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Más de la mitad de las universidades públicas españolas registran casos de acoso

Publicado el 23 abril 2018 en Violencia contra las mujeres, Violencia machista |

Pikara Magazin Dossier

 

En Pikara Magazine hemos hecho una investigación sobre la situación de la la lucha contra el acoso en las universidades públicas españolas. Por eso en enero encargamos a dos periodistas, Yuly Jara y Miguel Egea, que se pusieran manos a la obra. El resultado de estos tres meses de investigación, en los que se han contactado con 50 universidades, es este informe: ‘Más de la mitad de las universidades públicas españolas registran casos de acoso’, en el que hay datos de ámbito estatal, además de una perspectiva general de cómo y en qué medida se está luchando contra la violencia machista en cada universidad. En  ‘Granada: un protocolo modelo que sigue sin impedir el acoso’ realizamos un estudio de caso de la Universidad de Granada, que ha registrado el mayor número de casos tratados (65), y desvelamos en detalle las virtudes y problemáticas que genera la lucha contra el acoso desde este institución universitaria. Finalmente en “Para transformar la universidad hace falta una crítica radical a los modos de producción del saber y a su falocentrismo” discutimos sobre el heteropatriarcado y el sistema universitario con la filósofa Laura Llevadot, que ofrece una perspectiva muy particular sobre machismo, feminismos e, incluso, amor.

Los datos recopilados por Pikara Magazine cifran en 236 los casos en el sistema público de enseñanza superior y desvelan que el acoso sexual y laboral, así como las discriminaciones e incluso las agresiones sexuales alcanzan a toda la comunidad universitaria, desde estudiantes hasta personal docente. Destacan la Unidad de Granada, con 65 casos registrados, la Universidad del País Vasco y la Universidad Autónoma de Barcelona con 23 cada una. Los 18 casos computados por la Complutense de Madrid son de acoso sexual.

Base de datos sobre protocolos de Igualdad en las universidadesBase de datos sobre protocolos de Igualdad en las universidades

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FEMINISTAS. INTENSAS , DIVERSAS , IMPRESCINDIBLES .

Publicado el 3 abril 2018 en Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

José Ángel Lozoya Gómez
Miembro del Foro y de la Red de hombres por la igualdad
Crecí rodeado de mujeres fuertes, de mujeres que la guerra dejó viudas o solteras, de mujeres que superaron dificultades difícilmente imaginables. De niño me dormía escuchando la máquina de coser de mi madre, una modista que también fue dependienta, frutera, portera, metalúrgica…

El franquismo nos empujó al exilio político y económico. A los 14 años mamá me asignó tareas domésticas y se negó a enseñar a coser a mis hermanas, por la sobrecarga de trabajo que suponía para la mujer de un obrero. Llevó pistola en el bolso hasta que volvió a España y fue la primera concejala de su ciudad. Su último gesto político, en solidaridad con las procesadas de Bilbao, fue la firma de un documento en el que afirmaba haber abortado.

En el exilio conocí a hombres que figuran en los libros de historia y a feministas reivindicando el derecho al aborto o a la iniciativa sexual. Y fue una poetisa catalana, que recitaba como nadie “El crimen fue en Granada”, la que me animó a volver a Valencia para luchar contra la dictadura.

Mientras la prioridad fue la conquista de las libertades yo me enamoraba de mujeres a las que admiraba por su valor y por su capacidad para cuestionarme. Muerto Franco los hombres copamos la dirección de los partidos y los sindicatos, y nos creímos capaces de decidir hasta lo que tenían que decir nuestras compañeras en las asambleas de mujeres que empezaban a surgir. Con eso provocamos que muchas antifranquistas orillaran sus diferencias partidarias para construir un movimiento de mujeres que, para afirmar su autonomía, rechazaba a los hombres en sus actividades y cuestionaba a las feministas que militaban en organizaciones mixtas.

