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Repensar la masculinidad para conseguir la igualdad en lo rural

Publicado el 25 julio 2018 en Los hombres ante la igualdad |

Luis González de Canales Almanatura

Sólo cuando los hombres se planteen su forma de estar en el mundo, podremos llegar a una igualdad real.

Al igual que la fibra óptica, la igualdad y su consecuente rotura de estereotipos de género, está tardando en llegar a las zonas rurales. Aunque esté comparando estas dos realidades, evidentemente no lo hago más que como un pequeño chascarrillo, ya que sin lo primero podemos vivir perfectamente en los pueblos, quizá con una calidad de comunicaciones baja, pero se puede; en cambio, lo segundo supone un derecho humano. Un derecho que aún hoy se niega a la mitad de la población.

Como he manifestado en repetidas ocasiones desde este blog al hablar de feminismo y desarrollo rural, así como de la necesaria unión de la ruralidad y el feminismo para el desarrollo de los pueblos, nunca he llegado a hacer mención de la otra parte importante de la población, aquella que sustenta el patriarcado y que, gracias a él, mantiene sus privilegios. Porque si lectores, habéis leído bien, aunque sea difícil reconocerlo para aquellos hombres que aún no se ha acercado un poco al movimiento feminista, tenemos privilegios.

Es cierto que hoy en día es difícil encontrarnos con hombres que renieguen explícitamente de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, también es cierto que podemos fácilmente dar con numerosos detractores del feminismo pues, a pesar de ser básicamente lo mismo, parece que las connotaciones que a la palabra “F” se le adscriben, hacen sentir incómodo a más de uno. Igualmente, quiero remarcar como aspecto positivo la importancia que está adquiriendo la igualdad como un derecho en el ideario colectivo, así como los avances que se están consiguiendo en igualdad a nivel social gracias a la lucha de las compañeras mujeres, como por ejemplo ese multitudinario apoyo que el 8M de este 2018 ha conseguido. Pero ya va siendo hora de que los hombres asumamos nuestro papel, y utilicemos nuestra situación privilegiada para apoyar la causa.

Sin menospreciar el trabajo de las mujeres, los hombres también tenemos una tarea muy importante, pero a la vez muy difícil: repensar nuestra masculinidad. Como todo cambio social importante, el comienzo siempre ha sido personal, ya que creo que hace falta revolucionarnos por dentro y creer en nuestra capacidad de cambio, para poder comenzar una revolución social, y este tiene que ser nuestro papel como hombres en la lucha por la igualdad.

Esta toma de conciencia personal, debe además estar acompañada con una revisión de los modelos de construir nuestra masculinidad, facilitando así que, sobre todo, las nuevas generaciones, puedan sumarse al cambio más eficazmente.

Imagino que a estas alturas os estaréis preguntando porqué vengo a hablaros de masculinidad en un blog desde el que luchamos por mantener vivos los pueblos, pero tiene una respuesta muy sencilla. Como comentaba al principio, en lo rural parece que todo tarda siempre mucho más en llegar, por lo que es necesario comenzar el tirón de orejas al hombre rural, para poder conseguir pueblos mucho más justos e igualitarios. Además, como he argumentado en todos los post que he escrito sobre feminismo, el arraigo de la tradición en el rural, es mucho más fuerte que en las ciudades, y la forma de ser “hombre” (al igual que la de ser “mujer”) forma parte de esa tradición, encontrándonos más en los pueblos que en la ciudad, con esa forma más tóxica y arcaica de masculinidad.

A esto, habría que sumar el hecho de que, en el caso de la despoblación, las mujeres son las primeras que se van de los pueblos, y más aún cuanto más pequeño es el municipio. Si lo pensamos, es lógico, por el simple hecho de ser mujer, la carga de los cuidados y la falta de corresponsabilidad, hace muy difícil un desarrollo personal y profesional, lo que provoca que quede relegada a las tareas que tradicionalmente se le atañen. Para evitar esto, los hombres hemos de entrar en acción, tenemos que replantear nuestra forma de estar en el mundo, porque la emancipación de la mujer no llegará a ser una realidad, hasta que seamos responsables y asumamos nuestra parte.

