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Masculinidades y feminismo: un espacio de “incomodidad productiva”

Publicado el 23 Junio 2017 en General, Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

Josue Sánchez entrevista a Jokin Azpiazu Carballo en Pikara Magazine.

Jokin Azpiazu Carballo, sociólogo y activista, desafía los debates en torno a la masculinidad y a los grupos de hombres en Masculinidades y feminismo, un libro que, lejos de cerrar horizontes, abre nuevos, provocando cortocircuitos y multiplicando las preguntas abiertas.

Hace cuatro años, Jokin Azpiazu Carballo (Ermua, 1981), sociólogo y activista, dejaba en Pikara una pregunta en el aire. En su obra Masculinidades y feminismo, amplía su propuesta de una revisión crítica sobre los debates relacionados con la masculinidad y los grupos de hombres por la igualdad; una reflexión para generar cortocircuitos; un espacio de “incomodidad productiva”.

No ha estado solo para componerla: desde temprana edad, se relacionó con los movimientos feministas; en 2005, se mudó a Barcelona y formó parte de Alcachofa, “el grupo de hombres contra el sexismo y el patriarcado”; tres años después, regresó al País Vasco y retomó sus estudios culminándolos con un máster de género; y, en efecto, durante el proceso, han sido innumerables los debates que ha mantenido abiertos con grupos de diversa índole.

En el primer capítulo, citas a Donna Haraway para proclamarte un «testigo modesto, transmisor subjetivo de una rica reflexión colectiva». ¿Por qué lo haces?
Masculinidades y feminismo no parte de reflexiones en solitario. He mantenido muchísimos debates y conversaciones con personas, colectivos y grupos, generalmente con gente de los movimientos feministas y LGTB; por ello, el libro tiene un componente colectivo detrás. Mi trabajo ha sido juntar esos debates; desde lo más formal, hasta lo más informal; desde charlar con amigas en barras de bar, hasta mi experiencia en grupos de discusión. No todo se me ha ocurrido a mí solo.

Nada más comenzar, desde el sofá de una sala contigua a su despacho –también es investigador en la Universidad del País Vasco–, Jokin Azpiazu subraya la importancia de un término que utiliza a lo largo del libro: la mirada. “Me planteé que, en muchos grupos de hombres y en trabajos en torno a la idea de qué es la masculinidad, el enfoque que se estaba dando seguía centrado en la propia mirada masculina y, además, desde la experiencia de una masculinidad concreta”, explica. Por ello, recomienda que los varones abandonen esas miradas y opten por otras que, construidas desde otras posiciones, puedan ayudarles más.

Un lugar donde encontrarlas, según él, es en el movimiento feminista, pero también más allá. El sociólogo opina que los grupos de hombres, mientras sí abren debates sobre sus relaciones con el feminismo, no siempre tienen en cuenta las miradas de los colectivos LGTB. “Los hombres, para deconstruir su masculinidad, deben prestar atención a los sujetos que hemos transitado por modelos no-legitimados”, dice. Además, sugiere que ambos colectivos suelen descuidarse entre sí: “Los hombres podríamos utilizar la referencialidad, las figuras, las teorías políticas o las vivencias LGTB y, asimismo, el colectivo gay podría repensar la masculinidad para luchar contra el machismo en su seno”.

En su tesina, Azpiazu analizó el discurso básico de algunos grupos de hombres e identificó varias cuestiones problemáticas. En Masculinidades y feminismo amplía el diagnóstico: por un lado, detecta la mirada ombliguista mencionada previamente y, por el otro, indica un riesgo de que refuercen el binarismo de género “planteándose como la otra cara respecto a los grupos de mujeres no-mixtos”. No le encuentra sentido: “Sería una locura pensar que los hombres nos reunimos porque nos sentimos oprimidos. Podemos sentirnos oprimidos, pero no podemos olvidar que pertenecemos al bando opresor”.

Apuntas que «la comodidad es improductiva» y abogas por la creación de espacios que generen una «incomodidad productiva». ¿Cómo se genera?
La idea de pensar que, en espacios cómodos y tranquilos, siempre se trabaja mejor, es equivocada. En los debates en torno a la masculinidad, como en todos, es necesario un mínimo de tranquilidad para empezar, pero, de vez en cuando, también hay que romperla. Es curioso. Cuando valoramos sesiones de trabajo o talleres de masculinidades, muchos chicos dicen: “He estado muy a gusto”. No está mal, pero si no hay algo incómodo, nos podemos quedar en el mismo sitio. Las cosas no tienen que ser solo interesantes; también tienen que ser transformadoras.

