Publicado por el 4 Octubre 2017 en General, Los hombres ante la igualdad |

Octavio Salazar. 03/10/2017. The Huffington.post

El patriarcado no es solo una estructura de poder o un sistema que reparte de manera asimétrica derechos y oportunidades en función del sexo, sino que es también, y ante todo, un orden cultural. Es decir, el patriarcado ha necesitado siempre y continúa necesitando hoy un andamiaje construido sobre discursos, imaginarios y relatos colectivos en los que sostener el binomio supremacía masculina/subordinación femenina. A lo largo de la historia los hombres han ido construyendo narraciones que han sido determinantes en la configuración de las subjetividades de unos y de otras. Ahí está la mitología clásica como buena muestra de cómo entender por ejemplo la masculinidad heroica y violenta. Estos relatos fueron posteriormente asumidos y multiplicados por las religiones, muy especialmente por las monoteístas, que han sido las que no han duda en santificar los “pactos juramentados” entre varones. El dios hombre ha servido para avalar la absoluta monarquía masculina y ha justificado la expulsión de Eva no solo de paraíso sino también de los espacios comunes en los que no debería tener ni voz ni palabra.

 

En esa construcción de las masculinidades sagradas, tal y como las define con acierto el teólogo Juan José Tamayo, ha sido esencial la expulsión a las afueras de quienes rompían con la norma heterosexual y, en consecuencia, con los pilares de un orden hecho a imagen y semejanza de los patriarcas. De ahí que la homofobia haya sido y sea un componente esencial en la construcción de una masculinidad hegemónica que tradicionalmente han considerado traidores a los que se apartaban del régimen heteronormativo. No hace falta recordar aquí cómo la homosexualidad ha sido pecado, delito y enfermedad: las tres grandes herramientas de poder disciplinario mediante las que en una sociedad se marca lo que vale y lo que no, quien está dentro y quién fuera.

A estas alturas del siglo XXI, y cuando las sociedades han ido superando en gran medida esos lastres homófobos, resulta especialmente alarmante y doloroso que la Iglesia Católica continúe manteniendo sus dogmas tradicionales y no se haya movido ni un centímetro con respecto a lo que siempre ha pensado de quienes han hecho uso de su libertad afectiva y sexual. Una discriminación que, lógicamente, está muy ligada al mantenimiento de las mujeres en un estatus devaluado con respecto a los hombres. Al final la homofobia, en un sentido amplio, no es otra cosa que la expresión radical del rechazo a lo femenino, a lo que se identifica con las mujeres. De ahí el valor simbólico de un insulto tan habitual entre varones: eres un maricón, un mariconazo, una nenaza.

Como tampoco el Papa Francisco ha sabido remover con valentía esos lodos, tiene tantísimo valor el testimonio que nos ofrece Krzysztof Charamsaen su libro La primera piedra.

Charamsa, que estaba situado en uno de los más altos escalones del poder eclesiástico – era oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe – saltó a todos los medios cuando en 2015 hizo pública su homosexualidad y presentó a su pareja. El Vaticano reaccionó expulsándolo y tratando de silenciar el asunto. Sin embargo, el efecto fue el contrario: la experiencia de este sacerdote polaco servía para sacar a la luz la enorme responsabilidad de la Iglesia Católica en mantener la humillación de tantos seres humanos a los que desprecia por razón de su orientación sexual.

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