Publicado por el 13 enero 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

 Ciro Morales Rodriguez en elsaltodiario.com

El hombre blanco, heterosexual y rico mira la realidad de los grupos oprimidos desde el poderoso burladero, y no estará viendo nada, porque para él no existe.

Hombres, hombres, y más hombres (cis*, entiéndase en todo el artículo). Se abren grietas y aparecemos hombres. Se oyen voces y son de hombres. Sonrisas seguras de hombres, perdones hipócritas de hombres. Carros tirados por imprescindibles espaldas, opiniones vertidas para rellenar un silencio incómodo y ajeno. Repúblicas proclamadas por hombres y Estados golpeando con hombres. Manos tendidas manchadas de autocomplacencia, lágrimas de incomprensión por falta de voluntad. Porque tenemos toda la iniciativa del mundo menos cuando se trata de rajarnos el traje masculino para ver de qué hilos está hecho, ¿acaso el rey se preocupa de dónde le llegan las monedas de oro?, ¿quién osa complicarse la vida cuando la comodidad es una gran compañera de viaje?

El hombre blanco, heterosexual y rico mira la realidad de los grupos oprimidos desde el poderoso burladero, y no estará viendo nada, porque para él no existe; su ignorancia es ceguera, y provoca placer. La experiencia que no es suya no le regala seguridad, ni un marco plausible de análisis.

Además de las gafas del marxismo, que nos complace y motiva porque nos iguala por arriba, existen otras igual de necesarias que son las del feminismo, pero estas nos fragilizan, nos igualan por abajo y nos dejan en una especie de limbo desconocido –para nosotros– por un tiempo indeterminado… el de la respiración.

No pretendo negar la diversidad, madre de todo lo bueno; masculinidades no hegemónicas han existido, hostigadas, toda la vida; pero tampoco negaré el mínimo común denominador que nos ha generado como vara de medir de toda experiencia sensible. Saltarán quejas que alegan opresiones personales, intersecciones varias que inferiorizan… porque no todos cabemos en ese modelo blanco, heterosexual y rico. Pero de momento las tildaré de escudo fraudulento, de tapón de oídos, de intento desesperado que no quiere captar el protagonismo en la dominación sexual.

Se nos hará grande el reto, porque no estamos acostumbrados a la lucha contra uno mismo; nos ahogaremos y querremos tirar la toalla, porque el insight patriarcal no es grato, ni fácil ni beneficioso para nosotros. Pero entonces no podremos hablar de mundos nuevos en nuestros corazones, ni de comunidades, repúblicas o alianzas feministas; y sí de mantenimiento del Poder.

A los hombres no nos gustan las preguntas, nos es más fácil movernos entre certezas. Ante cualquier duda, sentenciamos… no hay posibilidad de vacilar porque se resquebrajaría nuestro molde bien acabado. De esta manera, si pretendo ir abordando y deshilachando nuestra masculinidad en las siguientes colaboraciones, qué mejor forma que una ristra larga de interrogaciones, para que nos vayamos haciendo el cuerpo… a ver si así nos moldeamos a la plasticidad y abandonamos la rigidez que tanto nos caracteriza.

Sin embargo, cuidado con las trampas al solitario, porque, como bien apunta uno de mis referentes principales en esto de la masculinidad, Jokin Azpiazu en Masculinidades y Feminismo (Virus, 2017) (¿Veis? Un hombre que cita a otro hombre), no se trata de ir poniendo el foco en la manera amable y no normativa de ser hombres –que también–, sino de alumbrar con luces de neón –y purpurina– todas y cada una de las aplicaciones prácticas de nuestros privilegios (ya tardaba en aparecer el término estrella que tanto enerva a los guardianes de la modernidad).

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