 

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“Cada vez hay más hombres despertando y aprendiendo a desaprender las costumbres heteropatriarcales”

Publicado el 20 Junio 2017 en Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

Diario.es

Manuel Buendía, integrante de la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género, subraya que esta lucha “implica a todas las partes de la sociedad como cualquier otra injusticia”.

Uno de los mayores retos a los que hace frente la sociedad a día de hoy es la conquista de la igualdad real de género.  La ciudadanía comienza a despertar de un letargo histórico, que ha estamentado un modelo de sociedad que se mantiene con la injusticia. La estructura social que ha conocido este país es el heteropatriarcado, y es tan cruel, que su máxima manifestación es el feminicidio.

Ante este límite, la población comienza a tomar conciencia de la importancia de la lucha feminista y, cada vez más, el hombre participa como aliado. Las armas contra la desigualdad son la educación en el respeto y el aprendizaje dual: por un lado, desaprender las costumbres impuestas por el heteropatriarcado y, por otro, aprender a reconocerlas y a aplicar la perspectiva de género en el ámbito cotidiano.

Manuel Buendía es un hombre que hace ya años se unió a las filas del bando correcto en la lucha feminista. Él es consciente de la delicadeza del tema y prefiere no hablar en términos absolutos, ni sentenciar. Buendía promulga un feminismo de interpretación y análisis desde el reposo y la calma.

Este especialista, integrante de la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género, decidió tomar el camino feminista cuando comprendió que la igualdad de género es un tema de justicia social, que “implica a todas las partes de la sociedad como cualquier otra injusticia”, indica.

Además, desde niño sentía “incompatibilidad con los comportamientos de hombría y masculinidad que impone el heteropatriarcado”, admite Buendía, y añade que el “contacto y la convivencia con mujeres feministas” le impulsaron a actuar.

El experto, que ha participado este viernes en un encuentro  en la librería Utopía y es uno de los pocos hombres especialistas en igualdad de género en Cantabria,habla de la situación del hombre en la causa y de la necesidad de reescribir el guión que marcaba la pedagogía intergénero.

El  acercamiento masculino al movimiento feminista ya no es sólo de acompañamiento, de empatía, los hombres tenemos que  revisar nuestra idea de masculinidad, del tipo de hombre que quiero ser”, subraya Buendía, quien también insiste en la importancia de la reflexión del sector masculino para conseguir localizar las acciones machistas y poder desprenderse de ellas.

“Cada vez hay más hombres despertando y aprendiendo a desaprender las costumbres heteropatriarcales”, comenta, al tiempo que reconoce ser consciente de los problemas de dedicarse a un sector que parece exclusivo para mujeres: “Los hombres en el feminismo nos enfrentamos a los mismos obstáculos que ellas se han enfrentado durante toda la historia”.

Las mujeres han tenido que ir conquistando territorios donde su sexo no se sentía representado. Como hombre feminista, Manuel Buendía ha tenido que hacer lo mismo e ir adentrándose en ámbitos nuevos, desde las tareas domésticas hasta los cuidados emocionales.

Desde su punto de vista, lo complicado de mantenerse en la lucha no es su sexo, ni la falta de aceptación, sino el ruido que engloba el discurso igualitario, los intereses individuales de muchas de las personas que forman parte de él.

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La honestidad masculina y el amor romántico

Publicado el 16 Junio 2017 en General, Los hombres ante la igualdad |

Collage: Señora Milton

Coral Herrera Gómez en Pikara Magazin.

¿Por qué los hombres patriarcales mienten?, ¿por qué enamoran a las mujeres con promesas de futuro y en cuanto las conquistan salen corriendo?, ¿por qué creen que es normal e incluso necesario ocultar información a su pareja, pero no soportan que ellas hagan lo mismo?, ¿por qué defienden tanto su libertad pero limitan la de su compañera? .

