrique Múgica. Tras la emisión del programa en Holanda, sufrió su primera detención en Valencia y su primer juicio ante el Tribunal de Orden Público.

Participó en 1974 como delegado de Valencia en el Congreso que en Suresnes (Francia) propició el relevo generacional en el PSOE, asumiendo el control González, Guerra, etc. Pero, disconforme con su decisión de introducir directamente para mandar en el partido en Valencia al jurista José Luis Albiñana, fue depurado por el comité ejecutivo. Antes de morir Franco en 1975, José Angel Lozoya pasó a ser militante de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR). Durante los años de Transición, entraron en contacto con él amigas feministas que abogaban por el derecho al aborto y por llevarlo a cabo de modo clandestino. En 1979, le pidieron su piso para meter mujeres y practicarles los abortos. Sin miedo a ser condenado a seis años de cárcel por su complicidad, se implicó más y aprendió a hacerlos, y se convirtió en su modo de tener ingresos.

Desde enero de 1980 vive en Sevilla. Con dos malagueñas de dicho grupo alquiló una vivienda en la calle Mateos Gago y la acondicionaron para practicar en ella los abortos, tres al día. Se llamaba Centro de Planificación Familiar Los Naranjos. Era ilegal y cada vez menos clandestino. Hablaron en Sevilla con casi todos los partidos políticos y sindicatos, y con numerosos foros culturales y sociales, sobre lo que hacían. Acudían de incógnito mujeres desde toda España. Llegó a estar dada de alta en el Colegio de Médicos a través del ginecólogo Manuel Vergara. Tenían apoyo del Hospital Policlínico y de miembros de la cátedra de Ginecología de la Universidad de Sevilla. Publicaban una revista mensual. En octubre de 1980, él y su grupo fueron detenidos por la Policía. Hasta 1989 no se celebró el juicio. Habían cambiado los gobiernos y las leyes, pero no había efecto retroactivo. En primera instancia fueron condenados a cuatro años de cárcel, después el Tribunal Supremo rebajó la pena a un año, y, aunque ya con esa sanción no iban a entrar en prisión, el Consejo de Ministros les indultó.

 

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La sentencia, el fallo y la falla

Publicado el 7 mayo 2018 en Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Miguel Lorente Acosta. Blog Autopsia.

El fallo de la sentencia de “la manada” tiene una falla, pues la distancia entre los hechos probados y el contenido del fallo resulta ser una falla aún más grande que la de San Andrés.

Y no es un problema aislado. En general, cuando se trata de violencia de género, y de manera muy especial ante la violencia sexual, se sigue un proceso y unas dinámicas que su mera repetición ya debería de encender todas las alarmas para modificar los procedimientos y acompañarlos de las reformas legales necesarias para hacerlos efectivos. Los pasos que habitualmente se siguen  en estos casos, y que también se han dado en el de “la manada”, suelen ser lo siguientes:

