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Los hombres necesarios

Publicado el 6 marzo 2018 en Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

Juan I. Pérez. el independiente de Granada

LA NUEVA MASCULINIDAD QUE CONLLEVA EL FEMINISMO, IMPRESCINDIBLE PARA CONSTRUIR UNA SOCIEDAD JUSTA

La lucha por la Igualdad, imprescindible para construir una sociedad justa, precisa de hombres que den un paso al frente. Comprometidos con la Igualdad, intolerantes con el machismo, El Independiente de Granada ha publicado y seguirá publicando informaciones, análisis, reportajes para tratar de convencerte de que te sumes a esta lucha. Esta vez dirigido a los hombres. ¿Te comprometes?

i el machismo perdura es porque los hombres hemos sido permisivos, cómplices, aunque no seas el típico acosador o un maltratador. En la lucha por alcanzar la Igualdad real y efectiva, imprescindible para construir una sociedad justa, en una democracia del siglo XXI, la neutralidad a estas alturas es un acto cobarde, como si pudiéramos ser imparciales ante el racismo, la xenofobia, la homofobia…

El Feminismo ya no se defiende, lucha. Y en esa lucha debe contar con el Hombre. Cómo si no poder hacer cambiar el rumbo de la sociedad. Ya es hora. Es el tiempo de participar activamente en la revolución global pendiente más necesaria, que se demora desde tantos y tantos años.

No crees que es necesario superar al hombre troglodita, caracterizado con un garrote y arrastrando a una mujer de los pelos? ¿Ese que ya con otras ropas sigue marcando el terreno de la mujer y no cede espacio ni poder, vive sujetos a los roles y se cree superior?

En la década de las redes sociales, las luchas sociales y la democratización de (algunos) medios de comunicación en los que es posible expresarse libremente, hombres y mujeres de todo el mundo se cuestionan esa forma primitiva de virilidad. Acaso, ¿no lo haces tú?

Si ese hombre no nos representa y ni siquiera gusta, ¿por qué sigue dominando la sociedad? Despierta, nace la nueva masculinidad.

Esta concepción renovada de lo que significa ser un hombre abarca múltiples planos, pero empieza por mirarnos al espejo y comprobar, para desterrarlo, el machismo que nos invade.

El machismo, tan fácil de identificar. Como cuando escuchas las consignas feministas y sientes que no es tu lucha (por favor), o, incluso, hasta la palabra feminismo te provoca rechazo. Si das por descontado que es tu pareja la que tiene que cuidar a los niños, dejar su trabajo o encargarse de las cosas del hogar, y te disguste que prospere en el ámbito laboral. Si pensaste por un momento que la vida posterior a la violación de una joven en los Sanfermines minimizaba el delito de los cinco hombres que la violaron. Si le has dicho algo obsceno a una mujer por la calle… Háztelo mirar para cambiar. Radicalmente.

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La nueva masculinidad de Kenia

Publicado el 28 febrero 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

Alice Mccool Nairobi El Pais.

En el país africano está cambiando el concepto de lo que es ser hombre. Cinco de ellos cuentan cómo dejan atrás los tradicionales roles de género.

Una estimulante mezcla de influencias —desde la urbanización hasta la religión, pasando por el desempleo o las iniciativas de desarrollo de género— están cambiando lo que significa ser hombre en Kenia. En este país religioso y socialmente conservador, la función tradicional de los hombres es la de protectores y proveedores. Pero con la tasa de desempleo más alta de África oriental, muchos son incapaces de cumplir estas expectativas. Al mismo tiempo, las mujeres, en especial en las ciudades, están redefiniendo cada vez más las relaciones entre sexos; han dejado de encargarse de la casa y del cuidado de los niños para pasarse a la política y los negocios.

Esto ha hecho que los hombres se pregunten cuál es su función en la sociedad contemporánea. En algunos casos, han respondido a esta dificultad recurriendo a la violencia como medio para reafirmar las nociones de virilidad tradicionales. Pero otros muchos intentan redefinir la masculinidad mediante sus acciones en el hogar, en el trabajo y en la comunidad.

Esta es la historia de cinco de ellos que están remodelando activamente lo que significa ser grandes hombres en Kenia hoy en día.

