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Poliamor: ni líquido, ni neoliberal, ni promiscuo

Publicado el 21 marzo 2018 en General |

Alejandro Sánchez-Sicilia | 12 Mar, 2018 Revista Hombres Igualitarios.

Hace unos años la palabra poliamor pasaba en nuestro país desapercibida. Ahora, poliamor se ha convertido en una de las palabras más buscadas en Google en el último año; se le dedica un espacio en los medios digitales, las editoriales y librerías comienzan a ver una demanda por parte de sus clientes y la palabra poliamor empieza a “sonarnos” sin previamente haber tenido algún tipo de contacto directo con ella.

Pero, ¿sabemos realmente de qué estamos hablando? ¿Es poliamor lo que nos venden algunos medios? ¿Es poliamor aquello que esta en boca de todxs?

Hace unos meses me topaba con un artículo algo desafortunado de eldiario.es titulado “Poliamor: ¿amor libre o neoliberal?. El autor hace un buen resumen de lo que es el sistema neoliberal, pero confunde durante todo el artículo el poliamor con el amor líquido o de consumo. Y no solo el autor del artículo considera equivalentes los conceptos de poliamor y amor líquido, sino que la amplia mayoría de la población así lo cree, algo habitual con lo que me he ido encontrando.

ayamos por partes, ¿Qué es el neoliberalismo?

El neoliberalismo es una corriente económica y política, una fase del capitalismo que toma fuerza a partir de los años 80. En el sistema neoliberal el consumo se torna protagonista y aparece de forma Interseccional en múltiples contextos. El sistema neoliberal nos coloca en una situación de competición constante con los demás y con nosotros mismos por consumir la mayor cantidad de bienes, experiencias, conocimientos y personas posibles.  Para este sistema tenemos que ser “El/la que más…”. El que más sabe sobre un tema determinado, tenemos que estar en constante formación (para no ser menos que nadie); tenemos que ser emprendedores, el que más se desarrolla como individuo particular; el que más bienes apreciados consume, el que obtiene el último modelo de móvil recién puesto a la venta; ser el que mas viaja, el que más países visita; el que más experiencias tiene, el que más experiencias con otras personas tiene (sobre todo a nivel sexual, donde si encarnas una masculinidad tradicional, es común hacer gala de ello ante tu grupo de amigos). El sistema neoliberal nos “invita” a no apegarnos a lo que consumimos (experiencias, bienes, conocimientos…), pues si nos apegamos y nos sentimos cómodos con nuestro IPhone 8 no consumiríamos el IPhone X (aunque el 8 siga estando en perfecto estado) y el sistema se colapsaría. En el sistema neoliberal nos sentimos constantemente vacíos, y por mucho que consumamos, nunca nos llenamos del todo. El sistema neoliberal nos crea una necesidad innecesaria.

Ahora que tenemos una muy breve síntesis del sistema neoliberal, vamos a explicar que es el amor de consumo o amor líquido:

“Amor líquido” es un trabajo del sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Amor líquido se incluye dentro de su obra sobre la modernidad líquida, un término acuñado para conceptualizar y visibilizar la nueva manera de relacionarnos y vincularnos interpersonalmente. Bauman hace referencia al modelo neoliberal del cual surge la modernidad líquida y que establece el consumismo como acuerdo social que resulta de reconvertir los deseos, ganas y/o anhelos humanos en la principal fuerza de impulso y de operaciones de la sociedad (Bauman, 2007). En la sociedad de consumo impregnada por el sistema neoliberal, las personas nos convertimos en agentes y objetos de consumo. El amor líquido hace referencia a la forma de relacionarnos y vincularnos interpersonalmente en la modernidad líquida, en lo que a las relaciones sexo – afectivas se refiere.

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La nueva masculinidad de Kenia

Publicado el 28 febrero 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

Alice Mccool Nairobi El Pais.

En el país africano está cambiando el concepto de lo que es ser hombre. Cinco de ellos cuentan cómo dejan atrás los tradicionales roles de género.

