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Los chicos no están bien (o por qué debemos repensar la masculinidad)

Publicado el 27 febrero 2018 en Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Morozov Photo/iStock, vía Getty Images Plus

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Solía decir esta frase: “Si quieres emascular a uno de tus amigos, cuando estén en un restaurante, pregúntale qué va a comer y cuando llegue la mesera, ordena por él”. Es gracioso porque quitarle a un hombre su masculinidad no debería ser así de fácil —pero lo es—.

La semana pasada, diecisiete personas, la mayoría adolescentes, fueron asesinados en un tiroteo en una escuela de Florida. La preparatoria Marjory Stoneman Douglas ahora se une a la categoría de Sandy Hook, Virginia Tech, Columbine y otros muchos sitios de una masacre estadounidense. ¿Qué tienen estos tiroteos en común? Armas, desde luego; pero también a los chicos. Las chicas no están jalando el gatillo; son varones. Casi siempre.

Los niños de Estados Unidos están destrozados y eso nos está matando.

La ruptura de los niños del país contrasta con sus niñas, que aún enfrentan muchísimos obstáculos, pero salen al mundo cada vez mejor equipadas para superarlos.

Los últimos cincuenta años han redefinido el significado de ser mujer en Estados Unidos. A las niñas de hoy les dicen que pueden hacer cualquier cosa, ser cualquier persona. Han absorbido el mensaje: están mostrando un mejor rendimiento que los niños en la escuela en todos los niveles, pero no solo se trata del desempeño. Ser niña actualmente significa ser la beneficiaria de décadas de conversación acerca de las complejidades de la feminidad, sus muchas formas y expresiones.

Sin embargo, los niños se han quedado atrás. No ha surgido un movimiento proporcional para ayudarlos a navegar hacia una expresión total de su género. Ya no es suficiente “ser hombre”… ya ni siquiera sabemos qué significa eso.

Demasiados niños están atrapados en el mismo modelo sofocante y obsoleto de masculinidad en el que la hombría se mide en fuerza, en el que no hay manera de ser vulnerable sin emascularse, donde la virilidad se trata de tener poder sobre los demás. Están atrapados y ni siquiera tienen las palabras para hablar de lo que sienten cuando lo están, porque el lenguaje que existe para discutir toda la gama de las emociones humanas aún se considera delicado y femenino.

Los hombres se sienten aislados, confundidos y en conflicto acerca de su naturaleza. Muchos sienten que las cualidades que solían definirlos —su fuerza, la agresión y la competitividad— ya no son rasgos deseados ni requeridos; muchos otros jamás se sintieron fuertes ni agresivos ni competitivos para empezar. No sabemos cómo ser y estamos aterrados.

Sin embargo, admitir nuestro terror es estar reducidos, porque no tenemos un modelo de masculinidad que permita sentir miedo o dolor o ternura o la tristeza cotidiana que a veces nos sobrepasa a todos.

Por ejemplo: hace unos días, publiqué una breve serie de mensajes acerca de estas ideas en Twitter, a sabiendas de que recibiría respuestas de odio a cambio. Me llegaron decenas de mensajes que impugnaban mi masculinidad; en los menos agresivos me dijeron “niño de soya” (un insulto común entre la extrema derecha que vincula el consumo de soya con el estrógeno).

Y así el varón que se siente perdido, pero desea conservar su identidad masculina por completo solo tiene dos opciones: aislarse o sentir furia. Hemos visto el potencial que el aislamiento y la furia tienen y lo que pueden provocar. Los tiroteos en las escuelas solo son las tragedias más públicas. Otros, en una escala menor, tienen lugar en todo el país a diario; otro rasgo común entre los tiradores es un historial de abuso contra las mujeres.

Para ser claros, la mayoría de los hombres jamás se volverán violentos. La mayoría estará bien. La mayoría aprenderá a navegar las aguas profundas de sus sentimientos sin participar en ninguna forma de destrucción. La mayoría crecerá para ser una persona amable; pero muchos no lo harán.

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Monstruos S.A.

Publicado el 26 enero 2018 en General, Violencia contra las mujeres, Violencia machista |

Miguel Llorente. Blog Autopsia

Ya tenemos un nuevo monstruo en la sociedad, José Enrique Babuín Gey, conocido como “El Chicle” y detenido por el asesinato de Diana Quer, se ha incorporado a la lista de “monstruos” que cada año se elabora para tranquilizar conciencias y desviar miradas de las circunstancias comunes a todos los hombres que actúan con un objetivo similar, aunque las formas de alcanzarlo sean diferentes.