Evans Campbell, artista

“Nos vemos a nosotros mismos a través de una lente teñida con la opresión de lo que nos han enseñado a pensar. Las normas y los valores ahogan nuestra capacidad para movernos por el mundo de manera independiente. La sociedad ha hipersexualizado la figura desnuda. Las curvas y los contornos de una mujer están politizados de retórica reaccionaria. Como hombre, siento la resistencia a cambiar esto. Todos queremos aferrarnos a la supuesta seguridad del patriarcado, intentando desesperadamente imprimir nuestras imágenes en el mundo. La expresión del yo que me deja verdaderamente libre es muy desconcertante: ser simplemente yo da tanto miedo que solo con pensarlo pierdo las esperanzas. ¿Cuándo estaré realmente en paz conmigo mismo? ¿Cuándo me liberaré de todo lo demás? Cuando esté desnudo y solo. Cuando las respuestas sean mías, nacidas de un doloroso proceso de evaluación sin miedo a lo desconocido. Pero incluso la simbolización de dicha propensión es detestada. Mi capacidad para hacer algo se limita a lo que hay sobre mí y no a lo que hay dentro. La mera existencia es una conquista contra un mundo de elementos preestablecidos, todos ellos tan variados como las personas que los albergan. De modo que yo me convierto en mi pecado. Me convierto en lo que tú desearías que no fuese”.

Mutahi Chiira, arquitecto

“Para mi esposa y para mí, la pérdida del primer embarazo fue devastadora, pero logramos superarla con el tiempo. De modo que cuando, a comienzos de este año, recibimos a TJ, para nosotros fue una especie de redención. Naturalmente, esto me da un amor especial por mi hijo y siempre procuro dedicarle tiempo, en cuanto tengo la oportunidad, ya sea darle de comer, cambiarle el pañal, jugar o incluso acostarlo. Tengo la intención de dedicarle mucho tiempo para establecer un vínculo fuerte en estos primeros años. Así sentaremos una buena base para crear una relación padre-hijo satisfactoria. En resumen, lo hago por amor”.

 

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Los chicos no están bien (o por qué debemos repensar la masculinidad)

Publicado el 27 febrero 2018 en Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Morozov Photo/iStock, vía Getty Images Plus

Por

Solía decir esta frase: “Si quieres emascular a uno de tus amigos, cuando estén en un restaurante, pregúntale qué va a comer y cuando llegue la mesera, ordena por él”. Es gracioso porque quitarle a un hombre su masculinidad no debería ser así de fácil —pero lo es—.

La semana pasada, diecisiete personas, la mayoría adolescentes, fueron asesinados en un tiroteo en una escuela de Florida. La preparatoria Marjory Stoneman Douglas ahora se une a la categoría de Sandy Hook, Virginia Tech, Columbine y otros muchos sitios de una masacre estadounidense. ¿Qué tienen estos tiroteos en común? Armas, desde luego; pero también a los chicos. Las chicas no están jalando el gatillo; son varones. Casi siempre.

Los niños de Estados Unidos están destrozados y eso nos está matando.

La ruptura de los niños del país contrasta con sus niñas, que aún enfrentan muchísimos obstáculos, pero salen al mundo cada vez mejor equipadas para superarlos.

Los últimos cincuenta años han redefinido el significado de ser mujer en Estados Unidos. A las niñas de hoy les dicen que pueden hacer cualquier cosa, ser cualquier persona. Han absorbido el mensaje: están mostrando un mejor rendimiento que los niños en la escuela en todos los niveles, pero no solo se trata del desempeño. Ser niña actualmente significa ser la beneficiaria de décadas de conversación acerca de las complejidades de la feminidad, sus muchas formas y expresiones.

Sin embargo, los niños se han quedado atrás. No ha surgido un movimiento proporcional para ayudarlos a navegar hacia una expresión total de su género. Ya no es suficiente “ser hombre”… ya ni siquiera sabemos qué significa eso.

Demasiados niños están atrapados en el mismo modelo sofocante y obsoleto de masculinidad en el que la hombría se mide en fuerza, en el que no hay manera de ser vulnerable sin emascularse, donde la virilidad se trata de tener poder sobre los demás. Están atrapados y ni siquiera tienen las palabras para hablar de lo que sienten cuando lo están, porque el lenguaje que existe para discutir toda la gama de las emociones humanas aún se considera delicado y femenino.

Los hombres se sienten aislados, confundidos y en conflicto acerca de su naturaleza. Muchos sienten que las cualidades que solían definirlos —su fuerza, la agresión y la competitividad— ya no son rasgos deseados ni requeridos; muchos otros jamás se sintieron fuertes ni agresivos ni competitivos para empezar. No sabemos cómo ser y estamos aterrados.

Sin embargo, admitir nuestro terror es estar reducidos, porque no tenemos un modelo de masculinidad que permita sentir miedo o dolor o ternura o la tristeza cotidiana que a veces nos sobrepasa a todos.

