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Masculinidades errantes. Sobre espejos rotos, automentiras y cambio

Publicado el 12 junio 2018 en Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

Imagen IVANO PETRUCC

LIONEL S. DELGADO . CTXT.ES

Deconstruirse como hombre no es fácil. El feminismo puede servir al hombre para arrojar luz sobre sus privilegios y, más importante aún, sobre en qué lucha puede volcar su esfuerzo.

Hablar sobre el hombre es coger la patata caliente que siempre rula de mano en mano. Y no rula por casualidad: la poca tradición de la masculinidad como tema hace que haya –con pasmosa diferencia– muchas más incógnitas que respuestas. Por ello, al hablar son inevitables los titubeos, los tumbos y las contradicciones. Si la masculinidad es contradictoria por definición, ¿cómo hablar de ella con certezas? Las líneas que siguen, en consecuencia, no son sino una crónica de la incertidumbre. Un caminar errante por un sendero que no me abandona, y que se incrusta en mi piel a cada paso, hasta tal punto que no entenderme como hombre es no entenderme en absoluto.

La tarea de hablar sobre masculinidades revela su importancia cuando, a pesar de que los éxitos del feminismo se noten cada día más, los hombres siguen (seguimos) utilizando sistemáticamente privilegios afectando o poniendo en riesgo a multitud de personas en situación de vulnerabilidad. Cómo esos privilegios se encarnan en los cuerpos y cómo son vividos por los hombres son temas que necesitan pensarse con calma pero sin pausa.

Evidentemente, los cambios en la vida personal de los hombres no van a conseguir destruir el patriarcado. Independientemente a los hombres, existen unas estructuras objetivas que siguen dinamitando las posibilidades de igualdad real. Pero el hombre puede decidir si intentar poner palos en la rueda del patriarcado y colaborar en la creación de espacios de igualdad, o aceptar el patriarcado y no hacer nada. Lógicamente, es mucho más interesante escribir sobre la primera opción.

Pensar sobre los privilegios masculinos desde un cuerpo masculino es complicado y, al hacerlo, me descubro bailando entre la facilidad para invisibilizar las relaciones de opresión que ejerzo, la certeza de que no soy “mala persona” y, sin embargo, la seguridad de que tengo privilegios y los uso constantemente, aunque a veces no sepa del todo qué privilegios son esos, cuántos tengo y cómo los ejerzo. Y aun con todo, tengo la suerte de haberme topado con un feminismo con el que inicié un proceso individual (y con algunos compañeros) para romper el trono de un sujeto autosuficiente que con conciencia y voluntad puede solucionarlo todo. Si yo, privilegiado hombre en deconstrucción, universitario concienciado y pretendido aliado del feminismo, tiene problemas incontables, imaginaos al que el feminismo le pilla lejos…

La tradición patriarcal por la cual el hombre renuncia al mundo de los sentimientos no sale gratis: nos pesa el analfabetismo emocional que nos vuelve incapaces para identificar, entender y gestionar emociones. Y eso supone una importante barrera para la conciencia de los privilegios. Contamos con un arsenal enorme de excusas que nos repetimos, a nosotros y a los demás, sobre nuestra situación. Por ello, la mitad de los privilegios no pueden considerarse plenamente conscientes: pululan en algo parecido a lo que Orwell llamaba doble-pensar por el que nos mentimos y seguidamente nos olvidamos de que nos hemos mentido.

Si bien cada uno es responsable de sus decisiones (y esto es una verdad como un templo), pasar por alto la dimensión estratégica del asunto (tenemos que conseguir llegar a la gente) y plantear el problema en términos de culpas es a veces complicado: aunque a un puñado de hombres de la izquierda moral nos gusta eso de lamentarnos por la incoherencia para buscar niveles cada vez más altos de congruencia, la mayoría no se sienten ni opresores ni mucho menos malas personas y antes morirán matando que caer en la desvalorización personal.