La primera en llamarlo de ese modo ha sido su madre, quizás la única persona legitimada para hacerlo por el impacto emocional que produce ser consciente de que el niño aquel ha sido el hombre ese que aparece en los medios de comunicación como autor de unos hechos tan terribles. Mirar a la vida y encontrar a ese hombre en cada recuerdo de aquel niño es “monstruoso” para una madre y para un padre.

Pero el resto de la sociedad rápidamente también lo ha considerado como un monstruo bajo un argumento diferente, pues mientras que la familia lo califica de ese modo por ser “uno de los nuestros”, la sociedad lo llama monstruo para decir que “no es uno de los nuestros”. Por ello no han perdido tiempo en acudir a todo tipo de personas expertas para que expliquen algunas de sus características y rasgos de personalidad sin conocer nada de él ni haberlo examinado, tan sólo con las informaciones y referencias que aparecen en los medios de comunicación, algunas de ellas claramente contradictorias. Pero todo eso da igual, lo importante no es que sea verdad lo de “El Chicle”, sino que sea mentira que se trataba de un hombre “normal”, como sí han coincidido en definirlo personas de su entorno laboral, social, relacional, amistades…

Los estudios forenses nos dirán cómo es “El Chicle”, cuáles son los rasgos de su personalidad y si tiene algún elemento que tenga un significado especial en su comportamiento, pero lo que sí sabemos ya es que se trata de un machista violento, igual que otros agresores que han cometido crímenes similares, incluso peores en sus formas y consecuencias por asesinar a varias víctimas, y ninguno de ellos era un enfermo mental ni tenía trastornos de personalidad, cómo tampoco ninguno de sus conocidos decía nada de ellos ni de “El Chicle” antes de que se conociera su responsabilidad en los hechos. En cambio, nadie ha dicho de él algo tan sencillo como que “es un machista violento” .

El análisis de un caso no puede basarse en la repercusión que tenga en los medios de comunicación, ni concluir sobre sus elementos a partir de las informaciones, pues las conclusiones y la información con toda probabilidad serán erróneas.

¿Qué es lo que hace, según toda esa gente, que un hombre sea un monstruo?. Veámoslo.

Llevar a una mujer joven a un lugar apartado para agredirla sexualmente no debe serlo, puesto que, por ejemplo, es lo mismo que hicieron los integrantes de “la manada” y no sólo no los han considerado “monstruos”, sino que hay quien los defiende y culpabiliza a la víctima. Haberla asesinado tampoco debe ser la razón de la monstruosidad, porque cada año en España alrededor de 100 mujeres son asesinadas bajo las diferentes formas de violencia de género y no se refieren a sus asesinos como monstruos. Ocultar el cuerpo tras el homicidio, aunque sea menos frecuente, tampoco ha llevado a considerar monstruos a los asesinos de Marta del Castillo o al marido de María Puy en Navarra, que la asesinó, descuartizó y enterró durante meses.

Al final todo indica que se es monstruo por necesidad, por una combinación de circunstancias que van desde los propios hechos hasta la alarma social generada, situación esta que necesita una negación del machismo y su violencia al tiempo que una afirmación de lo ocurrido. Al final, tener un monstruo a mano ayuda mucho a distorsionar lo ocurrido y a tranquilizar muchas conciencias y algunos ánimos.

¿Cuántos monstruos hay ahora mismo en las calles, en sus casas, en hospitales, juzgados, empresas, comercios… que son considerados como buenos compañeros, buenos amigos, buenos vecinos, buenos trabajadores… y que mañana serán “monstruos”?

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“No a la guerra”. “Sí al acoso”.

Publicado el 16 enero 2018 en General, Violencia machista |

Miguel Lorente Acosta. Blog Autopsia.

Nadie, ni en Hollywood ni en Europa, dijo que se podía caer en una especie de buenismo ni de debilidad general por defender la paz frente a la guerra. Ninguno de los actores y actrices que en su día ocuparon las plateas y escenarios protestando contra la guerra de Irak se encontraron con manifiestos pidiéndoles “prudencia”, o hablando del riesgo de caer en una especie “ñoñería global” que restara intensidad y sentido a las relaciones internacionales.

Nadie duda de que hablar de la guerra es diferente a hablar de lanzar misiles de prueba, a comentar el diámetro del botón nuclear o a lanzar amenazas sobre el estallido de un posible enfrentamiento. Y tampoco nadie deduce que hablar contra la guerra se va a traducir en un abuso por parte de los pacifistas para denunciar “falsas guerras”por todas las esquinas del planeta.