¿Por qué un hombre puede ser buena persona con todo el mundo menos con su pareja?, ¿por qué los puticlubs están a rebosar de hombres casados todos los días de la semana?, ¿por qué en algunos países es habitual que los hombres tengan dos y hasta tres familias cuando han prometido ante el altar o ante el juez fidelidad hacia su pareja oficial?…

En las guerras del amor todo vale, porque es la batalla más importante de la guerra de los sexos. El régimen heterosexual está basado en un reparto de papeles en el que los hombres llevan siempre las de ganar: ellos diseñan e imponen las normas para que las cumplan ellas. Pactan monogamia, juran fidelidad, prometen ser sinceros, y en cuanto pueden juegan sucio y se enredan en cadenas de mentiras.

Las mentiras son consustanciales a la masculinidad patriarcal. El engaño y la traición a los pactos acordados es la consecuencia de firmar un contrato en el que aparentemente jugamos en igualdad de condiciones, pero en la realidad está diseñado para que nosotras seamos fieles y esperemos en casa mientras ellos se lo pasan en grande. La monogamia, pues, es un mito que crearon para nosotras, muy útil para asegurar su paternidad y la transmisión del patrimonio, y también muy útil para domesticarnos y encerrarnos en el espacio doméstico.

En la batalla del amor hetero el pacto es: “Yo no tengo sexo fuera de la pareja, tú tampoco”. Nos limitamos los dos, renunciamos los dos a la libertad sexual, o mejor: ellas creen que ellos se comprometen a cumplir con esta auto-prohibición. Pero no: la estrategia es que las mujeres nos auto-censuremos mientras ellos hacen lo que les apetece sabiendo que gozan de una relativa impunidad y que serán perdonados.

En esta guerra de los sexos, ellos llegan armados hasta los dientes, las mujeres vamos desnudas y enamoradas. Ellos juegan con ventaja y casi siempre ganan: la doble moral nos echa la culpa, y a ellos les disculpa. Para poder disfrutar de la diversidad sexual y amorosa típica del macho, los hombres saben que deben defender su libertad mientras limitan la de sus parejas. Y para ello tienen que prometer mucho, mentir, engañar y traicionar a las enemigas.

Porque las mujeres jamás somos las compañeras: nos tratan como a las adversarias a las que hay que seducir, domesticar, y mantener engañadas con el rollo del romanticismo y las bondades de la familia patriarcal.

La doble moral del patriarcado permite a los hombres a tener una doble vida: una como señores adultos responsables y comprometidos, y otra como niñatos mentirosos que jamás asumen las consecuencias de sus actos. Los hombres aprenden pronto que pueden abusar de su poder porque el mercado del amor está lleno de mujeres deseosas de ser amadas. Lo mismo que los empresarios abusan de la necesidad de sus trabajadores porque tienen muchísima mano de obra barata dispuesta a trabajar por muy poco, los hombres patriarcales saben que pueden mentir y aprovecharse porque el mundo está lleno de mujeres con baja autoestima y necesitadas de amor. Ellas prefieren aguantar mentiras y engaños que estar solas, y pocas veces identifican este trato como mal trato, es decir, no es fácil asumir este comportamiento como violento porque está normalizado en nuestra cultura patriarcal.

Los hombres patriarcales, sin embargo, se consideran buenas personas. El engaño forma parte de las estrategias de guerra, por eso traicionar y mentir a las mujeres con las que se relacionan no les hace sentir ni traidores ni mentirosos. Es simplemente una forma de dominar su mundo y de relacionarse con el enemigo. Y cuando el enemigo es una mujer, entonces no hay normas de caballerosidad ni principios ni ética que les detenga: en la cultura machista cualquier estrategia es válida. El objetivo es siempre someter a las mujeres para poder vivir bien, para salvaguardar el honor, para aumentar su prestigio delante de otros hombres.

Esta es la razón por la cual la honestidad no es cosa de hombres patriarcales. No hay contradicción, no les supone ningún problema. Es simplemente que siendo honesto uno no puede tener todo lo que desea, no puede tener varias amantes y una esposa fiel, no puede hacer lo que le da la gana sin tener que dar cuentas a nadie, no puede mentir, no puede acumular riqueza, no puede robar ni utilizar su poder para aprovecharse de los demás. La honestidad no calza con los valores de la masculinidad patriarcal, al menos no en el terreno de las guerras contra las mujeres.

La monogamia y la honestidad masculina

Ella: Cariño,  ¿qué haces?

