Publicado el 3 marzo 2019 en General, Los hombres ante la igualdad |

Masculinidades feminismo 2
Concentración feminista en la puerta del Parlamento Andaluz. Álvaro Minguito
Lionel S. Delgado. El salto.

Seguimos igual que el año pasado. Y todo ha cambiado. ¿Estamos siendo eficaces en los entornos masculinos a la hora pensar, actuar y organizarnos? Nos estamos moviendo, sí, pero ¿a qué ritmos? ¿Qué nos lastra?.

En el contexto del anterior 8 de marzo, recuerdo cómo pasamos horas y horas discutiendo sobre el papel de los hombres en la huelga. Discutíamos sobre si estábamos llamados a hacer huelga o si más bien teníamos que trabajar, si teníamos que pronunciarnos o guardar silencio, si teníamos, en definitiva, que hacer algo, o no. Al final, el papel del hombre estuvo relativamente claro: renunciar al protagonismo pero colaborar ayudando con la logística y cubriendo a nuestras compañeras. Además, había que empezar a actuar en nuestros contextos personales, concienciando a los hombres de nuestro entorno. Y pensar, reflexionar, hablar.

La huelga fue un éxito rotundo. Marchas en 120 ciudades, cientos de miles de personas en la calle. Entre ellas, miles y miles de hombres que simpatizan, empatizan y se solidarizan con la lucha feminista. Pero…

Tres meses después se convocaba en Madrid una concentración de Hombres contra el machismo propio y ajeno. Aún con el sabor de boca del 8 de marzo, esta concentración apenas congregaba a cincuenta personas.

Pareciera que los hombres tenemos claro que el feminismo tiene legitimidad como lucha, pero tenemos muchos problemas para ponernos a trabajar activamente en el ámbito de las masculinidades. Por el contrario, el tema de la masculinidad pareciera que está en boga: el rebrote de una derecha política muy ligadas a códigos y prácticas masculinas, sumado a un proceso de “reacción” de un machismo militante en entornos virtuales comienza a llamar la atención sobre la importancia de luchar contra el resentimiento y el malestar masculino que viene por una crisis de identidad y de los valores ligados a los modelos tradicionales de género.

En un año para aquí la derecha y el machismo han hecho muchos movimientos ofensivos. Y sin embargo, en los entornos de masculinidades críticas seguimos a la defensiva. ¿Estamos siendo eficaces en los entornos masculinos a la hora pensar, actuar y organizarnos? Nos estamos moviendo, sí, pero ¿a qué ritmos? ¿Qué nos lastra?

LA CULPA Y EL INDIVIDUO

Creo que, si bien la visibilización de las violencias que ejercemos cotidianamente a través del #MeToo ha sido fundamental para poner el tema del machismo sobre la mesa (y echarnos un cubo de agua fría a los que pensábamos que eso de ser machista no iba con nosotros), estamos cayendo en posiciones inmovilizadoras centradas en lo individual.

He vivido ya muchas escenas (y presenciado muchas más) de debates interminables entre hombres donde comenzamos cuestionándonos comportamientos, pero terminamos con una autoflagelación interminable. ¿Es útil estar todo el tiempo culpándonos? ¿Cuánta energía dedicamos a la visibilización de contradicciones personales y cuánta al trabajo para acabar con las condiciones que reproducen esas contradicciones?

La teórica Raewyn Connell, cuya obra es la Meca de cualquiera que se interese por las masculinidades, define el género como un sistema social que es necesario pensar sin caer en el categorialismo estructural (somos resultado de estructuras sociales) o biologicista (hay esencias ligadas al cuerpo), pero sin caer tampoco en el puro voluntarismo (podemos cambiar a base de voluntad) o culturalismo pluralista (todo es discurso). El género es, a la vez, una agencia de dentro hacia fuera (exteriorizamos lo interior) y una estructura de fuera hacia adentro (interiorizamos lo exterior): estructuras sociales y materiales que se encarnan en cuerpos y, al mismo tiempo, cuerpos que viven y actúan reproduciendo/modificando/rompiendo estructuras. No sólo voluntad. No sólo estructura.

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