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“Si estoy rodeada de amigas violadas, lógicamente también tengo amigos violadores”

Publicado el 16 febrero 2018 en General, Violencia contra las mujeres |

“Los hombres no se dan cuenta de que agredir a una mujer requiere una violencia extrema. No es un juego de seducción”

“El 8M deberían unirse los hombres a la huelga. No en la casa o los cuidados, pero que ellos también pierdan dinero en el trabajo”

Virginie Despentes (Nancy, 1969) fue violada a los diecisiete, disfrutó del sexo con muchos hombres a los veinte y un poco más tarde se hizo prostituta. Pero, desde hace tiempo, prefiere acostarse con mujeres y hablar de feminismo solo con ellas, porque “los tíos no se han planteado nada”.

Su manifiesto Teoría King Kong salió a la luz hace más de una década y se convirtió en un vademécum para la teoría de género. Entonces, a muchos hombres les explotó la cabeza, pero ella cree que en diez años no ha habido suficientes cambios.

Para la autora francesa, es el momento de que ellos tomen el testigo en el feminismo, de que hagan autocrítica, que estudien su papel en las violaciones y que arrimen el hombro.

Es una apuesta arriesgada respecto a otras teorías feministas, pero ella ha venido a revolucionar. Lo hace a través de sus novelas, de sus películas y de las entrevistas que ofrece. Por eso en esta no encontramos las respuestas que esperamos oír, sino las que nos hacen pensar.

Cuenta en Teoría King Kong que empezó a ser feminista cuando violaron a una amiga, a pesar de que a usted le había ocurrido tres años antes. ¿Se puede decir que recibió el “golpe” a través de la sororidad?

Realmente nací en un ambiente feminista. Mi madre era muy feminista y me crié con ese tipo de textos. Pero por aquel entonces no me interesaba en absoluto. Quizá porque precisamente formaba parte de la cultura de mi casa y, cuando eres joven y rebelde, quieres ir en contra de todo eso.

Después de que me violasen, solo supe que era algo que había pasado. Me prometí a mí misma que no lo pensaría, que no le daría importancia, y así no existiría. Solo fui consciente a través de mi reacción, de mi rabia, hacia la violación de una amiga. Me di cuenta de que era igual de grave en su caso que en el mío. Fue por sororidad, pero también por un proceso natural. Un sistema de protección del cerebro humano.

No existe si no le prestas atención, ¿no? Todo eso cambia cuando ocurre a tu lado y lo ves desde fuera. Cuando le pasa a una colega.

Hay una frase muy potente en el libro sobre la mentalidad del violador: “Si ellas sobreviven, es que la cosa no les disgustó tanto”. Solemos identificar la agresión sexual como un nivel distinto al del asesinato, no como una posible vía hacia él. ¿Lo hacemos mal?

Necesitamos más análisis. Por ejemplo, de vocabulario. No puede existir una sola palabra para referirse a la violación en español, inglés o francés. Y que sea la misma en el caso de las violaciones en conflictos armados, las agresiones domésticas dentro de la pareja o la violación bajo amenaza de muerte.

Ya que hemos comprendido lo comunes que son, deberíamos crear por lo menos 30 palabras distintas para diferenciar cada tipo de violación.

Lo primero que pensé cuando me violaron tres desconocidos fuera de mi zona de confort, fue que iba a morir. Lo relacioné de manera directa. De hecho, sería casi la decisión “más inteligente” por parte del agresor, de esa forma no se arriesgan a ser delatados a la policía. En mi caso, la proximidad de mi propia muerte o la facilidad con la que pudo ocurrir fue incluso más traumática que la propia violación.

Pero desde luego, tanto este caso como el de la chica violada y asesinada mientras hace running, forma parte del mismo hilo de violencia de los hombres hacia las mujeres. Y de cómo nosotras nos sentimos intimidadas constantemente.

Ese miedo es puesto a veces en tela de juicio. ¿Cómo explicárselo a alguien que nunca ha tenido que caminar por la calle con temor o mirando por encima del hombro?

Los hombres no son conscientes de que ellos pueden sentirse fuertes por la calle, en parte, debido a los agresores. Los violadores y los maltratadores son quienes facilitan a los hombres esa sensación de “esta ciudad es mía” que nos quitan a las mujeres.