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Adiós al macho: sobre micromachismos y deconstrucción

Publicado el 8 junio 2018 en Los hombres ante la igualdad |

Por Raimon Ribera Josep Artés. El Salto Diario

A raíz de los acontecimientos recientes, algunos conceptos como “micromachismo” o “deconstrucción” han saltado a la luz pública con más presencia aún si cabe de la que ya tenían. En este artículo intentamos rastrear el origen filosófico de dichos conceptos.

Tras los recientes acontecimientos políticos hemos asistido a un incremento en el uso y puesta en circulación de algunos conceptos como “micromachismo” o “deconstrucción”, cuyo origen filosófico pretendemos rastrear en este artículo a modo de pequeño glosario. Nos limitamos a analizar los conceptos que desde el feminismo apelan directamente a la masculinidad y sus privilegios, exigiéndonos una toma de posición así como la puesta en marcha de una serie de acciones en vistas a poner en cuestión, minar y eliminar el modelo dominante de masculinidad.

“MICROMACHISMOS”

El término “micromachismo” —que, como el de “deconstrucción”, tiene su origen en el postestructuralismo— remite al de “microfascismo”, que desarrollaron Deleuze y Guattari en Mil Mesetas, y al que Guattari vuelve en La Revolución Molecular.

Su intención no es otra que la de mostrar cómo dentro de cualquier organización, comunidad o grupo social intervienen prácticas propias de los regímenes fascistas, que tienden a capturar el deseo e imponer formas de subjetividad a sus singularidades mediante distintos sistemas de control. Sin embargo, el microfascismo es, en general, una práctica tolerada por el Estado que permite que, allí donde la ley no llega, se extienda el orden del poder dominante. Por lo demás, los microfascismos, que se extienden por todo el campo social y se dan cita en todos los individuos, funcionan bajo distintas formas, en todos los estratos de la sociedad: desde responder al nombre propio a monopolizar una asamblea y desde presuponer la heterosexualidad de alguien a hacer chistes sobre violaciones.

Por eso mismo, nos dicen Deleuze y Guattari, el peligro está en que “los grupos y los individuos contienen microfascismos que siempre están dispuestos a cristalizar”; es decir, siempre existe el peligro de que estos microfascismos cristalizen en regímenes “macrofascistas”. Los regímenes fascistas, a su vez, no dejan de contener microfascismos; de hecho, los extienden y multiplican hasta que todo deseo queda recluido en sus nichos y agujeros, y es gracias a éstos que el fascismo adquiere tal poder sobre las masas.

“micromachismo”, que recoge aquellas prácticas que se cuelan en la cotidianidad como aparentemente insignificantes pero que, en definitiva, extienden el régimen heteronormativo-patriarcal a todos los ámbitos de la experiencia. Los micromachismos, como los microfascismos, operan en cualquier estrato de la sociedad, los reproducimos de manera naturalizada y quedan además fuera de la ley, que sólo responde con un silencio y, a lo sumo, con su ignorancia. Esto es precisamente lo que los sitúa en el plano de lo micro. Se trata de las prácticas que llevamos a cabo en nuestras relaciones sociales, en nuestros espacios de militancia y nuestros espacios de ocio, y que no se ven, es decir, se encuentran en un plano de no-visibilidad, en un plano distinto del machismo de los Estados o del machismo en términos representacionales o globales.

Es por eso que Guattari nos indica que la diferencia entre las prácticas fascistas (y machistas) micro y macro no se diferencian por la escala, por su magnitud, sino por su plano. Que las prácticas micro no sean visibles, que puedan parecer insignificantes, no las salva de ser censuradas del mismo modo como se censuran —o se esperaría que se censurasen— las demás.

