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‘Muxe’, la identidad que cuestiona la división de géneros desde una región de México

Publicado el 30 junio 2018 en Diversidad de género |

Lukas Avendaño, artista mexicano y muxe MARIO PATIÑO

El artista mexicano Lukas Avendaño habla sobre su identidad muxe, propia de la cultura zapoteca y que no encaja en las categorías de hombre y mujer

Nacidos con sexo masculino, asumen un rol y una estética femenina, en una tradición que encuentra sus raíces en la época precolombina

Avendaño ha llevado la ‘muxeidad’ al arte escénico: “Partió de una necesidad de evidenciar que el mundo es más que una escala de grises”

Fue al salir de su región natal, el istmo de Tehuantepec (Oxaca), cuando Lukas Avendaño se dio cuenta de lo que era ser muxe. En el ambiente diverso de la facultad de Antropología de la Universidad de Veracruz, no fueron sus pendientes, ni su pelo largo, ni siquiera las faldas que a menudo llevaba, lo que le hizo sentir cierto rechazo. Fue al tratar de entregarle un ramo de flores a un amor platónico con el que compartía clases: “Me dijo que no las aceptaba, que no podía ser”, comenta.

Antes de que la teoría queer desmontara a partir de los 80 las etiquetas masculino y femenino, atribuyendo las identidades sexuales y de género a una construcción social, el pueblo zapoteco -etnia indígena mexicana- ha venido incluyendo en su seno.

un colectivo que desafía estos conceptos. Son muxes. “Ni los ni las muxes, porque en zapoteco no existe un artículo que distinga entre géneros”, precisa Avendaño.

Muxe es aquel que, habiendo nacido con sexo masculino, asume la estética y los roles reservados a mujeres. “Las familias lo asumen como algo natural; ‘así me lo trajo Dios’, dicen las madres, pero no como un castigo como se suele decir con los homosexuales, sino como algo bueno”, resume Avendaño. Dada la naturalidad con la que han vivido históricamente en su comunidad, en la zona de Tehuantepec, descartan etiquetas como la de transsexual o la del llamado tercer género.

“No es un tercer género, porque se asume el femenino”, resume Avendaño. A lo largo de los años, los jóvenes muxe han acompañado a madres y hermanas en las labores del hogar. “Es lo propio de un contexto agrario, donde no hay mucho donde escoger; ahora se ha diversificado todo y muxes como yo han ido a la universidad y viajado a Europa”, comenta este mexicano desde una de las estancias del colectivo La Xixa Teatre en el barrio del Raval de Barcelona.

Nacido en 1978 en una localidad de 50 habitantes, Avendaño creció sin que nadie le corrigiera cuando escogía la figuras femeninas en los juegos infantiles. “Esto me permitió pensar que uno podía ser hombre, mujer o cualquier otra cosa”, celebra. Antropólogo y artista de performance, se encuentra estos días en Barcelona impartiendo talleres de artes escénicas. Ha protagonizado además una protesta frente al Consulado de México, también mediante el arte de acción, para denunciar la situación de decenas de miles de desaparecidos en su país. Uno de ellos es su hermano Bruno, del que no tienen noticia desde el 10 de mayo.

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¿Y si las palabras salvasen vidas?

Publicado el 22 febrero 2018 en Diversidad de género, Diversidad sexual |

June Fernandez. Eldiario.es 20/02

La reciente muerte de Ekai, un adolescente trans, muestra la urgencia de cuestionar la tiranía del dualismo sexual.

Necesitamos nuevos imaginarios y lenguajes que incluyan la diversidad de género, porque el binarismo es una ficción que provoca sufrimiento.

¿Os acordáis de la polémica en redes sociales cuando Leticia Dolera ironizó con “el campo de nabos feminista precioso” que les había quedado a los presentadores de la gala de los Goya? En Twitter, algunas voces señalaron que ese tipo de expresiones son desacertadas porque establecer esa correlación entre penes y hombres sigue una lógica que invisibiliza a las personas trans; en concreto, a las mujeres con pene.

Leticia Dolera rectificó en Twitter, lo cual no gustó nada a un sector del feminismo. Yo publiqué un reportaje en Pikara en el que tres mujeres trans opinaban sobre ese tipo de expresiones tan socorridas para las feministas (incluidas consignas como ‘Polla violadora a la licuadora’), y tampoco gustó nada a cierto sector del feminismo. Nos dijeron que somos las defensoras de los nabos (me pregunto qué opinarán los machinazis de esto). Las más desacomplejadamente transfóbicas nos dijeron que somos las amigas de los hombres con vestido.