Una estimulante mezcla de influencias —desde la urbanización hasta la religión, pasando por el desempleo o las iniciativas de desarrollo de género— están cambiando lo que significa ser hombre en Kenia. En este país religioso y socialmente conservador, la función tradicional de los hombres es la de protectores y proveedores. Pero con la tasa de desempleo más alta de África oriental, muchos son incapaces de cumplir estas expectativas. Al mismo tiempo, las mujeres, en especial en las ciudades, están redefiniendo cada vez más las relaciones entre sexos; han dejado de encargarse de la casa y del cuidado de los niños para pasarse a la política y los negocios.

Esto ha hecho que los hombres se pregunten cuál es su función en la sociedad contemporánea. En algunos casos, han respondido a esta dificultad recurriendo a la violencia como medio para reafirmar las nociones de virilidad tradicionales. Pero otros muchos intentan redefinir la masculinidad mediante sus acciones en el hogar, en el trabajo y en la comunidad.

Esta es la historia de cinco de ellos que están remodelando activamente lo que significa ser grandes hombres en Kenia hoy en día.

Evans Campbell, artista

“Nos vemos a nosotros mismos a través de una lente teñida con la opresión de lo que nos han enseñado a pensar. Las normas y los valores ahogan nuestra capacidad para movernos por el mundo de manera independiente. La sociedad ha hipersexualizado la figura desnuda. Las curvas y los contornos de una mujer están politizados de retórica reaccionaria. Como hombre, siento la resistencia a cambiar esto. Todos queremos aferrarnos a la supuesta seguridad del patriarcado, intentando desesperadamente imprimir nuestras imágenes en el mundo. La expresión del yo que me deja verdaderamente libre es muy desconcertante: ser simplemente yo da tanto miedo que solo con pensarlo pierdo las esperanzas. ¿Cuándo estaré realmente en paz conmigo mismo? ¿Cuándo me liberaré de todo lo demás? Cuando esté desnudo y solo. Cuando las respuestas sean mías, nacidas de un doloroso proceso de evaluación sin miedo a lo desconocido. Pero incluso la simbolización de dicha propensión es detestada. Mi capacidad para hacer algo se limita a lo que hay sobre mí y no a lo que hay dentro. La mera existencia es una conquista contra un mundo de elementos preestablecidos, todos ellos tan variados como las personas que los albergan. De modo que yo me convierto en mi pecado. Me convierto en lo que tú desearías que no fuese”.

Mutahi Chiira, arquitecto

“Para mi esposa y para mí, la pérdida del primer embarazo fue devastadora, pero logramos superarla con el tiempo. De modo que cuando, a comienzos de este año, recibimos a TJ, para nosotros fue una especie de redención. Naturalmente, esto me da un amor especial por mi hijo y siempre procuro dedicarle tiempo, en cuanto tengo la oportunidad, ya sea darle de comer, cambiarle el pañal, jugar o incluso acostarlo. Tengo la intención de dedicarle mucho tiempo para establecer un vínculo fuerte en estos primeros años. Así sentaremos una buena base para crear una relación padre-hijo satisfactoria. En resumen, lo hago por amor”.

 

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“Si estoy rodeada de amigas violadas, lógicamente también tengo amigos violadores”

Publicado el 16 febrero 2018 en General, Violencia contra las mujeres |

“Los hombres no se dan cuenta de que agredir a una mujer requiere una violencia extrema. No es un juego de seducción”

“El 8M deberían unirse los hombres a la huelga. No en la casa o los cuidados, pero que ellos también pierdan dinero en el trabajo”

Virginie Despentes (Nancy, 1969) fue violada a los diecisiete, disfrutó del sexo con muchos hombres a los veinte y un poco más tarde se hizo prostituta. Pero, desde hace tiempo, prefiere acostarse con mujeres y hablar de feminismo solo con ellas, porque “los tíos no se han planteado nada”.

Su manifiesto Teoría King Kong salió a la luz hace más de una década y se convirtió en un vademécum para la teoría de género. Entonces, a muchos hombres les explotó la cabeza, pero ella cree que en diez años no ha habido suficientes cambios.

Para la autora francesa, es el momento de que ellos tomen el testigo en el feminismo, de que hagan autocrítica, que estudien su papel en las violaciones y que arrimen el hombro.