Mis dificultades con el centralismo democrático y mis relaciones con el movimiento de liberación sexual favorecieron que aceptara integrarme en el primer grupo feminista que buscaba imponer en la práctica el derecho al aborto. Esto me dio una perspectiva privilegiada de las relaciones heterosexuales y sus consecuencias. Aposté por la educación sexual cuando vi que la demanda de “Anticonceptivos para no abortar, aborto libre para no morir” era un parche si no cuestionaba la sexualidad masculina.

El feminismo cambió las relaciones entre los sexos sin que la mayoría de los hombres se sintieran aludidos y yo, que me relacionaba con feministas y envidiaba la intimidad que lograban en los grupos de autoconocimiento, decidí convocar a un grupo de hombres (en 1985) para ver cómo nos afectaba el cambio y cómo podíamos contribuir a acelerarlo, dando sin saberlo un impulso al Movimiento de Hombres por la Igualdad.

Desde su aparición el feminismo aporta enfoques nuevos a temas viejos. Sin que nadie les regale nada han reivindicado, frente  a todo tipo de descalificaciones, temas como el divorcio, la promiscuidad, la noche, la anticoncepción, el aborto, la igualdad de derechos y oportunidades, las cuotas, los cambios legislativos, la discriminación positiva, el trabajo doméstico… Reivindicaciones acompañadas de todo tipo de movilizaciones, siempre pacíficas, en las que han asumido riesgos y superado periodos de desmovilización que acabaron con muchos movimientos de la transición. Superado momentos en los que solo se veían rescoldos en la universidad y las instituciones, mientras aumentaba el reguero de víctimas que quedaban en la cuneta de la historia. Pero de tanto en tanto pasaba algo que las hacía resurgir. A finales de los 90 fue la indignación ante el asesinato de Ana Orantes el que puso en la agenda la violencia que padecían en las relaciones de pareja.

La victoria del PP y la desmovilización social que provocó las medidas anti“crisis” llevaron a pensar en el escenario ideal para recortar el derecho al aborto, la conquista más peleada por el feminismo desde la transición, y el tren de la libertad fue el broche a una respuesta del movimiento feminista que provocó la dimisión de Gallardón y un relevo generacional que, con los socialistas en la oposición, no se pudo controlar con ayudas a los colectivos afines.

La manifestación de Madrid del 7N de 2015 hizo saltar por los aires el corsé legal que mantenía las violencias machistas en el ámbito de la pareja, y el 25N de 2017 el movimiento feminista demostraba su implantación territorial con manifestaciones masivas en más de 50 ciudades, contra “la manada” y los intentos de cuestionar a su víctima.

El pasado 8 de marzo la de mujeres fue la primera huelga política de la democracia, y las manifestaciones de la tarde una demostración sin precedentes de fuerza del movimiento feminista, que ha metido en la agenda política temas como la brecha salarial o los cuidados, que parecían tener más capacidad descriptiva que de movilización.

Ya podemos decir que la mayoría de los hombres se sienten aludidos, que son capaces de identificar muchos de sus privilegios y abundan los que comparten la necesidad del cambio, como demuestran su presencia creciente en las manifestaciones feministas, los miles de hombres que asumieron los cuidados en sus hogares para que sus compañeras vivieran el 8M, o los que atendieron los puntos de cuidados que se montaron ese día en muchos pueblos y ciudades.

Tras una vida acompañando a las feministas, con algunos desencuentros sobre el lugar que debemos ocupar los hombres en la lucha por la igualdad, he de admitir que siguen siendo el motor del cambio de los hombres porque se necesita su presión para que renunciemos a muchos de nuestros privilegios.

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Madres asesinas y buenos padres que matan

Publicado el 23 marzo 2018 en Violencia machista |

Miguel Lorente  

Entre los hechos y la realidad está el significado, que es lo que permanece y da sentido a la historia de cada día. Los acontecimientos sólo son la inspiración para redactar el relato, las referencias necesarias que permiten escribir el tiempo con continuidad y sin sobresaltos que rompan el sentido de lo vivido hasta el presente y el mañana esperado.

