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¿Por qué yihadismo sí y machismo no?. POR UN “PACTO DE ESTADO CONTRA EL MACHISMO”

Publicado el 5 Junio 2017 en General, Iniciativas institucionales, Violencia machista |

Miguel Lorente en Tribuna Femisnta

 

La respuesta contra cada uno de los atentados del terrorismo yihadista es inmediata y contundente, no sólo contra el grupo, célula o persona que lo haya llevado a cabo, lo es contra todo lo que representa y frente a todos los que de una forma u otra amparan y justifican ese tipo de actos criminales.

Nadie interpreta que los autores sean hombres con problemas con el alcohol o las drogas, ni dicen que tengan un trastorno mental o enfermedad psíquica que anule o condicione su conducta. En ninguna ocasión se ha comentado que las organizaciones que trabajan para acabar con la instrumentalización de las ideas y las creencias que justifican los ataques o que ayudan a las víctimas, en realidad buscan beneficiarse económicamente con sus actividades y vivir de las subvenciones, ni menos aún dicen que estas personas en realidad lo que pretenden es atacar el orden existente y las referencias dadas para convivir en sociedad. Por eso tampoco se les ocurre plantear que cuando se toman medidas para abordar el problema del terrorismo yihadista o se llega a un pacto de Estado contra él, en realidad se trata de una discriminación frente a otras víctimas, otras violencias y otras formas de terrorismo.

Y si surgiera una voz con alguno de los argumentos anteriores, se encontraría de manera inmediata con una respuesta contundente criticándola y, posiblemente, con una serie de medidas policiales y judiciales para aclarar si forma parte de una acción de “apología del terrorismo”.

Todo el mundo entiende que cada uno de los atentados yihadistas es consecuencia del yihadismo que los envuelve a todos, pues es este el que permite que se inicie el proceso por el que cada autor planifica y lleva a cabo los ataques.

Con la violencia machista ocurre justo lo contrario, y todo se reduce a cada uno de los machistas que comete una agresión o un asesinato, como si fueran seres de otro planeta o cultura, y, además, con frecuencia son presentados como hombres con problemas con el alcohol o las drogas, o con algún tipo de trastorno o enfermedad mental. Y las personas que trabajan para erradicar esta violencia son atacadas, las llaman “feminazis” y las presentan como interesadas sólo en obtener beneficios económicos a través de ese trabajo. La crítica culmina al presentar el compromiso por la Igualdad como una especie de “adoctrinamiento” llevado a cabo desde la “ideología de género” para terminar con el orden, la moral, la familia, las creencias y, de alguna manera, los hombres “de verdad”.

Esta diferente percepción y posicionamiento ante el terrorismo yihadista y la violencia machista, forma parte de las ideas y valores de nuestra sociedad por ser producto de la cultura patriarcal que la define y condiciona. Ni siquiera el impacto de una y otra violencia son comparables en cuanto al daño que generan, tal y como demuestran los estudios y estadísticas, pero da lo mismo, el posicionamiento frente a una y a otra es completamente distinto.

Según los datos de diferentes organismos y organizaciones internacionales, recogidos por Datagrave y ESRI, el terrorismo yihadista llevó a cabo en 2016 un total de 1441 atentados por todo el planeta, ocasionando 14.356 víctimas. En 2015 cometió unos 16.000 atentados y el número de víctimas ascendió hasta 38.000, aproximadamente. Sin duda un grave problema que varía en su resultado en relación con las circunstancias geo-políticas de diferentes regiones, a pesar de lo cual está siendo combatido con cierta eficacia.

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Micromachismos, 25 años después . Algunas reflexiones

Publicado el 23 Mayo 2017 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Luis Bonino, abril de 2017

Fue a principios de los 90 cuando comencé a elaborar la temática de los micromachismos

Y lo hice residiendo en un país europeo, España, a partir de una réflex ión personal y una experiencia adquirida en mi trabajo con mujeres y hombres .