Es una apuesta arriesgada respecto a otras teorías feministas, pero ella ha venido a revolucionar. Lo hace a través de sus novelas, de sus películas y de las entrevistas que ofrece. Por eso en esta no encontramos las respuestas que esperamos oír, sino las que nos hacen pensar.

Cuenta en Teoría King Kong que empezó a ser feminista cuando violaron a una amiga, a pesar de que a usted le había ocurrido tres años antes. ¿Se puede decir que recibió el “golpe” a través de la sororidad?

Realmente nací en un ambiente feminista. Mi madre era muy feminista y me crié con ese tipo de textos. Pero por aquel entonces no me interesaba en absoluto. Quizá porque precisamente formaba parte de la cultura de mi casa y, cuando eres joven y rebelde, quieres ir en contra de todo eso.

Después de que me violasen, solo supe que era algo que había pasado. Me prometí a mí misma que no lo pensaría, que no le daría importancia, y así no existiría. Solo fui consciente a través de mi reacción, de mi rabia, hacia la violación de una amiga. Me di cuenta de que era igual de grave en su caso que en el mío. Fue por sororidad, pero también por un proceso natural. Un sistema de protección del cerebro humano.

No existe si no le prestas atención, ¿no? Todo eso cambia cuando ocurre a tu lado y lo ves desde fuera. Cuando le pasa a una colega.

Hay una frase muy potente en el libro sobre la mentalidad del violador: “Si ellas sobreviven, es que la cosa no les disgustó tanto”. Solemos identificar la agresión sexual como un nivel distinto al del asesinato, no como una posible vía hacia él. ¿Lo hacemos mal?

Necesitamos más análisis. Por ejemplo, de vocabulario. No puede existir una sola palabra para referirse a la violación en español, inglés o francés. Y que sea la misma en el caso de las violaciones en conflictos armados, las agresiones domésticas dentro de la pareja o la violación bajo amenaza de muerte.

Ya que hemos comprendido lo comunes que son, deberíamos crear por lo menos 30 palabras distintas para diferenciar cada tipo de violación.

Lo primero que pensé cuando me violaron tres desconocidos fuera de mi zona de confort, fue que iba a morir. Lo relacioné de manera directa. De hecho, sería casi la decisión “más inteligente” por parte del agresor, de esa forma no se arriesgan a ser delatados a la policía. En mi caso, la proximidad de mi propia muerte o la facilidad con la que pudo ocurrir fue incluso más traumática que la propia violación.

Pero desde luego, tanto este caso como el de la chica violada y asesinada mientras hace running, forma parte del mismo hilo de violencia de los hombres hacia las mujeres. Y de cómo nosotras nos sentimos intimidadas constantemente.

Ese miedo es puesto a veces en tela de juicio. ¿Cómo explicárselo a alguien que nunca ha tenido que caminar por la calle con temor o mirando por encima del hombro?

Los hombres no son conscientes de que ellos pueden sentirse fuertes por la calle, en parte, debido a los agresores. Los violadores y los maltratadores son quienes facilitan a los hombres esa sensación de “esta ciudad es mía” que nos quitan a las mujeres.

Hace 25 años que escribí Fóllame y durante todos esos años he escuchado historias de mujeres que han sido violadas. Curiosamente, no tengo ningún amigo que haya confesado haber violado a una chica. Entonces, si estoy rodeada de amigas violadas, lógicamente tengo que estarlo también de amigos violadores. El hecho de que ellos mismos no se reconozcan como violadores me fascina, y pienso que aquí tenemos que hacer algo. No podemos ser tantas víctimas y tan pocos agresores.

Chicos, por favor, empezad a pensar en lo que hacéis y en lo que repercute sobre vuestra contraparte.

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¿Deberían los hombres poder (auto)denominarse feministas?

Publicado el 8 febrero 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

Victor Sanchez en Tribuna Feminista 07/02/2018

Uno de los innumerables debates que dentro del feminismo surgen cada cierto tiempo es el de si los hombres pueden y deben considerarse feministas.