 Y esta situación que se observa en la forma de escribir la historia sobre el pasado y transmitirla, de manera especial a la hora de interpretar los conflictos, guerras, victorias y derrotas, sucede cada día en aquellos hechos que de una manera u otra tienen impacto directo en la forma de organizarnos y relacionarnos sobre las ideas, valores, creencias, mitos… que se han adoptado y considerado adecuadas para convivir.

Es lo que sucede con la violencia de género, una violencia estructural que surge de la propia “normalidad” que la cultura machista ha establecido y ha cargado de justificaciones para que sea interpretada como algo propio de las relaciones de pareja, no en el sentido de que sea una conducta “obligada”, pero sí bajo la idea de que “puede suceder”, y que si aparece es reflejo del “amor” y la “preocupación” que siente el hombre ante ciertas actitudes y conductas de la mujer que “pueden afectar a la pareja o a la familia”. Bajo esa idea, la violencia de género no se presenta con el objeto de dañar, sino de corregir algo que se ha alterado.

Lo vemos cuando la Macroencuesta de 2015 recoge que el 44% de las mujeres que no denuncian dicen no hacerlo porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”, cuando en el Eurobarómetro de 2010 un 3% de la población de la UE dice que hay motivos para agredir a las mujeres, o cuando el 30% de la adolescencia de nuestro país afirma que cuando una mujer es maltratada se debe a que “ella habrá hecho algo”.

Y hablamos de una violencia que cada año asesina a una media de 60 mujeres, maltrata a 600.000, y permite que unos 840.000 niños y niñas sufran su impacto al vivir expuestos en los hogares donde el padre la lleva a cabo, ¡un 10% de nuestra infancia! (Macroencuesta, 2011).

A pesar de esa terrible y dramática situación para una sociedad, sólo alrededor del 1% de la población considera que se trata de un problema grave (CIS). Y no es casualidad que sea tan bajo, sino consecuencia del significado que se da a esta violencia, la cual es presentada como un descontrol producto de hombres con problemas con el alcohol, las drogas, alguna enfermedad mental o un trastorno psíquico. Sobre esta situación estructural, además, desde la “normalidad” machista se lanza una estrategia de confusiónque busca mezclar todas las violencias y reactualizar los mitos para seguir construyendo la realidad sobre el significado que ellos deciden.

El ejemplo más cercano lo tenemos en el asesinato cometido por Ana Julia Quezada sobre el niño Gabriel Cruz, un hecho terrible que comprensiblemente levanta todo el rechazo hacia su autora. La crítica, incluso en sus expresiones más emocionales, es perfectamente entendible como parte de los sentimientos que se han visto afectados por unos hechos y unas circunstancias tan dolorosas como las que se han vivido. Ese no es el problema, lo que sorprende es la bajeza de quienes lo utilizan y lo instrumentalizan para intentar, una vez más, confundir y cuestionar la violencia contra las mujeres a través de una doble estrategia:

  • Por un lado, generar confusión sobre las diferentes violencias y tratar de reducirlas sólo a su resultado, es decir, a las lesiones que ocasionan y a la muerte para concluir que todo lo que termina en el mismo final tiene el mismo sentido, algo que es absurdo. Sería como afirmar que todas las hepatitis son iguales y deben tratarse de la misma forma, sin considerar si son tóxicas o infecciosas, sin dentro de estas son producidas por bacterias o por virus, y dentro de las víricas si están ocasionadas por un tipo de virus u otro.
  • Y por otro lado, presentar la violencia que llevan a cabo las mujeres como consecuencia de la maldad y la perversidadque la cultura les ha otorgadocon mitos como el de “Eva perversa” o “Pandora”. En cambio, con la violencia que llevan a cabo los hombres ocurre lo contrario, ellos son los “buenos padres” que utiliza el Derecho como referencia para aplicar la ley, y por lo tanto, cuando agreden o matan es por el alcohol, las drogas o los trastornos mentales.