Os voy a contar un secreto: cuando, la mañana después de la gala de los Goya, vi el revuelo que se había formado por las palabras de Leticia Dolera, escribí airada en mi Facebook: “Pues yo voy a seguir diciendo ‘campo de nabos’. #hastaelcoñoya”. Estaba convencida de que apelar al falo como símbolo del poder patriarcal era efectivo y adecuado. Además, había asistido a situaciones que me habían indignado, como cuestionar que el feminismo utilice la vulva como símbolo de las mujeres o reivindique las tijeretas y los cunnilingus. Atribuía yo esas críticas al gusto millenial (nótese el adultismo de treintañera en mi prejuicio) por el despelleje cibernético que también se traslada a las asambleas y a las calles.

El caso es que, como llevaba meses con ese runrún, me pareció el momento perfecto para hacer ese reportaje que tenía pensado desde hace tiempo. Después de dudar un poco, decidí que las fuentes fueran únicamente mujeres trans feministas. Y aquí viene la segunda confesión: una parte de mí esperaba que el reportaje resultante confirmase mi posición de partida. La primera a la que entrevisté fue a Álex Portero, una de las tuiteras que criticó la expresión de Dolera (y que después aplaudió su reacción). Me gustó mucho escuchar su planteamiento por notas de audio: en resumen, que si entendemos que lo que se nombra no existe, seamos conscientes de las expresiones que construyen imaginarios que excluyen a las personas trans o que incluso las asocian a un estigma (cuando se habla de pollas violadoras, por ejemplo). Que está muy a favor de que las consignas y símbolos feministas celebren la vulva o el clítoris, pero que agradecería que incluyeran también referencias a otras anatomías: “Vivan las vaginas y vivan los penes de chica”.

Después, la maravillosa cantautora Alicia Ramos, al mismo tiempo que reconocía que ella usa sin complejos esas expresiones sin darse por aludida porque se refieren a los hombres machistas, me explicó que romper con la identificación atávica entre genitalidad e identidad sexual es un frente importante de la lucha por la despatologización de la transexualidad. En la misma línea, la sexóloga Aitzole Araneta señalaba que “asociar unos genitales a una identidad no es un error sólo porque pueda ser doloroso a las personas trans; es un error porque es mentira. Hay chicas con pene o chicos con vulva, hay personas con genitales intersexuados y personas que tienen accidentes que afectan a sus genitales, que no dejan de ser las personas que eran”.

Sentí la tentación de seguir entrevistando a mujeres trans hasta que alguna dijera lo que yo de entrada quería oír. En vez de eso, decidí comprender. Probablemente siga diciendo “campo de nabos”, al igual que muchas veces no me reprimo un “coñazo”, pero ahora soy consciente de su carga. Así como, cuando digo que alguien es un hijo de puta, me corrijo inmediatamente: “Las putas aclaramos que no somos su madre”, que dirían Hetaira.

La transfobia mata

El pasado viernes, una semana larga después de publicar el reportaje, supimos de la muerte de Ekai, un chico de Ondarroa de 16 años.

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“Es humillante que a las personas trans nos traten de enfermas para que nuestra identidad sea reconocida”

Publicado el 5 diciembre 2017 en Diversidad de género, Diversidad sexual, General |

Las personas trans pasan por un itinerario médico para cambiar su nombre y sexo legal en los documentos oficiales

El Congreso ha aprobado una iniciativa para modificar la ley, que también incluye a los menores, con el objetivo de eliminar estos requisitos

“Yo pensaba ¿pero qué hago aquí? ¿por qué tengo que hacer esto? Es incómodo”, dice Aitor sobre el proceso para conseguir el diagnóstico.

A Aitor le ha costado mucho llamarse Aitor. Lo consiguió hace un año, cuando tenía en sus manos el diagnóstico médico que todavía hoy la ley obliga a las personas trans a presentar en el Registro Civil para que modifiquen su sexo y su nombre legal. Este requisito se une al de estar un mínimo de dos años bajo tratamiento, que alarga un proceso administrativo que expone a muchas personas a situaciones incómodas: “A los meses tienes un poco de barba por la hormonación. Imagínate lo que supone pagar en una tienda con tarjeta de crédito y que te digan que tiene que ir la titular. Te obliga a dar explicaciones continuamente”, dice.