Feministas, pro-feministas, compañeros o simplemente aliados del feminismo.
¿Diferentes etiquetas para diferentes formas de vivir y sentir la implicación con el feminismo o por el contrario diferentes etiquetas para diferentes formas de querer ubicarse dentro de un movimiento que tenemos claro que como tal, no “nos pertenece” ni debería simplemente pasarnos por la cabeza el querer comandarlo/protagonizarlo?
¿Qué se esconde detrás de esa imperiosa necesidad (masculina) de querer autodenominarnos de una u otra manera?
Antes de responder de forma repentina y visceral, deberíamos ser capaces al menos, de reflexionar y razonar debidamente nuestra respuesta a esta pregunta, y por supuesto, demostrar un respeto a las diferentes sensibilidades que las mujeres feministas puedan legítimamente sentir, frente a nuestro posicionamiento ¿intelectual? en un movimiento del que deberíamos ser capaces de hablar más por nuestros actos, que no por nuestras palabras.

La conocida frase de Kelley Temple es bastante rotunda en este aspecto:
“Los hombres que quieren ser feministas no necesitan que se les dé un espacio en el feminismo. Necesitan coger el espacio que tienen en la sociedad y hacerlo feminista”.

No creo que esté dentro del debate ni mucho menos cuestionada, la tan esperada (por ausente históricamente) y necesaria presencia de los hombres dentro del movimiento feminista (fundamentalmente para dirigirse, concienciar y hablar a los “suyos”), pero sí creo que deberíamos matizar y cuidar al máximo nuestra “presencia” dentro del mismo.

Recuerdo en los alrededores de la celebración del Día del Orgullo, un debate similar en el que se decía que los heterosexuales no deberían utilizar (o usurpar según las personas y sensibilidades que iban entrando en el debate/discusión) la bandera multicolor, ni siquiera en el caso de ser decididos aliados y compañeros de la lucha por la consecución real de los legítimos derechos de la comunidad LGTBi.
También era y es un debate (como todos los que se desarrollan en las redes) que no solo levanta ampollas sino opiniones tremendamente enfrentadas (difícil en cualquier caso contentar y convencer a todas las partes implicadas).

Hasta la propia definición del debate o tema a tratar (con todas las cosas “importantes” que quedan por conseguir y alcanzar y por las que merece la pena invertir nuestras a veces limitadas energías) genera no pocas controversias.
Lejos de querer ubicarme en uno u otro bando (al final, siempre todo lo acabamos reduciendo a “un bando” y esto es lo que a veces sentimos que sale perdiendo de este tipo de debates, que da la sensación que acaba por desmerecer y diluir las luchas tan necesarias) sí sentía, que podía entender y empatizar con cualquiera de los dos razonamientos.

Entendía a aquellos/as –como yo- que querían portar la bandera multicolor (o en el caso que nos ocupa, el declararse decididamente feminista) en sus respectivos muros de Facebook aunque fuera solo para dar visibilidad a una lucha que tendría que ser de todos/as y generalizada; y común en todos los ámbitos sociales y culturales.

Pero también entendía y entiendo perfectamente a todas aquellas personas que no respondían a la categoría heteronormativa dominante, que sentían que se apropiaban de “su” símbolo, incluso de su propia identidad como colectivo, en un único día en el que se mostraban a la sociedad en el despliegue y protagonismo que todos (re)conocemos (entendida esta celebración como el único reducto donde se les permite la conquista “eventual” del espacio público).

Y lo mismo me pasa con el movimiento liderado y comandado por las mujeres.
Entiendo que es una lucha que llevan protagonizando ellas en solitario prácticamente 3 siglos.
Entiendo que es una lucha, a la que el hombre, todavía en una ínfima cantidad de individuos, se ha incorporado tarde y mal.
Entiendo la desconfianza de ellas ante el nuevo hombre feminista recién llegado al que miran de reojo y cuestionan de arriba a abajo, con todas las alertas puestas en cuál va a ser su siguiente movimiento y si va a responder a estímulos propiciados por el feminismo, o si por el contrario, va a confirmarse como la enésima adaptación y apropiación de otro movimiento al que ellos quieren darle su particular “toque personal”.

No entiendo la obsesiva necesidad de los hombres de otorgarse una etiqueta, una identidad, como si de un valor añadido de nuestra lucha o acompañamiento se tratara.

