Publicado el 8 junio 2018 en Los hombres ante la igualdad |

Por Raimon Ribera Josep Artés. El Salto Diario

A raíz de los acontecimientos recientes, algunos conceptos como “micromachismo” o “deconstrucción” han saltado a la luz pública con más presencia aún si cabe de la que ya tenían. En este artículo intentamos rastrear el origen filosófico de dichos conceptos.

Tras los recientes acontecimientos políticos hemos asistido a un incremento en el uso y puesta en circulación de algunos conceptos como “micromachismo” o “deconstrucción”, cuyo origen filosófico pretendemos rastrear en este artículo a modo de pequeño glosario. Nos limitamos a analizar los conceptos que desde el feminismo apelan directamente a la masculinidad y sus privilegios, exigiéndonos una toma de posición así como la puesta en marcha de una serie de acciones en vistas a poner en cuestión, minar y eliminar el modelo dominante de masculinidad.

“MICROMACHISMOS”

El término “micromachismo” —que, como el de “deconstrucción”, tiene su origen en el postestructuralismo— remite al de “microfascismo”, que desarrollaron Deleuze y Guattari en Mil Mesetas, y al que Guattari vuelve en La Revolución Molecular.

Su intención no es otra que la de mostrar cómo dentro de cualquier organización, comunidad o grupo social intervienen prácticas propias de los regímenes fascistas, que tienden a capturar el deseo e imponer formas de subjetividad a sus singularidades mediante distintos sistemas de control. Sin embargo, el microfascismo es, en general, una práctica tolerada por el Estado que permite que, allí donde la ley no llega, se extienda el orden del poder dominante. Por lo demás, los microfascismos, que se extienden por todo el campo social y se dan cita en todos los individuos, funcionan bajo distintas formas, en todos los estratos de la sociedad: desde responder al nombre propio a monopolizar una asamblea y desde presuponer la heterosexualidad de alguien a hacer chistes sobre violaciones.

Por eso mismo, nos dicen Deleuze y Guattari, el peligro está en que “los grupos y los individuos contienen microfascismos que siempre están dispuestos a cristalizar”; es decir, siempre existe el peligro de que estos microfascismos cristalizen en regímenes “macrofascistas”. Los regímenes fascistas, a su vez, no dejan de contener microfascismos; de hecho, los extienden y multiplican hasta que todo deseo queda recluido en sus nichos y agujeros, y es gracias a éstos que el fascismo adquiere tal poder sobre las masas.

“micromachismo”, que recoge aquellas prácticas que se cuelan en la cotidianidad como aparentemente insignificantes pero que, en definitiva, extienden el régimen heteronormativo-patriarcal a todos los ámbitos de la experiencia. Los micromachismos, como los microfascismos, operan en cualquier estrato de la sociedad, los reproducimos de manera naturalizada y quedan además fuera de la ley, que sólo responde con un silencio y, a lo sumo, con su ignorancia. Esto es precisamente lo que los sitúa en el plano de lo micro. Se trata de las prácticas que llevamos a cabo en nuestras relaciones sociales, en nuestros espacios de militancia y nuestros espacios de ocio, y que no se ven, es decir, se encuentran en un plano de no-visibilidad, en un plano distinto del machismo de los Estados o del machismo en términos representacionales o globales.

Es por eso que Guattari nos indica que la diferencia entre las prácticas fascistas (y machistas) micro y macro no se diferencian por la escala, por su magnitud, sino por su plano. Que las prácticas micro no sean visibles, que puedan parecer insignificantes, no las salva de ser censuradas del mismo modo como se censuran —o se esperaría que se censurasen— las demás.

“DECONSTRUCCIÓN”

Derrida se inspiró en Heidegger para elaborar su “método” de la deconstrucción —o, mejor dicho, afirmó que éste se encontraba ya explícito en la obra del alemán, aunque Derrida fue el encargado de “sistematizarlo” y difundirlo. Derrida se resistió a ofrecer una definición sistemática de la deconstrucción, alegando que toda definición del tipo “la deconstrucción es…”, al someterla a la esencia que conlleva el verbo “ser”, escondía ya una pulsión metafísica de la que precisamente se quería deshacer. Pero sí llegó a reconocer —y así podríamos empezar a definirla— que la deconstrucción supone, en todo caso, una acción, una de las herramientas que desde el llamado “postestructuralismo” se utilizaron para intentar desmontar el aparato epistemológico racional-idealista tradicional que se remonta a Platón y alcanza todo su esplendor con Hegel. Una tradición también llamada “dualista” por operar sobre todo a través de una serie de oposiciones que estructuran nuestro pensamiento de una forma pretendidamente “ahistórica”, “universal” o “natural”—habla/escritura, espíritu/materia, interior/exterior, significado/significante, identidad/diferencia, esencia/apariencia, natural/artificial y por supuesto hombre/mujer, lo masculino y lo femenino, etcétera— y en las que el concepto que se pretende aislar y privilegiar alcanza su valor y su poder en base a la exclusión y desvalorización del concepto opuesto.

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