Hace 25 años que escribí Fóllame y durante todos esos años he escuchado historias de mujeres que han sido violadas. Curiosamente, no tengo ningún amigo que haya confesado haber violado a una chica. Entonces, si estoy rodeada de amigas violadas, lógicamente tengo que estarlo también de amigos violadores. El hecho de que ellos mismos no se reconozcan como violadores me fascina, y pienso que aquí tenemos que hacer algo. No podemos ser tantas víctimas y tan pocos agresores.

Chicos, por favor, empezad a pensar en lo que hacéis y en lo que repercute sobre vuestra contraparte.

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¿Deberían los hombres poder (auto)denominarse feministas?

Publicado el 8 febrero 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

Victor Sanchez en Tribuna Feminista 07/02/2018

Uno de los innumerables debates que dentro del feminismo surgen cada cierto tiempo es el de si los hombres pueden y deben considerarse feministas.

Feministas, pro-feministas, compañeros o simplemente aliados del feminismo.
¿Diferentes etiquetas para diferentes formas de vivir y sentir la implicación con el feminismo o por el contrario diferentes etiquetas para diferentes formas de querer ubicarse dentro de un movimiento que tenemos claro que como tal, no “nos pertenece” ni debería simplemente pasarnos por la cabeza el querer comandarlo/protagonizarlo?
¿Qué se esconde detrás de esa imperiosa necesidad (masculina) de querer autodenominarnos de una u otra manera?
Antes de responder de forma repentina y visceral, deberíamos ser capaces al menos, de reflexionar y razonar debidamente nuestra respuesta a esta pregunta, y por supuesto, demostrar un respeto a las diferentes sensibilidades que las mujeres feministas puedan legítimamente sentir, frente a nuestro posicionamiento ¿intelectual? en un movimiento del que deberíamos ser capaces de hablar más por nuestros actos, que no por nuestras palabras.

La conocida frase de Kelley Temple es bastante rotunda en este aspecto:
“Los hombres que quieren ser feministas no necesitan que se les dé un espacio en el feminismo. Necesitan coger el espacio que tienen en la sociedad y hacerlo feminista”.

No creo que esté dentro del debate ni mucho menos cuestionada, la tan esperada (por ausente históricamente) y necesaria presencia de los hombres dentro del movimiento feminista (fundamentalmente para dirigirse, concienciar y hablar a los “suyos”), pero sí creo que deberíamos matizar y cuidar al máximo nuestra “presencia” dentro del mismo.

Recuerdo en los alrededores de la celebración del Día del Orgullo, un debate similar en el que se decía que los heterosexuales no deberían utilizar (o usurpar según las personas y sensibilidades que iban entrando en el debate/discusión) la bandera multicolor, ni siquiera en el caso de ser decididos aliados y compañeros de la lucha por la consecución real de los legítimos derechos de la comunidad LGTBi.
También era y es un debate (como todos los que se desarrollan en las redes) que no solo levanta ampollas sino opiniones tremendamente enfrentadas (difícil en cualquier caso contentar y convencer a todas las partes implicadas).

Hasta la propia definición del debate o tema a tratar (con todas las cosas “importantes” que quedan por conseguir y alcanzar y por las que merece la pena invertir nuestras a veces limitadas energías) genera no pocas controversias.
Lejos de querer ubicarme en uno u otro bando (al final, siempre todo lo acabamos reduciendo a “un bando” y esto es lo que a veces sentimos que sale perdiendo de este tipo de debates, que da la sensación que acaba por desmerecer y diluir las luchas tan necesarias) sí sentía, que podía entender y empatizar con cualquiera de los dos razonamientos.

Entendía a aquellos/as –como yo- que querían portar la bandera multicolor (o en el caso que nos ocupa, el declararse decididamente feminista) en sus respectivos muros de Facebook aunque fuera solo para dar visibilidad a una lucha que tendría que ser de todos/as y generalizada; y común en todos los ámbitos sociales y culturales.

Pero también entendía y entiendo perfectamente a todas aquellas personas que no respondían a la categoría heteronormativa dominante, que sentían que se apropiaban de “su” símbolo, incluso de su propia identidad como colectivo, en un único día en el que se mostraban a la sociedad en el despliegue y protagonismo que todos (re)conocemos (entendida esta celebración como el único reducto donde se les permite la conquista “eventual” del espacio público).