Y tampoco se entiende que situaciones previas a las guerras, como cuando se produce algún ataque aislado, o se lleva a cabo un bloqueo comercial, o se invade parte de un territorio… forman parte de una estrategia de “negociación” de buen rollo, de esas que “ponen cantidad” y despiertan el interés en quien en un principio no lo tenía, hasta finalmente llegar a un encuentro maravilloso entre las dos partes. Todo lo contrario, cada una de esas acciones se ven como actos violentos necesarios para desarrollar y avanzar en una violencia más grave, y serán reprobados individualmente con independencia de que tras algunas de estas acciones pueda surgir un acuerdo y una buena relación comercial entre los países implicados.

Y no tiene sentido, porque no estamos hablando de “formas de relacionarse” en libertad e Igualdad, sino de agresiones y de guerra.

En cambio, cuando se habla de violencia sexual y de acoso, se plantea que de lo que se habla es de flirteo, y que no aceptar la violencia históricamente normalizada puede llegar a afectar a las relaciones hasta acabar en un “puritanismo sexual”.

Este planteamiento que, ¡oh casualidad!, una vez más surge de manera “espontánea” por parte de un grupo de mujeres que en todos estos años de acoso y violencia sexual no sólo no han sacado ningún manifiesto contra el machismo, sino que entre las firmantes hay quien ha apoyado a Roman Polansky tras reconocer la violación cometida sobre una menor, sólo tiene sentido si se dan por válidas dos premisas:

  1. La primera es situar los límites en el propio acosador, al entender que en una relación es normal la “insistencia” y el “exceso” intimidatorio y violento, siempre y cuando que quien lo lleve a cabo no lo vea así.
  2. La segunda es aceptar la idea de que las mujeres son “manipuladoras, perversas y poco inteligentes”, hasta el punto de no saber diferenciar una relación de una agresión, y de utilizar la situación para denunciar falsamente a los “pobres y bien intencionados hombres”.

Como se puede comprobar, ambos planteamientos son una trampa, pues, en definitiva, suponen aceptar lo que ya la cultura machista ha dicho que es normal bajo los mitos e ideas que llevan a entender que en un encuentro entre un hombre y una mujer, “no es sí tras la correspondiente insistencia”.

Todo está relacionado con una visión romántica del amor que acepta que la violencia forma parte de él, hasta el punto de plantearlo en frases como, “los celos son amor”, “quien bien te quiere te hará llorar”, “hay que aguantar y perdonar por amor”… Y esa misma visión romántica es la que lleva a presentar la guerra como un “acto de amor”: amor a la patria, a unas ideas o valores, a un modelo de sociedad, a la libertad… no como un instrumento de odio y poder de quienes pudiendo utilizar sus posiciones privilegiadas para negociar e influir, prefieren atacar, imponer y someter. Exactamente lo mismo que prefieren en las relaciones de pareja.

Todo forma parte del machismo omnipresente e invisible, por eso no es casualidad que esa misma cultura concluya que “en el amor y en la guerra todo vale”. Es justo lo que necesita para desarrollar sus estrategias.

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¡Pobres hombres!

Publicado el 22 noviembre 2017 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Miguel Lorente en su blog.; Autopsia

Pobres hombres que se ven amenazados en un ascensor, en sus casas o en las calles; expuestos a cualquier mujer desaprensiva que los acuse de acosarlas al subir o bajar en el ascensor, de maltratarlas en el hogar o de violarlas en la calle o en un portal.

Qué duro tiene que ser eso de la masculinidad para ir zafándose de las mujeres y conseguir que al final de cada año no sean ellos los acosados, ni los maltratados, tampoco los violados ni asesinados. Sin duda todo un ejercicio de habilidad y escapismo que les evita caer en las redes que las mujeres tejen con su perversidad, y luego les lanzan con su maldad para atraparlos.

Y qué sangre fría deben mantener para que, a pesar de todas esa presión y amenazas a las que están sometidos, luego se les vea caminar por las calles con decisión y determinación como si fueran suyas, simular que no sienten miedo en los lugares de ocio, y que incluso se divierten y disimulan para acercarse a hablar con sus agresoras potenciales en mitad de la fiesta. Y cuánto valor debe correr por sus venas para luego llegar al hogar y sentirse como si fuera un lugar tranquilo y seguro para ellos, cuando en cualquier momento pueden ser denunciados falsamente.

Ese vivir como si no pasara nada ante a amenaza de las mujeres debe ser duro y exigente, algo que sólo un hombre hecho y derecho es capaz de soportar.