“DECONSTRUCCIÓN”

Derrida se inspiró en Heidegger para elaborar su “método” de la deconstrucción —o, mejor dicho, afirmó que éste se encontraba ya explícito en la obra del alemán, aunque Derrida fue el encargado de “sistematizarlo” y difundirlo. Derrida se resistió a ofrecer una definición sistemática de la deconstrucción, alegando que toda definición del tipo “la deconstrucción es…”, al someterla a la esencia que conlleva el verbo “ser”, escondía ya una pulsión metafísica de la que precisamente se quería deshacer. Pero sí llegó a reconocer —y así podríamos empezar a definirla— que la deconstrucción supone, en todo caso, una acción, una de las herramientas que desde el llamado “postestructuralismo” se utilizaron para intentar desmontar el aparato epistemológico racional-idealista tradicional que se remonta a Platón y alcanza todo su esplendor con Hegel. Una tradición también llamada “dualista” por operar sobre todo a través de una serie de oposiciones que estructuran nuestro pensamiento de una forma pretendidamente “ahistórica”, “universal” o “natural”—habla/escritura, espíritu/materia, interior/exterior, significado/significante, identidad/diferencia, esencia/apariencia, natural/artificial y por supuesto hombre/mujer, lo masculino y lo femenino, etcétera— y en las que el concepto que se pretende aislar y privilegiar alcanza su valor y su poder en base a la exclusión y desvalorización del concepto opuesto.

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Postureo machista

Publicado el 4 junio 2018 en Los hombres ante la igualdad |

Miguel Lorente Acosta. Blog Autopsia

“A la tercera va la vencida” se dice para callar que es a la primera cuando se demuestra la verdadera intención de las decisiones, y eso es algo que vemos cada día en la manera “masculina” de interpretar la realidad y de posicionarse ante ella.

Nos quejamos de la conducta y de las consecuencias del machismo cuando se presenta en forma de violencia, de abuso, de acoso, de discriminación… pero en verdad todas esas expresiones sólo representan aquello que se filtra entre las rendijas de los días cubiertos con el manto de la normalidad machista. Un manto que pretende ocultar el escenario de este atardecer de los tiempos, en el que todavía hay quien confunde la longitud de las sombras con la grandeza de la realidad que las produce.

Lo vemos de forma clara en lo que sucede en la actualidad. Por ejemplo, hay un grupo de trabajo para estudiar la reforma del Código Penal, entre ellos los delitos contra la libertad sexual, constituido sólo por hombres, se pone de manifiesto que es una situación al margen de la realidad y de la legalidad y lo corrigen, pero sólo lo justo para incluir a mujeres juristas que actúen exclusivamente sobre la reforma de los delitos sexuales. Ante las nuevas críticas vuelven a modificar su decisión y, ahora sí, crean otro grupo con más mujeres que hombres para acallar todo lo ocurrido. En Cataluña se forma Gobierno y se llama la atención de que sólo se ha contado con tres conselleras, días después se constituye un nuevo Gobierno y su número se eleva a seis.

Unas semanas antes la huelga de mujeres y las manifestaciones del 8M eran consideradas como una iniciativa elitista y una “amenaza a la civilización de occidente”, y un día después era un ejemplo de democracia y una referencia hacia donde debemos caminar como sociedad. El Pacto de Estado contra la Violencia de Género se aprueba “a la fuerza” ante la gravedad de los casos que se suceden, pero luego se le asigna un presupuesto mínimo que después se reduce un 80% y se traslada la responsabilidad a las Comunidades Autónomas y a los Ayuntamientos, a los que la reforma de las Entidades Locales les restó competencias en esta materia que ahora les piden que asuman sin presupuesto para hacerlo.

Todo ello, su sucesión en el tiempo y la repetición por parte de las mismas instituciones y sectores sociales, lo que refleja no es la toma de conciencia del problema de la desigualdad y sus consecuencias, sino la falsedad de las decisiones y el refuerzo en los valores del machismo de quien las toma. Es decir, puro postureo.

Es parte de la estrategia secular que ha seguido el machismo: “cambiar para seguir igual”. Ceder en lo irremediable ante la crítica social para no conceder nada en los elementos y valores que hacen de sus ideas cultura machista, para con esa cultura hacer normal al machismo.

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