Él: Estoy en la cama, a punto de dormirme, ¿y tú, mi amor?

Ella: Estoy en la barra de la discoteca, detrás de ti.

Este es uno de los esquemas básicos de los chistes machistas: él miente, ella le pilla. Es el juego del gato y el ratón: en las relaciones heteras nosotras somos las policías, juezas y carceleras, y ellos los chiquillos traviesos que se divierten haciendo sufrir a mamá.

La monogamia es un invento del patriarcado para tenernos encerradas y entretenidas. El engaño consiste en hacernos creer que el adulterio no es la norma sino la excepción, y que podemos evitarlo si somos complacientes con nuestros maridos, si obedecemos sus normas, si cubrimos sus necesidades, y si evitamos que otras mujeres se acerquen a ellos. Algunas viven resignadas a que de vez en cuando se les escape el pajarito de la jaula. Cuando descubren las infidelidades les mandan a dormir al sofá unos días, para pocos días después ser readmitidos en el lecho conyugal.

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La descolonización masculina según Todd Shepard

Publicado el 12 Junio 2017 en General |

Célia Sadai en Afribuku

El domingo 5 de marzo de 217, la librería parisina “Les Mots à la bouche” acogía al historiador norteamericano Todd Shepard con ocasión de la publicación de su libro Descolonización masculina con la editorial Payot & Rivages. Este encuentro moderado por el librero Tarek Lakhrissi se desarrolló en un encrucijada de preguntas sobre sexualidad, género y política – un enfoque inédito en el contexto francés. Descolonización masculina prolonga a su manera el coloquio “La guerra de Argelia: el sexo y el horror”, coorganizado por Todd Shepard y Catherine Brun en 2014.

La derrota: surgimiento de una «vanguardia viril»

Descolonización masculina da cuenta del surgimiento de la extrema derecha en Francia durante la Independencia de Argelia a principios de los años sesenta y del discurso de humillación que la acompaña. El núcleo de esta ideología: la pérdida de la virilidad provocada por la humillación sufrida por el hombre blanco y político. Poco a poco, los antiguos miembros del OAS, grupo terrorista anti-descolonizador que defendía la Argelia francesa, desarrolla la idea de que el pueblo francés es afeminado y que necesita verdaderos líderes. Su visión es la de la revirilización del pueblo francés gracias a una vanguardia viril. Este argumento será utilizado para explicar la derrota de Francia en la Guerra de Argelia. Y para responder a ello, se cuestiona sobre la “fragilidad francesa”: ¿si los argelinos, “esos animales sin racionalidad”, han conseguido ganar la guerra, entonces cómo tiene que ser un hombre? Por su parte, el Frente de Liberación Nacional (FLN), movimiento político independentista argelino, explotó este argumento para explicar la tortura: el sadismo de losfranceses procedería de su falta de virilidad. Cuando el Movimiento Nacional Argelino (MNA) difundió las fotos de los cuerpos de argelinos/as torturado/as y humillados/das, el FLN se negó a hacerlo en favor de un relato de guerra heroico.

De este modo va componiéndose desde los años 60 una «Nueva derecha» consciente de la doble humillación de la victoria argelina y de “la invasión de Argelia en Francia”. En adelante, las violencias sexuales, las enfermedades venéreas y la criminalidad quedarán asociadas al argelino. Y la creación de la imagen de un ejército invasor que amenazaba a Francia corresponde a la necesidad formulada por los antiguos miembros del gobierno de Vichy, los antiguos miembros del OAS y por el mismo De Gaulle, de hablar de lo actual, del presente y dejas atrás la Historia de esta guerra. Para no tener que volver a enfrentarse a la derrota, Argelia tenía que convertirse en el chivo expiatorio.

Homoerotismo colonial y la imposible heterosociabilidad

Todd Shepard ve en esta batalla de virilidades un marco conceptual eficaz para la Guerra de Argelia y la sociedad francesa contemporánea. Tanto más cuanto que esta vanguardia, la de la Nueva derecha del Frente Nacional, se ensancha a largo plazo alrededor de personalidades como Antoine de Benoit, Dominique Venner, Renaud Camus (teórico de la Gran Sustitución) o Patrick Buisson, para quien “a los franceses les faltan un par de cojones”.