  1. Lo primero es poner en duda la palabra de la mujer que denuncia la violencia sexual, da igual el estado en que llegue, o tiene lesiones físicas evidentes o su credibilidad sobre los hechos es cuestionada. Y si tiene lesiones físicas lo primero que hacen es comprobar la compatibilidad con lo que cuenta. Es decir, no se parte de la credibilidad, como sí se hace cuando alguien denuncia un robo, o como cuando un hombre denuncia que lo han agredido. Y para cuestionar la palabra de la mujer y argumentar que es una denuncia falsa se recurren a las ideas más peregrinas, como dar por hecho de que se trata de chicas jóvenes que llegan tarde a casa y para que el padre no les eche la bronca dicen que “las han violado”. En el caso de “la manada” también han recurrido a este tipo de argumentos  al justificar la denuncia falsa para obtener pronto la “píldora del día después” o para evitar que difundieran los videos grabados.
  2. Cuando “no queda más remedio” que reconocer los hechos y aceptar que hay indicios de violencia sexual, entonces se empieza a juzgar el papel de la mujer en la precipitación de lo ocurrido bajo la idea de la provocación, la incitación, no haber puesto límites de manera clara… En más de 20 años como Médico Forense, en todas las agresiones sexuales que he tenido que investigar y estudiar, el agresor reconoció haber mantenido relaciones sexuales con la víctima, pero con su consentimiento. Sólo en un caso dijo que no lo había hecho y fue descubierto mediante el análisis del ADN, en todos los demás había una aceptación de la relación y ausencia de lesiones importantes, puesto que el elemento más frecuente utilizado para llevarlas a cabo fue la intimidación. En los hechos denunciados en los sanfermines de 2015 gran parte de los argumentos de la defensa y el voto particular giran alrededor de la idea de la participación voluntaria de la víctima y de que todo fue bajo su consentimiento y “regocijo”.
  3. Una vez que se aceptan los hechos y que la víctima no ha tenido nada que ver en su precipitación, se cuestiona la trascendencia de lo ocurrido y su gravedad a partir de la conducta y comportamiento de la mujer conforme pasa el tiempo sobre lo sucedido. La recuperación de la víctima es entendida como ausencia de gravedad y trascendencia. También lo hemos visto en el caso de “la manada” en el seguimiento que se le hizo a la víctima y el cuestionamiento de su vida.
  4. El impacto y el daño psicológico no se considera adecuadamente. Se trata de la consecuencia más frecuente y grave de una violación, hasta el punto de que los trabajos clásicos de Burguess y Holstrom (1979) lo describieron como el “síndrome del trauma de la violación”, un cuadro de estrés postraumático con unas consecuencias tan graves que al mes siguiente lleva al suicidio de las víctimas entre el 3-27% de los casos según el contexto, tal y como desde 1985 recogen los trabajos científicos, entre ellos los de Kilpatrick y su equipo. Nada nuevo, como se aprecia, sin embargo, cuesta mucho trabajo que se acepte y valore adecuadamente ese daño psíquico, y se recurre a cualquier argumento para justificar la presencia de una consecuencia psicológica, puesto que esta no se puede negar, pero quitándole todo su significado con apreciaciones incoherentes e insostenibles. Es como decir que una víctima tiene una herida por arma de fuego, y el Tribunal dijera que, efectivamente, tiene “una herida”, pero porque tropezó y se cayó. Y es cierto que una caída puede ocasionar una herida, pero para tener una herida por arma de fuego tiene que haber sufrido un disparo, no una caída. Esto es lo que ha sucedido con al sentencia de “la manada” cuando el cuadro de estrés postraumático se intenta explicar por el “arrepentimiento” de haber mantenido relaciones sexuales con cinco hombres, o por miedo a que salieran las imágenes grabadas. No puede haber resultado sin causa, ni causa que lleve a un resultado distinto a sus características.
  5. Y cuando al final se acepta la denuncia, se cree a la víctima, el cuestionamiento que se hace de ella no logra restarle trascendencia a lo ocurrido, y se aceptan las consecuencias que ha producido la violencia sobre ella, la valoración que se hace sobre su significado no se corresponde con todo lo previamente reconocido, tal y como hemos visto en la sentencia de “la manada”, pero también en otras. Es lo que recogía la información de El País sobre una sentencia del Tribunal Supremo confirmando la de la Audiencia Provincial de Valladolid, en su artículo “Si te violo siempre, es como si nunca lo hubiera hecho”(13-5-13), donde los hechos probados recogen que se tratade “un alcohólico muy violento, y que a ella no le quedaba más remedio que acceder a sus peticiones sexuales, en contra de su voluntad”, pero no lo condena por la habitualidad de la conducta. Mantener relaciones sexuales en contra de la voluntad bajo la intimidación de la violencia es violación, y si lo hace muchas veces son muchas violaciones, no ninguna.

 

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