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Dejemos de hablar de cerebro ‘femenino’ y ‘masculino’

Publicado el 24 enero 2019 en General |

Gráfica de la frenología, circa 1920 CreditOxford Science Archive/Print Collector/Getty Images

Por y

Durante los siglos XVII y XVIII en Europa, el surgimiento de los ideales de igualdad creó la necesidad de probar científicamente la naturaleza inferior de la mujer. Así nació la complementariedad biológica de género, la noción de que, como lo explica la historiadora de la ciencia, Londa Schiebinger, en The Mind Has No Sex: “A las mujeres no se les consideraba simplemente inferiores a los hombres, sino fundamentalmente diferentes a ellos y, por lo tanto, no se les podía comparar”. Desde entonces, de una u otra forma, ese concepto ha perdurado y ha provocado a la ciencia para que explique el estado del género.

En la médula de este concepto está la creencia persistente de que puede ser útil y significativo insertar la naturaleza del hombre y de la mujer en dos categorías o “tipos naturales”, que son distintos y atemporales, y tienen un profundo fundamento biológico. La versión actual de esta idea continúa una búsqueda de siglos para encontrar en el cerebro el origen de esta supuesta divergencia de habilidades, preferencias y comportamientos: por ejemplo, se puede encontrar esta idea en libros populares como Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venusde John Gray, publicado en la década de los noventa, El cerebro femenino y El cerebro masculino de Louann Brizendine, de la década posterior, y Results at the Top: Using Gender Intelligence to Create Breakthrough Growth de Barbara Annis y Richard Nesbitt, impreso el año pasado.

Sin embargo, una versión del mismo supuesto algunas veces también está sutilmente presente en la investigación científica. Consideremos, por ejemplo, la importante teoría de empatía-sistematización del cerebro del psicólogo Simon Baron-Cohen de la Universidad de Cambridge y la teoría complementaria sobre el autismo “del cerebro masculino extremo”. Esta presupone que existe un tipo de cerebro en especial que “sistematiza”, al que podríamos describir significativamente como “el cerebro masculino”, el cual acciona formas de pensar, sentir y comportarse que distinguen al niño y al hombre típicos de las “empáticas” niña y mujer típicas.

También se pueden considerar estudios que hablan sobre las diferencias de sexo en la estructura cerebral en términos de dos tipos de cerebro. De ahí surgió un estudio de Madhura Ingalhalikar y sus colegas divulgado mundialmente acerca del conectoma —es decir, la enorme red de conexiones entre las diferentes regiones del cerebro— que concluyó que “el cerebro masculino está estructurado para facilitar la conectividad entre la percepción y la acción coordinada, mientras que el cerebro femenino está diseñado para facilitar la comunicación entre los modos de procesamiento analíticos e intuitivos”.

El problema de estos planteamientos es el supuesto implícito de que las diferencias de sexo, ya sea en la estructura cerebral, la función o el comportamiento, ‘se acumulan’ constantemente en las personas para crear “cerebros masculinos” y “cerebros femeninos”, así como “naturalezas masculinas” y “naturalezas femeninas”.

En 2015, una de nosotras, Daphna Joel, encabezó un análisis de cuatro grandes grupos de escaneos cerebrales y descubrió que las diferencias de sexo que vemos en general entre el cerebro masculino y femenino no se observan clara ni constantemente en los cerebros por separado. En otras palabras, los seres humanos por lo general no tenemos cerebros con características mayor o exclusivamente “típicas femeninas” o “típicas masculinas”. En cambio, lo que es más común tanto en hombres como en mujeres son cerebros con mosaicos de características, algunas de las cuales son más comunes en los hombres y algunas más comunes en las mujeres.

