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Repensar la masculinidad para conseguir la igualdad en lo rural

Publicado el 25 julio 2018 en Los hombres ante la igualdad |

Luis González de Canales Almanatura

Sólo cuando los hombres se planteen su forma de estar en el mundo, podremos llegar a una igualdad real.

Al igual que la fibra óptica, la igualdad y su consecuente rotura de estereotipos de género, está tardando en llegar a las zonas rurales. Aunque esté comparando estas dos realidades, evidentemente no lo hago más que como un pequeño chascarrillo, ya que sin lo primero podemos vivir perfectamente en los pueblos, quizá con una calidad de comunicaciones baja, pero se puede; en cambio, lo segundo supone un derecho humano. Un derecho que aún hoy se niega a la mitad de la población.

Como he manifestado en repetidas ocasiones desde este blog al hablar de feminismo y desarrollo rural, así como de la necesaria unión de la ruralidad y el feminismo para el desarrollo de los pueblos, nunca he llegado a hacer mención de la otra parte importante de la población, aquella que sustenta el patriarcado y que, gracias a él, mantiene sus privilegios. Porque si lectores, habéis leído bien, aunque sea difícil reconocerlo para aquellos hombres que aún no se ha acercado un poco al movimiento feminista, tenemos privilegios.

Es cierto que hoy en día es difícil encontrarnos con hombres que renieguen explícitamente de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, también es cierto que podemos fácilmente dar con numerosos detractores del feminismo pues, a pesar de ser básicamente lo mismo, parece que las connotaciones que a la palabra “F” se le adscriben, hacen sentir incómodo a más de uno. Igualmente, quiero remarcar como aspecto positivo la importancia que está adquiriendo la igualdad como un derecho en el ideario colectivo, así como los avances que se están consiguiendo en igualdad a nivel social gracias a la lucha de las compañeras mujeres, como por ejemplo ese multitudinario apoyo que el 8M de este 2018 ha conseguido. Pero ya va siendo hora de que los hombres asumamos nuestro papel, y utilicemos nuestra situación privilegiada para apoyar la causa.

Sin menospreciar el trabajo de las mujeres, los hombres también tenemos una tarea muy importante, pero a la vez muy difícil: repensar nuestra masculinidad. Como todo cambio social importante, el comienzo siempre ha sido personal, ya que creo que hace falta revolucionarnos por dentro y creer en nuestra capacidad de cambio, para poder comenzar una revolución social, y este tiene que ser nuestro papel como hombres en la lucha por la igualdad.

Esta toma de conciencia personal, debe además estar acompañada con una revisión de los modelos de construir nuestra masculinidad, facilitando así que, sobre todo, las nuevas generaciones, puedan sumarse al cambio más eficazmente.

Imagino que a estas alturas os estaréis preguntando porqué vengo a hablaros de masculinidad en un blog desde el que luchamos por mantener vivos los pueblos, pero tiene una respuesta muy sencilla. Como comentaba al principio, en lo rural parece que todo tarda siempre mucho más en llegar, por lo que es necesario comenzar el tirón de orejas al hombre rural, para poder conseguir pueblos mucho más justos e igualitarios. Además, como he argumentado en todos los post que he escrito sobre feminismo, el arraigo de la tradición en el rural, es mucho más fuerte que en las ciudades, y la forma de ser “hombre” (al igual que la de ser “mujer”) forma parte de esa tradición, encontrándonos más en los pueblos que en la ciudad, con esa forma más tóxica y arcaica de masculinidad.

A esto, habría que sumar el hecho de que, en el caso de la despoblación, las mujeres son las primeras que se van de los pueblos, y más aún cuanto más pequeño es el municipio. Si lo pensamos, es lógico, por el simple hecho de ser mujer, la carga de los cuidados y la falta de corresponsabilidad, hace muy difícil un desarrollo personal y profesional, lo que provoca que quede relegada a las tareas que tradicionalmente se le atañen. Para evitar esto, los hombres hemos de entrar en acción, tenemos que replantear nuestra forma de estar en el mundo, porque la emancipación de la mujer no llegará a ser una realidad, hasta que seamos responsables y asumamos nuestra parte.

Cómo los hombres pueden ayudar a la emancipación de la mujer rural

Se que lo que estoy pidiendo hoy es difícil. Pero para facilitar un poco la labor, describiré pequeñas acciones que podemos aplicar en nuestro día a día, que no sólo nos ayudará a plantearnos un poco nuestra forma de estar en el mundo, sino que además pondremos nuestro granito de arena para que se fortalezca todo lo que tenemos a nuestro alrededor.

