Publicado por el 5 diciembre 2016 en Feminismos, General |

03/12/2016 | Justa Montero

Feminizar la política incluye muchas cosas distintas, desde la mayor presencia de mujeres en el espacio público, la propia consideración de la ética y lo político, al contenido mismo de la política feminista. Se trata por tanto de un concepto equívoco y ambivalente, sujeto a muy variadas interpretaciones en sus dos componentes, el de la feminización y el de la política.

Más mujeres y otras políticas

En este debate existe un punto de partida común que es la importancia de la presencia de mujeres en la política, aunque sea como un síntoma de “normalización” del actual sistema de representación. Pero el debate ha adquirido nuevos aires con la potente irrupción, desde hace un par de años, de mujeres en los Ayuntamientos y distintos Parlamentos. La presencia de mujeres en estos espacios de poder no es algo nuevo; sí lo es que muchas de ellas sean mujeres comprometidas con dar un nuevo sentido a la política, deudoras del 15M como movimiento que enarboló el “no nos representan”.

Si alguien tuviera alguna duda sobre la dimensión del cambio y la importancia simbólica que tiene la mayor presencia de mujeres en política, no hay más que fijarse en las reacciones que desata. Hasta ahora, los hombres, políticos, que consideran la presencia de mujeres como algo estético e inevitable, habían mantenido una actitud condescendiente. Pero con la presencia de más mujeres, más jóvenes, y muchas decididamente feministas, se les ha caído la careta y con su reacción, sus brutales campañas para intentar deslegitimar, desvalorizar y ridiculizar a concejalas y parlamentarias (a las que han sabido darle la vuelta con humor e inteligencia), han dejado clara su profunda convicción de que ese espacio público les pertenece (como otros hombres consideran que les pertenece la calle). Y esto tiene un nombre: es machismo, patriarcado en estado puro.

Pero ampliando el plano del debate, si consideramos la política como un instrumento de transformación, desde una perspectiva feminista la presencia de mujeres, en sí misma, no es una garantía de cambio. La historia está llena de ejemplos de mujeres que, como el manido caso de Margaret Thacher o Rita Barberá pasando por muchas otras de menor renombre, impulsan políticas y valores profundamente heteropatriarcales y neoliberales con formas de hacer política jerárquicas y autoritarias. No me resisto, por aquello de la memoria colectiva y aunque se trate de contextos políticos radicalmente distintos, a recordar a aquellas mujeres de la Sección Femenina, que durante el franquismo ejercían un enorme poder para garantizar el sometimiento y sumisión de las mujeres a los varones y al régimen.

En el panorama actual muchas mujeres incorporan otras formas de hacer política a partir de otras prácticas, más participativas, más horizontales, más relacionales, frente a las agresivas y competitivas que marca la práctica masculina hegemónica. Se explica por la socialización y la consiguiente construcción de la subjetividad particular de unas y otros. En el caso de las mujeres, más vinculada al mundo relacional por la responsabilidad asignada de los trabajos de cuidados, y en el caso de los hombres más vinculada a la realización del logro individual y su proyección en el espacio público. No es nada nuevo, tiene que ver con la dicotomía entre los espacios público y privado establecida por la modernidad. Esta permite pensar en una particular forma de aproximarse a la política de las mujeres, en otra mirada en las formas y en los contenidos, no en vano el movimiento feminista, el pasado siglo, levantó la consigna de “lo personal es político”, ampliando y disputando desde entonces (y en ello seguimos), el sentido de “lo político”.

Todo esto se refleja también, como recoge Silvia Gil, en el tipo de luchas protagonizadas mayoritariamente por mujeres: luchas en defensa de los recursos, la vivienda, en defensa de derechos humanos, del cuerpo, por otra forma de entender las relaciones libres de violencias, la democracia en el ámbito doméstico y un largo etcétera. En esta acción colectiva se destaca la potencialidad positiva que tienen los valores asociados a una “cultura subalterna” (en palabras de Giulia Adinolfi), como la sensibilidad, solidaridad, empatía, la falta de agresividad competitiva, valores opuestos al individualismo y a la competitividad del mundo capitalista. Ponen sobre el tapete lo que sería un objetivo común: un mundo en el que mujeres y hombres se liberen de esa visión fragmentada de la vida entre lo público y lo privado, la razón y la emoción, la cultura y la naturaleza.

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