Publicado por el 3 diciembre 2017 en General, Los hombres ante la igualdad |

 

Diario.es 1-12-2017

Antonio Centeno, activista del Movimiento de Vida Independiente, co-director del documental Yes, we fuck! y actor de Vivir y otras ficciones, presenta la diversidad funcional como una oportunidad para repensar la identidad masculina.

ara mí la necesidad de reflexionar sobre la masculinidad es una cuestión personal. A los 13 años me rompí el cuello y con ello cualquier referencia válida sobre lo que podía significar “ser hombre”. Ni en el entorno cotidiano de mi barrio del extrarradio barcelonés, ni en el mundo de la cultura que puso a mi alcance la escuela pública ni en los (escasos) medios de comunicación había un solo hombre tetrapléjico. Bueno, miento, el amigo Ramón Sampedro asomaba su afable rostro en algún que otro telediario, pero el mensaje resultaba poco atractivo para un chaval en plena adolescencia. Por supuesto, tampoco se mostraba a ninguna mujer con tetraplejia, ni siquiera a alguna con ambiciones suicidas.

Dado que los médicos, y el resto del entorno cultural patriarcal, me habían convencido de que nada relacionado con la sexualidad iba a ser buena idea para mí, intenté enterrar estos temas lo más hondo que pude, incluida la cuestión de qué sentido tenía mi identidad como hombre. Por pura supervivencia, tuve que priorizar la construcción de mi identidad como “persona con diversidad funcional”. Seguí a rajatabla el guión del “buen minusválido”: estudié, conseguí trabajo, vivienda y…y aquí choqué con el techo de cemento, todo era mentira, intentar encajar no servía para tener una vida equiparable al resto de mortales. Cuando a los 32 años tu madre tiene que seguir limpiándote el culo porque los poderes públicos sólo estaban para agitar ante ti la zanahoria de la superación made in Disney, cualquier idea de libertad o de intimidad queda vacía de contenido (para ti y para tu madre).

Afortunadamente, pude politizar toda esa rabia militando en el Movimiento de Vida Independiente. Las luchas y reflexiones colectivas me enseñaron a ver que el problema no era mi cuerpo, sino un medio social hostil a mi manera de funcionar, de hacer las cosas. Es decir, la realidad no era que yo no pudiese subir al autobús porque mis piernas estuviesen mal, sino que se me prohibía subir a un autobús mal hecho, poco realista, que no tenía en cuenta mi manera de moverme. Desde este convencimiento, empezamos a auto-nombrarnos como “personas con diversidad funcional”, conseguimos cambiar leyes y poner en marcha experiencias piloto de asistencia personal que permitieron emanciparse a quienes participaron (yo entre ellas) sin tener que vivir ni en recluidas en instituciones ni al albur de la buena voluntad de (las mujeres de) la familia.

Sin embargo, ni el éxito de las pruebas piloto ni las posibilidades que abrieron las nuevas leyes fueron suficiente para extender de manera generalizada el modelo de vida independiente. Tuvimos que asumir que las leyes no escritas, aquellas que nos enseñan cómo mirar, valorar y actuar ante determinada realidad que nos resulta ajena, son más poderosas que las leyes sancionadas por los parlamentos. Esencialmente, se nos seguía considerando infantes, seres angelicales y naturalmente dependientes a los que hay que proteger a toda costa, incluso por encima de nuestra libertad personal. Aquí nos dimos cuenta de que, si bien el “modelo social de la diversidad funcional” nos había ayudado mucho estableciendo que el cuerpo no era el problema, se había quedado corto, se había olvidado de decirnos que el cuerpo no sólo no era el problema si no que era la solución: debíamos visibilizarnos como cuerpos sexuados, deseantes y deseables para romper con las dinámicas infantilizadoras que naturalizaban las situaciones de dependencia, había que sexualizar la diversidad funcional para politizarla.

En este sentido, proyectos como el documental Yes, we fuck! (2015), la película Vivir y otras ficciones (2016) o la web www.asistenciasexual.org (2017) han contribuido a generar un incipiente y nuevo imaginario colectivo sobre la sexualidad y la diversidad funcional en complicidad política con lo queer, con el activismo gordo, con el pensamiento decolonial, con los trabajos sexuales… Un proceso tan potente en lo personal (que es político) como en lo político (que es personal). Aquel chaval de 13 años se ha visto, finalmente y sin escapatoria posible, ante el espejo que le devuelve la pregunta ¿qué sentido tiene identificarte como hombre? Una cuestión harto compleja en la que resulta fácil acabar divagando sin más, así que intentaré centrarme en tres ejes que sustentan una cierta construcción de la masculinidad y que se han visto alterados por mi experiencia de la diversidad funcional: el cuerpo, la sexualidad y los afectos.

 

Leer completa

Be Sociable, Share!