  • Piensa y plantéate tu lugar. Quizá lo más importante de todo, intenta analizar los privilegios que tienes por el mero hecho de ser hombre, y súmate a una lucha por la igualdad verdadera.

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Los hombres que ejercen violencia no son enfermos

Publicado el 21 julio 2018 en General, Violencia machista |

 

| Foto: Mariana Greif

18 de julio de 2018 | Escribe: Belén Riguetti 

Heinrich Geldschläger, psicólogo especializado en violencia de género e intervención con varones.

Heinrich Geldschläger empezó a vincularse con una ONG que trabajaba con varones agresores en Barcelona en el año 2000. Por ese entonces comenzó una relación con una mujer feminista que lo motivó a pensar qué significa ser hombre, tanto a nivel personal como laboral.

Geldschläger es psicólogo y psicoterapeuta. En 2011 fundó, junto a otros especialistas, la Asociación Conexus: atención, formación e investigación psicosociales, una organización que tiene como objetivo promover la mejora de las relaciones afectivas y familiares, la erradicación de la violencia y la promoción de estilos de vida saludables e igualitarios.

La semana pasada visitó Uruguay para participar en el curso “Atención a varones que ejercen violencia a mujeres que son o fueron sus parejas”. También se reunió con el Consejo Consultivo por una Vida Libre de Violencia de Género hacia las Mujeres y brindó una conferencia. Las actividades fueron organizadas por Inmujeres, en el marco de un proyecto de Eurosocial, y contó con el apoyo del Centro de Formación de Cooperación Española.

Geldschläger asegura que si bien hay personas que llaman “tratamiento” a los programas que trabajan con hombres que ejercen violencia, él prefiere denominarlos “intervenciones”. “Hay quienes no están cómodos con el término ‘tratamiento’ porque implica una enfermedad y evidentemente [la violencia] no lo es”, dijo a la diaria. “Nosotros hablamos de intervención psicosocial, porque en el trabajo que hacemos hay una parte de transformación personal y emocional, que podríamos llamar terapéutico, pero siempre va acompañado de una reflexión sobre las ideologías y las desigualdades, a un nivel que implique el cuerpo, la emocionalidad y la identidad de cada hombre”.

En Uruguay la tasa de femicidios es alta. ¿Hay algún estudio que explique el porqué de estos asesinatos?

Hay algunas hipótesis, ninguna del todo confirmada. Probablemente muchos de los casos respondan a la idea “si no es mía, no es de nadie”. No está muy claro si la idea primero es matarla a ella y luego suicidarse para no tener que enfrentar las consecuencias, o si la decisión es suicidarse y de paso matar a “la culpable de todos sus males”.

¿Cuál es la ideología, consciente o inconsciente, que tienen estos hombres?

Que las mujeres están a nuestra disposición y tienen que cumplir con ciertas obligaciones y prestarnos ciertos servicios, domésticos, sexuales, emocionales; si no los cumplen, tenemos el derecho a castigarlas. Esto suena muy crudo, pero analizando las actitudes de violencia esa idea está detrás.

Todavía hay personas que siguen preguntando qué hace la mujer para que la agredan.

Ser mujer. La idea de la provocación y de “algo habrá hecho” está muy extendida.

También se dice que son personas enfermas.

Por los estudios que hay no podemos afirmar que los hombres que ejercen violencia son enfermos. Puede haber cierta tendencia a algunos trastornos, pero insisto: son dos problemas, uno puede ser una depresión y otro la violencia.

En España hay varios tipos de programas, algunos para personas judicializadas y otros para los que no tienen procesos.

Hay programas para hombres que están encarcelados. Se les ofrece la posibilidad de hacer un trabajo para poder rehabilitarse y no reincidir cuando recuperen la libertad. En España, las personas que por primera vez tienen una medida privativa de libertad –de menos de dos años– pueden llegar a cambiar su pena por una medida alternativa –que siempre incluye una orden de protección o alejamiento, a veces con tobillera– y la participación obligatoria en un programa para varones. Luego, en Europa, según la legislación, hay diferentes maneras de trabajar con hombres que no están en la cárcel.

¿Con qué disposición llegan los hombre a las instancias voluntarias?