Porque todo eso es lo que se deduce de los argumentos que recogen los estudios científicos, como el ICM de 2005, que muestra cómo la sociedad piensa que la mujer es responsable de la agresión sexual que sufre por flirtear (33% de la población lo piensa), por vestir sexy (26%), o por haber tomado alcohol durante su tiempo de ocio (30%), nada dicen sobre la responsabilidad de los hombres que agreden. Algo parecido a lo que lleva, tal y como recoge el Barómetro del CIS de noviembre de 2012, a que el 0’9% de nuestra sociedad manifieste que es “aceptable forzar las relaciones sexuales en determinadas circunstancias”, y que el 7’9% diga que “no es aceptable, pero que no siempre debe ser castigada esa agresión por la ley”, es decir, que debe quedar como un tema de pareja. Pero, ¡oh casualidad!, una pareja en la que el hombre impone su voluntad y viola, y en la que la mujer es violada y debe callar.Como si la fuerza y la posición de poder no formaran parte también de la relación.

El machismo ha creado el marco para presentar a las propias víctimas como responsables de la violencia de género en cualquiera de sus expresiones,especialmente en la violencia sexual. Esa es la razón por la que se cuestiona su conducta antes de ser violadas y por la que también se cuestiona después de haber sufrido la violación, porque toda forma parte de la idea que las hace culpables “por el hecho de ser mujeres”. Quizás por ello hasta las campañas institucionales ante las fiestas de los pueblos y ciudades lanzan mensajes a las mujeres sobre lo que deben o no deben hacer para evitar las agresiones sexuales, mientras que no dicen nada a los hombres, que son quienes agreden y consienten con su silencio y distancia.

No es fortuito que el porcentaje de denuncias por violación se limite al 15-20%, y luego, cuando se lleva a cabo la investigación y se celebra el juicio bajo el peso de los mitos y estereotipos de la cultura machista, que el porcentaje de condenas sea sólo del 1% (Brtish Crime Report, 2008).

Vivimos en la “cultura de la violación”, es decir, en la cultura de la violencia de género, porque vivimos en la cultura del machismo, y eso significa que la realidad viene determinada por sus referencias androcéntricas, y que luego los hechos son integrados bajo el significado que otorgan esas mismas referencias. No hace falta negar lo ocurrido, sólo basta con cambiar su significado.

Lo que está sucediendo alrededor del juicio contra los integrantes de “La manada” por una presunta violación cometida en los San Fermines, y el intento de cuestionar a la víctima hasta con informes sobre su vida después de la agresión, es un ejemplo típico de esta situación creada por el machismo. Una situación en la que los hombres se presentan como víctimas por ser “presuntos inocentes”, y las mujeres como culpables por ser “presuntas víctimas”.

Lo dicho, ¡pobres hombres!

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No sonría a la cámara

Publicado el 15 noviembre 2017 en Violencia machista |

Manuel Jabois. Elpais

Que unos detectives sigan a una chica que ha denunciado una violación demuestra que la chica, además de haber sido violada, tiene que aparentarlo.

La familia de uno de los acusados de violar a una chica de 20 años en los sanfermines contrató a un despacho de detectives para que espiase a la víctima. El resultado fue un informe en el que se detalla el seguimiento de la chica, además del rastreo de sus redes sociales. La defensa de este acusado pidió ayer ampliar el informe con una publicación de “carácter festivo” que la víctima compartió con sus amigos en Internet. El juez lo tomó en consideración para incoporarlo a la causa.

Se trata de un asunto viejo e interesante que en el caso de cualquier mujer evidencia el esfuerzo que ha de hacer para que nadie dude de que ha sido violada. Se juzga socialmente en tres planos temporales: el anterior a la violación (si llevaba una ropa concreta, si se besó con alguien, si aceptó tener relaciones y luego cambió de idea, si parecía receptiva), durante la violación (si no se defendió lo suficiente, si parecía ceder, si no gritaba, si a todas luces parecía consentido) y el posterior a la violación (si no denunció al momento, si no se lo contó a nadie, si siguió llevando una vida normal, si fue a una fiesta, si actualizó su Facebook con una canción estúpida).

Lo que prueba que unos detectives sigan a una chica que ha denunciado una violación es que la chica, además de haber sido violada, tiene que aparentarlo. No basta el dolor privado, hay que hacerlo público: exteriorizarlo. Llorar por la calle, a ser posible con aspavientos para que no haya dudas en las fotografías del detective. Incluso cuando a la chica, para preservar del todo su anonimato, se le recomendó seguir su actividad normal para que nadie de su círculo pudiese sospechar que fue ella la víctima. Así que además de ser violada, es necesario estar muy triste para que su rutina no se utilice como prueba de la defensa y al mismo tiempo ocultar los hechos para que su vida no se termine de trastocar del todo. Hay que denunciar siempre, sí. Pero antes hacer un preparatorio.