Posteriormente, Daphna Joel y sus colegas aplicaron el mismo tipo de análisis a grandes grupos de datos de variables psicológicas para preguntarse: ¿las diferencias de sexo en las características de personalidad, las actitudes, las preferencias y los comportamientos se acumulan de manera uniforme para crear dos tipos de seres humanos, cada uno con su propio conjunto de características psicológicas? Una vez más, la respuesta fue negativa: en cuanto a la estructura cerebral, las diferencias crearon mosaicos de rasgos femeninos y masculinos de personalidad, actitudes, intereses y comportamientos. Por ejemplo, en los datos de 4860 adolescentes del Estudio Nacional Longitudinal de Salud de Adolescentes, las variables en las que más diferían las chicas y los chicos incluían la preocupación por el peso, la depresión, la delincuencia, la impulsividad, las apuestas, la participación en las tareas del hogar, la participación en los deportes, y la puntuación en cuanto a feminidad. Hasta aquí, esto va de acuerdo con la norma del género. Sin embargo, ninguna persona tuvo solo puntuaciones femeninas o masculinas en estas variables. En cambio, lo que fue normal tanto en los hombres como en las mujeres (el 70 por ciento, para ser exactos), fue un mosaico de características femeninas y masculinas.

Además, en octubre de este año, un análisis del mismo laboratorio de más de 2100 cerebros humanos, mediante el uso de algoritmos que agrupan cerebros matemáticamente parecidos en conjuntos o tipos, demostró que los tipos de cerebro típicos de las mujeres también son típicos de los hombres, y viceversa. Las grandes diferencias de sexo solo se encontraron en la presencia de algunos tipos de cerebro poco comunes.

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Gillette, Ausonia y la mercantilización del feminismo y las nuevas masculinidades

Publicado el 16 enero 2019 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Gillette y Always

Campañas publicitarias de Gillette y Always, ambas de Procter&Gamble

El anuncio de Gillette sobre las masculinidades tóxicas ha levantado airadas críticas y pasiones, pero la campaña abre también el debate sobre la cooptación y mercantilización del feminismo y las nuevas masculinidades por parte de grandes empresas.

Hace algo más de cuatro años, un vídeo se viralizó en redes. Aquel “Like a girl” (como una chica) mostraba un escenario donde a varias chicas adultas, hombres y niños les pedían que corrieran, lanzaran una pelota o lucharan “como una chica”. Frente a las cámaras, esas personas empezaban a hacer aspavientos, usar posturas ridículas o burdas imitaciones de lo que la sociedad patriarcal ha marcado que tiene que ser una chica. Tras esas imágenes, se le preguntaba lo mismo a un grupo de niñas, las cuales corrían, lanzaban la pelota y daban patadas voladoras que sorprendían en la diferencia con el tipo de gestos que mostraba el primer grupo.

El vídeo se viralizó. Muchas de mis amistades, la inmensa mayoría mujeres, lo compartían en sus redes sociales con mensajes que reivindicaban la fortaleza de aquellas chicas, frente a la imagen patriarcal que se tiene y mostraba la primera parte de la campaña. A mí también me gustó mucho el vídeo, pero había algo que no cuadraba. La tipografía del final me sonaba mucho, pero el vídeo no parecía anunciar ningún producto. Solo había que rascar un poco para descubrir que era una campaña de Always, la marca de compresas de Procter&Gamble (P&G) que en España toma el nombre de Ausonia. Lo que me trajo un montón de preguntas y contradicciones: ¿Debe el movimiento feminista dejar que su mensaje sea divulgado por la misma empresa que lleva años haciendo anuncios sobre detergentes en los que se estereotipa al máximo a la mujer? ¿Se debe permitir que se mercantilice el mensaje feminista a cambio de que llegue a otras capas de la sociedad? Aquella campaña publicitaria vio la luz en 2014. En aquel momento no parecía necesario un debate que hoy puede que sí lo sea.

GILLETTE Y LA MASCULINIDAD TÓXICA

La conocida marca de maquinillas de afeitar Gillette, propiedad también de P&G, ha publicado una nueva campaña que, bajo el lema The best men can be(Lo mejor que los hombres pueden ser), denuncia la masculinidad tóxica. En solo unos minutos, las redes sociales se llenaban de hombres ofendidos que se marcaban unos not all men (no todos los hombres) de libro, o que argumentaban que “hay que dejar que los niños sean niños” en referencia a varias imágenes del anuncio donde un hombre para a dos niños que se están peleando u otro que defiende a un chico que está sufriendo bullying. Incluso muchos de esos hombres ofendidos han llamado a un boicot comercial a la marca de cuchillas. Había pensado poner algunos de sus tuits aquí incrustados, pero sinceramente no creo que sea necesario darle publicidad a esos mensajes tan burdos y pueriles de machitos enfadados. Ese no es el debate de hoy.

