Publicado por el 23 octubre 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

Durante los dos últimos siglos la filosofía feminista ha ido desmenuzando en sus teorías los métodos opresivos a los que han sido sometidas las mujeres a lo largo de la historia. Para el feminismo radical, a partir de la segunda ola, el problema iba más allá del sexismo institucionalizado expresado de forma directa en el ámbito legislativo, comprendía todo un mecanismo estructurado capaz de impregnar todas las capas de la vida.

Por ello, más allá de las respuestas legales exigidas por las feministas de la primera ola, comenzó a tomar valor el análisis de las relaciones de poder, el trato informal, el estudio de las desventajas de las mujeres respecto al hombre y el sistema sexo/género fuertemente enraizado en las sociedades patriarcales. La teoría feminista tomará el concepto “género” como eje fundamental para poder llegar a la raíz de la desigualdad sexual existente entre hombres y mujeres. El género parte de la idea de que lo “femenino” y lo “masculino” no son hechos pertenecientes a la naturaleza humana biológica, sino construcciones sociales y culturales vividas empíricamente y divididas simbólicamente que actúan de manera jerárquica provocando que las diferencias anatómicas formen la desemejanza sexual a través de lo que Seyla Benhabib denomina sistema género – sexo como reseña del ensayo sobre género de Rosa Cobo.

El filósofo francés François Poullain de La Barre publicó en 1671 ” La educación de las damas para la conducta del espíritu en las ciencias y las costumbres”, obra que suscitó una enorme polémica debido a sus pensamientos adelantados al discurso preponderante de la Ilustración al intentar mostrar que, a través de la educación, la desigualdad sexual podía ser combatida haciendo célebre la frase ” La mente no tiene sexo”. O lo que viene a ser lo mismo, el mítico ” No se nace mujer, se llega a serlo”  de la filósofa francesa Simone De Beauvoir.

También en la idea central de Poulain de la Barre podemos leer que la desigualdad social entre hombres y mujeres no es consecuencia de la desigualdad natural, sino que es “la propia desigualdad social y política la que produce teorías que postulan la inferioridad de la naturaleza femenina.”

Las teorías desarrolladas respecto al género de Simone De Beauvoir determinan que “ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino. Únicamente la mediación de otro puede constituir a un individuo como un Otro.”

Simone De Beauvoir está afirmando que la posición social que ocupa la mujer como sujeto político es determinado por la asimetría producida en el reparto hegemónico de los roles de género hacia el constructo de lo “masculino”, “se trata de saber lo que la humanidad ha hecho con la hembra humana”. La mujeres llevan intentando desligarse de los estereotipos de género durante décadas, empiezan a ser conscientes de que los valores atribuidos al concepto de lo ” femenino” sitúa la condición de hembra humana en seria desventaja con el hombre socializado a través del constructo de lo ” masculino” propiciando de esta manera sociedades androcéntricas.

El hombre constituye el sujeto de referencia y las mujeres quedan invisibilizadas o excluidas, por lo que no es difícil entender el rechazo hacia aquellos varones cuyos comportamientos masculinizados consolidan el sistema género – sexo en su propio beneficio debido a los privilegios que supone. Alexandra Kolontai definía a la “mujer nueva” como un sujeto liberado no solo a través del trabajo, sino a través de su propia revolución. La revolución que necesitaban las mujeres era la revolución de la vida cotidiana, de las costumbres y, sobre todo, de las relaciones entre los sexos. Pero ¿Qué hay del hombre nuevo?

Es necesaria la participación activa de hombres que cuestionen los cambios de las masculinidades actuales y venideras, la sociedad contemporánea ya no admite comportamientos aceptados hace treinta años como masculinos, por lo que encontramos implícita una demanda transformadora que permita la adaptación total. Muchos hombres profeministas llevan años re-construyendo su propia masculinidad, rechazando la normativa impuesta alejándose así del rol establecido socialmente. A lo largo de la historia se ha ido plasmando el papel del hombre y la mujer a través del arte; desde la escultura, la pintura, la literatura hasta el cine.

El arte, como componente de la cultura, refleja en su concepción las bases económicas y sociales, y la transmisión de ideas y valores, inherentes a cualquier cultura humana a lo largo del espacio y el tiempo, por lo que a través de ellas podemos hacer una lectura clara del comportamiento entre sexos en el transcurso de la temporalidad humana.

El “hombre nuevo” tendrá que adaptarse a los tiempos, le tocará mirarse frente a su propio espejo y hacerse consciente de las desventajas y la pérdida de privilegios que supone el replanteamiento de su propio status quo establecido y aceptado por confortabilidad. Por poner solo uno ejemplo y hacer referencia a un campo artístico donde el papel de la masculinidad y la feminidad lo encontramos bastante definido, ese sería el cine. El otro día, sin pretenderlo, y sin que el argumento de la película tuviera que ver con esta temática, pude comprobar este aspecto acerca de la masculinidad de forma muy latente, pudiendo pasar fácilmente desapercibido si no estamos atentos.

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