Hay mucha variedad. El caso ideal, pero el menos frecuente, es el que realmente reflexionó y se dio cuenta de que tiene un problema y tiene una motivación para cambiar. A veces son hombres que han sufrido violencia en sus familias. Dicen que se juraron que nunca harían lo que les hizo su padre, pero después lo repiten. Son los menos, en nuestro programa rondan entre 10% y 15%. En las cárceles en España los hombres no están obligados a participar, pero las instituciones están obligadas, por ley, a ofrecer un programa.

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ALIADOS: HOMBRES POR LA IGUALDAD

Publicado el 17 julio 2018 en Los hombres ante la igualdad |

Fotos: Inaki Preysler

13/07/2018 • Paka Diaz.Mujeres a seguir.

EL LARGO Y AZAROSO VIAJE DE LOS HOMBRES FEMINISTAS

El 2018 pasará a los anales como el año de la mujer, sin que ninguna agencia oficial haya tenido que certificarlo. El 8 de marzo España vivió una explosión en las calles, a las que las mujeres volvieron a salir tras conocerse la sentencia de La Manada con un grito que se traducía en un hashtag: #YoSíTeCreo. Junto a ellas, como compañeros de lucha y sin reclamar el protagonismo, hombres que han decidido dar un paso adelante para clamar contra la desigualdad. La periodista y feminista Nuria Coronado ha dejado constancia de este movimiento en su libro Hombres por la igualdad, en el que entrevista a dieciséis aliados del feminismo como el profesor de Derecho Constitucional Octavio Salazar, el escritor Roy Galán, o el abogado León Fernando Del Canto. “Me sorprendió la necesidad que tenían de feminismo sin haber sido conscientes. Todos llegan a él por una necesidad vital, porque veían que sin él iban mal como seres humanos. El machismo también les ha negado ser quienes deseaban”, explica la autora, que reconoce que “necesitamos hombres feministas que entiendan que esto no va de capar a nadie, sino de ser más felices, sensibles y democráticos. Las mujeres llevamos una gran carga, que haya una persona a tu lado que te ayude y te entienda es fundamental”. Aunque es cauta, Coronado aprecia cierto cambio. “En la presentación de mi libro había desde ‘millennials’ hasta hombres de más de 50. Cada vez más entienden que los eventos feministas están abiertos a todo el mundo. Y en las manifestaciones, igual. Me parece buenísimo”. Además de invitarles a unirse a la lucha, les recomienda “que escuchen y aprendan. Callar es un paso adelante en el feminismo masculino porque siempre han estado hablando. Pero eso no significa apartarles, ojalá se sumen cada día más”.

El compromiso masculino por la igualdad ha sido un camino largo y complejo. Las primeras voces de hombres contra el sexismo comenzaron a escucharse tímidamente con cada ola feminista, pero no fue hasta los años setenta cuando en los países nórdicos comenzaron a organizarse en grupos y se iniciaron estudios de género propios. Este movimiento condujo a que, a finales de los ochenta, en Estados Unidos comenzara a reivindicarse la figura de un nuevo hombre, perfecto para el marketing pero que en realidad tenía poco de transformador. El feminismo lo advirtió: no se trata de maquillar la masculinidad, es necesario que el hombre se una a la lucha por la igualdad pero, para ello, debe renunciar a sus privilegios.

La escritora y activista feminista Bell Hooks plantea en su libro The will to change: men, masculinity and love (La voluntad de cambiar: hombres, masculinidad y amor) que “aprender a usar una máscara es la primera lección de masculinidad patriarcal que aprende un niño. Aprende que sus sentimientos centrales no se pueden expresar si no se ajustan a los comportamientos aceptables que el sexismo define como masculinos”. Con frases lapidarias como ‘los niños no lloran’, a los menores se les enseña a renunciar a su lado emocional para realizarse en el ideal patriarcal, recompensándoles cuando lo hacen. Esta castración cultural conlleva, según el terapeuta John Bradshaw, un malestar inherente: “La sensación de haber hecho algo mal, algo que realmente no sé qué es pero que me conduce a una sensación de total desesperanza”. Se trata de la trampa que el patriarcado reserva para los hombres. Cumplir el mandato machista supone alcanzar una serie de privilegios por el mero hecho de ser hombre. Romper con ello supone una liberación pero conlleva perderlos. Hacerlo no es fácil.

