Publicado por el 27 Septiembre 2017 en General, Los hombres ante la igualdad |

Barbijaputa. ELdiario.es

A efectos prácticos nos da igual de qué está hecha la jaula: sigue siendo una jaula. Y por muchos privilegios que tengan los hombres viviendo dentro de ella, siguen rodeados de barrotes que les limitan como personas.

La semana pasada hablábamos de que la masculinidad era una jaula de oro. Jaula de la que cualquier hombre que se quiera considerar aliado feminista ha de intentar escapar. Aunque es cierto que el patriarcado hiere a las mujeres tanto si se rebelan contra las reglas de la feminidad como si la acatan (la feminidad es un castigo en sí misma, y masculinidad y feminidad no son dos entidades independientes sino dos engranajes complementarios e inseparables del sistema que subyuga a las mujeres), hay que ser conscientes de qué formas las imposiciones sociales afectan negativamente a los hombres. Pero no nos llevemos a engaños, no intentamos convencer a hombres indecisos de que el feminismo también les beneficia –no nos interesan “aliados” que sólo se deciden cuando ven que también pueden sacar tajada–, sino tener en cuenta qué es realmente la masculinidad y cómo encajan fenómenos aparentemente contradictorios dentro de una visión feminista.

La masculinidad es una jaula de oro, es decir, que a efectos prácticos nos da igual de qué está hecha: sigue siendo una jaula. Y por muchos privilegios que se tengan sobre otras viviendo dentro de ella, uno sigue rodeado de barrotes que le limitan como persona. No sólo eso, sino que cualquier intento de escapar de esa jaula tendrá consecuencias bien claras (más abajo nombramos algunas).

La propia naturaleza de la masculinidad la hace frágil: cualquier desafío a la misma, por insignificante que parezca, ha de ser reprimido con dureza. No puede ser de otra forma, porque su característica principal es la de definirse en contraposición a lo femenino. Así, el patriarcado impone una serie de exigencias a los hombres:

  • Ser dominador, independiente, seguro.
  • Rechazar cualquier cosa entendida como femenina (lo femenino es síntoma de debilidad, y esto chocaría con el punto anterior).
  • Reprimir tus emociones, excepto la ira (lo emocional es cosa nuestra, por lo tanto, desechable para ellos).
  • Proveer sustento a tu familia (dejando para la mujer la crianza y los cuidados).
  • No llorar bajo ningún concepto (excepto si gana la liga el equipo que toque, que ahí ya sí, los deportes y todo lo que impliquen son cosa de ellos).
  • Sentir mucho deseo sexual y expresarlo, pero sólo hacia las mujeres (sentir atracción hacia los hombres es una característica femenina, claro, y te hace perder puntos del carné de hombre).


La vida de los hombres en nuestra sociedad ocurre bajo estas y otras imposiciones. El alto índice de suicidios en hombres, las mayores tasas de encarcelamiento que sufren, las agresiones sexuales que se producen en esos entornos, la menor proporción de hombres que consiguen la custodia de sus hijos tras una separación y todos estos fenómenos que el machismo usa para negar el feminismo ocurren como consecuencia de las conductas que hemos enumerado antes. Y no es sorprendente que esto sea uno de los argumentos favoritos de los machistas que, lejos de conformarse con negar que haya un sistema que nos oprima a las mujeres, aseguran que los oprimidos son ellos para nuestro beneficio. Ése es el nivel del machista medio.

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