Llevaban años esperándolo. Lo celebran, aunque con la vista puesta en el camino que siguen recorriendo.  El Congreso ha aprobado con el voto en contra del PP la toma en consideración de una iniciativa que reformará la ley que regula el cambio de nombre y sexo legal en los documentos oficiales. Aunque ahora empieza el trámite parlamentario, el objetivo es que las personas trans no tengan que cumplir ningún requisito médico para acceder a la modificación, por ejemplo, del DNI.

El informe que les piden ahora les obliga a pasar por un procedimiento médico que acaba concluyendo que padecen disforia de género. Aitor mira el informe de la psicóloga privada a la que acudió –puede hacerse en la pública, aunque es mucho más lento– y todavía lee con sorpresa.

“Diagnóstico de un trastorno de la identidad sexual. Trastorno clínico: transexualismo”, concluye el estudio clínico junto a una cascada de frases entremezcladas con referencias a Aitor como mujer. “Su aspecto físico es muy delicado y propio de una mujer, sin embargo su vestimenta y corte de pelo es masculino. Oculta sus atributos femeninos. El resultado es un aspecto que podría llamarse híbrido entre los sexos masculinos y femeninos”.

“Yo pensaba ¿pero qué hago aquí? ¿por qué tengo que hacer esto? Es incómodo. Te hacen preguntas como si has pensado en suicidarte o si de pequeño jugabas con muñecas”, explica este joven madrileño de 24 años.

No es una experiencia poco frecuente la de las personas que enumeran preguntas y comentarios muy dirigidos a perpetuar los estereotipos de género. “Es como tener que demostrarle a un desconocido que eres un chico porque juegas al fútbol y llevas gorra y depende de lo que se entienda por hombre y mujer. Yo por ejemplo soy poco normativo. Si ser chico es ser lo que son los que van a mi gimnasio, yo no lo soy”.

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Iris arcoíris

Publicado el 11 julio 2017 en Diversidad de género, Diversidad sexual, General |

Miguel Lorente Acosta. Blog Autopsia

Hay quien todavía ve la realidad en blanco y negro, como si fuera el NODO de una España caducada que aún espera el comienzo de una película en tecnicolor en la que los héroes terminan por salvar a la patria de los malos. En las películas de mi infancia no hacía falta calificar al otro, bastaba con llamarlo “el malo”, daba igual que fuera un indio, un negro, un moro, un gánster o un soldado nazi o japonés, al final lo importante es que eran “los malos”, porque lo que se quería destacar es que “nosotros” éramos los buenos.

Y aunque la película ha cambiado, aún hay quien sigue el mismo guión y no entiende que la diferencia ya no es inferioridad, sino que forma parte de la igualdad, o sea, parte nuestra a través de una identidad que ya no se construye por contraste con las otras, ni tampoco resulta excluyente. Hoy ser hombre también es ser mujer, al igual que sucede con ser homosexual, trans o de cualquier otra identidad vivida, ninguna de ellas es excluyente en cuanto a los elementos identitarios, aunque cada apersona la viva y se comporte como considere a partir de ellas.

Y eso es lo que les molesta, porque antes ser hombre era no ser mujer, y ser mujer era tener una serie de características propias que los hombres no podían tener. Y a partir de esas identidades rígidas y acríticas, puesto que eran impuestas y aceptadas como parte del orden natural, se distribuían los roles, funciones, tiempos y espacios de unos y otros para hacer de la desigualdad condición y de la habitualidad normalidad. Desde esa construcción no es que los hombres y las mujeres hacían cosas distintas, es que los hombres hacían lo de los hombres y las mujeres lo de las mujeres.

Y no había nada más, puesto que todo lo que no encajaba en ese modelo era considerado patológico, aberrante, delictivo o vicio.

El movimiento LGTBI+ ha conseguido a través de una reivindicación cargada de civismo que la sociedad cuestione ese modelo tradicional, y acepte la diversidad y la pluralidad como una referencia más para la convivencia. No ha habido violencia, ni atentados, ni ataques a nadie, y todo ello a pesar de haber sido perseguidos, encarcelados, agredidos y condenados a una especie de cadena perpetua social como seres enfermos, perversos y viciosos, que amenazaban la vida en sociedad y sus valores de siempre, aunque nunca haya sido un verdadero espacio de convivencia.