Mi ámbito particular de inserción profesional la asis tencia al malestar psicológico y el estudio de la s problemáticas de las subjetividades, me permitió tener un lugar privilegiado para observar y visibilizar los mM y tratar de entender sus efectos dañinos sobre algunas mujeres. Las que convivían con hombres y sentían que lejos de sufrir ningún tipo de violencia compartían sus vidas con “buenos compañeros”, relataban una y otra vez situaciones cotidianas que les resultaban dolorosas, confusas, por no poder detectar quién era el responsable e inclusive sintiéndose culpables de los malestares y reacciones que les generaban. No entendían porqué no se sentían dueñas de sus propias vidas. De ahí que comencé a centrar mi atención en aquellos hombres que no se consideraban machistas ni eran considerados así por sus entornos cercanos, por estar muy lejos de agredir física o verbalmente a las mujeres, o por haber asumido algunos cambios de roles, o por solidarizarse hasta públicamente con sus reivindicaciones. Según ellos los machistas y los violentos con las mujeres eran “esos otros” que se aferraban a la masculinidad hegemónica , con el abuso de poder, la discriminación, la impunidad posesiva que conlleva. “Esos otros ” de los que no cabe duda que anulan el desarrollo de la vida de las mujeres como personas con identidad propia, ciudadanas de primera, con deseos y necesidades propias y derecho a satisfacerlas.

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Verdaderos padres

Publicado el 16 Febrero 2017 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Rosa Montero El Pais. 12 febrero 2017

Sólo un permiso exactamente igual para hombres y mujeres en el momento de tener hijos nos haría más libres, más completos y más felices.

A veces como hoy siento un cansancio infinito cuando me pongo a pensar en el tema del sexismo. Llevo toda la vida teniendo que pelearme contra los estereotipos de género, los del entorno y los que yo misma arrastro, puesto que todos hemos sido educados en el machismo. Me recuerdo con 19 años buscando trabajo como periodista al final del franquismo y recibiendo la desfachatada respuesta de que no contrataban mujeres (por entonces hacer eso no era ilegal). Hasta mayo de 1970, la mujer casada en España no podía abrir una cuenta en un banco, comprarse un coche, sacarse el pasaporte o empezar a trabajar sin el permiso del marido, que además podía cobrar el salario de su esposa. Esta legislación brutal nos educó a muchas españolas en el aborrecimiento del matrimonio.

La situación ha mejorado mucho, desde luego. A veces, durante la batalla de todos estos años, he sentido momentos de exaltación: dos o tres generaciones de hombres y mujeres estábamos acabando con una discriminación de milenios. Hay razones para sentirse satisfechos. Pero también hay miles de datos para horrorizarse: el maltrato, la tortura, el asesinato constante de las mujeres en el mundo por razones supuestamente religiosas o políticas, pero en el fondo por puro y aberrante machismo. Y la absoluta falta de atención que las instituciones democráticas le prestan a esta constante carnicería. Todavía estoy esperando que la comunidad internacional decrete algún embargo económico (como se hizo, por ejemplo, contra el apartheid de Sudáfrica) para luchar contra la multitud de niñas mutiladas genitalmente, de mujeres esclavizadas por el integrismo islámico, de jóvenes asesinadas por supuestos delitos de honor.

Pero es que además las cosas parecen ir a peor. En menos de una semana he podido ver en la prensa noticias tan reveladoras como la de Trump, apresurándose a firmar en sus primerísimos días de mandato un decreto contra la financiación a grupos de apoyo al aborto, o la de Rusia, que acaba de despenalizar la violencia doméstica con el fin de apoyar la autoridad paterna. Por cierto que en Rusia muere asesinada una mujer cada 40 minutos y otras 36.000 son golpeadas diariamente por sus maridos. Por no hablar de esa mujer empalada y violada en Colombia, un feminicidio más entre miles. Sí, a veces agota esta pelea desesperada por la supervivencia. A veces me siento como Sherezade, la de Las mil y una noches, que tiene que encontrar la manera de convencer día tras día al rey para que no la mate al amanecer. ¿Cómo apaciguar esa ferocidad de tantos hombres, cómo curarles de su miedo y su odio a la mujer, de su violencia?.