Cómo los hombres pueden ayudar a la emancipación de la mujer rural

Se que lo que estoy pidiendo hoy es difícil. Pero para facilitar un poco la labor, describiré pequeñas acciones que podemos aplicar en nuestro día a día, que no sólo nos ayudará a plantearnos un poco nuestra forma de estar en el mundo, sino que además pondremos nuestro granito de arena para que se fortalezca todo lo que tenemos a nuestro alrededor.

  • Piensa y plantéate tu lugar. Quizá lo más importante de todo, intenta analizar los privilegios que tienes por el mero hecho de ser hombre, y súmate a una lucha por la igualdad verdadera.

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ALIADOS: HOMBRES POR LA IGUALDAD

Publicado el 17 julio 2018 en Los hombres ante la igualdad |

Fotos: Inaki Preysler

13/07/2018 • Paka Diaz.Mujeres a seguir.

EL LARGO Y AZAROSO VIAJE DE LOS HOMBRES FEMINISTAS

El 2018 pasará a los anales como el año de la mujer, sin que ninguna agencia oficial haya tenido que certificarlo. El 8 de marzo España vivió una explosión en las calles, a las que las mujeres volvieron a salir tras conocerse la sentencia de La Manada con un grito que se traducía en un hashtag: #YoSíTeCreo. Junto a ellas, como compañeros de lucha y sin reclamar el protagonismo, hombres que han decidido dar un paso adelante para clamar contra la desigualdad. La periodista y feminista Nuria Coronado ha dejado constancia de este movimiento en su libro Hombres por la igualdad, en el que entrevista a dieciséis aliados del feminismo como el profesor de Derecho Constitucional Octavio Salazar, el escritor Roy Galán, o el abogado León Fernando Del Canto. “Me sorprendió la necesidad que tenían de feminismo sin haber sido conscientes. Todos llegan a él por una necesidad vital, porque veían que sin él iban mal como seres humanos. El machismo también les ha negado ser quienes deseaban”, explica la autora, que reconoce que “necesitamos hombres feministas que entiendan que esto no va de capar a nadie, sino de ser más felices, sensibles y democráticos. Las mujeres llevamos una gran carga, que haya una persona a tu lado que te ayude y te entienda es fundamental”. Aunque es cauta, Coronado aprecia cierto cambio. “En la presentación de mi libro había desde ‘millennials’ hasta hombres de más de 50. Cada vez más entienden que los eventos feministas están abiertos a todo el mundo. Y en las manifestaciones, igual. Me parece buenísimo”. Además de invitarles a unirse a la lucha, les recomienda “que escuchen y aprendan. Callar es un paso adelante en el feminismo masculino porque siempre han estado hablando. Pero eso no significa apartarles, ojalá se sumen cada día más”.

El compromiso masculino por la igualdad ha sido un camino largo y complejo. Las primeras voces de hombres contra el sexismo comenzaron a escucharse tímidamente con cada ola feminista, pero no fue hasta los años setenta cuando en los países nórdicos comenzaron a organizarse en grupos y se iniciaron estudios de género propios. Este movimiento condujo a que, a finales de los ochenta, en Estados Unidos comenzara a reivindicarse la figura de un nuevo hombre, perfecto para el marketing pero que en realidad tenía poco de transformador. El feminismo lo advirtió: no se trata de maquillar la masculinidad, es necesario que el hombre se una a la lucha por la igualdad pero, para ello, debe renunciar a sus privilegios.

La escritora y activista feminista Bell Hooks plantea en su libro The will to change: men, masculinity and love (La voluntad de cambiar: hombres, masculinidad y amor) que “aprender a usar una máscara es la primera lección de masculinidad patriarcal que aprende un niño. Aprende que sus sentimientos centrales no se pueden expresar si no se ajustan a los comportamientos aceptables que el sexismo define como masculinos”. Con frases lapidarias como ‘los niños no lloran’, a los menores se les enseña a renunciar a su lado emocional para realizarse en el ideal patriarcal, recompensándoles cuando lo hacen. Esta castración cultural conlleva, según el terapeuta John Bradshaw, un malestar inherente: “La sensación de haber hecho algo mal, algo que realmente no sé qué es pero que me conduce a una sensación de total desesperanza”. Se trata de la trampa que el patriarcado reserva para los hombres. Cumplir el mandato machista supone alcanzar una serie de privilegios por el mero hecho de ser hombre. Romper con ello supone una liberación pero conlleva perderlos. Hacerlo no es fácil.