“El machismo es una cultura metida en cada pliegue de nuestra piel. Resituarte negando esos privilegios y, como dice Miguel Lorente, ser un ‘traidor’ a los tuyos tiene un coste”, explica Octavio Salazar, catedrático y profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Córdoba, y miembro de la Red de Hombres por la Igualdad. Quienes lo hacen se colocan además en el punto de mira del neomachismo: comentarios homófobos, insultos sexistas, etcétera. “En las redes sociales hay una contestación inmediata de sectores de hombres muy organizados que están a la defensiva y te consideran un traidor. Yo no entro en diálogo con ellos porque no merece la pena. Son muy reaccionarios, atacan a las feministas y, de paso, a nosotros”, denuncia Salazar, “pero es importante que los hombres nos saquemos los colores, señalemos al compañero machista y tomemos partido. El silencio cómodo nos convierte en cómplices del machismo. Hay que perder el miedo y salir del armario feminista… Simplemente poner un tuit cuando haya un asesinato machista y empezar a ser un aliado”. Eso sí, es conveniente saber quiénes están comprometidos de verdad. Las redes esconden también a falsos aliados que pueden hacer mucho daño. Ana Bernal-Triviño, periodista y profesora en la Universitat Oberta de Catalunya experta en comunicación digital, advierte: “Por mi trabajo investigo el uso de las redes sociales y he analizado a periodistas que se presentaban como aliados pero luego decían que el #MeToo era una caza de brujas. Muchos se aprovechan del mensaje feminista, pero después ejercen el machismo desde el lenguaje o, en privado, incluso demandan vídeos pornográficos a compañeras. Lo sabemos porque nos comunicamos. Las mujeres hemos reforzado la sororidad. Cada vez es más difícil que nos engañen porque nos avisamos… y nos creemos”. Por eso, antes de empezar a tuitear, Bernal-Triviño considera que la verdadera revolución del hombre debería ser privada y de profunda autocrítica. Como en el caso de las mujeres, que “también hemos sido educadas para el machismo y estamos en ese proceso de deconstrucción”. Un consejo: dejar de estigmatizar el feminismo y entender que si se sienten comprometidos con los derechos humanos, los de la mujer lo son. “Si reconoces la Constitución española, has de ser consciente de que tenemos una asignatura pendiente con los derechos de la mujer, en todos sus frentes. Les pediría que dejen de blanquear el machismo”, concluye.

Para el escritor Roy Galán, autor de Irrepetible y La ternura, “si renuncias a ser feminista probablemente estés renunciando a algo muy cercano a la humanidad. Los hombres feministas somos aliados de la lucha y tenemos que deconstruir nuestra masculinidad para ayudar a que las cosas cambien”. Hace unos meses, Galán pidió públicamente a los hombres que cedieran sus privilegios, dieran un paso atrás y dejaran a las mujeres delante. “La respuesta mayoritaria fue que se sintieron atacados y negaron sus privilegios. Hay quien ante la simple afirmación de que por ser hombres nunca hemos tenido miedo al regresar solos a casa de noche, miedo a ser agredidos sexualmente, se defienden diciendo que ellos también. Y eso no es verdad. La cuestión es cómo hacerles entender que esto no es un ‘y yo más’”. Del mismo modo, Víctor M. Sánchez López empezó a cuestionarse su comportamiento. “Cuando te planteas cómo ha sido tu relación con las mujeres (no solo en el ámbito de la pareja) es inevitable encontrarte de frente con el feminismo”, asegura. Promotor para la Igualdad Efectiva entre Mujeres y Hombres, es además coautor con Justo Fernández de Diálogos Masculinos, un libro en el que ponen patas arriba la masculinidad ortodoxa. Reconoce que la respuesta al libro ha sido más efusiva por parte de las mujeres. “Los hombres no están todavía por la labor de mirarse con la necesaria reflexión crítica. ¡Si todavía negamos que tengamos privilegios! Nos vamos adaptando a los nuevos tiempos (feministas), pero sin la suficiente carga de interés, reflexión y trabajo necesarios”. Y, sin embargo, señala, hay una necesidad real de cambio: “Nuestras compañeras nos están pidiendo menos palabras y más acciones, que seamos agentes de cambio. Pero seguimos prácticamente inmóviles en nuestro corporativismo machista, y eso es una losa difícil de mover”. Para promover el cambio recomienda hacerse preguntas. “La primera, responder de forma sincera a si consideras que vives en una sociedad igualitaria donde mujeres y hombres tenemos, de verdad, los mismos derechos y oportunidades”.

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¿Por qué los hombres nos seguimos comportando como “hombres”?

Publicado el 9 julio 2018 en Los hombres ante la igualdad |

 Hernán Piñera | Trip | Creative Commons

Víctor M. Sánchez López. Pikara magazine.

