Publicado por el 22 febrero 2018 en Diversidad de género, Diversidad sexual |

June Fernandez. Eldiario.es 20/02

La reciente muerte de Ekai, un adolescente trans, muestra la urgencia de cuestionar la tiranía del dualismo sexual.

Necesitamos nuevos imaginarios y lenguajes que incluyan la diversidad de género, porque el binarismo es una ficción que provoca sufrimiento.

¿Os acordáis de la polémica en redes sociales cuando Leticia Dolera ironizó con “el campo de nabos feminista precioso” que les había quedado a los presentadores de la gala de los Goya? En Twitter, algunas voces señalaron que ese tipo de expresiones son desacertadas porque establecer esa correlación entre penes y hombres sigue una lógica que invisibiliza a las personas trans; en concreto, a las mujeres con pene.

Leticia Dolera rectificó en Twitter, lo cual no gustó nada a un sector del feminismo. Yo publiqué un reportaje en Pikara en el que tres mujeres trans opinaban sobre ese tipo de expresiones tan socorridas para las feministas (incluidas consignas como ‘Polla violadora a la licuadora’), y tampoco gustó nada a cierto sector del feminismo. Nos dijeron que somos las defensoras de los nabos (me pregunto qué opinarán los machinazis de esto). Las más desacomplejadamente transfóbicas nos dijeron que somos las amigas de los hombres con vestido.

Os voy a contar un secreto: cuando, la mañana después de la gala de los Goya, vi el revuelo que se había formado por las palabras de Leticia Dolera, escribí airada en mi Facebook: “Pues yo voy a seguir diciendo ‘campo de nabos’. #hastaelcoñoya”. Estaba convencida de que apelar al falo como símbolo del poder patriarcal era efectivo y adecuado. Además, había asistido a situaciones que me habían indignado, como cuestionar que el feminismo utilice la vulva como símbolo de las mujeres o reivindique las tijeretas y los cunnilingus. Atribuía yo esas críticas al gusto millenial (nótese el adultismo de treintañera en mi prejuicio) por el despelleje cibernético que también se traslada a las asambleas y a las calles.

El caso es que, como llevaba meses con ese runrún, me pareció el momento perfecto para hacer ese reportaje que tenía pensado desde hace tiempo. Después de dudar un poco, decidí que las fuentes fueran únicamente mujeres trans feministas. Y aquí viene la segunda confesión: una parte de mí esperaba que el reportaje resultante confirmase mi posición de partida. La primera a la que entrevisté fue a Álex Portero, una de las tuiteras que criticó la expresión de Dolera (y que después aplaudió su reacción). Me gustó mucho escuchar su planteamiento por notas de audio: en resumen, que si entendemos que lo que se nombra no existe, seamos conscientes de las expresiones que construyen imaginarios que excluyen a las personas trans o que incluso las asocian a un estigma (cuando se habla de pollas violadoras, por ejemplo). Que está muy a favor de que las consignas y símbolos feministas celebren la vulva o el clítoris, pero que agradecería que incluyeran también referencias a otras anatomías: “Vivan las vaginas y vivan los penes de chica”.

Después, la maravillosa cantautora Alicia Ramos, al mismo tiempo que reconocía que ella usa sin complejos esas expresiones sin darse por aludida porque se refieren a los hombres machistas, me explicó que romper con la identificación atávica entre genitalidad e identidad sexual es un frente importante de la lucha por la despatologización de la transexualidad. En la misma línea, la sexóloga Aitzole Araneta señalaba que “asociar unos genitales a una identidad no es un error sólo porque pueda ser doloroso a las personas trans; es un error porque es mentira. Hay chicas con pene o chicos con vulva, hay personas con genitales intersexuados y personas que tienen accidentes que afectan a sus genitales, que no dejan de ser las personas que eran”.

Sentí la tentación de seguir entrevistando a mujeres trans hasta que alguna dijera lo que yo de entrada quería oír. En vez de eso, decidí comprender. Probablemente siga diciendo “campo de nabos”, al igual que muchas veces no me reprimo un “coñazo”, pero ahora soy consciente de su carga. Así como, cuando digo que alguien es un hijo de puta, me corrijo inmediatamente: “Las putas aclaramos que no somos su madre”, que dirían Hetaira.

La transfobia mata

El pasado viernes, una semana larga después de publicar el reportaje, supimos de la muerte de Ekai, un chico de Ondarroa de 16 años.

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