Sin embargo, el análisis de Shepard va más lejos al plantear la herencia colonial de un “homoerotismo francés hacia los árabes”, que enlaza virilidad y sexualidad. La invención del “hombre árabe” por parte de la extrema derecha francesa coincide con la publicación del manifiesto situacionista del FHAR (Frente homosexual de acción revolucionaria) en 1973, que se inspiró en el “Manifiesto de las 343 guarras” sobre el derecho al aborto voluntario: “Somos más de 343 guarras. Los árabes nos han dado por el culo. Estamos orgullosas de ello y lo repetiremos”. La continuación a esto fue la puesta en circulación de la revista “3 millones de pervertidos: los árabes y nosotros”. Para Shepard la referencia a “dar por culo” cuestiona el lazo entre racismo y fetichismo colonial, dentro de la lógica del “orientalismo sexual” descrito por Edward Said. En la Argelia musulmana la heterosociabilidad es extraña para los franceses, que imaginan con una Argelia sin velo, los franceses que tras el golpe de Estado en 1958 les quitaron a la fuerza el velo a las mujeres musulmanas.

Así pues, el racismo anti-argelino se extiende a la integración de los argelinos en la comunidad homosexual “como consecuencia de la miseria sexual”, fantasía alimentada por autores populares como Rachid Boudjedra, Tahar Ben Jelloun o más recientemente Kamel Daoud o la feminista Fadhela M’Rabet. La etapa siguiente fue por supuesto la violación de las mujeres. Shepard evoca a este respecto la película Dupont Lajoie y el asunto de la “violación de Brigitte”, cuyo culpable egipcio se había convertido rápidamente para todos en un culpable argelino. Y añade que es como en lo referente a los terroristas hoy en día.

El “hombre árabe”: ¿un chivo expiatorio?

En la película de Carole Roussopoulos dedicada a la historia del Movimiento de liberación de las mujeres (MLF), la Guerra de Argelia es descrita como una revolución antiimperialista que inspiró la creación del MLF en mayo del 68 – desde la humillación a los policías sin virilidad hasta los alaridos guturales que toman prestado de las mujeres argelinas. ¿Cómo se agotó ese referente revolucionario?

En la Francia contemporánea post-atentados, “el hombre árabe” permanece como una figura a la que se señala incansablemente. Los medios de comunicación se apropian de ella a golpe de semiótica del terror, con titulares que nos presentan a los nuevos “rostros de la monstruosidad” e incluso reproducen las fotografías de hombres supuestamente “árabes”, por lo tanto culpables, archivos JPEG sacados directamente de los servicios de inteligencia.

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Masculinidades y vejez

Publicado el 8 Junio 2017 en General |

Por Devanir da Silva Concha.

¿Cómo enfrentamos los varones, en términos de salud mental, la vejez y la muerte? A partir de esta noticia que una de las leyendas del rock, Erick Clapton, ya no podrá tocar guitarra es que me pregunto: ¿Cómo enfrentamos – dado que lo masculino está culturalmente asociado a una noción del cuerpo, modernidad y fuerza (léase David Le Breton) – entonces como enfrentamos (en tanto sujetos y/o sociedad) el hecho de la degeneración de cuerpo? El cuerpo, en la masculinidad tradicional, es esa entidad física que constituye en la bisagra de lo abstracto y de lo concreto que deja de funcionar y, por tanto, deja de ser un referente identitario, y debemos comenzar a pensar (nos), en tanto sujetos masculino, desde otro orden o eje identitario. Esta es una creciente realidad y tiene una relación con la identidad masculina y comienza hoy ser una preocupación social mayor (inclusión en las políticas públicas pero una perspectiva de género (más allá de la inclusión de las mujeres) necesita lecturas particulares para que las medidas generales, políticas públicas, puedan ser más ajustadas a la realidad de género y no solo puesto en marcha como medidas estandarizadas.