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Poliamor: ni líquido, ni neoliberal, ni promiscuo

Publicado el 21 marzo 2018 en General |

Alejandro Sánchez-Sicilia | 12 Mar, 2018 Revista Hombres Igualitarios.

Hace unos años la palabra poliamor pasaba en nuestro país desapercibida. Ahora, poliamor se ha convertido en una de las palabras más buscadas en Google en el último año; se le dedica un espacio en los medios digitales, las editoriales y librerías comienzan a ver una demanda por parte de sus clientes y la palabra poliamor empieza a “sonarnos” sin previamente haber tenido algún tipo de contacto directo con ella.

Pero, ¿sabemos realmente de qué estamos hablando? ¿Es poliamor lo que nos venden algunos medios? ¿Es poliamor aquello que esta en boca de todxs?

Hace unos meses me topaba con un artículo algo desafortunado de eldiario.es titulado “Poliamor: ¿amor libre o neoliberal?. El autor hace un buen resumen de lo que es el sistema neoliberal, pero confunde durante todo el artículo el poliamor con el amor líquido o de consumo. Y no solo el autor del artículo considera equivalentes los conceptos de poliamor y amor líquido, sino que la amplia mayoría de la población así lo cree, algo habitual con lo que me he ido encontrando.

ayamos por partes, ¿Qué es el neoliberalismo?

El neoliberalismo es una corriente económica y política, una fase del capitalismo que toma fuerza a partir de los años 80. En el sistema neoliberal el consumo se torna protagonista y aparece de forma Interseccional en múltiples contextos. El sistema neoliberal nos coloca en una situación de competición constante con los demás y con nosotros mismos por consumir la mayor cantidad de bienes, experiencias, conocimientos y personas posibles.  Para este sistema tenemos que ser “El/la que más…”. El que más sabe sobre un tema determinado, tenemos que estar en constante formación (para no ser menos que nadie); tenemos que ser emprendedores, el que más se desarrolla como individuo particular; el que más bienes apreciados consume, el que obtiene el último modelo de móvil recién puesto a la venta; ser el que mas viaja, el que más países visita; el que más experiencias tiene, el que más experiencias con otras personas tiene (sobre todo a nivel sexual, donde si encarnas una masculinidad tradicional, es común hacer gala de ello ante tu grupo de amigos). El sistema neoliberal nos “invita” a no apegarnos a lo que consumimos (experiencias, bienes, conocimientos…), pues si nos apegamos y nos sentimos cómodos con nuestro IPhone 8 no consumiríamos el IPhone X (aunque el 8 siga estando en perfecto estado) y el sistema se colapsaría. En el sistema neoliberal nos sentimos constantemente vacíos, y por mucho que consumamos, nunca nos llenamos del todo. El sistema neoliberal nos crea una necesidad innecesaria.

Ahora que tenemos una muy breve síntesis del sistema neoliberal, vamos a explicar que es el amor de consumo o amor líquido:

“Amor líquido” es un trabajo del sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Amor líquido se incluye dentro de su obra sobre la modernidad líquida, un término acuñado para conceptualizar y visibilizar la nueva manera de relacionarnos y vincularnos interpersonalmente. Bauman hace referencia al modelo neoliberal del cual surge la modernidad líquida y que establece el consumismo como acuerdo social que resulta de reconvertir los deseos, ganas y/o anhelos humanos en la principal fuerza de impulso y de operaciones de la sociedad (Bauman, 2007). En la sociedad de consumo impregnada por el sistema neoliberal, las personas nos convertimos en agentes y objetos de consumo. El amor líquido hace referencia a la forma de relacionarnos y vincularnos interpersonalmente en la modernidad líquida, en lo que a las relaciones sexo – afectivas se refiere.

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Los hombres que se rindieron al feminismo: “Ser machirulos nos vuelve tóxicos”

Publicado el 12 marzo 2018 en Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

El Confidencial 7/03/2018

Ahige ayuda a hombres a cuestionarse la hegemonía de la masculinidad tóxica en la sociedad actual y a preguntarse por su papel en la era del feminismo.