Pues quizá cambiando la educación y las costumbres. Y en concreto hay un cambio social que nos estamos jugando estos días y que puede suponer un verdadero avance igualitario. Hablo de los nuevos permisos de paternidad. Nos dicen que la propuesta de Ciudadanos es un avance: ocho semanas intransferibles y pagadas para hombres y mujeres, y diez semanas más de libre distribución a repartir entre ambos. Pero, como sostiene la feminista Plataforma por Permisos Iguales e Intransferibles para Nacimiento y Adopción (PPIINA), en realidad es una trampa. Numerosos datos internacionales demuestran que los hombres solo se toman aquellos permisos de paternidad que son intransferibles y pagados: ni siquiera funciona que les incentiven. O sea, que las mujeres seguirían asumiendo más del doble del tiempo. Sólo un permiso exactamente igual para hombres y mujeres permitiría que el empleo femenino no se resintiera por la maternidad; que las mujeres no fueran vistas (por el entorno y por ellas mismas) como las inevitables y únicas cuidadoras familiares; que los hombres aprendieran a hacerse cargo de sus hijos en soledad, cosa que contribuye a disminuir la violencia familiar, según varios estudios. Es una medida posible, está a nuestro alcance y cambiaría la realidad de forma notable. Sí, a veces te acomete un cansancio infinito. Pero también sientes esperanza, como ahora. Con un pequeño paso, hombres y mujeres podemos ser más libres, más completos y más felices. Porque el rey de Las mil y una noches que degollaba todas las madrugadas a sus amantes era un pobre enfermo desesperado y solo.

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OTRAS LETRAS.

Publicado el 30 Enero 2017 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Puerta de atrás. Backstage. Blog de Antonio Moreno Mejías

Soy de un barrio de provincias, de un lugar donde creímos que las cosas estaban cambiando, donde nos movíamos a ritmo del garaje y donde crecimos yendo a nuestro rompeolas cotidiano. La mezcla era una constante, no había tanta segregación entre tribus urbanas como en las grandes capitales, pues moríamos con el rock and roll más clásico imitando a John Milner, a la vez que Ramones y The Clash formaban parte de nuestra banda sonora. Nunca tuve -ni tuvimos- síndrome “Quadrophenia”, entre otras cosas porque el rollo “sixtie” nos gustaba una barbaridad y porque era imposible odiar a nuestros amigos “mods”, pues consumían cosas muy divertidas. Quien ha vivido eso sabe a lo que me refiero. He seguido y respetado la trayectoria de Loquillo desde adolescente; unas cosas me han conectado más que otras. El sonido de “No Surf” me acompañaba en las noches de encarcelamiento ahora hace 20 años por insumisión y he sentido a muchos “Compañeros de Viaje” a mi lado. No soy alguien ajeno a su música, mis “Hermanos de Sangre” lo saben. Mi hija y su pareja me han regalado por reyes el concierto del pasado 24 de septiembre de 2016 en Las Ventas.

Mucha gente desconoce que la primera canción censurada de la democracia fue “Los Ojos Vendados”, denunciando la tortura, ni que “La Mala Reputación” desempolvó para muchas la canción libertaria francesa; “Piratas” y “Siempre Libre” fueron cantos a la libertad, por no hablar de la apuesta de “Mujeres en pie de Guerra” alrededor de la memoria histórica de las perdedoras, incluyendo “Antes de la lluvia”, “El año que mataron a Salvador” o “Viva Durruti”. En cada una de ellas, las letras son fundamentales para hacer llegar el mensaje. La adaptación de Johnny Cash “El hombre de Negro” así lo atestigua. En la mayoría de los casos, son frases directas, sin posibilidad de interpretación…y eso siempre me gustó. El carácter ideológico es innegable, porque el rock también es eso, mensaje.

Creo en la libertad de expresión de todas todas, sin cortapisas. Por eso, la misma libertad de expresión que permite que se siga tocando en los escenarios, después de un tiempo en la nevera, la canción “La mataré”, me asiste para expresar lo que siento cuando la vuelvo a escuchar en los conciertos. Antes que nada decir que no estoy de acuerdo en quienes minimizan el sentido de la letra de la mencionada canción. Se dice lo que se dice, no hay posibles dobles o triples interpretaciones. Cuando escucho la letra, primero siento, como dice mi amigo Hilario Sáez, vergüenza de género; después la identificación con el protagonista es imposible, solo siento violencia y agresión, porque dolor, lo que se dice dolor, se expresa más en el apoteósico final de “Cadillac Solitario”. Decir las frases que se dicen en esa canción me llega a producir tal grado de incomodidad que no me permite disfrutar del momento, pero donde ya me siento totalmente alejado es cuando se corea por todo el mundo: ¡¡la mataré!! Me es difícil soportarlo. Porque me parece grave, porque no lo puedo defender desde ninguna de las formas. Es rock, pero no es lo mismo gritar “¡Y no estás tú!” que “¡La mataré!”, lo mires por donde lo mires. Sobre todo si estás mínimamente comprometido con la igualdad entre hombres y mujeres.