Que quede por delante que a mí me ha encantado el spot publicitario. Me gusta el mensaje, el enfoque y la denuncia que hace. De la misma manera que me gustaba el anuncio de Always. Me encanta que en los medios de masas se introduzcan los mensajes que puedan divulgar ideas feministas o, en este caso, de las nuevas masculinidades y de la deconstrucción del sujeto masculino en esta sociedad patriarcal.

Pero me vienen a la cabeza las mismas preguntas que hace cuatro años: ¿Es bueno que una empresa como P&G sea la que mercantilice ese mensaje? ¿Nos compensa dejar que sea una multinacional como esta sea la que divulgue dicho mensaje porque llegue a más gente?.

Para contestar a estas preguntas creo que también hay que poner en contexto quién es P&G. No voy a entrar en contar la historia de la empresa, pero la multinacional se encuentra en los armarios de nuestras casas, y no solo en los del cuarto de baño. Fairy, Don Limpio, H&S, Tampax, Ariel o Ausonia son solo algunas de las marcas de la multinacional.

¿Debe ser la empresa que lleva décadas usando, y que no ha parado de usar por mucha campaña feminista que hiciera en 2014, estereotipos de amas de casa en sus anuncios de detergentes la que se apodere y divulgue ese mensaje? La misma empresa que recarga un pink tax, como se le llama al sobrecoste que tiene un producto por el simple hecho de ser “para mujeres”, a las maquinillas de afeitar. Si no me creen les invito a ir a un supermercado y comparar el precio de una Gillette para hombre con una Gillette Venus. O, como decía en un tuit Carmen Pacheco, escritora y columnista de Vanity Fair, no es curioso que este mensaje contra la masculinidad tóxica nos lo de una empresa que en 2018 “estaba vendiendo cuchillas con la idea de que ‘en 5 min estás lista’ porque sin depilar obviamente no puedes salir”. En los siguientes tuits, Pacheco también da una pista que a mí me parece la clave: “Si a P&G hablar de la “masculinidad tóxica” no le sale rentable en números: no pasa nada, donde dije digo digo Diego y la maquinaria sigue funcionando”, o “Si en 2019 esta estrategia les sale cara, volverán a virar y adiós feminismo”.

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El fracaso del machismo

Publicado el 9 enero 2019 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Miguel Lorente . Blog Autopsia

Los machistas han comenzado a salivar en cuanto han visto que los partidos de la derecha están cocinando una serie de medidas para limitar las políticas de Igualdad y contra la violencia de género, y así andan, salpicando con sus fluidos las redes y medios.

Nada nuevo respecto a los machistas, que desde el primer momento vieron que la Ley Integral contra la Violencia de Género (LIVG) era un instrumento eficaz para responder ante su violencia de género, tanto sobre los casos como sobre las causas, pero sí respecto a la política, donde un partido accidental es capaz de situarse por encima del Tribunal Constitucional para decir que la LIVG es inconstitucional, y se atreve desde su posición mínima, no sólo minoritaria, a enmendar lo que la soberanía popular a través de sus representantes ha aprobado y ratificado por unanimidad en diferentes ocasiones. Interesante ejercicio de democracia el del machismo.

Todo ello demuestra que andan un poco de los nervios y que el machismo ha fracasado en su intento de mantener la desigualdad como normalidad, y la violencia contra las mujeres como un tema privado e invisible para que los hombres puedan continuar con sus privilegios, entre ellos negar esa violencia de género y mezclarla con otras formas de violencia interpersonal para que pase desapercibida su responsabilidad social y criminal.

Hoy se denuncia más violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja y en la vida pública, circunstancia que demuestra el fracaso del machismo violento en sus formas y en su fondo.

Pero no sólo se denuncia más, también ha aumentando la violencia de género en la sociedad, como demuestran las Macroencuestas. El machismo es cultura, no sólo conducta, una cultura de poder levantada sobre las referencias de los hombres, y como tal tiene tres instrumentos para condicionar la realidad: la influencia, el premio y el castigo. El fracaso del machismo se ha traducido en una pérdida de su capacidad de influir y premiar, por lo que en un intento de mantener sus privilegios y de castigar a quienes los cuestionan ha recurrido al incremento de la violencia.