Y lo mismo me pasa con el movimiento liderado y comandado por las mujeres.
Entiendo que es una lucha que llevan protagonizando ellas en solitario prácticamente 3 siglos.
Entiendo que es una lucha, a la que el hombre, todavía en una ínfima cantidad de individuos, se ha incorporado tarde y mal.
Entiendo la desconfianza de ellas ante el nuevo hombre feminista recién llegado al que miran de reojo y cuestionan de arriba a abajo, con todas las alertas puestas en cuál va a ser su siguiente movimiento y si va a responder a estímulos propiciados por el feminismo, o si por el contrario, va a confirmarse como la enésima adaptación y apropiación de otro movimiento al que ellos quieren darle su particular “toque personal”.

No entiendo la obsesiva necesidad de los hombres de otorgarse una etiqueta, una identidad, como si de un valor añadido de nuestra lucha o acompañamiento se tratara.

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Por qué los hombres dejaron de usar faldas, tacones y pelucas

Publicado el 2 febrero 2018 en General |

Los tacones fueron un símbolo de estatus para los hombres antes de que los llevaran las mujeres. Lo explica la historiadora Maude Bass-Krueger en un artículo publicado en Google Arts & Culture en el que repasa la historia de este accesorio y que se ha leído y compartido estos días. Además, no es la única prenda que llevaban hombres y que ahora se considera propia de la moda femenina: a lo largo de la historia, también han llevado faldas y maquillaje. ¿Por qué dejaron de hacerlo?

En su texto, Bass-Krueger recuerda que los primeros en llevar tacones fueron los jinetes persas en el siglo X, para mantener las botas en los estribos con más facilidad. En el siglo XVII, la moda de los tacones llegó a los aristócratas europeos, donde se convirtió en símbolo de virilidad y poder militar. La autora se detiene en Luis XIV: “Durante su reinado, cuanto más altos y más rojos eran los tacones, más poderoso era quien los llevaba”. El rey solo permitía los tacones de este color a las personas más cercanas.

En el siglo XVIII los tacones llegan al calzado femenino y acaban rebasando en altura al masculino. Con la Revolución Francesa desaparece el tacón para hombres, ya que se asociaba a la aristocracia. Pero no del todo, como aún se aprecia en algunos modelos de botas.

Federico Antelo Granero, profesor de Historia de la Indumentaria en el Centro Superior de Diseño IED Madrid, recuerda a Verne que hombres y mujeres hemos compartido a lo largo de la historia muchas de las prendas y complementos que hoy consideramos mayoritariamente femeninos: “Desde el antiguo Egipto hay pelucas, maquillaje, faldas, túnicas…”. También ha pasado con colores: el rosa no siempre fue un tono femenino y el azul no siempre se identificó con lo masculino.

Túnicas, togas y faldas

Las faldas llevan años apareciendo en los desfiles de moda masculina. “Pero no solo en la pasarela -apunta a Verne Elvira González, del Museo del Traje de Madrid-, depende de la tradición, cultura y costumbres de cada lugar”.

También eran habituales en otras épocas: egipcios, griegos, romanos y aztecas llevaban túnicas, togas y faldas, al ser fáciles de fabricar y de llevar. Los pantalones se usaban sobre todo para montar a caballo.

A partir del siglo XIV ya empieza a haber “una diferencia en la confección de prendas para uno u otro sexo”, como escribe Giorgio Riello en Breve historia de la moda. La mayor diversificación también lleva a que la moda se convierta “en un instrumento de rivalidad social” dentro de “una sociedad fuertemente jerarquizada”.

Aun así, los hombres aún no se pasan exclusivamente al pantalón, como muestra el hecho de que en 1701 el zar Pedro I aprobara una ley que obligaba a todos los hombres rusos a llevar pantalones, con la excepción de granjeros y clérigos.

 

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¿Por qué los raperos son tan machos?

Publicado el 1 febrero 2018 en General |

Kanye West en un concierto en Chile, 2011

Nuria Alabao 22 enero en CTXT.

¿Cómo están vinculadas la pobreza y la desigualdad con la reafirmación de la masculinidad? ¿Y la violencia machista? El hip hop comparte muchos de los códigos de relación de los jóvenes de los suburbios del planeta.