A veces es más verdad y dice más de una persona o grupo lo que se niega que aquello que se reconoce. Nadie cree en lo que no necesita, y la mirada también es un acto de fe cuando se busca una confirmación de las ideas, los valores o las creencias.Por eso la realidad sólo es un ejemplo, una especie de hipótesis para confirmar lo que previamente se ha decidido que sea verdad con independencia de cualquier referencia.

De lo contrario no podría entenderse que una persona homosexual sea considerada como una persona enferma, viciosa o anormal, del mismo modo que no habría tanta pasividad y distancia a la violencia de género, con 60 mujeres asesinadas de medida cada año y 600 mil maltratadas.

El significado que se da a la realidad depende de la mirada, la mirada de la conciencia, y la conciencia de las referencias utilizadas para dar sentido a todo aquello que se percibe. Y cuando esas referencias vienen impuestas por el machismo, al final todo se interpreta por lo que los hombres han considerado que es lo correcto y lo necesario para que el mundo construido a su imagen y semejanza funcione. Por eso todo lo que no sea masculino no sólo es diferente, sino que además es inferior. Y por ello todo lo femenino es una amenaza y una especie de ataque a su posición de poder y a la identidad sobre la que se sustenta, aquella que hace que la realidad se interprete sobre la condición otorgada, no sobre Derechos Humanos. Según la construcción machista, primero está la persona con su condición, y luego los Derechos.

Esa es la razón por la que los hombres son tan violentos con los hombres homosexuales, mientras que las mujeres no lo son frente a otras mujeres lesbianas, porque la homosexualidad masculina cuestiona lo individual y lo social, y hace que los hombres se sientan atacados y cuestionados en su identidad sobre la que se sustenta todo su poder personal y público Y por ello también, la forma de cuestionar a los gays es llamarlos “afeminados”, puesto que esa superioridad de los hombres en esencia está construida sobre la inferioridad de la mujer.

Hoy debemos estar muy orgullosos y muy orgullosas de los movimientos y las personas que nos han enseñado a convivir en paz con la diversidad y la pluralidad, a pesar de todos aquellos que presentaban cada paso hacia la Igualdad como un salto al vacío, y de quienes aún viven la libertad como una amenaza y la diversidad como un ataque.

Hoy la sociedad es mejor, no porque permite que haya diferentes identidades que viven sobre el mismo espacio común, sino porque la mayoría de las personas formamos parte de esa comunidad diversa y plural, y miramos la realidad y el futuro con un “iris arcoíris”.

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“A los jóvenes transexuales el sistema no nos deja existir”

Publicado el 30 abril 2016 en Diversidad de género, Diversidad sexual, General |

Violeta Aguado. ELdiario.es

Ángela estudió duro porque “sin estudios y siendo trans, seguramente no llegaría a ninguna parte”. Elizabeth tuvo que cambiar de instituto. Paula lo dejó dos veces.

Piden acabar con el tabú: “Es una realidad que está aquí y no podemos cerrar los ojos o mirar para otro lado”.

“A la hora de hacer el curriculum, ¿qué nombre pongo? ¿El legal o el mío? Y en la entrevista, ¿lo cuento o espero?”, cuenta Rion, de 21 años.

Terminar los estudios, conseguir trabajo o independizarse son algunos de los principales problemas a los que se enfrenta la actual juventud española. Éstas y otras situaciones de la vida cotidiana se complican para los jóvenes transexuales.

“La etapa educativa es una de las más complicadas de afrontar cuando estás en una transición, es difícil encontrar centros inclusivos donde se respeten las diferencias y se pongan medidas reales para parar el acoso hacia el alumnado trans”, dice Ángela Sotogrande. Esta joven transexual no abandonó en ningún momento sus estudios porque tenía claro que “sin estudios y siendo trans, seguramente no llegaría a ninguna parte”.

Sin embargo, el caso de Ángela es diferente al de Elizabeth, que tuvo que cambiar de instituto porque el centro privado en el que estudiaba no ofrecía ninguna medida para acomodar a una alumna trans. O el caso de Paula, que abandonó el entorno escolar hasta en dos ocasiones.