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Por qué los hombres dejaron de usar faldas, tacones y pelucas

Publicado el 2 febrero 2018 en General |

Los tacones fueron un símbolo de estatus para los hombres antes de que los llevaran las mujeres. Lo explica la historiadora Maude Bass-Krueger en un artículo publicado en Google Arts & Culture en el que repasa la historia de este accesorio y que se ha leído y compartido estos días. Además, no es la única prenda que llevaban hombres y que ahora se considera propia de la moda femenina: a lo largo de la historia, también han llevado faldas y maquillaje. ¿Por qué dejaron de hacerlo?

En su texto, Bass-Krueger recuerda que los primeros en llevar tacones fueron los jinetes persas en el siglo X, para mantener las botas en los estribos con más facilidad. En el siglo XVII, la moda de los tacones llegó a los aristócratas europeos, donde se convirtió en símbolo de virilidad y poder militar. La autora se detiene en Luis XIV: “Durante su reinado, cuanto más altos y más rojos eran los tacones, más poderoso era quien los llevaba”. El rey solo permitía los tacones de este color a las personas más cercanas.

En el siglo XVIII los tacones llegan al calzado femenino y acaban rebasando en altura al masculino. Con la Revolución Francesa desaparece el tacón para hombres, ya que se asociaba a la aristocracia. Pero no del todo, como aún se aprecia en algunos modelos de botas.

Federico Antelo Granero, profesor de Historia de la Indumentaria en el Centro Superior de Diseño IED Madrid, recuerda a Verne que hombres y mujeres hemos compartido a lo largo de la historia muchas de las prendas y complementos que hoy consideramos mayoritariamente femeninos: “Desde el antiguo Egipto hay pelucas, maquillaje, faldas, túnicas…”. También ha pasado con colores: el rosa no siempre fue un tono femenino y el azul no siempre se identificó con lo masculino.

Túnicas, togas y faldas

Las faldas llevan años apareciendo en los desfiles de moda masculina. “Pero no solo en la pasarela -apunta a Verne Elvira González, del Museo del Traje de Madrid-, depende de la tradición, cultura y costumbres de cada lugar”.

También eran habituales en otras épocas: egipcios, griegos, romanos y aztecas llevaban túnicas, togas y faldas, al ser fáciles de fabricar y de llevar. Los pantalones se usaban sobre todo para montar a caballo.

A partir del siglo XIV ya empieza a haber “una diferencia en la confección de prendas para uno u otro sexo”, como escribe Giorgio Riello en Breve historia de la moda. La mayor diversificación también lleva a que la moda se convierta “en un instrumento de rivalidad social” dentro de “una sociedad fuertemente jerarquizada”.

Aun así, los hombres aún no se pasan exclusivamente al pantalón, como muestra el hecho de que en 1701 el zar Pedro I aprobara una ley que obligaba a todos los hombres rusos a llevar pantalones, con la excepción de granjeros y clérigos.

 

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¿Por qué los raperos son tan machos?

Publicado el 1 febrero 2018 en General |

Kanye West en un concierto en Chile, 2011

Nuria Alabao 22 enero en CTXT.

¿Cómo están vinculadas la pobreza y la desigualdad con la reafirmación de la masculinidad? ¿Y la violencia machista? El hip hop comparte muchos de los códigos de relación de los jóvenes de los suburbios del planeta.

Son machos muy machos. Los raperos mainstream como Rick Ross y Lil’Wayne son recios, viriles, serios, quizás hasta peligrosos. En el estilo gansta no solo se es macho sino también derrochón, viviendo a tope una vida de hiperlujo donde las mujeres son una propiedad más que exhibir como en los vídeos de Nas. Otros, como Kanye Westson capaces de salir a un escenario con cien tíos de negro que enseñan los dientes y un par de lanzallamas. Desde el gueto estadounidense, surge un rap hecho por los más jóvenes que exhibe una hombría oscura como el petróleo. En el Cloud rap, la vida en el barrio es tan jodida y violenta que sí, también son machos, pero casi en segundo plano, incapaces de ejercer soberanía en lugares que describen como el mismo infierno. Para caminar por él, a veces exhiben armas como muletas.