Son machos muy machos. Los raperos mainstream como Rick Ross y Lil’Wayne son recios, viriles, serios, quizás hasta peligrosos. En el estilo gansta no solo se es macho sino también derrochón, viviendo a tope una vida de hiperlujo donde las mujeres son una propiedad más que exhibir como en los vídeos de Nas. Otros, como Kanye Westson capaces de salir a un escenario con cien tíos de negro que enseñan los dientes y un par de lanzallamas. Desde el gueto estadounidense, surge un rap hecho por los más jóvenes que exhibe una hombría oscura como el petróleo. En el Cloud rap, la vida en el barrio es tan jodida y violenta que sí, también son machos, pero casi en segundo plano, incapaces de ejercer soberanía en lugares que describen como el mismo infierno. Para caminar por él, a veces exhiben armas como muletas.

Hay una miríada de formas de hacer rap, algunas más políticas –aunque no siempre quiere decir menos explícitamente viriles–. Para las mujeres, este estilo significa cosas totalmente distintas, incluso que les puede permitir subvertir el mandato femenino en varios sentidos: la fuerza, la forma de ocupar el espacio público, la autodefensa. Pero es indudable que existe una performance de la masculinidad más marcada en el hip hop que en otros géneros o culturas juveniles. ¿Cómo está relacionado este estilo con la afirmación de hombría, con su exhibición y conversión en una fachada pública?

El rap es un producto de los suburbios neoyorkinos donde se originó en la década de los sesenta entre los jóvenes negros e hispanos asociado a las competiciones entre bandas juveniles. Hoy, más allá de su proceso de comercialización, sigue siendo atractivo para muchos jóvenes de los guetos de todo el planeta, y es ahí donde se escucha y se produce más y de donde salen la mayoría de estrellas. También en esos lugares el hip hop es cotidianidad para muchos, donde se sostienen las identidades que, como explican Boltanski y Chiapello, otros de clases más favorecidas adoptarán “a modo de simulacro” cuando compran camisetas grandes de determinadas marcas, visten gorras ladeadas o utilizan el argot propio de la subcultura. (Para que haya apropiación simbólica por el mercado, en algún lugar tiene que haber un yacimiento de “autenticidad”.) ¿Y por qué los los jóvenes de estos barrios marginales en lugares tan variados adoptan esta subcultura? La respuesta tiene que ver con las condiciones de vida en los suburbios y con la falta de expectativas vitales de estos chavales, y concretamente, con cuál ha sido su “traducción” cultural, o las formas culturales a las que han conducido. Y es que hay una continuidad entre los valores de “la calle” –los diferentes códigos de relación entre los jóvenes del gueto– y los del hip hop–.

Hay que ser muy hombre para sobrevivir en el infierno

Hace unos años colaboré con un proyecto político-cultural –Tiuna el Fuerte– que trabajaba con jóvenes de los barrios de autoconstrucción –las favelas venezolanas–. Pasando tiempo con estos chavales en sus barrios, visitándolos en prisión o asistiendo a sus conciertos de hip hop entendí que había una especie de ley no escrita –ellos la llamaban “la ley de la calle”– pero que todos conocen y más o menos siguen. Lo que imponía esta ley era una regulación sobre cómo se tenían que comportar en el espacio público, especialmente en relación a las ofensas recibidas: lo que puede tolerar y lo que no un “verdadero hombre” para seguir siéndolo. También ofrecía una serie respuestas que tenían que seguir a esas transgresiones: desde amenazas, golpes, o incluso llegar a la confrontación con armas. “Hay que saber caminar por el barrio”, te decían. Caminar significa saber cómo comportarse para seguir siendo respetado.

Una mirada fija o considerada inconveniente, una palabra irrespetuosa o una determinada forma de encarar a la novia de otro, pueden constituir transgresiones de estas normas sobreentendidas y desencadenar una respuesta violenta. (Aunque algunas transgresiones de esta ley de barrio pueden estar asociadas a la economía del narcotráfico; como traspasar determinadas fronteras, robar en una zona en la que no debes, hablar con la policía, etc.) La hombría está en juego, se trata de “no perder la cara”, no ser “una nena”, un cobarde. En la ley del barrio, hombría y respeto son dos caras de la misma moneda. Lo que se pone a prueba es la capacidad confrontativa de estos chavales que han de ser capaces de defenderse, de ejercer violencia. Lo que se recibe a cambio es algo que el sistema les niega, respeto. Puede parecer una escasa recompensa, sobre todo si uno se juega la vida, pero conseguir el respeto supone tanto el reconocimiento de la propia valía personal –imprescindible para funcionar en sociedad– como protección para futuras agresiones. Si te respetan, es decir, si saben que sabes defenderte, tu fama de violento evitará que se metan contigo. Los jóvenes desde muy temprano incorporan el sentido de vivir bajo la ley del más fuerte.