“El machismo es una cultura metida en cada pliegue de nuestra piel. Resituarte negando esos privilegios y, como dice Miguel Lorente, ser un ‘traidor’ a los tuyos tiene un coste”, explica Octavio Salazar, catedrático y profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Córdoba, y miembro de la Red de Hombres por la Igualdad. Quienes lo hacen se colocan además en el punto de mira del neomachismo: comentarios homófobos, insultos sexistas, etcétera. “En las redes sociales hay una contestación inmediata de sectores de hombres muy organizados que están a la defensiva y te consideran un traidor. Yo no entro en diálogo con ellos porque no merece la pena. Son muy reaccionarios, atacan a las feministas y, de paso, a nosotros”, denuncia Salazar, “pero es importante que los hombres nos saquemos los colores, señalemos al compañero machista y tomemos partido. El silencio cómodo nos convierte en cómplices del machismo. Hay que perder el miedo y salir del armario feminista… Simplemente poner un tuit cuando haya un asesinato machista y empezar a ser un aliado”. Eso sí, es conveniente saber quiénes están comprometidos de verdad. Las redes esconden también a falsos aliados que pueden hacer mucho daño. Ana Bernal-Triviño, periodista y profesora en la Universitat Oberta de Catalunya experta en comunicación digital, advierte: “Por mi trabajo investigo el uso de las redes sociales y he analizado a periodistas que se presentaban como aliados pero luego decían que el #MeToo era una caza de brujas. Muchos se aprovechan del mensaje feminista, pero después ejercen el machismo desde el lenguaje o, en privado, incluso demandan vídeos pornográficos a compañeras. Lo sabemos porque nos comunicamos. Las mujeres hemos reforzado la sororidad. Cada vez es más difícil que nos engañen porque nos avisamos… y nos creemos”. Por eso, antes de empezar a tuitear, Bernal-Triviño considera que la verdadera revolución del hombre debería ser privada y de profunda autocrítica. Como en el caso de las mujeres, que “también hemos sido educadas para el machismo y estamos en ese proceso de deconstrucción”. Un consejo: dejar de estigmatizar el feminismo y entender que si se sienten comprometidos con los derechos humanos, los de la mujer lo son. “Si reconoces la Constitución española, has de ser consciente de que tenemos una asignatura pendiente con los derechos de la mujer, en todos sus frentes. Les pediría que dejen de blanquear el machismo”, concluye.

Para el escritor Roy Galán, autor de Irrepetible y La ternura, “si renuncias a ser feminista probablemente estés renunciando a algo muy cercano a la humanidad. Los hombres feministas somos aliados de la lucha y tenemos que deconstruir nuestra masculinidad para ayudar a que las cosas cambien”. Hace unos meses, Galán pidió públicamente a los hombres que cedieran sus privilegios, dieran un paso atrás y dejaran a las mujeres delante. “La respuesta mayoritaria fue que se sintieron atacados y negaron sus privilegios. Hay quien ante la simple afirmación de que por ser hombres nunca hemos tenido miedo al regresar solos a casa de noche, miedo a ser agredidos sexualmente, se defienden diciendo que ellos también. Y eso no es verdad. La cuestión es cómo hacerles entender que esto no es un ‘y yo más’”. Del mismo modo, Víctor M. Sánchez López empezó a cuestionarse su comportamiento. “Cuando te planteas cómo ha sido tu relación con las mujeres (no solo en el ámbito de la pareja) es inevitable encontrarte de frente con el feminismo”, asegura. Promotor para la Igualdad Efectiva entre Mujeres y Hombres, es además coautor con Justo Fernández de Diálogos Masculinos, un libro en el que ponen patas arriba la masculinidad ortodoxa. Reconoce que la respuesta al libro ha sido más efusiva por parte de las mujeres. “Los hombres no están todavía por la labor de mirarse con la necesaria reflexión crítica. ¡Si todavía negamos que tengamos privilegios! Nos vamos adaptando a los nuevos tiempos (feministas), pero sin la suficiente carga de interés, reflexión y trabajo necesarios”. Y, sin embargo, señala, hay una necesidad real de cambio: “Nuestras compañeras nos están pidiendo menos palabras y más acciones, que seamos agentes de cambio. Pero seguimos prácticamente inmóviles en nuestro corporativismo machista, y eso es una losa difícil de mover”. Para promover el cambio recomienda hacerse preguntas. “La primera, responder de forma sincera a si consideras que vives en una sociedad igualitaria donde mujeres y hombres tenemos, de verdad, los mismos derechos y oportunidades”.