Por ejemplo: hace unos días, publiqué una breve serie de mensajes acerca de estas ideas en Twitter, a sabiendas de que recibiría respuestas de odio a cambio. Me llegaron decenas de mensajes que impugnaban mi masculinidad; en los menos agresivos me dijeron “niño de soya” (un insulto común entre la extrema derecha que vincula el consumo de soya con el estrógeno).

Y así el varón que se siente perdido, pero desea conservar su identidad masculina por completo solo tiene dos opciones: aislarse o sentir furia. Hemos visto el potencial que el aislamiento y la furia tienen y lo que pueden provocar. Los tiroteos en las escuelas solo son las tragedias más públicas. Otros, en una escala menor, tienen lugar en todo el país a diario; otro rasgo común entre los tiradores es un historial de abuso contra las mujeres.

Para ser claros, la mayoría de los hombres jamás se volverán violentos. La mayoría estará bien. La mayoría aprenderá a navegar las aguas profundas de sus sentimientos sin participar en ninguna forma de destrucción. La mayoría crecerá para ser una persona amable; pero muchos no lo harán.

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¿Deberían los hombres poder (auto)denominarse feministas?

Publicado el 8 febrero 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

Victor Sanchez en Tribuna Feminista 07/02/2018

Uno de los innumerables debates que dentro del feminismo surgen cada cierto tiempo es el de si los hombres pueden y deben considerarse feministas.

Feministas, pro-feministas, compañeros o simplemente aliados del feminismo.
¿Diferentes etiquetas para diferentes formas de vivir y sentir la implicación con el feminismo o por el contrario diferentes etiquetas para diferentes formas de querer ubicarse dentro de un movimiento que tenemos claro que como tal, no “nos pertenece” ni debería simplemente pasarnos por la cabeza el querer comandarlo/protagonizarlo?
¿Qué se esconde detrás de esa imperiosa necesidad (masculina) de querer autodenominarnos de una u otra manera?
Antes de responder de forma repentina y visceral, deberíamos ser capaces al menos, de reflexionar y razonar debidamente nuestra respuesta a esta pregunta, y por supuesto, demostrar un respeto a las diferentes sensibilidades que las mujeres feministas puedan legítimamente sentir, frente a nuestro posicionamiento ¿intelectual? en un movimiento del que deberíamos ser capaces de hablar más por nuestros actos, que no por nuestras palabras.

La conocida frase de Kelley Temple es bastante rotunda en este aspecto:
“Los hombres que quieren ser feministas no necesitan que se les dé un espacio en el feminismo. Necesitan coger el espacio que tienen en la sociedad y hacerlo feminista”.

No creo que esté dentro del debate ni mucho menos cuestionada, la tan esperada (por ausente históricamente) y necesaria presencia de los hombres dentro del movimiento feminista (fundamentalmente para dirigirse, concienciar y hablar a los “suyos”), pero sí creo que deberíamos matizar y cuidar al máximo nuestra “presencia” dentro del mismo.

Recuerdo en los alrededores de la celebración del Día del Orgullo, un debate similar en el que se decía que los heterosexuales no deberían utilizar (o usurpar según las personas y sensibilidades que iban entrando en el debate/discusión) la bandera multicolor, ni siquiera en el caso de ser decididos aliados y compañeros de la lucha por la consecución real de los legítimos derechos de la comunidad LGTBi.
También era y es un debate (como todos los que se desarrollan en las redes) que no solo levanta ampollas sino opiniones tremendamente enfrentadas (difícil en cualquier caso contentar y convencer a todas las partes implicadas).

Hasta la propia definición del debate o tema a tratar (con todas las cosas “importantes” que quedan por conseguir y alcanzar y por las que merece la pena invertir nuestras a veces limitadas energías) genera no pocas controversias.
Lejos de querer ubicarme en uno u otro bando (al final, siempre todo lo acabamos reduciendo a “un bando” y esto es lo que a veces sentimos que sale perdiendo de este tipo de debates, que da la sensación que acaba por desmerecer y diluir las luchas tan necesarias) sí sentía, que podía entender y empatizar con cualquiera de los dos razonamientos.

Entendía a aquellos/as –como yo- que querían portar la bandera multicolor (o en el caso que nos ocupa, el declararse decididamente feminista) en sus respectivos muros de Facebook aunque fuera solo para dar visibilidad a una lucha que tendría que ser de todos/as y generalizada; y común en todos los ámbitos sociales y culturales.

