Publicado por el 21 diciembre 2017 en General, Los hombres ante la igualdad |

Ilustración: Rocío Cañero

¿Hace falta una nueva masculinidad?

Por Esteban Ordoñez Chillarón.

Una escena. Julián (pseudónimo), un niño de ocho años, llegó al entrenamiento de fútbol de su equipo. Revisó la bolsa de deporte y descubrió que había olvidado las zapatillas. Solo tenía los zapatos del uniforme. Se puso el chándal, se calzó los zapatos y salió al campo. Israel, un compañero, lo revisó, se rio y avisó a otro para que se fijara: «Míralo. ¿Es que eres mariquita, adónde vas así?».

Esos mismos zapatos los llevaba también Israel durante todo el día, pero su significado cambió en el momento en que terminaron las horas de clase y se enfundaron una vestimenta deportiva. El fútbol, como vehículo de identificación masculina, se toma como cosa seria y sirve para calibrar la pertenencia al grupo. Los grupos se sostienen marcando límites, castigando lo que se considera externo a él.

Julián duró poco tiempo en el equipo. Era sensible, le gustaba observar a los animales y dibujarlos. En cambio, había poca convicción en su acercamiento al fútbol —que era, en fin, acercarse a sentirse integrado—, tal vez porque le costaba soportar igual que otros niños ese marcaje continuo: se le hacía difícil adaptarse al lenguaje de confrontación con el que los niños se miden unos a otros. Quizás, Israel lo sabía y no fueron los zapatos el problema, sino notar algo que no podía verbalizar pero que le indicaba que había algo distinto en su compañero.

Cuando Julián llegó a casa y contó la historia, su madre lo consoló: «Pues la próxima vez enséñale el trozo de carne que te cuelga». Sin embargo, no se trataba del cuerpo, era otra cosa. Esta historia, ocurrida hace veinte años, es un ejemplo de cómo el machismo, aunque los privilegie, también causa sufrimiento en muchos hombres. Lo más probable es que la actuación de Israel no fuera más que un grito desesperado para no caer en esa fosa en la que caen los niños cuya masculinidad empieza a cuestionarse.

Esa vigilancia fantasmal moldea el machismo que subyuga a la mujer. Esa vigilancia no es cosa de niños. Se articula desde todos los ámbitos. A esto, como apunta el sociólogo José Vela, se le denomina «policía del género» y la ejercemos todos. «En el momento en que un chico se comporta de manera un poco afectiva ya hay una acusación que generalmente se va a materializar con una palabra: maricón. Muchas veces no nos damos cuenta de que maricón no significa homosexual, a ciertas edades no saben lo que es homosexual», explica.

Los niños, muchas veces, aprenden a relacionarse pegándose. Lo hacen como juego, pero, en el fondo, hay un punto de calibrar la amistad a partir de la fuerza física. La brusquedad y lo violento como unidad de medida de lo masculino.

La identidad masculina, argumenta Vela, se construye en términos negativos: atendiendo a qué no es ser un hombre. «Al no ser una identidad definida por sí misma, los hombres tienen que demostrar continuamente que lo son, no pueden relajar la masculinidad, y eso es agotador». Por eso, la homofobia y la misoginia «son dos pilares de construcción de lo masculino», se usan como verja electrificada entre el ser hombre y el no serlo.

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