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¿Por qué los hombres nos seguimos comportando como “hombres”?

Publicado el 9 julio 2018 en Los hombres ante la igualdad |

 Hernán Piñera | Trip | Creative Commons

Víctor M. Sánchez López. Pikara magazine.

O, mejor dicho: ¿Por qué los hombres nos seguimos comportando como hombres, cuando precisamente lo que pretendemos es precisamente todo lo contrario, cuestionar nuestras respectivas masculinidades, es decir, “dejar de ser hombres” tal y como lo entendemos hoy en día, y en el sentido más masculino y hegemónico del término o expresión?

¿Por qué somos incoherentemente coherentes, a pesar de nuestras -pretendidas- ganas de cambiar o transformarnos?

Una de las cosas de las que me siento más afortunado por cabalgar al lado del feminismo, es por mi incuestionable cuestionamiento de todo lo que me rodea, incluido, mi propio trabajo individual y quiero pensar, colectivo también, en los grupos, asociaciones y colectivos por los que transito habitualmente, a lo largo de los últimos años, como forma de nutrirme y de enriquecer mi tránsito hacia otro tipo o forma de “ser hombre” o de conseguir justo todo lo contrario, dejar de pensar en ello como un objetivo a perseguir (el de “ser hombre” de una determinada nueva manera, algo todavía difuso y lejos de imaginar siquiera).

Así que, cada cierto tiempo, es inevitable, revisar y cuestionar mi propio trabajo individual y colectivo de deconstrucción y reconstrucción de mi respectiva masculinidad, y llego como no, a la eterna pregunta de si estoy haciendo todo lo posible (repito, todo lo posible, no solamente todo lo que está al alcance de mi mano cuando “puedo y quiero”) por establecer una mirada crítica, reflexiva y feminista de mis comportamientos y acciones del día a día, para construir a mi alrededor, en mi entorno, a mi verdadero alcance o radio de acción, una nueva visión de ver la vida aportando mi pequeño granito de arena a esa ingente marea feminista que sirve de referente para tantas y tantas mujeres (y algunos -pocos, todavía a día de hoy- hombres).

Hoy pretendemos cambiar y transformar nuestras masculinidades desde la comodidad del “hogar” (nuestros círculos o grupos de reflexión masculinas de y con hombres “cercanos”) y a través de las redes sociales, en las que somos unos linces, a pesar de que pocos hombres nos sigan, nos hagan caso o nos comenten algo (y tampoco parece importarnos, parecemos cómodos con el simple halago que a veces nos llega desde las mujeres feministas por nuestra implicación para pensar que estamos haciendo algo por la “causa”).

Nos hemos convertido en unos expertos en ir a las manifestaciones y en vociferar por las redes cualquier comentario, post o publicación de marcado tinte feminista.

Ya.

¿Pero qué más estamos dispuestos a hacer?

¿Nos hemos planteado siquiera esta cuestión o nos conformamos con hacer todo lo que creemos que las mujeres feministas esperan que hagamos?

¿Seguimos pensando en términos de aprobación por parte de ellas o hacemos lo que hacemos porque creemos que lo tenemos que hacer por nosotros mismos?

¿Nos hemos molestado siquiera en saber lo que ellas esperan y demandan de nosotros?

¿Somos conscientes de que independientemente de lo que hacemos es posible que eso sea tremendamente insuficiente?

Me da la sensación de que incluso en nuestro más que pretendido activismo feminista, pensamos que estamos haciendo todo lo posible, y me temo, que una vez más, las mujeres nos demuestran, que eso, no es ni de lejos, ni suficiente ni medianamente satisfactorio.

Las revoluciones nunca fueron cómodas ni estaban construidas “a medida”.

Una revolución “controlada” no es una revolución. Es… otra cosa.

Y me da la sensación de que todo lo que hacemos o en todo lo que participamos (nosotros) está convenientemente controlado y mesurado.

La verdadera revolución tendrá que ser individual pero sumada. Pero nunca al revés.