Pero me pregunto porqué hay tantas personas que no les pasa lo mismo, me pregunto porqué si defiendo esta postura me convierto en un políticamente correcto que no aguanta las expresiones artísticas a contracorriente,  en un contexto donde lo “políticamente incorrecto” se está convirtiendo en un modo de introducir los valores conservadores y reaccionarios más retrógrados. Pero por encima de todas las cosas, me siento solo. Encuentro pocas complicidades masculinas, aunque sea solo para manifestar un cuestionamiento o debate sobre el asunto. Lo que recibo es que “jodo la marrana”, que me alineo con “feminazis” o que me posiciono contra la libertad de expresión. Recuerdo un concierto en Málaga donde la gente coreaba ¡La mataré! ¡La mataré!

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Matxismoak kalte larria egiten dio gizateriari

Publicado el 20 Enero 2017 en Violencia machista |

2017-01-19 / Maitena Monroy – Autodefentsa Feminista, ikastaroetako irakaslea. Berria.

saiatzen den, non feminismoa matxismoarekin; garai hauetan, non dirudien mundu guztiak aukera eta erantzukizun berberak dituela, matxismoak kalte larria egiten dio gizateriari.

Ez da gatazka bat, emakumeen aurka deklaratu gabeko gerra bat baizik, zeinak egunero milaka hildako eragiten dituen mundu osoan. Aurpegia, gorputza eta eskubideak dituzten bizitzak. Haiek gogoratzeko betebeharra daukagu, ezin ditugu ahaztu. Gogoan hartzeko beharra daukagu, baina ez emakumea, baizik eta Nagore, Marta, Maria, Olga eta beste hainbat eta hainbat, bere istorioak kontatzeko jada egongo ez direnak.

Proposamen feminista gizateria osoarentzako proposamena da; matxismoak, aldiz, gizateriari kalte larria egiten dio, eta zaurgarriago bilakatzen gaitu, insensibleago.[…]

Autodefentsa feministaren ikastaroetan, defentsa ariketa bat egiten dugu gure eskubideak urratzen diren egoera guztiei aurre egiteko. Zein iritzi izan behar dugun esaten digutenean, kasurako, edo zer jantzi behar dugun, noiz atera, etxera libre sentituz itzul gaitezkeen erabaki… Kokoteraino gaude, baina erantzuteko garaian horrek ezin gaitu eraman tresna patriarkal berberak erabiltzera. Ez dira defentsa pertsonalerako ikastaroak, ahalduntzeko ikastaroak baizik, arlo psikologikoan, nork bere gorputzerako eskubidean, mugak jartzeko gaitasunean, eskubidea izateko eskubidean. […]

Indarkeria sexualen aurka azken udatik honaino izan diren mobilizazioak ezin dira ekintza emozional sinboliko huts izan, gizartearen ordezkaritza izan behar dute, emakumeena eta gizonena, uste dugunona «ezetza ezetz dela». Gizateriari oraindik sentsibilitatea geratzen zaio.

Gure hunkidura biktimekiko betiko elkartasun bihurtu dezagun, eta erasotzaileek izan duten inpunitatearekin apur dezagun. Ez dezagun beste aldera begiratu; indarkeria gertu daukagu denok. Ez diezaiogun matxistari barre egin, ez diezaiogun bozkatu, ez dezagun pentsa gure gauza ez denik, ez dezagun pentsa bikote kontuak direnik. Delituak sekula ez dira gertaera pribatuak. Erantzuna ezin da bakartua izan, eta ezin da ekintza jakinetara mugatua egon, erasoak sekula ez direlako ez bakartuak, ezta unean unekoak izan ere.

Biktimak babestu eta isiltasuna apur dezagun, lotsa erasotzaileen bizkar jarriaz, patriarkatuaren semeak baitira, beren arauak jada ez dutela balio onartzen ez dutenak, ezetza erantzun gisa onartzen ez dutenak, emakumeekin berdintasunean bizi nahi ez dutenak.