O, mejor dicho: ¿Por qué los hombres nos seguimos comportando como hombres, cuando precisamente lo que pretendemos es precisamente todo lo contrario, cuestionar nuestras respectivas masculinidades, es decir, “dejar de ser hombres” tal y como lo entendemos hoy en día, y en el sentido más masculino y hegemónico del término o expresión?

¿Por qué somos incoherentemente coherentes, a pesar de nuestras -pretendidas- ganas de cambiar o transformarnos?

Una de las cosas de las que me siento más afortunado por cabalgar al lado del feminismo, es por mi incuestionable cuestionamiento de todo lo que me rodea, incluido, mi propio trabajo individual y quiero pensar, colectivo también, en los grupos, asociaciones y colectivos por los que transito habitualmente, a lo largo de los últimos años, como forma de nutrirme y de enriquecer mi tránsito hacia otro tipo o forma de “ser hombre” o de conseguir justo todo lo contrario, dejar de pensar en ello como un objetivo a perseguir (el de “ser hombre” de una determinada nueva manera, algo todavía difuso y lejos de imaginar siquiera).

Así que, cada cierto tiempo, es inevitable, revisar y cuestionar mi propio trabajo individual y colectivo de deconstrucción y reconstrucción de mi respectiva masculinidad, y llego como no, a la eterna pregunta de si estoy haciendo todo lo posible (repito, todo lo posible, no solamente todo lo que está al alcance de mi mano cuando “puedo y quiero”) por establecer una mirada crítica, reflexiva y feminista de mis comportamientos y acciones del día a día, para construir a mi alrededor, en mi entorno, a mi verdadero alcance o radio de acción, una nueva visión de ver la vida aportando mi pequeño granito de arena a esa ingente marea feminista que sirve de referente para tantas y tantas mujeres (y algunos -pocos, todavía a día de hoy- hombres).

Hoy pretendemos cambiar y transformar nuestras masculinidades desde la comodidad del “hogar” (nuestros círculos o grupos de reflexión masculinas de y con hombres “cercanos”) y a través de las redes sociales, en las que somos unos linces, a pesar de que pocos hombres nos sigan, nos hagan caso o nos comenten algo (y tampoco parece importarnos, parecemos cómodos con el simple halago que a veces nos llega desde las mujeres feministas por nuestra implicación para pensar que estamos haciendo algo por la “causa”).

Nos hemos convertido en unos expertos en ir a las manifestaciones y en vociferar por las redes cualquier comentario, post o publicación de marcado tinte feminista.

Ya.

¿Pero qué más estamos dispuestos a hacer?

¿Nos hemos planteado siquiera esta cuestión o nos conformamos con hacer todo lo que creemos que las mujeres feministas esperan que hagamos?

¿Seguimos pensando en términos de aprobación por parte de ellas o hacemos lo que hacemos porque creemos que lo tenemos que hacer por nosotros mismos?

¿Nos hemos molestado siquiera en saber lo que ellas esperan y demandan de nosotros?

¿Somos conscientes de que independientemente de lo que hacemos es posible que eso sea tremendamente insuficiente?

Me da la sensación de que incluso en nuestro más que pretendido activismo feminista, pensamos que estamos haciendo todo lo posible, y me temo, que una vez más, las mujeres nos demuestran, que eso, no es ni de lejos, ni suficiente ni medianamente satisfactorio.

Las revoluciones nunca fueron cómodas ni estaban construidas “a medida”.

Una revolución “controlada” no es una revolución. Es… otra cosa.

Y me da la sensación de que todo lo que hacemos o en todo lo que participamos (nosotros) está convenientemente controlado y mesurado.

La verdadera revolución tendrá que ser individual pero sumada. Pero nunca al revés.

Y es una reflexión que me lleva a cuestionar y reflexionar sobre TODOS los espacios masculinos no mixtos con los que he tenido el placer de cruzarme a lo largo de mis últimos años de vida.

Espacios excluyentes (aunque no lo pretendieran) en nuestras asociaciones o colectivos.

Espacios donde solo veo por todas partes hombres heterosexuales, cuestionándose sus privilegios desde el privilegio que supone tener la capacidad (y no la obligación) de cuestionar(se)los.

Sí, de diferentes edades, condiciones económicas y clases sociales.

Hasta ahí, bien. De acuerdo.

¿Pero, qué pasa con los hombres racializados (salvo escasísimas excepciones), orientaciones sexuales y diversidades funcionales diferentes?

¿Dónde están?

¿Sus luchas (masculinas) son diferentes a nuestras luchas?

 

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