Y es una reflexión que me lleva a cuestionar y reflexionar sobre TODOS los espacios masculinos no mixtos con los que he tenido el placer de cruzarme a lo largo de mis últimos años de vida.

Espacios excluyentes (aunque no lo pretendieran) en nuestras asociaciones o colectivos.

Espacios donde solo veo por todas partes hombres heterosexuales, cuestionándose sus privilegios desde el privilegio que supone tener la capacidad (y no la obligación) de cuestionar(se)los.

Sí, de diferentes edades, condiciones económicas y clases sociales.

Hasta ahí, bien. De acuerdo.

¿Pero, qué pasa con los hombres racializados (salvo escasísimas excepciones), orientaciones sexuales y diversidades funcionales diferentes?

¿Dónde están?

¿Sus luchas (masculinas) son diferentes a nuestras luchas?

 

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La justicia también tiene género

Publicado el 26 junio 2018 en Feminismos, Los hombres ante la igualdad |

Por Octavio Salazar.

Si algo tengo claro tras años de aprendizaje es que el feminismo es una propuesta crítica y transformadora del orden establecido, es decir, de las estructuras de poder patriarcales y de la cultura machista que las nutre. Las vindicaciones feministas encierran pues una lógica revolucionaria, de desmantelamiento de unas reglas del juego hechas a imagen y semejanza de los hombres, de contestación frente a unos pactos viriles que, hoy por hoy, continúan dominando la escena. Y todo ello, por si alguien a estas alturas todavía tenía dudas, acompañado de alternativas, de caminos por los que transitar hacia un nuevo sentido de la justicia, de palabras con las que armar un nuevo lenguaje, de herramientas con las que poner las bases de un nuevo contrato social.

El gran salto, no solo cuantitativo sino también cualitativo, que el feminismo ha experimentado en el curso que ahora termina ha sido justamente que esa ola emancipadora ha invadido las calles, se ha hecho central en el debate público y, lo que resulta más ilusionante, ha conseguido seducir a mujeres cada vez más jóvenes e incluso a algunos hombres que han empezado a perderle el miedo a las gafas violetas. Y tengo la sensación de que esta gozosa revolución ha llegado para quedarse. Así lo demuestra la inmediata reacción que el pasado jueves provocó la decisión judicial que ha puesto a los cinco machitos de ‘La Manada’ en la calle de manera provisional.

Nunca antes habíamos asistido a una reacción tan masiva y espontánea, tan horizontal y tan enredada, como la que ha provocado un caso que nos coloca frente a las mayores miserias del machismo. No seré yo quien discuta que en un Estado de Derecho las sentencias deben acatarse, ni que las garantías del sistema deban aplicarse a todos por igual, pero sí que reivindicaré hoy y siempre la voz de la ciudadanía para poner en cuestión las decisiones que dejan al descubierto al monstruo que sigue habitando en nuestras sociedades. El que, por más togas con las que se disfrace, o por más imperio de la ley con que se revista, e incluso con independencia del sexo que tenga entre las piernas, continúa reproduciendo esos que Celia Amorós llama “pactos juramentados” entre varones.

Decisiones como las del caso de ‘La Manada’, que a todos nos han escandalizado y alarmado, vienen a corroborar cómo el Derecho, y por supuesto la justicia que se administra en virtud de sus normas, ha sido y continúa siendo uno de los instrumentos esenciales que el patriarcado usa para mantener en los púlpitos a quienes siempre tuvimos el privilegio del verbo. El Derecho es una de esas esferas de poder que más se resiste a ser penetrado por las armas deconstructivas del feminismo y, por lo tanto, uno de los mayores obstáculos todavía para que alcancemos la igualdad real y efectiva. Y cuando hablo del Derecho no me refiero solo a lo que dicen las leyes, sino también, y sobre todo, a cómo se interpretan y a cómo se las dota de sentido por quienes las aplican.