Esta perversión habitual, naturalmente de menos gravedad, también se produce entre sospechosos. Pobre del que encuentre a un ser querido muerto y no le salgan las lágrimas, o descubra —a veces pasa— que no lo siente tanto cómo pensaba, o su estado de shock es tan grande que tardará semanas en romperse: ahí tendrá siempre una cámara que le enfoque y con la que ir llenando las mañanas españolas de terribles conjeturas. Ése es, para variar, el asunto viejo e interesante que se recrudece en cuestión de género. La forma de ser como elemento penal, el carácter como fundador de Derecho.

 

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El chivo expiatorio

Publicado el 27 octubre 2017 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

 

Miguel Lorente. blog Autopsia. Octubre 2017

Weinstein ha sido repudiado por Hollywood y por toda la sociedad, el gran Harvey Weinstein, dueño de sueños y señor de realidades, el magnífico anfitrión de fiestas interminables, el hombre que bajaba las estrellas hasta las aceras del bulevar…de repente ha pasado a ser el “asqueroso” Weinstein.

Da igual que organizara parte de sus juegos para amigos, que utilizara el sexo como moneda de cambio con tantas jóvenes actrices a quienes les hicieron creer que todo eso forma parte del oficio, y que incluso demuestra personalidad y estar por encima de prejuicios, que hay que vivir como se actúa y actuar como se vive. Como también dio igual que lo denunciaran con anterioridad y que tuviera que arreglarlo con dinero, otro “poderoso caballero” más en el club machista.

Pero lo de Weinstein es lo mismo que lo del profesor que acosa a sus alumnas en la universidad, tal y como conocimos en la condena del caso ocurrido en la Universidad de Sevilla, como el del maltratador que calla a su mujer a golpes y silencia al resto con esa normalidad diseñada a medida para que se ajuste a las circunstancias de cada momento, o como la del empresario que abusa de sus empleadas ante las miradas huidizas del grupo.

Es la ventaja de vivir en una comunidad en la que las normas están hechas para “no molestar”, para que nadie rompa el silencio que los hechos delatan, y de ese modo conseguir que todo el escándalo del machismo suceda, pero en silencio.

Una comunidad organizada sobre esas referencias  y a partir de los privilegios de quienes ocupan la condición de socios, es decir, de los hombres, es mucho mas que la suma de cada uno de ellos, por eso el interés principal está en defender sus reglas y referencias comunes, no tanto a los miembros de manera individual, ni mucho menos si uno de ellos es descubierto por un exceso o por un fallo. En esos casos lo que interesa es que la irremediable quiebra del silencio se centre y se limite a él, al hombre descubierto, para evitar que afecte a la comunidad y, de esa forma, que esta pueda seguir bajo su esquema y su modelo.

Por eso las propias normas establecen que ante el descubrimiento de uno de ellos será la misma comunidad quien reaccione atacándolo y dejándolo solo, de manera que todo parezca como un caso aislado propio de las características de ese hombre y de las circunstancias que lo envuelven y, ante todo, que lo ocurrido ha sucedido al margen de la comunidad.

Es la estrategia del “chivo expiatorio” propia del machismo, de la que ya hablé hace más de 20 años en mis primeras publicaciones sobre el tema, y que cada día se reproduce ante la necesidad de evitar la crítica al modelo de sociedad patriarcal. El ataque al hombre descubierto justifica lo ocurrido en proximidad con los hechos y tranquiliza a distancia al resto de la sociedad.

Forma parte de la camaradería de los hombres, de ese “todos para uno y uno para todos”tan clásico. Camaradas hasta que haya que sacrificar a alguno para salvar al resto y su modelo de sociedad beneficioso para todos.

Y para ello, a pesar de la objetividad de los hechos que llevan a cuestionar y a exponer al camarada hombre, no desaprovechan la oportunidad para atacar a las víctimas y criticar a las mujeres. Y con tal de lograr ese objetivo se recurre, desde el argumento basado en que ellas “sabían lo que hacían”, que “tratan de aprovecharse”, que son ellas las que “han provocado o se han insinuado”…hasta la propia negación de los hechos, o la duda sobre “por qué ha denunciado tan tarde”, o “por qué de repente salen tantas víctimas”… para jugar con la sempiterna idea de las denuncias falsas.

 

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