Sin embargo, como su capacidad de manipular en nombre del orden dado es tan alta, ahora intentan presentar ese incremento del número de casos como un fracaso de la ley, como si la ley fuera la que diera las pautas para maltratar, y como si el machismo estuviera feliz de ceder sus posiciones de poder sin resistirse, y como si la desigualdad construida sobre su idea de “inferioridad e incapacidad” de las mujeres hubiera sido para ellos un error.

El fracaso del machismo es tan manifiesto que en estos 15 años de Ley Integral contra la Violencia de Género sus argumentos no han variado, tan sólo han sido repetidos. Entre esas razones que han dado para cuestionarla, destacan las siguientes:

  1. El número de homicidios no ha disminuido a pesar de medidas establecidas. Un planteamiento trampa basado en dos errores:
    1. Por una parte, comparan los homicidios anteriores a 2003 con los de los años siguientes a la LIVG, cuando en cada uno de esos periodos se medía algo diferente. Antes de la LIVG el concepto jurídico existente era el de violencia doméstica o familiar, por lo que muchos de los homicidios de mujeres en parejas sin convivencia (novios o exparejas) no se contabilizaban. Curiosamente, es a esta referencia a la que nos quieren llevar ahora para volver a ocultar la violencia contra las mujeres.
    2. El segundo error es contabilizar los homicidios en términos absolutos, sin considerar el grupo de población en el que se producen (el número de mujeres maltratadas), y si este es mayor o menor. Al haber aumentado el número de mujeres que sufren violencia machista debido a la reacción del machismo, la tasa de homicidios ha disminuido un 42%, y lo ha hecho en gran medida debido a los cambios sociales en cuanto a concienciación, e institucionales en cuanto a respuesta y atención, gracias a la LIVG

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LOS PADRES EN EL ESCAPARATE

Publicado el 7 enero 2019 en General, Paternidad Igualitaria |

Octavio Salazar. Diciembre 2018

Nunca negaré que ser padre es una de las experiencias que más ha influido en que cuestione mi identidad masculina, aunque solo haya sido porque tenía muy claro lo que no quería ser. Cosa distinta es que lo haya conseguido. Cada día, y mucho más ahora que mi hijo es adolescente, me doy cuenta de los errores que repito, de las incertidumbres y de la penosa ausencia de un manual que me diga cómo ser un padre presente, responsable y cuidadoso. Quizás sea una de las luchas que con más frecuencia provocan que me sitúe delante del espejo y me enfrente a mis impotencias. Entonces descubro que tal vez alumbrar una nueva masculinidad sea justamente eso, asumir la vulnerabilidad, renunciar al heroísmo, darte cuenta de que no hace falta controlarlo todo y de que la vida no es otra cosa que ir buscando un tesoro con frecuencia sin mapa que nos guíe.

En los últimos tiempos se ha puesto de moda hablar de las paternidades, de las nuevas paternidades, de esos nuevos modelos de hombres que lucen niños en los parques, o a los que ya no les resta virilidad mostrarse cariñosos con ellos en público. Se ha ido creando incluso una mística en torno a estos varones que, una vez más, y con el pretexto de mostrar al mundo lo buenos que son, ocupan portadas y aparecen como protagonistas heroicos. Todo ello mientras que en paralelo la maternidad continúa sin tener la centralidad que debiera en las políticas públicas y mientras que para las mujeres tener hijos continúa siendo un obstáculo para su realización personal y profesional, al tiempo de que por determinados sectores no deja de alimentarse una visión esencialista que las hace siervas de su papel de reproductoras. En este complejo contexto, al que habría que sumar la interesada reivindicación como un derecho de lo que es solo un deseo, el de ser padre o madre, continuamos sin dar respuestas adecuadas a lo que es el gran reto del siglo XXI: el reconocimiento social y económico de los trabajos de cuidados, la efectiva garantía de la corresponsabilidad como un derecho/deber y, en definitiva, la firma de un nuevo pacto de convivencia entre mujeres y hombres en el que superemos la división jerárquica entre lo público y lo privado.

Es decir, mucho me temo que de nuevo los hombres, o al menos una parte de nosotros, estemos usando el discurso de la paternidad para elevar nuestro prestigio social y para, bajo esa cobertura de amantes progenitores, apenas estemos renunciado a nuestro lugar privilegiado.

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