Pero también entendía y entiendo perfectamente a todas aquellas personas que no respondían a la categoría heteronormativa dominante, que sentían que se apropiaban de “su” símbolo, incluso de su propia identidad como colectivo, en un único día en el que se mostraban a la sociedad en el despliegue y protagonismo que todos (re)conocemos (entendida esta celebración como el único reducto donde se les permite la conquista “eventual” del espacio público).

Y lo mismo me pasa con el movimiento liderado y comandado por las mujeres.
Entiendo que es una lucha que llevan protagonizando ellas en solitario prácticamente 3 siglos.
Entiendo que es una lucha, a la que el hombre, todavía en una ínfima cantidad de individuos, se ha incorporado tarde y mal.
Entiendo la desconfianza de ellas ante el nuevo hombre feminista recién llegado al que miran de reojo y cuestionan de arriba a abajo, con todas las alertas puestas en cuál va a ser su siguiente movimiento y si va a responder a estímulos propiciados por el feminismo, o si por el contrario, va a confirmarse como la enésima adaptación y apropiación de otro movimiento al que ellos quieren darle su particular “toque personal”.

No entiendo la obsesiva necesidad de los hombres de otorgarse una etiqueta, una identidad, como si de un valor añadido de nuestra lucha o acompañamiento se tratara.

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Otras formas de ser hombres son posibles

Publicado el 23 enero 2018 en Los hombres ante la igualdad |

Por Coral Herrera Gómez  en ajoblanco.org.

 

“Nunca me enseñaron a poner palabras a mis sentimientos, así que me cuesta mucho nombrar mis emociones y expresarlas. Me cuesta desnudarme y compartirme, me cuesta mostrar mi vulnerabilidad, me cuesta lidiar con el miedo a que cuestionen mi virilidad, y todos estos miedos y carencias me han impedido disfrutar del amor. Ahora me lo estoy trabajando porque quiero ser más generoso con mis compañeras, y quiero construir relaciones más sanas y más igualitarias. Me he juntado con un grupo de hombres porque en compañía resulta más fácil liberarse del patriarcado”. Aitor

“Me pasé toda la infancia frustrado porque no podía proteger a mi madre de la violencia de mi padre, y ahora tiendo a ser proteccionista con mis novias porque tengo en mi cabeza la idea de que las mujeres son débiles y vulnerables, y me siento responsable de su seguridad y su bienestar. Estoy tratando de liberarme, pero sin darme cuenta me pongo en plan controlador, defensor y salvador de damas al estilo de don Quijote. Llevo el rol del Salvador muy adentro”. Deivich

“Me pasé toda mi vida odiando a las niñas y tratando de no ser como ellas. A mí me gustaba jugar con niños, y me cabreaba muchísimo que me comparasen con una nena o con un maricón. En la adolescencia follé con alguna chica para que me respetasen y admirasen mis amigos, pero nunca quise tener novia porque para mí lo primero era mi libertad. Un desastre, porque nunca las traté como personas, sino como un objeto para aumentar mi prestigio de macho. He perdido mucho tiempo de mi vida odiando a las mujeres, afortunadamente hoy estoy aprendiendo a relacionarme con ellas, a respetarlas y a tratarlas como a iguales”. Hernán

Los hombres no nacen, se hacen. El género es una construcción social y cultural: aprendemos a ser hombres y mujeres a través de los relatos de nuestra cultura, y a través de la socialización, primero con nuestra familia y círculo de gente más cercana, luego en las instituciones educativas. Nuestros modelos culturales de masculinidad y feminidad son los héroes y heroínas de nuestras novelas, cuentos, películas, canciones, series televisivas, cómics y videojuegos. La masculinidad es una performance que aprenden los hombres, y todo lo que se aprende se puede desaprender y reinventar.

Según Elisabeth Badinter, la masculinidad patriarcal se construye en oposición a tres grupos de personas: las niñas, los bebés y los homosexuales. Las niñas y los maricones son seres despreciables: son débiles, cursis, cobardes, dependientes, caprichosos, torpes, tienen menos fuerza física y menos inteligencia. Esta es la razón por la cual cuando un niño no cumple con los mandatos de género, se le degrada a la categoría de ser inferior.

Ser hombre en un mundo patriarcal es agotador, porque, para no verse marginados, los hombres tienen que demostrar continuamente su hombría. Además, viven compitiendo entre ellos para ocupar los puestos más altos de la jerarquía social, aunque sólo unos pocos hombres tienen el poder. El resto asume su posición en la jerarquía sometiéndose a los de arriba, y oprimiendo a los de abajo: para que un macho alfa pueda ser inmensamente rico, los demás tienen que ser inmensamente pobres. Así es como se alían el capitalismo y el patriarcado para que el mundo funcione en base a esta estructura de poder tan injusta y cruel.

