Publicado por el 8 febrero 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

Victor Sanchez en Tribuna Feminista 07/02/2018

Uno de los innumerables debates que dentro del feminismo surgen cada cierto tiempo es el de si los hombres pueden y deben considerarse feministas.

Feministas, pro-feministas, compañeros o simplemente aliados del feminismo.
¿Diferentes etiquetas para diferentes formas de vivir y sentir la implicación con el feminismo o por el contrario diferentes etiquetas para diferentes formas de querer ubicarse dentro de un movimiento que tenemos claro que como tal, no “nos pertenece” ni debería simplemente pasarnos por la cabeza el querer comandarlo/protagonizarlo?
¿Qué se esconde detrás de esa imperiosa necesidad (masculina) de querer autodenominarnos de una u otra manera?
Antes de responder de forma repentina y visceral, deberíamos ser capaces al menos, de reflexionar y razonar debidamente nuestra respuesta a esta pregunta, y por supuesto, demostrar un respeto a las diferentes sensibilidades que las mujeres feministas puedan legítimamente sentir, frente a nuestro posicionamiento ¿intelectual? en un movimiento del que deberíamos ser capaces de hablar más por nuestros actos, que no por nuestras palabras.

La conocida frase de Kelley Temple es bastante rotunda en este aspecto:
“Los hombres que quieren ser feministas no necesitan que se les dé un espacio en el feminismo. Necesitan coger el espacio que tienen en la sociedad y hacerlo feminista”.

No creo que esté dentro del debate ni mucho menos cuestionada, la tan esperada (por ausente históricamente) y necesaria presencia de los hombres dentro del movimiento feminista (fundamentalmente para dirigirse, concienciar y hablar a los “suyos”), pero sí creo que deberíamos matizar y cuidar al máximo nuestra “presencia” dentro del mismo.

Recuerdo en los alrededores de la celebración del Día del Orgullo, un debate similar en el que se decía que los heterosexuales no deberían utilizar (o usurpar según las personas y sensibilidades que iban entrando en el debate/discusión) la bandera multicolor, ni siquiera en el caso de ser decididos aliados y compañeros de la lucha por la consecución real de los legítimos derechos de la comunidad LGTBi.
También era y es un debate (como todos los que se desarrollan en las redes) que no solo levanta ampollas sino opiniones tremendamente enfrentadas (difícil en cualquier caso contentar y convencer a todas las partes implicadas).

Hasta la propia definición del debate o tema a tratar (con todas las cosas “importantes” que quedan por conseguir y alcanzar y por las que merece la pena invertir nuestras a veces limitadas energías) genera no pocas controversias.
Lejos de querer ubicarme en uno u otro bando (al final, siempre todo lo acabamos reduciendo a “un bando” y esto es lo que a veces sentimos que sale perdiendo de este tipo de debates, que da la sensación que acaba por desmerecer y diluir las luchas tan necesarias) sí sentía, que podía entender y empatizar con cualquiera de los dos razonamientos.

Entendía a aquellos/as –como yo- que querían portar la bandera multicolor (o en el caso que nos ocupa, el declararse decididamente feminista) en sus respectivos muros de Facebook aunque fuera solo para dar visibilidad a una lucha que tendría que ser de todos/as y generalizada; y común en todos los ámbitos sociales y culturales.

Pero también entendía y entiendo perfectamente a todas aquellas personas que no respondían a la categoría heteronormativa dominante, que sentían que se apropiaban de “su” símbolo, incluso de su propia identidad como colectivo, en un único día en el que se mostraban a la sociedad en el despliegue y protagonismo que todos (re)conocemos (entendida esta celebración como el único reducto donde se les permite la conquista “eventual” del espacio público).

Y lo mismo me pasa con el movimiento liderado y comandado por las mujeres.
Entiendo que es una lucha que llevan protagonizando ellas en solitario prácticamente 3 siglos.
Entiendo que es una lucha, a la que el hombre, todavía en una ínfima cantidad de individuos, se ha incorporado tarde y mal.
Entiendo la desconfianza de ellas ante el nuevo hombre feminista recién llegado al que miran de reojo y cuestionan de arriba a abajo, con todas las alertas puestas en cuál va a ser su siguiente movimiento y si va a responder a estímulos propiciados por el feminismo, o si por el contrario, va a confirmarse como la enésima adaptación y apropiación de otro movimiento al que ellos quieren darle su particular “toque personal”.

No entiendo la obsesiva necesidad de los hombres de otorgarse una etiqueta, una identidad, como si de un valor añadido de nuestra lucha o acompañamiento se tratara.

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