Según el estudio Transexualidad en España, Análisis de la realidad social y factores psicosociales asociados, solo un 39,2% de los jóvenes hizo visible su transexualidad cuando estudiaba. Los jóvenes transexuales coinciden a la hora de calificar los espacios educativos como entornos no inclusivos, especialmente durante la educación secundaria, cuando el sistema binario irrumpe con fuerza y los niños y las niñas tratan de encajar en uno de los estereotipos establecidos.

Para estos jóvenes transexuales el problema es de base. Creen que los roles de género en los que se educa a los niños son rígidos y los espacios educativos no educan sobre la diversidad ni invitan a que los alumnos se comporten como son. Además, acusan a leyes como la LOMCE de obstaculizar el crecimiento de entornos seguros y respetuosos en los que se persiga la transfobia, o cualquier otro tipo de acoso.

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La ambigüedad de género desafía los roles tradicionales: “No me considero hombre ni mujer “

Publicado el 15 abril 2016 en Diversidad de género |

CARLOTA CHIARRONI 07.03.2016

Género no binario es un término paraguas bajo el que se refugian las personas cuya identidad de género no encaja en los roles de hombre y mujer. De acuerdo con la Fundación Daniela, “puede ser una mezcla de ambas identidades [hombre y mujer] o un constructo alternativo a este”. Nepal emitió en agosto el primer pasaporte que contempla una tercera opción en cuanto al género, que quedó reflejado con una O de otros.
A Rion se le asignó el género femenino al nacer, hace ya 21 años. Y precisamente por esto se vio obligado a vestir la falda que dictaba el colegio católico de chicas en el que estudió. Detestaba esa prenda casi tanto o más que el color rosa. Los años no consiguieron que se acostumbrara a ella, pero sí a que sus compañeras de pupitre le llamaran ‘chicazo’, un apodo con el que se sentía cómodo e identificado: “No me iba a cabrear porque en el fondo tenían razón”. Con el tiempo se dio cuenta de que no encajaba en el género femenino que se le había asignado en base a sus genitales. Tampoco en el extremo opuesto: el masculino.

Su identidad de género, por extraño que pueda parecer en España debido a la falta de visibilidad, desafía los dos roles tradicionales que impone la sociedad: Rion no se considera hombre ni mujer, esas identidades se han quedado obsoletas en un siglo XXI que está en constante cambio. Es lo que se conoce como género no binario, un término paraguas bajo el que se refugian las personas cuya identidad de género no encaja en ninguno de los dos polos opuestos y que, según la Fundación Daniela, “puede ser una mezcla de ambas [hombre y mujer] o un constructo alternativo a este”. Se trata de una manera de ser y sentir diferente, que nada tiene que ver con la orientación sexual, la expresión de género o la intersexualidad (personas que nacieron con genitales no definidos). Actúa, en concreto, como un término genérico para aunar a ese colectivo que no encaja en la figura de hombre y mujer. Hay casos, como el de Rion, que se identifican únicamente dentro del género no binario. Otros, sin embargo, escogen una identidad (agénero, género fluido, maverique…) dentro de éste

Las opciones son infinitas y cada caso tiene sus matices y sus propias aristas. Lo único que tienen en común todos ellos es que no se posicionan. La mayoría opta por utilizar un lenguaje neutro, mientras otros se resignan y aceptan los pronombres del género que más les puede representar. Algunas personas sienten la necesidad de cambiar ciertas partes de su anatomía, de someterse a un tratamiento hormonal, de realizar una transición total o parcial de su cuerpo; otras no. Algunas pueden sentirse más cómodas con una expresión de género masculina, femenina o ambigua. No hay una norma que establezca dónde están los límites porque, de eso se trata, no los hay.     El espectro actual es más amplio y diverso que hace unas décadas y el testimonio de Rion -nombre que adoptó debido a su ambigüedad- lo demuestra: “No encajaba con las chicas, pero veía a los chicos y tampoco me veía reflejado”. Así, fueron muchas las dudas que le invadieron durante su adolescencia, cuando trataba de entender quién era y por qué ninguno de sus amigues -como llama a sus amigos en lenguaje neutro- se sentía como él. Por qué durante años trató de masculinizar su expresión de género con ropa ancha si en realidad no se sentía como tal. No fue hasta hace dos años cuando descubrió en internet el término de género no binario y sintió que había encontrado su lugar, la pieza del puzzle que faltaba y que le completaba. El término que le confirmó que su caso no era excepcional y que no estaba solo.

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