Es por tanto una tarea urgente desmantelar una justicia patriarcal que continúa provocando indefensión para las víctimas, inseguridad para quienes son potenciales sufridoras del sistema sexo/género y alarma para una sociedad en la que ya afortunadamente empiezan a marcarse líneas rojas frente a lo que durante siglos se entendió como el orden natural de las cosas. Unos tribunales que no hayan entendido este momento evolutivo de la historia no están en condiciones de administrar la justicia que requiere una sociedad de iguales. Unos jueces y unas juezas que continúan pensando que el género es una ideología, en lugar de un instrumento esencial en su labor de tutela de los derechos, no deberían dictar sentencias. Porque un sistema judicial que no ampara de manera efectiva a la mitad de la ciudadanía no es digno de la sociedad democrática a la que se supone sirve y fundamenta.

Este post fue publicado originalmente en el Diario Córdoba

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Reforma de los permisos: una batalla crucial

Publicado el 25 junio 2018 en Los hombres ante la igualdad, Paternidad Igualitaria |

– Autora de “Contra el patriarcado. Economía feminista para una sociedad justa y sostenible” el diario.es

Por fin el Pleno del Congreso de los Diputados va a debatir la reforma de los permisos propuesta por la Plataforma por Permisos Iguales e Intransferibles de Nacimiento y Adopción (PPIINA) y recogida en una Proposición de Ley por Unidos Podemos-En Comu-Podem-En Marea. La reforma es una demanda social y aparentemente no tiene detractores. Pero en la tramitación se evidenciará el modelo de sociedad que defiende cada partido, y de la atención pública a esas diferencias depende el resultado.

Tradicionalmente, bajo la asunción de que a nosotras se nos da de maravilla y a ellos se les da fatal, se nos ha adjudicado a las mujeres la tarea de “criar ciudadanos” (Rousseau); y por supuesto la ciudadanía plena a los hombres. Hoy hemos comprendido que, si queremos una sociedad de personas sustentadoras y cuidadoras en igualdad, debemos potenciar que los hombres cuiden tanto como las mujeres. Y para ello es crucial un sistema de permisos que se lo permita. No estamos hablando de obligar (cada persona es libre) sino de permitir. Permitir a los hombres ser corresponsables por encima de las presiones sociales, educacionales y empresariales que hoy empujan a las mujeres a ser las principales cuidadoras y a los hombres a ser “ayudantes”.

En nuestro país todos los partidos políticos reconocen de palabra estos principios, y ahí están las ya numerosas votaciones en el Congreso de los Diputados, algunas por unanimidad, en las que se ha admitido el principio propuesto por la PPIINA: los permisos deben ser, para cada persona progenitora, iguales, intransferibles y remunerados al 100% del salario. Hasta el Tribunal Constitucional ha admitido a trámite un recurso de amparo al respecto.

La pregunta es: ¿por qué no se ha aprobado aún la Proposición de Ley que la PPIINA tiene escrita desde 2011? ¿Por qué, si ningún partido ha explicado públicamente qué es lo que rechaza de esa PL, hay ahora propuestas en el Congreso nada menos que 3 reformas diferentes del sistema de permisos?

Unidos Podemos-En Comu-Podem-En Marea ha asumido el diseño de la PPIINA, que es muy simple: un permiso, completamente intransferible y pagado al 100%, de 16 semanas para cada persona progenitora: dos a partir del nacimiento (“permiso parental inicial”) y las otras 14 dentro del primer año (“permiso parental para la crianza”).

Ciudadanos sigue proponiendo los permisos transferibles (o “de libre distribución entre progenitores”), que son lo contrario de la “libertad de elección”: las mujeres se ven presionadas a tomárselos y los hombres a no tomárselos. Un truco muy propio del actual “patriarcado de consentimiento”.

El PSOE nunca puso objeciones a la PL de la PPIINA, pero registró calladamente otra que, cambiando unos “pequeños detalles”, cambia el diseño en dos aspectos fundamentales: obliga a que las primeras 6 semanas sean simultaneas y abre la puerta a otro truco que llamaremos “el truco del tiempo parcial”. Esos dos aspectos, que también están presentes en la PL de C’s, son dos líneas rojas para la PPIINA. ¿Por qué?

Sobre las semanas del padre que, al tener que ser “ininterrumpidas”, coinciden necesariamente con el permiso de la madre ya tenemos experiencia: es el caso de las 4 actuales de paternidad; y también de las 5 previstas en los PGE 2018, de las 10 intransferibles propuestas por Ciudadanos y de las 6 semanas propuestas por el PSOE a partir del nacimiento. ¿Por qué no permiten a los padres que lo deseen guardarse una parte para sustituir a la madre cuando ella vuelva a su puesto de trabajo? ¿Cómo es posible que los mismos partidos que hablan de libertad de elección sean los que impiden a las personas progenitoras turnarse para cubrir el máximo periodo de cuidado, si así lo deciden?