La vejez no es una etapa objetiva, un abismo mortal sino un estado al cual, culturalmente, ingresamos mediante ritos y acciones colectivas, en determinado tiempo, cargando con la significado que esa etapa implica. Otro caso que nos podrá permitir ejemplificar lo quiero decir aquí es la noticia de Francesco Totti en esta nota. Nos delata algo sobre la vejez (social, y en relación a un deporte) y algunos aspectos que lo rodea, como la soledad. ¿Cómo enfrentamos los varones – ahora en una sociedad es cada vez más vieja, la curva de natalidad en baja y el árbol demográfico invertido – esa etapa de la vejez o muerte social? Mi suegro, ya hoy al otro lado, decía antes de que naciera mi hija, su nieta, que: “¿para que sigo aquí (en la tierra) si ya he hecho todo? Mis hijas están casadas y con sus profesiones, ya la “pega” está hecha”. Al nacer mi hija dijo “ahora puedo morir feliz”, después entró al colegio dijo “ya esto es un regalo de la vida”, etc., así hasta que mi hija cumpliera 8 años.

Mi punto es que la vieja escuela (de la masculinidad) nos enseñó que hay cosas que se cumplen (norma) como hombre, después de eso la tarea concluye y no hay nada más que hacer y no existe una realidad más allá de ese límite. No sabemos vivir porque no somos útiles, el cuerpo ya no es fuerte ni resistente. El modo tradicional de vivir la masculinidad excluye, creo, vivir (en) la vejez porque se contrapone con todos los elementos que define, tradicionalmente, lo que es ser un “ser” masculino: fortaleza, autonomía, trabajo, etc. Todo aquello que no se puede realizar cuando eres viejo, porque nos volvemos dependiente de otr@s para acciones básicas de la vida, o cuando eres jubilado e inactivo. Ya la mera palabra genera desconcierto: estar inactivo, o sea pasivo. La masculinidad tradicional intrínsecamente niega este estado como tal, por tanto al llegar a ello no hay abordaje posible desde los sujetos masculinos que han sido criados y vivido la vida según esos preceptos tradicionales de “ser hombre”. Entonces, en esto, volviendo al caso de Totti, lo que me llama la atención – y que nos permite pensar las masculinidades – es que el jugador pide (acto ya bastante – culturalmente hablando – poco masculino) ayuda y acompañamiento – a los fans – diciendo “Ahora tengo miedo, esta vez los necesitaré yo”. La autonomía emocional ya no se juega desde su precepto tradicional sino el sujeto, desde esa red de relaciones sociales que lo constituye y desde ahí dice que no tiene esa autonomía y requiere ser acompañado porque tiene miedo. Reconocer el miedo, creo, y de estar solo es un paso adelante en función de la masculinidad tradicional; miedo de no saber qué hacer después de haber hecho solo una cosa en la vida: jugar fútbol, por 25 años en el “club de sus amores”. Hacerlo (decir que tiene miedo) públicamente es también un tema que vale la pena destacar, no para hacer de él un héroe, individualmente, sino para permitirnos una reflexión en torno al/los sujeto/s masculino/s que no son famosos ni tiene tribuna para señalar miedos sino guardaselos.

En ambos casos, Totti y Clapton, el cuerpo y sus falencias naturales en esa etapa es un tema particularmente relevante ahora que esa generación de hombres de los 40/50/60 (del siglo pasado) viven la vejez. Cuando debatimos sobre el tema de género, en general, no asociamos a los sujetos masculinos, dado que está asociado a lo hegemónico. Y como tal queda fuera de ser puesto en la escena de debate, como sujeto social, en términos de género. No quiero hacer el debate incluisión/exclusión – debate bastante engorroso por lo demás -, sino plantear la posibilidad de pensar el/los sujeto/s masculino/s fuera del encuadre de los conceptos de hegemonía, tradicional, tóxico, etc. Estos adjetivos solo condicionan el debate porque se responde qué tipo de masculinidad se está refiriendo pero en ningún caso plantear un debate desde la multiplicidad, procesos y proyectos de género que están en escena, y desde donde vienen tales proyectos de género (en varones).

Entonces, los sujetos sociales somos producto de un proceso, y como tal deberíamos mirarnos cómo somos producidos por nosotros mismos, nuestro entorno y las condiciones estructurales de la sociedad capitalista. De hecho, varias feministas (Segato , Badinter , Frederici etc.) plantean cuestiones importantes en esta línea (economía e identidad), en el seno de la sociedad capitalista. Mirar el proceso (diacronía) de construcción de la masculinidad/es más que criticar el producto (sincronía) es lo que se propone porque lo cultural (género) es complejo, de tiempo largo, interseccional y simbólico por lo cual el lente debe estar en mirar esos procesos cotidianos de manera permanente.

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