Hay una miríada de formas de hacer rap, algunas más políticas –aunque no siempre quiere decir menos explícitamente viriles–. Para las mujeres, este estilo significa cosas totalmente distintas, incluso que les puede permitir subvertir el mandato femenino en varios sentidos: la fuerza, la forma de ocupar el espacio público, la autodefensa. Pero es indudable que existe una performance de la masculinidad más marcada en el hip hop que en otros géneros o culturas juveniles. ¿Cómo está relacionado este estilo con la afirmación de hombría, con su exhibición y conversión en una fachada pública?

El rap es un producto de los suburbios neoyorkinos donde se originó en la década de los sesenta entre los jóvenes negros e hispanos asociado a las competiciones entre bandas juveniles. Hoy, más allá de su proceso de comercialización, sigue siendo atractivo para muchos jóvenes de los guetos de todo el planeta, y es ahí donde se escucha y se produce más y de donde salen la mayoría de estrellas. También en esos lugares el hip hop es cotidianidad para muchos, donde se sostienen las identidades que, como explican Boltanski y Chiapello, otros de clases más favorecidas adoptarán “a modo de simulacro” cuando compran camisetas grandes de determinadas marcas, visten gorras ladeadas o utilizan el argot propio de la subcultura. (Para que haya apropiación simbólica por el mercado, en algún lugar tiene que haber un yacimiento de “autenticidad”.) ¿Y por qué los los jóvenes de estos barrios marginales en lugares tan variados adoptan esta subcultura? La respuesta tiene que ver con las condiciones de vida en los suburbios y con la falta de expectativas vitales de estos chavales, y concretamente, con cuál ha sido su “traducción” cultural, o las formas culturales a las que han conducido. Y es que hay una continuidad entre los valores de “la calle” –los diferentes códigos de relación entre los jóvenes del gueto– y los del hip hop–.

Hay que ser muy hombre para sobrevivir en el infierno

Hace unos años colaboré con un proyecto político-cultural –Tiuna el Fuerte– que trabajaba con jóvenes de los barrios de autoconstrucción –las favelas venezolanas–. Pasando tiempo con estos chavales en sus barrios, visitándolos en prisión o asistiendo a sus conciertos de hip hop entendí que había una especie de ley no escrita –ellos la llamaban “la ley de la calle”– pero que todos conocen y más o menos siguen. Lo que imponía esta ley era una regulación sobre cómo se tenían que comportar en el espacio público, especialmente en relación a las ofensas recibidas: lo que puede tolerar y lo que no un “verdadero hombre” para seguir siéndolo. También ofrecía una serie respuestas que tenían que seguir a esas transgresiones: desde amenazas, golpes, o incluso llegar a la confrontación con armas. “Hay que saber caminar por el barrio”, te decían. Caminar significa saber cómo comportarse para seguir siendo respetado.

Una mirada fija o considerada inconveniente, una palabra irrespetuosa o una determinada forma de encarar a la novia de otro, pueden constituir transgresiones de estas normas sobreentendidas y desencadenar una respuesta violenta. (Aunque algunas transgresiones de esta ley de barrio pueden estar asociadas a la economía del narcotráfico; como traspasar determinadas fronteras, robar en una zona en la que no debes, hablar con la policía, etc.) La hombría está en juego, se trata de “no perder la cara”, no ser “una nena”, un cobarde. En la ley del barrio, hombría y respeto son dos caras de la misma moneda. Lo que se pone a prueba es la capacidad confrontativa de estos chavales que han de ser capaces de defenderse, de ejercer violencia. Lo que se recibe a cambio es algo que el sistema les niega, respeto. Puede parecer una escasa recompensa, sobre todo si uno se juega la vida, pero conseguir el respeto supone tanto el reconocimiento de la propia valía personal –imprescindible para funcionar en sociedad– como protección para futuras agresiones. Si te respetan, es decir, si saben que sabes defenderte, tu fama de violento evitará que se metan contigo. Los jóvenes desde muy temprano incorporan el sentido de vivir bajo la ley del más fuerte.

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