Sanferminetako bost gazteak ez ziren bortxatzaile jaio. Inork ez zituen geratu, ordea; inork ez zion barre egiteari utzi, inork ez zizkien mugak jarri, ezerk ez zituen lotsatu. Egunetik egunera, emakumeak baino boteretsuago zirela sinesten joan ziren. […].

Indarkeria sexista ulertu ahal izateko, egunero indarrean jartzen dugun ideologia ulertu behar dugu hartu-emanetan gaudenean, maitatzen dugunean, kontsumitzen dugunean… Hedabideek, askotan, liskarrean hasi eta heriotzetan amaitzen duten gertaeren berri ematen digute, erasotzailea eta biktima parekatuz. Ez gaitzaten nahastu, ez da gatazka bat, ez da berdinen arteko borroka bat. Desberdintasuna oinarri duen testuinguru batean izandako indarkeria matxista da, eta hilketarekin amaitzen da. Eskema honako hau da: «Edo menperatzen dut edo menperatzen naute». Horixe da ordena matxistaren pentsamenduaren eskema. Ez da ekitatiboa, ezta ausazkoa ere: emakumeen aurkakoa da […].

Emakumeen aurkako indarkeria desberdintasunaren adierazpena da, eta, era berean, gizon matxistek berdintasunari dioten beldurraren adierazpena. Patriarkatua krisian dago, eta, horregatik, emakume libreek beldurra ematen diete .

raganean indarkeria gizonen eskubide naturala zen, eta emakumeen betebeharra zen men egitea: «nik gainerako gizonengandik babesten zaitut, zuk men egiten didazu». Estatistikek diotenez, gure gazteek matxismoa praktikatzen segitzen dute, eta badago izutzen denik. Inork pentsatzen al du matxismoa inoiz joan zenik? Adierazteko forma berriak hartu ditu, gorputz berriak, hitz leunagoak, baina ez zen inoiz joan. […]

Ozenago esan dezakegu, baina ez argiago. Matxismoak emakumeak baztertu eta hiltzen ditu. Eta hori gure balio sistemak betikotzen du, eremu instituzionalean, sozialean eta harreman artekoan gai horri serio ez zaiolako heltzen. Norbaiti ahaztu zitzaion gure amonen eta birramonen historia kontatzea. Indarkerian eta desberdintasunean oinarritutako historia. Uste genuen «hori» beste garai batzuetako kontua zela, baina «hori» ere ez genuen identifikatu.

Gizonkeriazko matxismoak, txantxaren matxismoak… horiek guztiek hil egiten dute, errazten dutelako gizonezkoek identitate subjektibo bat barneratzea eta indarkeria ezaugarri natural gisa lotzea izaerari.

Matxismotik irten daiteke. Gure mezuen haritik tira egin dezagun, iragarkietatik, pelikuletatik eta senti dezagun maitasunarengatik ez hiltzeko obligazioa. Bortxatzen eta hiltzen duena ez da maitasuna, matxismorik basatiena baizik.

Orain badugu informazioa, zirrara eragin diezaguke une batez, eta gero gure bizitzekin segitu dezakegu, edo «nahikoa da» esan. Egiten dugunaren arabera, erraztuko dugu ikusezintasuna amaitzea, diskriminazioa amaitzea, emakumeen aurkako bortxaketak eta hilketak amaitzea edo eredu aldaketa eragitea. Ez dezagun gehiago barrerik egin sexismoarekin, pixkanaka piztia handia egiten baita. Badaukagu aukera, badaukagu gaitasuna, egiazko bilaka dezagun.

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Machismo, matrimonio y violencia

Publicado el 11 Enero 2017 en Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Miguel Lorente. 8 enero.

Los argumentos del posmachismo para cuestionar la violencia de género no tienen límites, lo hemos visto en las declaraciones del magistrado del Tribunal Supremo, Antonio Salas, y en la reacción que las han seguido argumentando que “no hay que hablar de violencia de género porque la violencia aparece en todos los tipos de relación, también entre personas del mismo sexo”.

Una de las características del posmachismo es decir una cosa y la contraria para generar confusión, que es el objetivo para conseguir que no haya posicionamiento social frente a la desigualdad y que todo siga igual. Veamos cómo lo hace respecto al matrimonio y la violencia de género.