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“Lehenago egingo die uko bere pribilegioei klase burgesak, gizonok baino”

Publicado el 19 enero 2018 en Diversidad sexual, General, Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

Argazkia: Dani Blanco.Argazkia: Dani Blanco.
ARGIAN. Z. OLEAGA 2018ko urtarrilaren 21a

Bakoitzak nondik hitz egiten duen adieraztea garrantzitsutzat du Jokin Azpiazu Carballok. Bera, akademian, kalean, tabernetan bizitutako hausnarketa eta ekintzetatik ari da. Feminismoekin, LGTB+/queer mugimenduekin eta gizon taldeekin garatutako harreman eta militantzietatik. Maskulinitateari pribilegioetatik eta boteretik heltzea proposatzen du Masculinidades y Feminismo liburuan [hemen PDFan irakurgai].

Zerk bultzatuta idatzi duzu liburua? Nori dago zuzendua eta zer nahiko zenuke sortzea bere irakurketak?

Liburuaren helburua ez da edozeinek irakurtzea. Saiatu gara larregi akademikoa izan ez zedin, hausnarketaren konplexutasuna ezkutatu gabe aldi berean. Asmoa da gai horren inguruan bueltaka ibili den jendeak izan dezala tresna bat gehiago. Erosotasunez irakurriko dena ulergarritasun aldetik, baina deserosotasuna ere sortu nahi duena aldi berean. Kariñoz, beti ere. Orduan, bai, segur aski gehiago dago zuzendua feminismoan interesa agertzen duten gizonei, feminismoan aritzen diren emakume eta genero ez bitarretako pertsonei, eta oro har eraldaketa sozialarekin lotuta dagoen pertsonei. Ez dago “guztiontzako maskulinitateak” klabean idatzia.

Zein da liburuaren marko politikoa? Gizonak klase soziala garela esan duzu inoiz.

Oso baieztapen potoloa eta borobila da. Beraz, ez guztiz egia, ezta guztiz gezurra ere. Azken urteetako joera bati buelta emateko baliatu nahi izan dut. Gizontasunaren diskurtsoa asko zentratzen ari da identitatearen inguruan. Eraldatu daitekeena, eraldatzen ari dena eta abar. Maskulinitatea niretzako ez da horrenbeste ni definitzen nauen zerbait identitate ikuspegitik, baizik eta nire botere posizioa markatzen duen zerbait. Eta horrek nire identitatea markatu dezake. Baina abiapuntua ez nuen identitatean jarri nahi, boterean baizik.

Behin irakurri nizun “apenas dago historian, bere pribilegioei boluntarioki uko egin dionik”. Ba al dago inongo arrazoirik pentsatzeko gizonezkook salbuespen izan gaitezkeenik?

Izatekotan, kontrakoa. Motibo gehiago dauzkat nik pentsatzeko klase burgesak uko egingo diela bere pribilegioei, gizonezkook baino. Hara zer esaten dizudan. Oso une politiko xelebrera heltzen ari gara, badirudi posizio ezberdinetatik pribilegioen aitortza egiten dugula: “Badakit pribilegiatua naizela zuria izateagatik, gizona izateagatik, tar tar tar”. Horrekin soilik ez goaz inora, ez badugu neurri zehatzik hartzen. Mugimendu feministak proposatzen dituen neurriak entzun behar ditugu, eta gure egin.

Geure burua ezkertiartzat dugun gizonok, ezberdinak ote?

Ezkerreko mugimenduek historia eta genealogia jakin bat dute. Esaterako, biktimizazioaren ideia oinarrizkoa da: elkartzen gara zapalkuntza bat pairatzen dugulako eta buelta eman nahi diogulako. Biktimaren paperarekin identifikatzen gara. Azken hamarkadetan bizitza konplikatu zaigu. Feminismoetatik edo begirada dekolonialetatik, adibidez, planteatu digutelako ez dela hain argia dimentsio orotan eta uneoro biktima bezala aurkezte hori. Gizonezkook ezkerreko mugimenduetan botere harremanak onartzeko ditugun erresistentziak, gure posizio zentral pribilegiatutik eratortzen dira. Zerbaitek gure biktima papera auzitan jartzea ez zaigu gustatzen, ez diogu heldu nahi.

Irakurri osoa

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