Por otro lado, el “truco del tiempo parcial” consiste en llamar “permiso a tiempo parcial” a un permiso el doble de largo con la mitad de paga; una modalidad que se toman las mujeres, y no los hombres (por ejemplo en Islandia). En España actualmente el reglamento impide esa opción, pero bastaría con cambiarlo para que muchas mujeres españolas se vieran atrapadas en ese modelo por mor de la falta de alternativas. ¿Por qué el PSOE se ha negado rotundamente a la propuesta de la PPIINA de blindar esa disposición del actual reglamento en la Ley, dejando así la puerta abierta a ese truco?

 

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Machismo digital: la bestia machista se organiza en red

Publicado el 23 junio 2018 en Los hombres ante la igualdad |

 

 

Patricia Regero.el saltodiario.

El machismo no es tonto ni torpe a la hora de saber a lo que se enfrenta: es adaptativo y encuentra instrumentos de control y de poder adecuados a su contexto. Lo dice Miguel Lorente. Médico forense, profesor de Medicina Legal de la Universidad de Granada y experto en violencia de género, Lorente es un referente por su disección de las violencias machistas y su análisis de las masculinidades. En Los nuevos hombres nuevos (Destino, 2009), Lorente explicó cómo el “posmachismo” se disfraza de igualdad a partir de los años 80 para adaptarse a los tiempos posmodernos.

La última mutación del machismo, sin embargo, no tiene caretas. En la medida en la que el crecimiento de la igualdad y el feminismo ha sido mayor, y en combinación con las redes sociales, el posmachismo convive con una versión más beligerante y agresiva. “Es lo que yo llamo ‘machismo exhibicionista’, porque se presume de él para reivindicar espacio y referencias según el modelo tradicional”, dice Lorente, que señala un hito en la explosión de ese machismo abiertamente misógino. Un nombre propio.

¿Ideas?

Sí, Donald Trump.

Un personaje público que ostenta grandes cotas de poder y se permite ser racista, xenófobo y machista —y sale reforzado cuando lo hace— es la prueba de que la versión más nueva y conectada del machismo no se esconde. “Esa parte exhibicionista ahora es mucho más explícita, más directa y debe preocuparnos más porque claramente es una incitación al odio y a la violencia que no debe pasar desapercibida ni debe ser entendida como comentarios sin más”, argumenta Lorente.

En las webs que han publicado datos de la víctima de La Manada, la misoginia convive en armonía con la homofobia, xenofobia o la islamofobia

a marca Trump no es exclusiva de EE UU. Más cerca, el eurodiputado polaco Janusz Korwin-Mikke —autor de frases tan redondas como “las mujeres deben ganar menos porque son más débiles, más pequeñas y menos inteligentes”— ya ha llevado su ración de odio a la institución europea en varias ocasiones. El eurodiputado de extrema derecha (sustituido en abril de 2018 después de ser sancionado en dos ocasiones) también se hizo conocido por llamar “basura humana” a los refugiados o hacer el saludo nazi en el Parlamento.

“El machismo se basa en entender que tu condición de hombre es superior, no solo en oposición a la de la mujer: el machista es también xenófobo, homófobo y racista, y así con el resto de elementos asociados a una identidad distinta a la suya”, explica Lorente a El Salto. Además, “conforme las sociedades se hacen más complejas, se van sumando factores de diferenciación y por tanto de discriminación, y el machismo es el origen de todo eso”.

El responsable de Burbuja.info cree que la difusión de datos es “una canallada”, pero considera que para buscar culpables hay que mirar a los medios

En las páginas del medio que publicó información de la víctima de la violación grupal en los Sanfermines de 2016, este compendio de odios convive pacíficamente bajo el mando de su director, que fue miembro de Falange. La asociación entre inmigración y delincuencia o las informaciones sobre partidos de ultraderecha (Democracia Nacional, Vox, Falange) comparten espacio con las noticias de supuestas denuncias falsas e injusticias contra los hombres por la Ley Integral de Violencia de Género, punching ball de cualquier grupo misógino que se precie.

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