El machismo cuestiona el matrimonio entre personas del mismo sexo, y dice que viene a desvirtuar el modelo tradicional de familia, o sea, el impuesto por la cultura que lo ha considerado como el único válido, llegando a pedir que la unión entre personas del mismo sexo se haga de forma diferente, que se denomine de otra forma y que no tengan los mismos derechos. Con ese posicionamiento reconoce de forma clara la influencia del modelo de relación que la cultura ha establecido a lo largo de los siglos, el cual admiten que actúa como una referencia que lleva a reproducirlo y a facilitar la vía de expresión de lo que significa la relación, ese compromiso nacido del amor, a través del mismo, incluso en parejas diferentes a la clásica hombre-mujer.

Ese planteamiento muestra cómo el machismo viene a reivindicar la autoría del matrimonio, de la familia, de los papeles de los hombres y mujeres dentro de ella, así como algunas formas de organizar la relación y dinámica dentro de ese contexto, desde la distribución rígida de roles, funciones, espacios y tiempos, hasta la idea de autoridad, respeto, sacrificio, entrega… en las personas que forman la relación o familia. En cambio, ese mismo machismo creador de la relación no dice nada sobre la violencia que el propio modelo incorpora cuando entiende que la dinámica entra en conflicto y el orden necesita ser restablecido desde el criterio de autoridad que representa el hombre. Una violencia que, en lo particular, lleva a muchas mujeres a decir lo de “mi marido me pega lo normal”, de hecho, el 44% de las mujeres que no denuncian afirman no hacerlo porque la violencia que sufren “no es lo suficientemente grave” (Macroencuesta, 2015); y en lo social hace que mucha gente piense que ante la violencia de género no hay que actuar por ser un “asunto de pareja”.

Esta normalidad de la violencia de género dentro del modelo de relación no se debe a que la violencia se vea como algo normal de forma general, puesto que no se acepta en otros contextos, sino a que el modelo de relación está por encima de las circunstancias y de los elementos necesarios para recuperar el orden que lo sustenta una vez que se ha alterado, incluyendo entre esos instrumentos a la propia violencia. Esto es la violencia de género, la violencia construida sobre las referencias culturales que presentan a los hombres como autoridad y guardianes del orden que ellos mismos han creado, y a las mujeres como sometidas y amenaza de ese orden.

No existe una construcción cultural para la violencia que pueda ejercer una mujer contra un hombre, ni contra la que pueda desarrollar un hombre contra otro hombre o una mujer contra una mujer en una relación homosexual, podrá haber violencia en estos casos, pero no cuenta con la normalidad como argumento ni como justificación.

Y ante la violencia de género secular que ha sido sistemáticamente ignorada por la sociedad y sus leyes, y que incluso ha contado con atenuantes y justificantes de todo tipo, incluso legales, el argumento actual del posmachismo es que no existe y que las razones para que un hombre agreda y asesine a su mujer son muy diferentes, por ejemplo, el recurrido argumento de los celos. Y dicen que si un gay puede asesinar a su pareja por celos un hombre también puede asesinar a su pareja por celos, como explicación de que la violencia de género no existe.

Todo ello forma parte del posmachismo para intentar desvirtuar la violencia de género a través del cuestionamiento de su realidad y de su desvinculación de la desigualdad histórica, o sea, del machismo. Evidentemente, no lo consigue, pero conviene destacar dos elementos de su estrategia bajo este argumento para desenmascarar sus tácticas.

. En primer lugar, sorprende que el mismo posmachismo que reivindica su modelo de familia como una creación propia de sus valores, exigiendo un uso exclusivo y que todo lo que se aparte de su modelo no sea denominado “matrimonio” ni equiparado en derechos, en cambio no reconozca que la violencia que se produce dentro de ese modelo de relación como parte de su “normalidad”, no se entienda como el origen de la violencia en las relaciones homosexuales, y pretendan presentar la violencia en las relaciones entre dos hombres o dos mujeres como “propia” y al margen de la construcción cultural machista que lleva a entender que la violencia puede formar parte de las relaciones.

Es decir, por un lado dicen que el matrimonio, la paternidad, la maternidad y otros elementos son suyos y propios de ese tipo de relación, y en cambio, la violencia que cultural e históricamente forma parte de ese mismo contexto de relación, dicen que no es propia y que es un problema al margen. Curioso planteamiento.

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