Publicado el 15 mayo 2018 en Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Hernán Piñera | Exit | Creative Commons

Por: Un tío cishetero cualquiera. Pikara magazine

Vaya por delante que este texto va dirigido principalmente a los hombres cisheterosexuales (y está escrito por uno) y por ello uso en general el masculino en plural o singular. Igualmente cuando hablo de hombres es a ese colectivo al que hago referencia (y en el que voy incluido). Al lío.

–  Nunca he escrito un texto público, considero que hay gente que lo hace infinitamente mejor que yo y ya está bastante saturada la red con el ruido de miles de voces como para sumar a ese galimatías mis gruñidos. Pero con el tema de la “Manada” he querido añadir mi granito de arena a la avalancha de artículos de opinión que han salido estos días.

Y lo hago porque he leído y/o escuchado muchas opiniones masculinas. Todas ellas críticas, ya sea con la justicia y los jueces, los violadores en sí, su abogado, sus novias, el patriarcado, el gobierno, la sociedad en general, la pornografía, etc.

Pero de todas esas críticas henchidas de indignación, echo en falta la más importante; la autocrítica.

– Como decía, en esos artículos hay mucho de rasgarse las vestiduras ante la absurdez de la sentencia, criticando en especial la interpretación aberrante de los hechos que ha hecho uno de los jueces.

Sinceramente, en el país donde se condena a raperos y tiriteros pero la justicia no es capaz de dilucidar quién es un tal M.Rajoy, y donde las leyes están hechas mayoritariamente por hombres, interpretadas por hombres y ejecutadas por hombres todos ellos normalmente elegidos por otros hombres, pues parece poco probable que haya una especial sensibilidad en la judicatura por los casos de violencia sexual contra la mujer.

Pero aunque incluso se les hubiera condenado a la pena máxima o haciendo un ejercicio de fantasía, a cadena perpetua o pena de muerte. ¿Qué cambiaría exactamente eso?

Algunos dicen que con penas más duras los violadores se lo pensarían dos veces antes de cometer actos tan atroces. Pero probablemente ni los de la manada ni casi ninguno de los acusados de las más de mil violaciones denunciadas cada año en España se reconozcan como tal.

Prueba de ello son los numerosos vídeos que grabaron, que lo comentaran alegremente en un chat grupal y que siguieran de fiesta tranquilamente hasta poco antes de su detención. Probablemente el día que les dijeron de que les acusaban, pondrían cara de sorpresa pensando que exageraban, que eso no era una violación, que fue una orgía un poco desmadrada pero poco más. Que la chica lo quería, que les había acompañado, que se había besado con uno de ellos, que no dijo que no, ni hizo amago alguno por impedirlo.

Y a día de hoy seguramente sigan pensándolo, que están en la cárcel por una despechada, una loca de esas que denuncian falsamente.

– Comentaba al principio del artículo que he echado en falta autocrítica en las opiniones que he leído estos días. Todo el mundo hemos trazado una línea divisoria clara entre lo normal y lo monstruoso, lo aberrante, lo inhumano. Nos hemos posicionado en el lado correcto de esta línea y puesto a los miembros de la manada en el otro lugar. Nos hemos lavado las manos de esta agresión y nos hemos regocijado al ver el cabreo casi unánime que ha generado esto. Ha quedado claro que estos no son hombres, son bestias, animales, monstruos a exterminar, nada remotamente humano y nada masculino tampoco. Nos hemos quedado a gusto al poner la mayor distancia entre ellos y nosotros, porque reconocer que hubiera algo que nos uniera aunque fuera remotamente a ellos sería muy jodido de reconocer.

Ninguno nos reconocemos en ellos, no nos reconocemos en sus actos ni en sus palabras. No seriamos capaces de meter a una mujer en un sitio oscuro y forzarla contra su voluntad. Las mujeres no son objetos para nosotros, no son trozos de carne, no las vemos así. No le levantaríamos la mano a ninguna. Así que todo en orden.

El mundo y la sociedad son machistas, podemos reconocerlo sin mayor problema, pero nosotros no, a nosotros eso no nos afecta, nos resbala. Tenemos una especie de campo de fuerza feminista que impide que pase cualquier mierda machista. Hemos crecido en este mundo, pero de alguna manera hemos crecido perfectos sin que nos pringue nada. Casi se diría que somos ángeles inmaculados.

¿Pero si echamos la vista atrás y miramos nuestras relaciones con las mujeres (sexuales o no) qué veríamos?

¿Hemos buscado siempre el consentimiento activo de nuestras parejas o ligues a la hora de tener sexo o nos conformamos si no se niegan de alguna manera?

¿Hablamos en la cama de lo que nos gustaría hacer o que nos hicieran, o alguna vez o varias hemos ido probando hasta que nos han dicho que no, que eso no?

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