El discurso hegemónico de la masculinidad es la segunda teta de la que el hombre mama de manera casi involuntaria después de la de su madre. Los mitos del macho ibérico nos rodean conforme crecemos y si uno sale de la norma que define al modelo de hombre, un vómito de palabras vacías del calibre de ‘nenaza’, ‘marica’ o ‘calzonazos’ le inundan los oídos, amenazando con correr su misma suerte a cualquiera que le defienda. Menos de 10 metros cuadrados en un piso de la calle Montera de Madrid hacen de asociación para hombres que quieran cuestionar al macho alfa y lograr que otros lo hagan, que busquen su parte de responsabilidad en el machismo y que quieran descubrir cuál es su papel como hombres en la nueva era del feminismo.

Se trata de Ahige, siglas de Asociación de Hombres por la Igualdad de Género, aunque bien podría ser acrónimo de aliados del feminismo contra la masculinidad tóxica. El primer paso para ser miembro, lo tienen claro: “Aceptar que todos somos machistas“. Varios de sus socios se han reunido con El Confidencial para discutir sobre esta y otras cuestiones que nos afectan a los hombres, en particular a los que quieren tomar responsabilidades de cara a la manifestación y huelga feminista del 8 de marzo.

“No se nace mujer, se llega a serlo”, decía Simone de Beauvoir. Lo mismo arguyen en esta asociación: “No se nace hombre, somos un resultado”. “¿Y es sana la manera en que los hombres crecemos?”, se preguntan desde este grupo de hombres. En este proceso influye todo. “Ser machirulos nos vuelve tóxicos y ponerse la etiqueta de machista no es fácil”, es su primera premisa. Pero también saben que difundir entre hombres las ideas que han tomado prestadas del feminismo y que reproducen no es una tarea sencilla.

Desde la asociación, explican, se dedican a aplicarse el discurso que “durante cientos de años” las mujeres han estado hilvanando para “luchar por sus derechos” y tratar que llegue a cuantos más hombres sea posible. “Nosotros nos aplicamos ese discurso para dar nuestro paso —y ayudar a que otros lo hagan— hacia abajo en ese escalón de privilegios”. Un escalón incómodo cuando lo pisas, ya que “hace replantearte todo y ponerte de frente a los privilegios que te han permitido estar donde estás”. Básicamente, luchar contra tu zona de confort.

“Buscamos romper el discurso dominante de la testosterona, de que somos violentos y de la masculinidad tóxica”, explican. De esta manera, creen poder ayudar a otros hombres y tratan de “sensibilizar a otros” intentando desafiar los estereotipos de “la masculinidad hegemónica”. Buscan promover un cambio a nivel colectivo desde lo individual de lo que es ser hombre.

“Este no es un problema que dependa tanto de las mujeres solucionar, sino nuestro”, sostienen. Tienen claro que su “responsabilidad como hombres es interiorizar su discurso” y se lamentan de que hayan tenido que pasar cientos de años hasta que “hayamos comenzado a darnos por enterados“. Pero saben bien por qué el discurso feminista no cala entre muchos hombres: “No es atractivo. Vende mejor la historia de que el feminismo lo que busca es dominar a los hombres”.

Pero opinan que difícilmente serán hombres nuevos sin abandonar la toxicidad de muchas masculinidades. Si no “aprendemos y asumimos” lo que es el feminismo: una “teoría social, económica y política que busca la igualdad efectiva”. Aunque también tienen claro que es más fácil que el ideario cale en otros hombres si son ellos quienes les explican qué esta mal.

Si el machismo perdura, critican, es porque “somos cómplices y lo somos con nuestro silencio. Cada vez que vemos una situación en la que la mujer es discriminada, no hacemos nada por remediarlo o hasta nos reímos de ello”. Se trata, en definitiva, de ser conscientes de la “sociedad desigual en la que vivimos y dejar de ser aliados”.

 

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