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Monstruos S.A.

Publicado el 26 enero 2018 en General, Violencia contra las mujeres, Violencia machista |

Miguel Llorente. Blog Autopsia

Ya tenemos un nuevo monstruo en la sociedad, José Enrique Babuín Gey, conocido como “El Chicle” y detenido por el asesinato de Diana Quer, se ha incorporado a la lista de “monstruos” que cada año se elabora para tranquilizar conciencias y desviar miradas de las circunstancias comunes a todos los hombres que actúan con un objetivo similar, aunque las formas de alcanzarlo sean diferentes.

La primera en llamarlo de ese modo ha sido su madre, quizás la única persona legitimada para hacerlo por el impacto emocional que produce ser consciente de que el niño aquel ha sido el hombre ese que aparece en los medios de comunicación como autor de unos hechos tan terribles. Mirar a la vida y encontrar a ese hombre en cada recuerdo de aquel niño es “monstruoso” para una madre y para un padre.

Pero el resto de la sociedad rápidamente también lo ha considerado como un monstruo bajo un argumento diferente, pues mientras que la familia lo califica de ese modo por ser “uno de los nuestros”, la sociedad lo llama monstruo para decir que “no es uno de los nuestros”. Por ello no han perdido tiempo en acudir a todo tipo de personas expertas para que expliquen algunas de sus características y rasgos de personalidad sin conocer nada de él ni haberlo examinado, tan sólo con las informaciones y referencias que aparecen en los medios de comunicación, algunas de ellas claramente contradictorias. Pero todo eso da igual, lo importante no es que sea verdad lo de “El Chicle”, sino que sea mentira que se trataba de un hombre “normal”, como sí han coincidido en definirlo personas de su entorno laboral, social, relacional, amistades…

Los estudios forenses nos dirán cómo es “El Chicle”, cuáles son los rasgos de su personalidad y si tiene algún elemento que tenga un significado especial en su comportamiento, pero lo que sí sabemos ya es que se trata de un machista violento, igual que otros agresores que han cometido crímenes similares, incluso peores en sus formas y consecuencias por asesinar a varias víctimas, y ninguno de ellos era un enfermo mental ni tenía trastornos de personalidad, cómo tampoco ninguno de sus conocidos decía nada de ellos ni de “El Chicle” antes de que se conociera su responsabilidad en los hechos. En cambio, nadie ha dicho de él algo tan sencillo como que “es un machista violento” .

El análisis de un caso no puede basarse en la repercusión que tenga en los medios de comunicación, ni concluir sobre sus elementos a partir de las informaciones, pues las conclusiones y la información con toda probabilidad serán erróneas.

¿Qué es lo que hace, según toda esa gente, que un hombre sea un monstruo?. Veámoslo.

Llevar a una mujer joven a un lugar apartado para agredirla sexualmente no debe serlo, puesto que, por ejemplo, es lo mismo que hicieron los integrantes de “la manada” y no sólo no los han considerado “monstruos”, sino que hay quien los defiende y culpabiliza a la víctima. Haberla asesinado tampoco debe ser la razón de la monstruosidad, porque cada año en España alrededor de 100 mujeres son asesinadas bajo las diferentes formas de violencia de género y no se refieren a sus asesinos como monstruos. Ocultar el cuerpo tras el homicidio, aunque sea menos frecuente, tampoco ha llevado a considerar monstruos a los asesinos de Marta del Castillo o al marido de María Puy en Navarra, que la asesinó, descuartizó y enterró durante meses.

Al final todo indica que se es monstruo por necesidad, por una combinación de circunstancias que van desde los propios hechos hasta la alarma social generada, situación esta que necesita una negación del machismo y su violencia al tiempo que una afirmación de lo ocurrido. Al final, tener un monstruo a mano ayuda mucho a distorsionar lo ocurrido y a tranquilizar muchas conciencias y algunos ánimos.

¿Cuántos monstruos hay ahora mismo en las calles, en sus casas, en hospitales, juzgados, empresas, comercios… que son considerados como buenos compañeros, buenos amigos, buenos vecinos, buenos trabajadores… y que mañana serán “monstruos”?

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